Evil

All Rights Reserved ©

Summary

Maldad. Según diccionarios, maldad significa: “Cualidad de ser malo”, o “Inclinación a hacer el mal”. Según yo, la maldad es una cualidad que se adopta cuando has experimentado sucesos trágicos causados por otra persona que también tiene dicha cualidad. También puede heredarse, y sería muy acertado pensar de esa manera, he conocido a un sin número de personas que son malvados por herencia. Algunos dirán que yo también lo he heredado, pero no es mi caso. Por obra de un ser que odiaba a mis padres, tuve que presenciar sus muertes, despojándome de todo lo que tenía, no solo a nivel sentimental, si no también material, y fue hecho con el propósito de convertirme en lo que hoy soy. Ahora solo quiero venganza, y la voy a conseguir, cuésteme lo que me cueste.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: La esposa de Strauss

Prólogo

La esposa de Strauss.


Mario.

Dejo caer el lapicero sobre la hoja en mi escritorio, viendo como su tinta roja ha marcado a aquellos que me deben y no me han pagado. Les he dado tiempo, oportunidades, pero ellos no han saldado su cuenta.

Soy un hombre compasivo, honestamente lo soy, y muchos dirán que no es cierto, que ser compasivo no es lo mío, que nunca he sido capaz de llevarme la mano al corazón por alguien, pero todo tiene un límite y estos hombres lo han alcanzado. Llámenme descorazonado, vil, malvado, acepto cada uno de los adjetivos. Sin embargo, también puedo llegar a ser amable cuando la situación lo amerita.

No me hagas reír, susurra la voz de mi conciencia. O tal vez no es mi conciencia, sino la locura que cada día me invade más.

—Señor.

Alzo la mirada, encontrando a uno de mis hombres parado en la puerta de mi despacho.

—Palumbo, ¿qué pasa?

—Una mujer ha venido buscándolo.

Resoplo. Hay mujeres que no entienden el significado de “aventura de una noche”.

—Si es una de las putas que no comprenden que no quiero una relación con ellas, despáchala.

Palumbo cambia el peso de un pie a otro, incómodo.

—No es una de sus… putas.

Frunzo en ceño.

—¿Quién es?

—La esposa de Strauss.

Mi ceño se profundiza. ¿Qué quiere la esposa del maldito Strauss? Espero que no venga a pedir favores por su esposo.

—Hazla pasar.

Le doy vuelta a la hoja que estaba mirando antes y me recuesto en el respaldo de mi cómodo sillón. La puerta se abre, revelando a Palumbo, seguido de la impresionante mujer alemana que ha venido en mi busca.

Ella es hermosa, tanto que mi miembro se remueve al verla. Su cuerpo está bien proporcionado, con las curvas necesarias, pechos grandes y un culo ejercitado desde donde puedo ver; sus piernas son kilométricas y esbeltas, su cabello largo y castaño cae en ondas sobre sus pecho y puedo imaginarlo envuelto en mi mano mientras empujo desde atrás.

Su cara es tan espectacular como el resto de ella, ojos verde claro, pómulos marcados, cejas perfectas, pestañas larguísimas, pero lo más provocativo es su boca; labios gruesos, con el arco de cupido marcado, y de un color vino que me hace imaginar ese labial manchando la parte baja de mi cuerpo.

—Sra. Strauss, es una sorpresa verla por aquí. —Me levanto, rodeando el escritorio y abotonando la chaqueta de mi traje—. Siéntese, por favor.

Hace del espacio entre la puerta de mi despacho y la silla frente al escritorio una pasarela, bamboleando las caderas hasta que está frente a mí. Extiende una mano y yo la estrecho firme, apretón que ella me devuelve con la misma fuerza.

—Sé que soy la última persona a la espera ver aquí, en su oficina —comenta, tomando asiento en el sillón que le indico.

—Ciertamente es así. —Regreso a mi puesto detrás del escritorio y llevo mis ojos a los suyos—. Dígame, Sra. Strauss, ¿para qué soy bueno?

—Llámeme Nixie, por favor.

—Nixie —pruebo su nombre en mi boca a ver cómo suena; espectacular, igual que ella—. Si mi conocimiento no me falla, tu nombre significa “ninfa”.

—Así es —dice con orgullo.

