Ziel

All Rights Reserved ©

Summary

Ziel Selënik es un chico peculiar, uno que guarda muchos secretos y rumores pese a vivir en un pequeño pueblo de Montana. Nadie recuerda nada de él, pero sí de sus padres. ¿Cómo puede ser eso posible? No hay registros, no hay fotografías, no hay nada que demuestre; aparte de su extraño apellido; que varias generaciones han estado viviendo en ese pueblo. Pero él no. Sin embargo, sí habrá algo que él sabrá cuando llegue el momento: Problemas, multiplicados por tres. Porque el número tres puede ser el número de la victoria... O de la discordia.

Status
Complete
Chapters
39
Rating
4.5 4 reviews
Age Rating
18+

Mis libros no mienten

𝚁𝚎𝚡𝚏𝚘𝚛𝚍 — 𝙼𝚘𝚗𝚝𝚊𝚗𝚊

Ziel

En Rexford, Montana, condado de Lincoln, no hay nada interesante. No porque lo diga yo, sino porque cualquiera que haya pasado por aquí en los últimos años te lo puede confirmar, ya sea mediante fotografías, vídeos o por la propia palabra. No hay nada. A duras penas superamos los cien habitantes desde hace cincuenta años, donde el número sube y baja; rara vez se queda demasiados años estancado. Lejos de lo que la gente puede decir, no todo es malo en este lugar: Es un lugar tranquilo y natural, donde todo está plagado de árboles y el pueblo más cercano está a doce minutos en coche; Eureka. La temperatura es parcialmente agradable, donde las lluvias son generosas, el calor no te asfixia salvo por la humedad y la nieve no es tan molesta como ocurre en otros estados. La gente, por lo general es amable y todo el mundo se conoce de una forma u otra; salvo a mí, que nadie me recuerda.

Rexford está bien, si quieres ser un ermitaño.

No exagero cuando digo que no hay nada: No hay iglesias, tiendas de comida, colegios o institutos —tampoco universidad—, mecánico, estación de bomberos... Entonces, ¿qué tenemos aquí? Un casino, una playa pequeña (si se le puede llamar así) y un puñado de lugares para acampar. Ya está.

¿Quieres comprar tu comida? Vete a Eureka.

¿Quieres ir a un museo? Vete a Eureka.

¿Quieres estudiar algo? Vete a Eureka.

Así hasta el infinito, donde prácticamente cualquier excusa te envía a ese lugar tan poblado y activo.

A Rexford sólo vienes por tres razones: Para tener paz y desconectar del mundo, porque adoras el aire libre en todo su esplendor, o porque quieres privacidad. Y yo entro en todas esas razones, quitando con la curiosidad de que nací aquí, crecí durante mis primeros años y después pasé unos cuantos años más en Nueva York con mis padres. Después murieron y tuve que volver solo con mis medios, los cuales no son precisamente muy convencionales a decir verdad.

Pero vamos a dejar la cháchara y metámonos en mi historia.


El Sol de la mañana del lunes se cuela por la ventana que da a mi habitación, al mismo tiempo que el despertador suena. Odio su sonido, es demasiado chirriante y me gustaría quedarme más tiempo en la cama pese a qué, en el fondo, sé que no debo de hacerlo. Mientras me desperezo, mis ojos verdes se dirigen directamente hacia las pajareras que tengo colgadas por toda la habitación. Son mi posesión más preciada, al igual que esta casa, pues siempre han venido conmigo de aventuras por muy raro que suene.

Papá creó la primera para mí cuando era niño y me contó una historia familiar, aunque realmente no puedo recordarla. Con los años el recuerdo de mis padres se desvanece como los retazos de un sueño al despertar y, aunque me duela, lo único que tengo para recordarlos en mi día a día son un puñado de fotografías viejas. Quizá no son la gran cosa para la gente, sobre todo si tenemos en cuenta que desde hace unos años ingresaron a la sociedad las cámaras de vídeo, pero no me gustan. Tengo la sensación de que el sentimentalismo, a diferencia de las fotos, no es el mismo por mucho que la gente intente convencerme de lo contrario.

