Prefacio
Scott Price vio el final de la primera guerra mundial. Con los dedos despellejados, todo su cuerpo bañado en pólvora, sangre y tierra, desfalleciendo con cada bocanada de aliento que dejaba sus agrietados labios. Y estando ahí, en el centro de las trincheras, al lado de la bandera que se izaba orgullosamente ese histórico día y escuchando los débiles gritos de victoria que sus compañeros de batallón vociferaban, él hundió más sus talones en la tierra mohosa, como si quisiera enraizarse ahí, solo para contemplar esa imagen el resto de su vida. El sabor de la victoria deleitando su paladar, y el padecimiento de los miles de soldados ofuscando sus pensamientos; desviándolos con la brisa seca y áspera a un futuro incierto.
Supo en ese instante que jamás volvería a ser libre, que su vida quedaría sometida con cadenas a ese momento. Un lienzo grabado en su mente, pintado con grises marchitos y vivos escarlatas, que eclipsaría con tormentosa facilidad cualquier bosquejo de felicidad que pudiera aparecer frente a sus ojos. Era hermoso, debía admitirse con pesar a sí mismo, de la manera más triste y agonizante, una hermosura decadente que muchos artistas seguramente morirían por retratar o narrar; en el altruismo degenerado, narcisista y arrogante donde se creían los únicos capaces de experimentar tal desolación, tal tortura y desesperanza, como dogma de vida.
“Aquí termina” pensó, sujetando el fusil contra su pecho, apretándolo con dedos temblorosos de la misma manera en que lo haría un niño al aferrarse a su padre protector, a sabiendas de que ese era el último momento que pasarían juntos.