A Holly Jolly Love Story ❄

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Summary

Clara trabaja en el hotel "The Little Villa", esperando que esa chispa de magia que lee en las novelas más amadas, también le suceda a ella. En vísperas de la Navidad, parece que su deseo es concedido, porque en el buzón de quejas del hotel empiezan a aparecer extrañas notas románticas dirigidas a su persona. El maratón por descubrir quién en todo ese lugar está enviando esas notas, inicia. Un misterio que necesita ser resuelto antes de que la Navidad provoque que el hotel se vacíe y las esperanzas de la chica, también. Toma tu chocolate caliente y acompáñanos en esta aventura 💖

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
16+

❄ 1 ❄

El sol desplegaba magia por encima de las páginas de aquel libro. Si de por sí, una historia era un acto milagroso, ese precioso efecto visual le causaba a Clara la sensación de encontrarse ella misma en la materialización de lo imposible.

Si pudiera contar los suspiros que llevaba, anhelando todas esas tramas que acampaban en su vida, aquellos se hubieran equiparado a los copos de nieve que se alcanzaban a ver desde la ventana del autobús.

Un tamborileo entre el piano de sus audífonos y el motor bajo su atormentado cuerpo, le hizo despertar de golpe de aquel hechizo. Su parada estaba cerca, así que necesitaba espabilarse para asegurar que no olvidaba nada antes de descender del dragón de hierro.

Abrió su mochila que llevaba al frente y nombró mentalmente los elementos necesarios: El termo, su libro, la placa con su nombre, billetera, celular, llaves y una libreta.

La libreta era poco usada, pero cuántas cosas se cargan en la vida que parecen estar destinadas a no tener la más mínima utilidad.

Cerró con ímpetu la mochila intentando darse un poco de calor al hacer este rápido movimiento y justo cuando se levantó, recordó de golpe lo que le hacía falta.

—El cargador —dijo dándose una palmada en la frente.

—¡No estorbes para bajar! —espetó una anciana antes de moverla con la punta de su bastón.

—Lo siento, lo siento. Yo también bajo en el Villa —aclaró la chica buscando ganarse su simpatía, pero aquella simplemente le dirigió una mueca de desprecio antes de ajustar su bufanda rosa chillón.

Clara se limitó a suspirar, creando un hilo de vaho que le recordó por un momento la escena que estaba leyendo.

La princesa, en unos divinos fiordos, atrapada por esa horrible bestia. Sí, demasiado predecible, demasiado sencillo para el ávido lector que presumía la resolución de tramas complejas. Quizá la protagonista de esta historia no enmendaría una guerra, ni protegería la opulencia y orgullo de su tierra; pero haría algo más valioso, a definición de la chica: enamorarse.

En su opinión, las personas tenían en baja estima al amor y, aun así, era a lo que más le temían. Una fobia común, casi general.

Los frenos crujieron anunciando la siguiente parada. La anciana, Clara, y otras cuantas personas descendieron para encontrarse con una fuerte pared de aire helado. Las mejillas de todos se sonrojaron al tiempo que cada quién tomaba su rumbo.

Clara admiró por un momento cómo la bufanda de la anciana se perdía en la lejanía. Los copos de nieve difuminaban el amargo momento que acababa de vivir. Cualquiera podría afirmar que aquella interacción no era para tanto, pero a la chica le gustaba ser amable. Quizá podría decirse que era como una adicción, porque cuando el clima social anunciaba ventisca, como aquel día, su ánimo se iba un poco para abajo en el resto de horas.

De cualquier forma, sabía que ese no era el día preciso para dejarse llevar por sus emociones. El hotel en donde trabajaba, “The Little Villa”, iniciaba su época más complicada en todo el año: Navidad.

Turistas, locales con ganas de relajarse, uno que otro curioso para el buffet diario y aquellos que compraban recorridos completos en el pueblo; todos eran luces dentro del enorme árbol navideño que representaba el Villa (como lo llamaban quienes conocían a ese pequeño hotel de años). Quién podría resistirse a esas hermosas estructuras de cedro, tan hogareñas y perfectas. Quién podría dejar de lado esas bellas decoraciones doradas que ambientaban el lobby y el amable personal entre los que estaba, precisamente, Clara.

En cuanto cruzó la puerta principal, otra gran pared la recibió, pero ahora era una cálida, con un leve aroma a canela y azúcar.

Llegar al Villa en esa época del año se sentía como un abrazo. Uno familiar, casi maternal, que provocaba un bienestar difícil de igualar.

Clara se quedó un momento en la entrada, sacudiendo sus botas de la nieve y los copos que se habían adherido a su atuendo de lana. Sabía que no debería usar eso, porque terminaba empapada siempre que llegaba a su sitio de trabajo, pero no podía evitar usar esos hermosos suéteres de colores combinados. Aquellos le recordaban una época maravillosa, en la que su abuela se sentaba junto al fuego a tejer extrañas creaciones de lana para cada uno de sus nietos. Ahora que ella ya no estaba, esos obsequios eran su bien más preciado.