—Nuevo día —susurré en cuanto salí de la cama. Podía sentir el frío suelo de madera en las plantas de mis pies, estremeciéndome durante unos segundos, y luego dando mis primeros pasos hacia las pequeñas casitas de madera—. Nueva oportunidad, ¿verdad, amigos?

La historia es la misma de siempre cuando alguien relativamente nuevo —aunque no sea así— llega a un pueblo pequeño: La gente tiene curiosidad por saber quién eres, de dónde vienes, qué haces ahí y un montón de preguntas más que no merecen ser respondidas. No soy grosero, sólo me aburre repetir siempre las mismas frases manidas de siempre cuando me marcho y, a los pocos años, vuelvo. Siempre vuelvo a mis raíces, como si este lugar me llamara y me obligara a quedarme para que algo ocurriera en algún lugar. Esperándome.

Soy Ziel Selënik.

Vengo de una ciudad lejana.

Esta era la casa de mis tatarabuelos.

Siempre la perorata que parecía reiniciarse en cada ciclo. Era como si el tiempo reiniciara cada pocos años y la gente me olvidara por completo. A mí, no a mi familia, porque en el mismo instante que pronunciaba el nombre de mi padres, tíos o abuelos toda la gente se me quedaba viendo con una expresión de plena confusión. Se preguntaban cuándo se embarazó mi madre, por qué nadie habló de ello, por qué tanto secretismo aparente... No lo sé, nadie sabe.


Salgo del baño a toda prisa ya duchado, perfumado y vestido. Tengo tiempo de sobra, pero siempre cabe la posibilidad de que algo falle en mi análisis; así que ingreso en la cocina y me meto un bollo de leche en la boca. Seguidamente, tan rápido como apago la luz titilante de la bombilla, agarro la mochila hasta llevármela al hombro con todos mi libros y salgo por la puerta.

—Bueno, hora de comenzar con cuidado y no abusar de lo mío —me dije a mí mismo antes de chasquear los dedos—. Sperre [barrera].

Las puertas y ventanas se cierran la mismo tiempo con un chasquido, los metales se prenden al rojo vivo y seguidamente giro sobre mis talones para mirar al coche que tengo frente a la pequeña puerta de plata bañada con aceite de matalobos. Cada día tengo que embadurnarla, no hago preguntas y sólo sigo las instrucciones que me son recomendadas. Por ello, sin vacilar, salgo corriendo sin mirar a ningún lado hacia mi coche. No es la gran cosa a decir verdad. No es tan moderno como los que posee la gente de mi edad y tampoco tan viejo para considerarlo una antigualla, pero arreglarlo por mí mismo es una mala idea y no me apetece pagar a un mecánico. Me las apaño siempre que puedo, sin que nadie me vea; y hasta el momento me han ido bien las cosas al no tener vecinos cercanos.

Ingreso en el coche y dejo la mochila en el asiento del copiloto, al mismo tiempo que devoro el panecillo como mejor puedo.

Blei [dirigir] —ordené en otro chasquido, a lo que el coche se prendió por sí mismo y emitió un sonido extraño que me hizo rodar los ojos. Ya volvía a tener problemas—. Wartung [arreglo] —chasqueé de nuevo y el sonido terminó yéndose. El coche comenzó a moverse solo sin que lo condujera yo, sin embargo tuve que poner una mano para que no fuera tan cantoso.


Llegar a la universidad me lleva un buen rato no demasiado prolongado, aunque el efecto que crea este coche tan viejo siempre es el mismo: La gente observa descaradamente, algunos frunciendo el ceño, y posiblemente se preguntarán quién es el dueño de aquella carraca que no ha tirado todavía al desguace. Pues yo, por supuesto. El coche funciona, lo arreglo con mi magia y me ahorra miles de dólares que a otros les jodería gastar. La modernidad a la que se aferran algunos no siempre será la mejor respuesta, porque bien se sabe que las empresas estropean la tecnología actual para que inviertas en nuevos modelos a futuro. No soy tecnófobo. No odio la tecnología, e incluso yo mismo tengo algunos en casa; es sólo que no me gusta depender de tanto modernismo. Mi magia es suficiente, aunque no es infinita; tengo limitaciones.

