Rabia.
Tu continúas hablando y siento que con cada palabra mi pulso se acelera, mis dientes rechinan, mis manos cosquillean, mis piernas tiemblan y mis venas se hinchan.
Ya no escucho tu voz, solo veo tus señas, estúpidas, maleducadas, groseras, como ecos que retumban en mi mente.
No le prestes atención, dicen ellos, hipócritas que también se enojan, que confunden el silencio con la paz.
La rabia permanece, una sombra oscura, y pienso en la lección que no te pude dar mientras trato, en vano, de controlar mi respiración con impotencia, pues se bien cuánto te fascina molestarme sin consecuencias.
De L.T