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1. Me da miedo cuando sales, con tu sonrisa y los hoyuelos que te salen.
Fortuna es lo que todos desean, pero ella solo pedía una cosa y es tener aquel hombre de pálida piel, cabello castaño y portador de extrema elegancia.
La calle estaba enamorada de tan preciosa mujer con tez cómo porcelana, cabello oscuro como el alma de alguien que dejó de creer hace tiempo en lo bondadoso del mundo, labios pintados de rojo al igual que sus uñas, cada prenda que llevaba demostraba lo vanidosa que podía ser y su voz encantaba a los hombres como las míticas sirenas.
Despampanante caminata, vestido corto haciendo juego con tacones altos de color negro y cada pisada resonaba en las calles de Granada, miradas caían sobre la mítica mujer de reconocido nombre.
―Makayla, ¿Cuándo dejaréis esa vida?― preguntó un desconocido que yacía en una esquina fumando.
Tan preciosa belleza era merecedora de cientos de espectadores, usándolo a su favor con todo aquel que conocía por las efímeras noches, su trabajo no era más que ser la compañía de solitarios hombres que buscaban desahogar su placer en la mujer de piel blanca cómo un puñado de cocaína.
Placer que tenía un alto precio y cualquiera estaba dispuesto a pagarlo, pero, ¿Y él? Solo bastó una noche para que Makayla dejara toda su vida y cordura en las manos de aquel hombre de orbes azules como el océano.
No era más que una tonta en pensar que alguien como él se enamoraría de una mujer de la noche, compañía de cualquiera que pudiera pagarle, pero, una vida con él era lo que más anhelaba y su deseo por tenerle era cada vez más insistente.
Podía tener a cualquiera, pero, ¿Por qué no lo tenía a él? Sólo era como aquellos que iban y venían. En su largo trayecto como novia de la noche, nunca se había topado con alguien como aquel hombre que aún desconocía su nombre pero recordaba perfectamente cada parte de su cuerpo, y sobretodo el color de sus orbes, aunque lo intente, jamás se olvidaría de ellos.
Una vida tan triste y trágica llevaba la mujer de cabello azabache, pero a nadie le importaba su vida misma, sólo les importaba la manera en que podía hacer llegar a los hombres con tan solo pocas acciones, encantarlos y tenerlos comiendo de la palma de su mano durante la oscuridad.
―Makayla, ¿Qué tanto daño te han hecho para pensar qué mereces más que esto? Desde que nacimos llevamos toda nuestra vida escrita y la tuya solo es un pedazo de papel olvidado― murmuró aquel hombre de nombre desconocido pero de hipnotizante belleza.
―Fuiste tan severo y yo seguía siendo tuya― le habló a la luna, siendo ésta una confidente leal.