Ingreso al aparcamiento con cuidado, aparco y cierro la llave. Afortunadamente mi embrujo no me ha obligado a malgastar energía extra, así que lo siguiente es agarrar mi mochila y salir por la puerta. En parte estoy contento. Frente a mis ojos veo una de las pocas universidades que está enfocada en ciencias y que, además, me pilla relativamente cerca de casa; lo que me ahorra perder dinero y gasolina. Y esto es bueno, porque no me gustaría quedarme inconsciente en medio de la carretera.

A diferencia de muchas de las casas que pueden verse desde mi posición mientras camino, el edificio es lo bastante moderno para corroborar la modernidad del pueblo. Los espacios, amplios y con generosa porción de hierba, muchas veces se utiliza por los alumnos para hacer el vago o jugar a las cartas. Además, la gente va a su bola, y eso es lo que necesito para seguir siendo la sombra a la que nadie presta atención. Pero aquí encontrarás de todo: Las típicas chicas porristas aunque no sea una universidad exclusivamente deportiva, un pequeño campo de rugby y atletismo, una piscina cubierta no demasiado grande, una cafetería donde hacen un café delicioso de canela por dos dólares y luego lo típico como bromas y fiestas universitarias una vez al mes. No voy por que no me interesan. Y, además, normalmente la gente va acompañada y yo no tengo a nadie que me lleve; tampoco lo permitiría.

Por un momento me atonto por la belleza del lugar, el sol que me acaricia la piel, el viento me sacude gentilmente el cabello y un montón de tonterías superficiales que a más de un alumno le importaría un carajo. Hasta que me terminan golpeando con la puerta de un coche, haciendo que caiga de culo contra el asfalto ardiente. Siempre olvido que puedo llegar a atontarme fácilmente, y que debería fijarme mejor, pero luego recuerdo que esto no es nuevo y a mi mente acude también que la universidad también tiene a sus respectivos imbéciles con derechos, los cuales chocan contra mí. Como él, por ejemplo. Es la tercera vez desde que iniciamos las clases.

Noel Heulen. Ese gigante de metro noventa y cinco centímetros que nunca deja de sorprenderme cuando se comporta de ese modo tan irracional. Cuando me golpea nunca se gira, tampoco se disculpa, y ahora mientras se aleja de mi vista tampoco va a ser una ocasión distinta. Veo que se coloca su bolsa marrón de tela vaquera al hombro sin parar y yo lo miro como un idiota. Es guapísimo, como muchos chicos de aquí. Alto, corpulento, con unos ojos que te arrancan el aliento, masculinidad que expulsa en cada gota de sudor sin esforzarse y todo su cuerpo por lo general casi parece tallado por las manos de un artista o un ángel. Dos años mayor que yo e inteligente. Por descontado, Edel y Heil no son menos que él, pero su belleza es distinta. Es una lástima que los tres sean unos cretinos y que tienen cosas horribles que no pueden ocultar con su belleza, sólo que a muchos no parece importarles mientras ellos les prestan atención.

Edel es el peor de los tres, pese a ser el menor de los hermanos. Su mirada que generalmente expresa indiferencia es capaz de congelarte la sangre, tanto que chocarte contra él te hace merecedor de que te peguen una patada mientras te llaman perdedor. Burlón, un poco infantil y con la facilidad de colarse en cualquier grupo si se lo propone.

Heil es una veleta. Tan rápido puede sonreírte como clavarte un puñal, pero nunca lo hará sin razón e intentará abogar por un distanciamiento prudente para ver si eres lo suficientemente idiota como para volver. Él nunca ataca primero, pero su venganza es dulce y fría.

Es por ello que tampoco puedes confiarte mucho de la gente que es excesivamente simpática, ya que todos de una forma u otra pueden hacerte dudar. A veces, y sólo a veces, es bueno arriesgar, pero si la cagas una sola vez debes de rezarle a todo el mundo para que no te marquen como un apestado o genere una mancha social.

Ya no somos niños, pero aquí la gente de la élite es importante.


