Abismo: Volver a Caer [Especial de Navidad]

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Summary

Los hechos dentro de este especial de Navidad ocurren días después del epílogo de Abismo, y antes del segundo libro que publicaré en un futuro cercano. Si bien no leerlo no afectará tu comprensión del próximo libro, deberías hacerlo si quieres saber qué pasó con Alexis luego de "ese" día, y por qué la segunda parte comienza de tal forma.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Parte I

Mañana de nochebuena

—¿Qué estás haciendo, Lexi? —cuestionó Matt sentado en su cama, sin dejar de tocar Nightmare de Avenged Sevenfold en su guitarra eléctrica desenchufada.

Sin siquiera mirarme.

—Vine a buscarte. Te extraño. Te necesito.

—No es a mí a quien necesitas. Y tú ya no perteneces a aquí, lo sabes. ¿Qué estás haciendo?

¿Qué? ¿Cómo que ya no pertenecía a allí?

—¿De qué hablas? —intenté acercarme a él, pero mis pies parecían estar clavados al suelo—. ¿Matt?

—Alex…

Una voz de mujer se coló entre mis pensamientos. La voz de Katherine.

—Matt, ¿qué pasa? —el temor dominaba mi voz.

—¿Qué estás haciendo? —sus dedos se movían más rápido sobre el traste de la guitarra al llegar al solo de la canción.

—Quiero estar contigo.

—¡Alex! ¡Alex, despierta! —La voz de mi padre se hizo eco en mi cabeza.

—No es conmigo con quien quieres estar. —Matt no sonaba enojado, no en lo absoluto. Más bien parecía decepcionado.

—Tranquilo, sólo es fiebre, papá. Y está delirando.

—Matt, amor, lo siento. Lo siento tanto. ¡Perdóname, por favor! No volverá a suceder, él es cosa del pasado. —Las lágrimas comenzaron a pinchar detrás de mis ojos mientras movía mis pies intentando avanzar, pero no podía.

La culpa empezaba a ahogarme.

Él por fin alzó la mirada, clavando sus ojos marrones en mí, pero sin dejar de tocar. Se veía agotado, con marcadas ojeras violáceas. Estaba bastante demacrado, como si llevara mucho tiempo sin descansar.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, y se me encogió el corazón.

—No lo entiendes, ¿verdad? —me acusó, la pena dominando su voz.

—El botiquín de primeros auxilios. ¡En mi maleta!

—¿Qué tengo que entender? Matt, ¡¿qué pasa?!

—Ya no perteneces a aquí, Lexi. ¡Ya no vuelvas!

—No, no ¡no! ¿Por qué me haces esto, Matt? —cuestioné, mi cuerpo temblando y mis mejillas bañadas en lágrimas.

—¿Por qué TÚ te haces esto?

Llevé mi mirada a mi brazo derecho al sentir un piquete.

—Tranquila, cariño, ya va a pasar. —La voz de mi hermana resonó en mi mente una vez más.

Comencé a sentirme cada vez más débil, los párpados me pesaban.

Cerré los ojos un instante y flashbacks de mis recuerdos con Matt se sucedieron velozmente en mi cabeza, mezclándose con imágenes de mis momentos con Liam.

Me llevé las manos a la cabeza, aferrándola, e intenté gritar, hacerlo con todas mis fuerzas, porque necesitaba que mi mente se detuviera. Sin embargo, la voz no me salió; sólo implosioné, sintiendo que me desarmaba en mil pedazos, y me dejé caer en un vacío oscuro e infinito.

Bajé la escalera en dirección a la sala para reunirme con mi padre y mi hermana para la cena de nochebuena. Ni siquiera entendía cómo había pasado de acostarme la noche anterior a despertar ya en nochebuena.

Había dormido casi un día entero y, de no ser porque mi padre me despertó para la cena, quizás hubiese seguido haciéndolo quién sabe hasta cuándo.

Me dolía mucho la cabeza, y tenía demasiado calor pese a los diez grados que hacía en ese momento. Quizás aún tenía un poco de fiebre. Mi padre me había dicho que la había tenido por la mañana, que estuve delirando, y que Katherine me tuvo que inyectar no sé qué para bajarla porque estaba muy alta.

Sólo rogaba no haber hablado de más en mi delirio, porque mis recuerdos de ese episodio eran un poco confusos y borrosos.

Me acerqué a mi hermana para darle un fuerte y cariñoso abrazo. Había llegado en la mañana y, dadas las circunstancias, no había podido saludarla.

—Te extrañé demasiado —susurré mientras aspiraba el aroma de su cabello, ese que asociaba a mi infancia, a lo más parecido a una madre que había tenido.

—También yo, Lex… Alex —respondió y se apartó de mí, tomando mis manos, para observarme con una preciosa sonrisa en sus labios. Se veía agotada, pero, así y todo, increíblemente hermosa. Su cabello rubio estaba mucho más largo que la última vez que la había visto, había ganado un par de kilos que le sentaban maravillosamente bien, y sus ojos, aunque una arruguita apenas perceptible se había formado por debajo de ellos, se veían muy verdes y radiantes.

