El Iniciado. El sendero del dragón

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Summary

magínate, sumergirte en una aventura llena de secretos, revelaciones y desafíos. Una metáfora que te lleva en busca de tu propio ser, pero contada a través de una historia de fantasía. Deja que tus sentidos se embriaguen con esta mágica travesía.

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Complete
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1
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5.0 2 reviews
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16+

Capítulo 1

“Nosce te ipsum. Conócete a ti mismo”. Templo de Apolo en Delfos."

Capítulo 1

El Anciano y el Árbol del conocimiento

Todo comenzó en aquel día radiante, cuando desperté sobresaltado por el intenso calor. Al alzar la mirada, me deslumbró el sol resplandeciente que iluminaba un cielo despejado. «¿Dónde estoy?» me pregunté, mientras me incorporaba del suelo para sentarme. Fue entonces cuando noté que estaba sobre una enorme roca, cuyo ardor era la causa de mi despertar. Pero lo más extraño era que no recordaba nada, y me preguntaba: «¿Qué lugar es este? ¿Qué me ha sucedido?». Al ponerme de pie, descubrí que estaba en la cima de un escarpado acantilado, con un denso bosque extendiéndose a sus pies. Desde allí, extraños sonidos de animales salvajes surgían de las profundidades, sin que pudiera reconocer alguno.

En un arranque de curiosidad, me aventuré a explorar el sitio, apreciando los misterios que se ocultaban en cada punto cardinal. Al norte, se alzaban majestuosas montañas, cuyas cumbres se perdían en las nubes. Al oeste, una ladera agreste y un tumultuoso río se manifestaban ante mí. Evitando el bosque denso, desvié mi mirada al sur, solo para encontrarme ante un abismo profundo, cuyo misterio me llamaba a la distancia.

Mi boca, árida por el sol implacable que abrasaba aquel lugar, anhelaba el dulce abrazo del agua fresca. No obstante, la corriente del río, inestable y peligrosa, hacía que su consumo fuera un riesgo. Con el corazón en vilo, decidí adentrarme en el bosque oscuro, donde las sombras ocultaban sus secretos místicos.

Mi travesía comenzó con un descenso por el risco, mientras más descendía, más abundante se volvía la vegetación y la rocosa ladera se volvía resbaladiza. Me aferraba a las raíces y ramas que sobresalían entre las rocas, pues un paso en falso significaba el fin de todo, ya que la caída hacia el bosque era profunda. Con paciencia y determinación, me deslicé por la pendiente, poco a poco fui bajando hasta que logré salir de ella. Al llegar a una parte más plana, me topé con unos árboles pequeños cuyos frutos eran grandes y maduros. Observé con detenimiento y descubrí que se trataba de extraños árboles enanos, con apariencia robusta y fuentes. Con esfuerzo arranqué una de las ramas para elaborar un báculo y adentrarme en el espeso bosque con mayor facilidad.

Mientras me aproximaba al umbral, divisé un arroyuelo ondulante. Exhausto, corrí hacia él y sumergí mi rostro en el agua cristalina, bebiendo con avidez, cada sorbo me devolvía la vida. Al alzar mi cabeza, despejé el agua que resbalaba por mi rostro y, en la orilla opuesta del arroyo, avisté a un pequeño anciano sentado en una pequeña silla de madera, recostado contra la enorme raíz de un gigantesco árbol. «Al fin he hallado a alguien», pensé para mí mismo.

— Buenas tardes señor — saludé al venerable anciano.

— Oh, caballero. Parece que has sufrido una gran batalla, te han arrebatado tu caballo y espada — respondió el anciano con una voz pausada que transmitía bondad y confianza.

— Estoy sumido en la confusión, no recuerdo quién soy — expresé con desconcierto.

El anciano, con su inquebrantable calma, me habló con sabiduría: — Descubrir tu verdadero ser es una travesía maravillosa. Y en ese instante, una pequeña puerta se abrió entre el grueso tronco del árbol.

— Adelante — me urgió el anciano. Agachándome, me adentré por la pequeña puerta, avanzando a gatas. Al levantarme, quedé maravillado ante la magnificencia de una monumental biblioteca, cuyos libros se extendían en un sinfín que no podía cuantificar.

El anciano me dijo: — Aquí se encuentra todo el conocimiento de este bosque, para atravesarlo debes escoger una guía. Estos libros fueron escritos por aquellos que se adentraron, algunos no salieron jamás. El dragón de siete cabezas ejerce un fuerte poder sobre este bosque y si no estás lo suficientemente despierto terminarás por extraviarte olvidándote por completo de sí mismo.