En cuanto llego a mi clase, la gran mayoría de alumnos están esparcidos por el aula haciendo el idiota con sus cosas mundanas. Lo mejor de ser yo es que parece que no reparan en mí, como si fuera un fantasma, así que simplemente me nuevo hasta hallar la mesa del final del todo pese a ser de las más populares para echarse la siesta.

Los techos son un poco altos y la luz es agradable a la vista, paredes de yeso blanco y suelo de baldosa gris. Una gran pizarra doble en dirección norte con su respectivo atril y la mesa del profesor que toque en ese momento; escaleras que pueden joderte la vida si eres torpe; la salida de emergencia en el caso de incendio y un puñado de carteles que nunca me he molestado en mirar de qué se tratan. Eso es lo único que hay, quitando los asientos individuales con su respectivas sillas.

Me siento, saco uno de los libros de mi mochila y abro la página en blanco viejo. Sé que tiene que pasar algo hoy según la página anterior, la cual no puedo controlar yo cuando aparecen y desaparecen lo que hay entintado. La tapa gruesa y desgastada le da un aspecto antiguo, junto a las páginas amarillentas, un tanto añejo que realmente merece. Es muy viejo, una reliquia familiar que pasa de generación en generación. Lamentablemente no todo es perfecto: Una vez el libro es transmitido al predecesor, las páginas borran todo lo que contienen y se escriben aleatoriamente cuando algo relevante tiene que pasar. A veces es una palabra, una frase, un texto o un cántico. No importa, de verdad que no. Pese a tener veintidós a duras penas se han llenado diez páginas de todas las que contiene, así que supongo que mi vida no es tan interesante como me gustaría creer.

—Fausto Blur ha vuelto a rechazar a una chica, ¿te lo puedes creer? —resopló alguien—. Los malditos Blur me dan una rabia... Siempre hay alguna boba que cae por ellos.

Es lo primero que me hace detener la búsqueda visual de las hojas. Conozco a los Blur a distancia y temo decir que no distan demasiado de los hermanos Heulen: Son guapos, llaman fácilmente la atención a su manera y los dos tríos constan con el mismo tópico. El hermano mayor que parece rudo, el hermano mediano que intimida por la forma de mirar y el hermano problemático. Cualquiera diría que sus madres estuvieron de acuerdo de criarlos de la misma forma a los seis.

—¡Shh! Cállate, o te oirán —farfulló un chico.

¿Qué importa que oigan esa tontería? Es obvio que la gente es envidiosa por naturaleza por una u otra razón. ¿Tienes mucho dinero? Deberías compartir. ¿Te llegan muchas chicas? Déjanos que tengamos los demás una oportunidad. ¿Tienes mucha popularidad? Algo ilícito habrás hecho. ¿Tienes las mejores notas? Seguro que copias... La gente no sabe meterse en sus asuntos, y siempre debe de dar la nota.

—Tú, espectro —pronunció alguien a mi espalda, lo que me hizo torcer levemente la cabeza. Era Caín Blur con su ceño, seguramente, fruncido. Siempre tenía que ser el mismo con esa forma tan desagradable de responder a los demás—. Quiero sentarme ahí, pero lo estás ocupando tú.

No digo nada, porque sé que no merece la pena pelear con él. Simplemente me limito a recoger mis cosas en silencio y alejarme sin cruzar una mirada directa, siendo observado por el mayor de los hermanos Blur. Seguramente espera que le responda de mala gana, me defienda o lo mande al diablo. Se equivoca. Nunca viene mal que la élite de la universidad cometa sus errores, aunque siempre intenten ir de perfectos e indiferentes por la vida.

❯────────「⊙」────────❮●

Las tres primeras horas se terminan y llega la hora del descanso. No me molesto en ir y sentarme en la cafetería, porque no vale la pena hacer cola ya que el menú no es de mi grado. Nunca lo es. Lo único que puedo hacer es meterme en la cafetería cercana a la universidad, pagar por mi café de dos dólares y un bollo que únicamente va a ser mi comida hasta que terminen mis clases y vaya directamente a comprar.

