Capítulo 1
Abigaíl pensó que la mirada llorosa y cariñosa de su madre al verla vestida de toga y birrete sería cada vez más frecuente de allí en adelante; pero esa mirada desapareció tan pronto como la joven se vistió con sus ropas habituales. Abigaíl también se ilusionó con que la pose de orgullo de su madre, mientras le ayudaba a sostener el título de licenciatura en letras hispanoamericanas para las fotografías, se traduciría en un trato menos áspero entre las dos mujeres; pero la hosquedad de la señora Silvia regresó tan pronto se sentaron a la mesa de un restaurante a desayunar y, dizque, festejar a la recién graduada.
Ahora, dudando si debía o no entrar en la casa y darle a su madre la noticia de su empleo, Abigaíl se preguntó si por fin podría sacarle esa sonrisa que su padre le juraba y perjuraba que sí existía, aun cuando no había evidencia de ella en los álbumes fotográficos ni en la memoria de la joven. Sin poder definir si la felicidad era más fuerte que la incertidumbre, se decidió a abrir la puerta.
Apenas había dado un paso adentro cuando un tufo, proveniente de la cocina, le golpeó la nariz al grado de obligarla a volver el rostro. Al acercarse, encontró a la señora Silvia cocinando algo que, por el olor, bien podría ser huevos con longaniza o entomatado de cerdo o filete de res a las tres pimientas. “Uta, ya se le volvió a ir la muchacha”, pensó Abigaíl, mientras colgaba su bolso de una silla del comedor y sentía cómo el buen ánimo se desvanecía bajo la nube de humo que cubría más de la mitad del comedor y empezaba a extenderse hacia la sala. Aun así, entró en la cocina y le dio un abrazo tierno por la espalda a su madre.
—No hagas eso cuando hay lumbre —dijo la señora Silvia, con ese tono de voz severo que le era tan suyo. Abigaíl se separó de inmediato, obligada a borrar cualquier sombra de sonrisa que aún le quedaba en el rostro—. Sé buena y pon la mesa.
La joven se llevó la mano derecha a la sien en un saludo militar, y acto seguido colocó dos manteles individuales, tejidos a mano por su abuela, y sendos juegos de cubiertos y vasos. Se sentó a esperar, mientras bebía un vaso de agua pura, y agradeció que su madre no hubiera intentado preparar un agua de frutas.
Pocos minutos después, la señora Silvia trajo un par de platos humeantes. Al ver lo que le pusieron enfrente, Abigaíl picoteó y movió con el tenedor aquel trozo carbonizado para tratar de hallarle forma.
—¡Qué modales son esos, niña!
—Perdón, mamá. Solo quería saber qué es.
—Pues pregunta en vez de jugar con la comida. Es pescado a la veracruzana.
Aun sabiendo que se arriesgaba a un regaño, la joven acercó la nariz para tratar de reconocer el olor; al no poder hacerlo, pidió perdón al pobre animal cuyo sacrificio había sido en vano, y otro tanto a su pobre estómago. Serró un pedazo, y lo molió con disgusto evidente, incapaz de hallarle un sabor que no fuera a carbón.
—¿Por qué venías tan contenta?
—¿Qué te hace pensar que lo estaba?
—Hacía años que no me abrazabas así, de repente.
“¿Por qué será?”, pensó Abigaíl.
—Fui a una entrevista de trabajo. ¿Y qué crees? Me lo dieron.
Se hizo un silencio tan profundo, que cuando la señora Silvia colocó los cubiertos sobre el plato con delicadeza, a la joven le sonó como si en realidad los hubiera azotado. Abigaíl agachó la cabeza, arrepentida de haberlo comentado en ese momento en vez de esperar a uno mejor... si es que acaso podía haber uno mejor. No necesitó mirar a su madre para saber cuánto se le había deformado el rostro por una mueca de desaprobación, y estuvo a punto de contar los segundos antes de que le soltaran la acostumbrada retahíla de cosas que había oído desde los ¿diez? ¿quince? ¿veinte años?
—¿Con permiso de quién fuiste a pedir trabajo?
Abigaíl levantó la vista y miró a su madre con una mezcla de incredulidad y enfado.
—¿Por qué tendría que pedirte permiso?
—Porque vives en mi casa. ¿Necesito decir más?
—Obvio que sí. Esa no es una respuesta.
—¿Para qué quieres trabajar? Ve a Isabel, la hija de mi amiga Eduviges: tiene tu misma edad y no se preocupa por esas cosas.
—Porque Isabel es una tarada que nada más anda buscando quién la saque de casa de su mamá. Por lo menos yo, cuando me vaya de aquí, quiero hacerlo bien: sin tener que depender de un hombre.
—¿Ya vas a empezar de nuevo con tus amenazas de irte?
Abigaíl serró un trozo del, llamémosle así, pescado y lo trituró en silencio, sin dignarse en mirar a su madre. Por lo general, esta era la única manera de acortar las discusiones en la casa... hasta que la señora Silvia abriera de nuevo la boca.
—Por lo menos espero que sea un trabajo decente.
—Voy a dar clases de literatura en la prepa que está a tres cuadras de donde vive mi papá.
Los cubiertos cayeron sobre el plato de la señora Silvia con el mismo estruendo que la campana en una pelea de box. Abigaíl colocó con suavidad sus propios cubiertos y bajó las manos a su regazo, regañándose por haber permitido que su madre intuyese quién le había conseguido la entrevista.
—¿No se supone que estudiaste letras porque ibas a ser una gran poetisa? ¡Y ahora me sales con que vas a ser una simple maestrita!
—¿Sí sabes que Borges fue profesor en la Universidad de Buenos Aires?
—¿Y tú recuerdas que Sor Juana era monja?
—Eso quisieras tú: que me hiciera monja.
—¡Dios nos libre! Con esa música endemoniada que oyes, nos tirarías el convento de las carmelitas antes de que ellas puedan sacarte al diablo del alma.
Abigaíl observó los detalles de su playera negra, con la portada de un disco de black metal, en la que se veía dibujada en blanco la cabeza de un macho cabrío. Por un instante, sintió ganas de restregarle ese retrato de Bafomet en la cara a su madre, pero prefirió solo suspirar de resignación, lo cual la señora Silvia tomó como un gesto de sumisión.
—Por supuesto que no te quiero de monja. Eres demasiado bonita para eso. Te quiero ver salir de aquí contenta; eso sí, bien casada.
—¿Por lo menos me vas a dar chance de escoger yo a mi marido?
—Claro que sí. Ni a mi madre se le habría ocurrido obligarnos a tu tía y a mí a casarnos a la fuerza.
Abigaíl esbozó una sonrisa socarrona, al imaginarse a su abuela intentando imponerle una boda a su tía Margarita, máxime cuando esta se salió de la casa paterna a la primera orden que no le agradó.
—Pero tú vas a tener que aprobarlo, ¿no es así?
—Eso es obvio. ¿No acabo de decir que te quiero bien casada?
La señora Silvia se levantó para traer de la cocina un juego de té. Al pasarle una taza de té de jazmín a su hija, esta la rechazó, sin comprender cómo su madre podía beber ese líquido insípido todos los días y a toda hora.
—¿Segura que no quieres? ¿Ni para quitarte el mal sabor de la comida?
La joven tomó la taza sin resignación; más bien, se sentía asombrada de que, por primera vez desde que ella tenía memoria, su madre hubiera aceptado una incapacidad.