La vida como pasante en el hospital de Yale y estudiante de último año le estaban pasando por encima, pero se notaba que lo estaba disfrutando, y que era feliz.

»¿Cómo te sientes? —Se acercó nuevamente para presionar sus labios en mi frente, y supe, aunque aquel contacto terminó en un beso, que estaba controlando mi temperatura, como toda una madre, un rol que tuvo que asumir a la fuerza, hacía muchos años.

—Me duele mucho la cabeza, y tengo calor.

—Es extraño, porque no parece que tuvieras fiebre.

Me encogí de hombros mientras me alejaba de ella para quitarme el cárdigan que llevaba puesto. De pronto, la textura de aquel entramado comenzó a escocerme en la piel de los brazos.

Luego de saludar a papá en la cocina, los tres nos sentamos a cenar en la mesa de la sala, junto al gran árbol de navidad que siempre solía tomarme el trabajo de armar, con todo gusto y felicidad. También solía decorar hasta el último rincón de la casa. Amaba la navidad de una forma casi obsesiva; era mi época favorita del año.

Ese año, papá había estado demasiado ocupado con el trabajo y conmigo, y yo… bueno, yo no tenía cabeza ni ánimos para nada, así que había sido mi hermana la que se tomó el trabajo de decorar la casa ese mismo día.

Removía la comida en mi plato con el tenedor, de un lado al otro, sin probar bocado. Tenía hambre, realmente la tenía, pero también había una revolución en mi estómago, y sentía mucho asco. Ni siquiera el agua me pasaba por la garganta sin que sintiera que iba a terminar vomitándola.

La conversación a mi alrededor iba entre el trabajo de mi padre y el de mi hermana, y la vida universitaria de esta última.

Mi teléfono vibró junto a mí y lo tomé para ver quién era.

—Alex, en la mesa no —me regañó mi padre.

—Sólo quiero ver quién es.

«Traducción: necesito saber si es Liam».

Desde aquella fatídica tarde, no había habido mensajes. No insistió, no me buscó. No hubo absolutamente nada.

La insignificante chispa de esperanza se extinguió al ver el nombre de Tom en mi pantalla.

—Alex. —La voz de mi padre fue imperativa y, por algún motivo, eso me molestó exageradamente.

—¡Sólo estoy viendo quién es! —respondí, de forma involuntariamente brusca, y los dos pares de ojos sorprendidos se clavaron en mí.

—¿Qué pasa contigo? —Me regañó mi hermana, con el ceño fruncido.

—Lo siento, lo siento papá. No fue mi intención. Perdóname—. Me disculpé en cuanto me di cuenta de mi impertinencia, dejando el teléfono nuevamente en su sitio.

—¿Qué te pasa, Alex? —cuestionó Katherine, esta vez con una nota de preocupación en su voz.

—Nada, sólo fue un exabrupto.

—No me refiero a eso. Ya perdí la cuenta de las veces que te rascaste los brazos.

—¿Qué?

Y entonces me los observé, y me di cuenta de las marcas rojizas en ellos.

Un perturbador silencio invadió la sala, luego del cuál mi hermana, que pareció haber atado los cabos sueltos y caer en cuenta de algo, pronunció las palabras que me helaron la columna vertebral.

—¿Qué te estás metiendo? —cuestionó, con un tono sombrío.

Los ojos se me abrieron de par en par y el corazón me dio un vuelco.

—Katherine, por dios —la medio reprendió mi padre, como si ni siquiera pudiera creer lo que ella estaba insinuando.

—¿Qué mierda te estás metiendo, Alexis?

—¡El vocabulario, Katherine!

—¿Qué estás diciendo? Yo…

—Alex, trabajo en un hospital hace años, he visto de todo, ¡de todo! Y justo ahora tú estás siendo la personificación del síndrome de abstinencia. Conducta inquieta, irritabilidad, dolor de cabeza, fiebre… —comenzó a enumerar, terminando por señalar mi plato con su índice— nauseas… porque tienes nauseas, ¿cierto? —lo dijo con un tono casi desafiante.

No pude evitar que mi mirada se enfocara en mi padre. Él me miraba fijo, con incredulidad, con la esperanza de que negara todo lo que mi hermana estaba diciendo. Pude ver en sus ojos el momento exacto en el que entendió que lo que Kath decía no era más que la verdad, el brillo desapareciendo de ellos, tornándolos dos bloques marrones opacos.

Bajé la mirada completamente avergonzada, con el cargo de consciencia estrujándome la cabeza y el pecho.

Durante cinco días me había mantenido medianamente en pie a base de las últimas pastillas de Doxepina que el contacto de Abby me había conseguido, las cuales no alteraban mi conducta, pero sí me hacían dormir mucho, cosa que ayudaba a no llamar la atención de mi papá. Pero, una vez más, me había pasado de la raya, y me las había acabado antes de lo previsto, así que sí, estaba comenzando a transitar un periodo de abstinencia.