Sin embargo, como casi siempre suele ocurrirme, las cosas no parecen ir bien para mí cuando uno de los coche abre la puerta de repente. ¿Y quién es el idiota otra vez? Exactamente, Noel Heulen. Si alguien me golpea con la puerta de su coche siempre es él, como si me oliera y saliera para que recibiera el impacto. Por descontado, al tener el café a la altura del pecho ha acabado aplastándose y me he empapado por completo; además de joderme el bollo junto a la bolsa de papel.

Y volvemos al ritual de siempre: Cierra la puerta, se recoloca la camisa ajustada a su cuerpo y da unos pasos para alejarse sin dirigirme ni una sola mirada.

Me gustaría pegarle un buen grito, uno fuerte y llamarlo gilipollas por lo que acaba de hacer. Por los varios golpes que me ha dado ya con el coche en lo que llevamos de semana; y eso que es lunes, el primer día de una larga semana de futuras caídas. Pero no lo hago, simplemente le doy la espalda. ¿Pelear con los Heulen? Una mala idea. Son grandes y musculosos; los tres; y tienen fama de ganar peleas con los puños desnudos. Su popularidad les protege, sus buenas notas sobrevuelan lo que no puede hacer su educación, y son demasiado bellos para que alguien les reproche algo. Una idiotez esto último.

Inhalo, después exhalo. Lo hago lento y sin moverme de mi sitio.

Inconscientemente me da un ligero temblor físico, generalizado.

—Lo siento, no te había visto —pronunció de repente, haciéndome girar un poco para que su ojo; azul verdoso; chocara con mi tono verde claro. Definitivamente era bello, un hermoso gigante con una educación de mierda. Que se disculpara, después de golpearme más de setenta y dos veces en el primer año, era algo raro en él.

—No importa, un error lo tiene cualquiera —excusé yo, lo que no tenía ninguna lógica.

Noel no se mueve del sitio, ni siquiera me aparta la mirada; y yo tampoco lo hago. Pese a la distancia, sé que nuestras alturas son infinitamente diferenciadas: Él con su monstruoso metro noventa y cinco; y yo, con mi común metro setenta. Ambos con el tono verde en los ojos. Ambos con el diferente tono de piel. Ambos con esa personalidad poco sociable y esquiva aunque con una popularidad opuesta entre sí. Él un humano corriente, y yo un brujo.

Mundos distintos; suertes distintas; futuros distintos.

Mueve su pupila, ahora observándome de arriba a abajo con cierto deje de descaro aunque sin expresar nada más que una expresión seria en su faz. Traga saliva y puedo notar a la perfección la generosa nuez que posee, lo que le ha dotado de una voz grave y masculina. Sin embargo, este silencio que ninguno parece quererlo romper tiene que llegar a su fin, y el primero que lo hace es él de la forma más grosera posible: Mueve la nariz, como si olfateara el aire, y después termina llevándose la mano para taparla. Arruga los labios en señal de repudio, su piel adopta un extraño color rosado poco firme y termina alejándose mediante zancadas rápidas.

Cualquier diría que apesto más allá del obvio sudor que crea el calor de abril y el café que me ha reventado encima. Pero me siento ofendido por su reacción.

O quizá ha olido algo más en mí, algo que no debería de ser posible.


Termino alejándome hasta mi coche y chasqueo los dedos para que toda mi ropa quede tan limpia como si acabara de salir de la secadora. Después renuevo mi comida. Ya está, este es mi límite. Cinco hechizos puedo hacer al día, porque el sexto comenzará a darme una bajada de tensión con altas posibilidades de desmayarme; el libro lo advirtió el mismo día que me lo cedió mi padre. Y mis libros nunca mienten, ninguno. Todos aciertan pese a que no siempre interprete bien sus mensajes.

Por ello, mientras le doy sorbos al café, vuelvo a abrir mi libro en busca de algún mensaje. Cualquiera vale ahora mismo, porque después de medio año sin noticias necesito saber qué me espera hoy. Pero ahí está entre la página que ha dejado de estar en ese blanco amarillento para ser puramente blanco con tres palabras: « Luna », « Ley » y « Peligro ». No entiendo nada, y por mucho que intente darle vueltas nunca lo voy a entender hasta que la cosa ocurra en su momento; y a veces no es más propicio. Tampoco hay día exacto salvo las escasas excepciones, mas en este momento sólo hallo las tres palabras y dos símbolos que tardan en aparecer. Es un colmillo en un colgante, y después le sigue una estrella de seis puntas.