— ¿Acaso yo soy uno de aquellos que enfrentó a la bestia, y por haber sido vencido ahora he olvidado mi verdadero ser?

— Oh, noble caballero de reinos desconocidos, de dónde vienes es un misterio. Sólo aventurándote al reino de Quéribus se levantará el velo de tu verdadera identidad. Sin embargo, debo advertirte que el camino hacia este reino es traicionero y sinuoso, lleno de peligros en cada paso. Ante ti se alzará el desafío de vencer al temible dragón de siete cabezas. Mas no todo está perdido, pues la leyenda cuenta que solo una espada forjada con el mismísimo fuego del diablo puede pulverizar a la bestia.

— ¿Fuego del diablo? ¿Dragón? — Mi corazón se llenó de pavor — ¿De qué hablas, anciano?

— Es imperativo embarcarte en esta gran aventura, si es que realmente deseas conocer tu verdadero origen, pues de lo contrario, vagarás sin rumbo en este bosque perdido en la ilusión.

— ¿En qué lugar habita el diablo para rogarle me preste su fuego y así forjar mi espada?

El anciano rompió la serenidad de su semblante con un estruendoso estallido de risa y me habló:

— El diablo no cedería su fuego. Para conseguirlo, deberás resolver su acertijo, de lo contrario, te convertirás en su cautivo. Para hallarlo, deberás adentrarte en las profundidades del subsuelo, llegando hasta el noveno reino donde su guarida aguarda.

— Pero, ¿cómo podría pisar el peligroso bosque sin mi confiable espada? — respondí preocupado — Todo lo que empuño es un báculo de madera.

El anciano se adentró en su vasta biblioteca y retornó con un libro titulado “El sendero de la verdad”. Con gesto solemne, me lo entregó y dijo:

— Aquí se plasma la sabiduría de los grandes iniciados. Cuando te sientas perdido y no encuentres rumbo, ábrelo y halla en sus páginas la luz que necesitas. No todas las hazañas de quienes han triunfado en el arduo camino son iguales, cada uno encuentra su propio sendero, pero las historias escritas por otros te brindarán orientación. Sin embargo, no tomes las palabras a letra muerta, dentro de la densidad del bosque capta su significado más profundo. Debo advertirte, además, que muchas almas peregrinas han sido devoradas por las criaturas que yacen bajo el dominio del dragón. Pero ten fe, ese libro en tus manos te señalará el sendero a seguir.

Sorprendido por sus enigmáticas palabras, pregunté: — ¿A qué te refieres, anciano? ¿Hay más peligros?

— Entre las sombras del bosque yacen maravillas indescriptibles, mas no debes dejarte engañar por la aparente calma, pues en sus entrañas habitan bestias aberrantes que desestabilizan la armonía natural.

A pesar de estas advertencias, mi anhelo por descubrir mi verdadera identidad se mantenía imperturbable, y así, con valentía, me dispuse a iniciar el viaje. Antes de partir, el anciano me susurró:

— Ten presente estas palabras, no permitas que el poder hipnótico del dragón te someta a su voluntad. Este ser se conecta con tus miedos, vicios, recuerdos y defectos para ejercer control sobre ti. Debes estar siempre alerta, o caerás en un profundo y letárgico sueño.

— Tranquilo, — respondí con confianza — puedo mantenerme alerta siempre.

— Pero no basta con estar alerta a los hechos que te rodean, — replicó el anciano con una sonrisa impregnada de sabiduría. También debes estar atento a tus pensamientos, acciones y cada palabras que sale de tu boca. El dragón no solo despliega su poder desde fuera, sino también desde adentro, en tu mente.

Cuando la conversación llegó a su fin, le pregunté al sabio: — ¿Dónde debo aventurarme ahora?

Con un gesto enigmático, me respondió: — Abre el libro que te guiará en tu próximo paso.

Mientras levantaba la tapa de la antigua obra, una inscripción reveló su presencia: “La atención es el camino hacia la inmortalidad; la inatención es el sendero hacia la muerte. Los que están atentos no mueren; los inatentos son como si ya hubieran muerto”. Dhammapada.

Más allá de estas palabras, un mapa se desplegaba ante mis ojos, guiándome hacia un santuario donde habitaban los maestros de la mente. Pero al terminar de leer, alzando la vista, el anciano y la biblioteca colosal se habían desvanecido como por arte de magia. El bosque denso me envolvía, dejándome solo y un tanto desconcertado. Entonces, grité:

— ¡Oh, sabio anciano! ¿Dónde te has esfumado?

Una voz con eco resonó en respuesta:

— ¡No pierdas tiempo! ¡Dirígete al templo de los maestros de la mente!