Cuando terminó de limpiarse, saludó a Jeffrey, uno de los porteros del pequeño hotel; que ya se acercaba con un trapeador en mano para limpiar el hielo derretido que había quedado al paso de Clara.

—¿Cómo va el día? —preguntó la chica frotando su propio brazo para poder evitar un congelamiento.

—Tranquilo, por ahora, pero he escuchado que llegaron dos camiones de turistas al centro —anunció el hombre empezando a limpiar el suelo—. Traeré el tapete grande, porque este no aguantará a todos los nuevos huéspedes.

Clara admiró la tranquilidad del lobby por última vez. El piso reluciente reflejaba los candelabros del techo. A pesar de ser un hotel pequeño, realmente habían logrado mantener cada uno de los detalles en perfecto estado. Las perillas siempre pulidas y doradas, la entrada con esos faroles; toda una orquesta de armonía que pronto sería destruida por aquellos a los que iba destinada.

Con la nariz enrojecida, generó una enorme sonrisa para despedirse de Jeffrey y continuó su camino a la rutina. Un leve aroma a vainilla reinaba ahora en el vestidor de los empleados. Abrió con las manos entumecidas el casillero que le correspondía y desdobló ese uniforme de chaleco guinda y pantalones negros que debía portar diariamente.

En el espejo del fondo, acomodó la camisa blanca que iba debajo del chaleco antes de colocar la placa con su nombre caligrafiado en el lado derecho del mismo. Le agradó su imagen, Clara no era convencionalmente bonita. Tenía los cachetes muy grandes y bajos, como si siempre tuviera nueces (su cruel apodo de la secundaria). Sin embargo, había aprendido a quererse tanto que ahora sonreía a su reflejo mientras sacudía las pocas pelusas que se habían adherido al bordado con las iniciales “L.V.” en el lado izquierdo del chaleco. Sintió que algo le faltaba sobre su cabello corto y rizado, así que tomó de la pila de ropa húmeda, su gorro de lana para colocarlo sobre esos rulos dorados. Ahora sí estaba lista.

—No es ni el inicio del medio día y Alhelí ya está de mal humor —formuló una voz que llegaba por detrás de Clara.

La chica apenas estaba acomodando sus cosas en el largo escritorio de la recepción, pero no tuvo que voltear para saber de inmediato que era Brandon, el botones. Si podía agradecer a alguien por volver tan ameno su tiempo laboral, era a él. Desde el primer día habían fundado una amistad maravillosa, brillante. Ahora, después de esos cuatro años trabajando juntos, el chico se sentía casi como un hermano para ella.

—¿Ya pusieron el buffet? —cuestionó la chica mientras terminaba de llenar algunos datos en la vieja computadora.

—Es por eso que Alhelí casi me lanza su sartén. El proveedor está retrasado y ella no ha comenzado a pelar las papas, que al parecer es la labor más importante de este día. ¿Y tu collar? —preguntó el joven con esa forma apresurada de hablar que lo caracterizaba.

—¿Collar? ¡Oh, creo que lo dejé en casa!

Clara se pasó la mano por su cuello para verificarlo. Siempre portaba el collar de su abuela, pero últimamente la cabeza la tenía en todos lados menos en donde debía.

—Al menos no lo perdiste por ahí con esta ventisca. Encontrar el pequeño collar entre esta tonelada de nieve sería tan imposible como imaginar que Gino va a reacomodar esa nochebuena, a pesar de que ya le dijimos que debe ir ahí —señaló dirigiendo su dedo índice a un hombre que acababa de colocar las manos sobre una hermosa maceta dorada.

—¡Se ve horrible! —recriminó Gino moviendo los brazos de arriba a abajo—. ¿De verdad quieren que la nochebuena esté tapando ese cuadro de atrás?

—A nadie le interesa el cuadro, Gino. Claudine ya dijo que esa nochebuena va ahí y ella es la encargada de la decoración. —Brandon se cruzó de brazos negando con la cabeza—. Además, no sé qué haces aquí y no con la chef Alhelí.

—¿Quieres verme muerto? Soy mesero y mi turno empieza hasta que el buffet esté abierto —se excusó estirándose al tiempo que le daba una mirada discreta a la nochebuena y después a la rubia—. ¡Clara! ¿Y tu collar?

—Lo olvidé en casa —respondió la chica ajustando su gorro y el chaleco para tomar una respiración—. Amo hacer esto, pero, la última vez casi me sale salpullido del estrés. ¿Creen que venga mucha gente?

—Tú eres la recepcionista, ¿por qué nos preguntas a nosotros? —cuestionó Brandon metiendo sus manos en los bolsillos.

Clara sabía que pocas personas habían hecho reservación, pero también conocía la tendencia del Villa. Las personas llegaban como copos de nieve en esas semanas. Las manos le empezaron a temblar y le dirigió una mirada nerviosa al botones antes de volver a suspirar.

—No estés nerviosa. ¿Por qué no mejor nos cuentas en qué libro estás ahora?

—¡Oh, sí! Siempre nos cuentas muy buenas historias, ¿qué tienes hoy para nosotros? —Gino se acercó emocionado a la recepción y colocó su cara sobre los puños, preparándose para escuchar.