—Te queda, no hay mejor forma de describirte que tu propio nombre.

Soy un adulador con las mujeres, es un defecto –o una cualidad– que me acompaña desde muy joven. He logrado sonrojar a un centenar de mujeres con mis palabras y me siento orgulloso por ello, pero mi ego acaba de ser golpeado.

Ella no se sonrojó, ni siquiera parpadeó.

—Eso decía mi madre, por eso me puso el nombre. —Su mirada se ensombrece, pero sacude la cabeza rápidamente, espantando el mal recuerdo—. He venido a ti porque me han dicho que eres el mejor en tu trabajo.

—Depende de qué trabajo estemos hablando. —Me llevo una mano al mentón, mirándola con intriga—. Soy un hombre muy versátil, tienes que especificar.

Ella no se amilana bajo mi mirada, de hecho, parece engrandecerse.

—Supongo que tendré que ser directa. —Cruza una pierna, causando que la falda de tubo que lleva puesta se le suba, mostrando el inicio de su muslo—. Necesito que mates a mi esposo.

Si fuese un hombre fácil de impresionar, me habría atragantado con mi propia saliva. En vez de eso, alzo las cejas y una lenta sonrisa se extiende en mis labios.

—He de admitir que no me lo esperaba. —Ella imita mi expresión, sus labios sensuales se estiran en una sonrisa orgullosa—. ¿Puedo saber el motivo?

—Oh, el de siempre. —Ahora su expresión pasa de orgullosa a diabólica—. Ambición. Quiero todo lo que es suyo y solo lo podré tener cuando él muera.

Por cosas como esta es que no me enamoro, las mujeres son mucho más astutas y ambiciosas que los hombres. Son unas víboras que te seducen y acaban contigo. No lo he vivido, pero lo he visto, y aquí está otra prueba irrefutable.

—Así que, dinero.

—No —niega con vehemencia—, no dinero.

—¿Entonces qué?

—Poder.

—Poder —repito—. Quieres hacerte con el imperio de tu marido.

—Exactamente.

Se echa hacia atrás en el sillón y entrelaza sus manos en su plano abdomen.

—Tú dime el día, la hora y el lugar y estaré allí.

—No, no, no —alza una mano, negando con su dedo—. Primero quiero saber el precio.

Puedo imaginar unas cuantas cosas interesantes que podría hacer para pagarme. Primero, ponerse de rodillas y tomarme en su boca, esa me parece una excelente cuota inicial. Aunque no creo que esté de acuerdo.

—Tienes que darme el tiempo para pensarlo, querida.

Porque lo que se me viene a la mente ahora está descartado.

No me involucro con mis socios o clientes.

—Bien, piénsalo, puedes obtener lo que quieras. —Empieza a enumerar—: Dinero, un favor, una alianza. Lo que quieras.

—Lo que quiera —repito en un tono sugerente, bajando la vista a sus labios, su cuello, sus pechos y terminando en sus piernas. Regreso la mirada a sus ojos—. Lo voy a pensar.

—Excelente. —Habla como si no hubiese acabado de darle un repaso, ha de estar acostumbrada. Saca una tarjeta de su bolso y la pone sobre el escritorio—. Cuando lo hayas pensado, me llamas.

Se pone de pie y se va sin despedirse, dejando detrás de sí la estela de su perfume, una fragancia dulce que respiro hasta que se desvanece.

Un minuto después, entra Matteo, mi hermano.

—¿Estoy delirando o la esposa de Vincens Strauss acaba de salir de la casa?

—No estás delirando.

Matteo se deja caer en el asiento que antes estaba ocupando Nixie, respirando profundo cuando siente el remanente del olor de su perfume.

—¿Qué quería? —Vuelve a respirar profundo—. ¿Y cuál es su fragancia? Necesito saber el nombre para rociarla sobre las mujeres a las que me tiro.

Pongo los ojos en blanco.

—Quiere que mate a su esposo.

La boca de Matteo cae abierta, igual que sus ojos.

—Estás jugando.

—No —niego—. Quiere quedarse con su fortuna y con el imperio Strauss.

Las cejas de Matteo se alzan, por fin cerrando la boca.

—Por eso es que nunca voy a casarme.

—Justo lo mismo estaba pensando.