Inconscientemente me llevo la mano al pecho, notando el bulto que a duras penas se puede apreciar por llevar ropa holgada. Mi colgante es una pluma, un negro que pertenecería a un cuervo si no fuera porque es una joyería familiar que pasa cada dos generaciones por alguna razón que nunca me confesaron mis padres. Simplemente, una noche, llegó mi padre de trabajar y lo dejó en mi mesita de noche mientras yo dormía.

No obtuve respuestas, mis preguntas eran ignoradas, y tras varios intentos inservibles abogué por guardármelo para mí. Los pájaros siempre están conmigo: Las casitas de madera de mi padre y abuelo, además de las que yo construyo cada vez que pasa un año; la pluma de mi colgante; el ser perseguido constantemente por pájaros a cualquier hora del día; y que los gatos me odien además de los perros.

Dudo que pueda transformarme en pájaro.

Sólo soy un brujo mediocre con habilidades mediocres. No puedo hacer nada excepcional que llame demasiado la atención, y estoy limitado a cinco embrujos por día.


Cuando termino mis últimas tres clases, me quedo a un lado de la entrada para que la tromba de estudiantes se marchen directos a sus coches y se vayan directamente a casa. No me importa ser el último en salir del aparcamiento, y tampoco tener que esperar los quince minutos de siempre hasta que la propia puerta de abedul de la universidad es cerrada por el conserje para que nadie se cuele; si alguien quiere salir, una vez dentro, debe de hacerlo por las de emergencias que siempre están abiertas hasta la noche o, en peor de los casos, la cafetería.

Poco a poco el aparcamiento comienza a vaciarse a su ritmo pero sin pausa, y sin embargo puedo observar cómo Noel está hablando con sus dos hermanos, apoyados en su coche. No parecen contentos y diría que su conversación es un tanto exagerada por sus muecas. Y allá, un poco más a lo lejos, están Caín con los otros dos. Siempre separados, nunca cruzando por el mismo pasillo. Estos hermanos casi parece que se odian sin razón aparente.

Hasta que finalmente los hermanos Heulen me observan al mismo tiempo. Los tres. ¿Y peor qué ello? Luego le siguen los Blur. Tengo seis pares de ojos observándome desde el aparcamiento, a más de treinta metros de distancia, como si mi cuerpo fuera un faro que ilumina sus barcos en medio de una tormenta que amenaza en acaecer en cualquier momento. Y ni siquiera sé por qué me están mirando, pero aun así no deja de ser inquietante que los seis mantengan su mirada en mí, apuntándome, analizándome sin siquiera hacerme un gesto específico.

Quizá es por ello que decido cortar el contacto visual con todos y me alejo, entrando en la cafetería con la esperanza de que se vayan y me dejen de mirar con esa insistencia.

❯────────「⊙」────────❮●

Cuando llego a casa con mis compras cruzo la puerta de plata que da al jardín que cuido con mimo, privado, procediendo a realizar mi entrada triunfal en mi casa con las bolsas bien agarradas. Un triunfo, porque hoy no me he acabado arrastrando como si fuera un moribundo y a duras penas he recibido dos golpes por parte de Noel; una hazaña que celebraré con una hamburguesa sosa y un poco de mayonesa.

Bestellen [ordenar] —pronuncié un chasquido.

El mareo invade mi cuerpo automáticamente tras pronunciar el hechizo, obligándome a apoyar la mano en la pared de la entrada. Los objetos no se caen, sino que salen flotando por el aire, yéndose hasta la cocina y colocándose en sus respectivos lugares sin que me tome la molestia de fijarme. No tengo explicación para ello, simplemente ocurre. Siempre ha sido así. Sin embargo este pequeño desvanecimiento es el pago que debo recibir cuando estiro más la línea de mis posibilidades, lo que no sería tan malo si pudiera hacer algo grandioso.

