El Herrero
Día tras día, era cómplice en agonía de mi pueblo. Todos debían detallar sus miedos, o la vida se desvanecería en invierno. Toda clase de maltrato he visto en el alma de los sueños, ¿será por nuestro mundo inquieto?
En la mañana, un chico de mirada distante, y algo preocupado, me dijo:
- Señor herrero, ¿será capaz de reparar mi corazón maltrecho?
- ¡Por supuesto! En un momento quedarás como nuevo. - Respondí afectuosamente.
Mientras forjaba el duro pesar de su alma con mi martillo de bondad, algo salió mal. Las luces se apagaron y el cuarto se rodeó de neblina. Sobre la mesa, un pequeño espejo reflejó un haz de luz en la mitad de mi pecho y me cegó por breves instantes. Después, cuando pude ver con claridad nuevamente, el chico se había desvanecido, y a lo lejos, un tenue brillo se abría paso. Instintivamente, corrí hacia ello, pero a cada paso que daba, memorias de antaño y grandes monstruos de aspecto intimidante trataron de desviar mi atención. Me sentía sofocado y deprimido, una extraña sensación bloqueaba mi capacidad de pensar. Luego de varios minutos luchando por escapar de las sombras, alcancé la luz. Tuve una fuerte corazonada que invadió de profunda paz toda mi alma, y en el éxtasis de aquel momento, desperté. Fue un espantoso sueño.
Como cada mañana, me levanté a trabajar. Abrí el portón y una hermosa dama se acercó. Platicamos durante un par de minutos y antes de retirarse, con mirada tierna me observó, y dijo:
- Quizá el herrero necesita descansar.
Fue un día extraño, nadie vino para que lo vuelva a reparar.