»¡¿Cómo es que no me di cuenta antes?! Creí que la fiebre se debía sólo a un resfriado, o una intoxicación, iba a esperar hasta mañana para ver cómo seguías.

No lo soporté. No soporté que mi hermana expusiera mis miserias de esa forma. No soporté el tono de culpa con el que se reprochaba a sí misma no haberlo notado antes. Pero, por sobre todo, no soporté haberla sumado a ella y a mi papá a la lista de personas a las que había herido, a las que había decepcionado.

«¿Ya te convenciste de que destruyes todo lo que tocas?»

No lo soporté, así que me levanté de la mesa y me dirigí a la escalera.

—¡¿A dónde crees que vas, Alexis Underwood?! ¡Regresa aquí en este preciso momento! —gritó mi padre, furioso como nunca antes lo había visto, golpeando sus puños en la mesa al ponerse de pie.

Lo ignoré por completo. No tenía la cara ni las fuerzas para enfrentar esa conversación.

»¡Alexis! —gritó una vez más mientras yo subía las escaleras corriendo y me encerraba en mi habitación para hundirme en mi miseria, sola.

Me puse una sudadera al sentir que me estaba helando, y me senté en el banco debajo de mi ventana, aferrando mis piernas contra mi pecho, mirando a través del vidrio pero sin realmente ver.

Cuánto deseaba volver a ser yo, volver a ser la Alex de un año atrás, y no el trozo de cristal resquebrajado que era.

Cuánto deseaba no depender de sustancias para no sentir, para no pensar. Para no volverme adicta a la idea de que era mejor estar muerta que vivir de esa forma.

Cuánto deseaba haber conocido a Liam en otras circunstancias, menos rota, más segura, menos loca, más estable, menos cobarde, más dispuesta a saltar al vacío por él y a entregarle mi corazón en bandeja ante la posibilidad de que lo destrozara sin problemas.

El asunto era que ya no quedaba mucho de dicho corazón. Y la ironía estaba en que una gran parte de él se había quedado con Liam el día en que traicioné su confianza, en que elegí a alguien más por sobre él, incluso si eso no era lo que yo realmente quería. Porque, demonios, no era ni por cerca lo que quería.

El día en que hice lo único que él me pidió que no hiciera: huir de él, de nosotros.

Ese día, una parte de mí se quedó con Liam, por no decir que todo lo que quedaba de la persona que alguna vez fui se quedó en esa cama con él.

Hacía siete días que no valía la pena despertar.

—Hija. —La voz cautelosa de mi padre me sacó de mis cavilaciones. Al parecer llevaba varios intentos llamando mi atención.

Sequé mis lagrimas con los puños de mi sudadera antes de alzar la mirada al rostro preocupado de mi padre. Sus ojos expresaban tristeza.

Él inmediatamente reparó en el atuendo que yo llevaba; y es que la sudadera que me había puesto era la de Matt, la de Pink Floyd, su favorita.

»Alex, princesa… —murmuró con pesar, con infinito dolor, sentándose junto a mí, y me abrazó, acurrucándome contra su cuerpo, mi espalda contra su pecho.

Y en ese momento me rompí.

—Lo extraño, papá. Lo extraño tanto —sollocé, aferrándome al brazo de mi padre sobre el que descansaba mi cabeza.

«¿De cuál de los dos estás hablando, Alex? ¿De Matt o de Liam?»

«Tal vez de ambos».

—Lo sé, princesa, lo sé. Y siempre vas a extrañarlo, eso no va a cambiar. Pero no puedes seguir así, Alex. Ya han pasado casi once meses, pequeña.

—¡Quiero ser buena para él! ¡Quiero merecerlo! —grité, irracionalmente, invadida por la congoja, sin siquiera escuchar lo que mi padre decía.

—¿De qué hablas, Alex?

—Ayúdame, papi. Ayúdame por favor. Porque ya no lo aguanto. Porque duele demasiado. Porque me quema el corazón —le pedí, le rogué, sintiendo que me ahogaba con mis propias lágrimas.

—Shh, shh, tranquila, princesa —apretó aún más sus brazos a mi alrededor mientras nos mecía suavemente, arrullándome—. Por supuesto que voy a ayudarte —la voz le salió entrecortada y supe que él también estaba llorando—. Siempre. Aquí estoy, hija. Saldremos de esto juntos. Sólo no te vayas. Quédate aquí. Habla con nosotros, pequeña, cuéntanos.

Sentí que había mucho más detrás de las palabras que mi padre decía. Percibí un viejo dolor oculto allí, algo que yo desconocía. Pero no tuve tiempo de preguntar, no pude indagar, porque entre lágrimas, arrullos, y besos de mi padre en mi cabeza, me quedé profundamente dormida entre sus brazos.