Pero no puedo. A duras penas tengo los hechizos básicos para no morirme de asco en esta casa que se cae a pedazos y Wartung sólo me sirve para objetos pequeños o medianos, no grandes. No importa que lo intente hacer poco a poco, los hechizos no sirven cuando tengo que intervenir en la casa. Eso incluye arreglar el grifo, la caja de fusibles o tapiar un agujero de la pared. No funciona nada, y por lo tanto toca hacerlo como si tuviera alguna habilidad innata que en realidad no tengo. De hecho, siempre me toca llamar a algún vecino para que me ayude a arreglar algún desperfecto porque yo termino estropeándolo más.

Mientras todo se arregla a un modo exageradamente lento, me tambaleo hasta tirarme en el sofá y cierro mis ojos. Estoy cansado, mareado, hambriento y las hormigas de mis pies quieren trepar por mis piernas hasta alcanzar el pecho. Mas no lo conseguirán, nunca llegan más allá cuando mi descanso inicia y su marcha queda incompleta.

Termino durmiéndome.


Noel

—¿Vuelves a molestar al bicho raro? —preguntó mi hermano Edel con una sonrisa burlona, en el mismo instante que aparqué el coche. En su mano bailaba un cigarro, vicio que me resultaba repugnante y no importaba en absoluto que fuera el mayor quien le diera un toque de atención; no escuchaba—. Ya sabes que nunca dice nada. Es como un fantasma que a duras penas puedes llegar a verlo, porque es bajito comparado con nosotros. ¿Quizá fue en otra vida un gusano?

—Una pulga —pronunció Heil con una pequeña sonrisa, aunándose a las burlas del menor—. No es que moleste, pero parece que siempre aparece cuando menos te lo esperas.

—Callaos, par de idiotas —resoplé y guardé las llaves en el bolsillo—. No tenéis ni idea de lo que decís, además, lo he olido perfectamente.

Mis hermanos se observan y después me miran con gesto incrédulo. No se creen que ese chico, Ziel, tiene un aroma diferente. Uno que no es común hallar entre el océano de estudiantes de la universidad o el mar de personas de la ciudad. Tiene algo raro, pero parece muy corriente y sin nada particular que le haga destacar; casi parece que lo haga a propósito para no llamar la atención.

—Admítelo, Noel, te encanta estamparlo como si fuera un pájaro —carcajeó Edel, dándome una palmada en el hombro. Obtuvo un gruñido de mi parte y él me lo devolvió— ¡Vaya, qué humos! ¿Qué tal si te buscas una humana y te desfogas un poco? Parece mentira que siendo el mayor lleves tanto tiempo sin follar.

Abro la puerta de casa, nuestra guarida, y mantengo unos ejercicios de respiración para que no me estresen. Edel es un demonio que no sabe mantener la boca cerrada y, Heil, es un imbécil que se mueve según lo guía la corriente. No le importa iniciar una pelea o fomentar la paz; sólo quiere ser imprevisible y, nosotros, no podemos permitirnos adoptar una postura tan azarosa. ¿Qué diría nuestro difunto padre? Posiblemente se removería de su tumba, saldría al exterior y nos pegaría un buen zarpazo a cada uno después de darnos uno de sus eternos sermones sobre las tres bases de nuestra manada: Honor, familia y fuerza.

Ellos a duras penas les importa.

—Sólo estoy a la espera de mi Luna, cosa que vosotros no os importa demasiado —rezongué antes de ingresar en la cocina y arrancar un plátano del frutero—. Preferís seguir saltando de cama en cama, como si la vida os fuera en ello. No tenéis honor.

—A papá le mató el honor —Heil se encogió de hombros y puso el pollo del horno a calentar—. No era su culpa, por supuesto, pero no puedes esperar que sigamos los mismos pasos que sigues tú, hermano. Somos tres, cada uno con nuestra personalidad. Y, además, que digas que ese chico huele raro no significa nada —miró a Edel y éste se encogió de hombros con indiferencia—. A lo mejor no se ha duchado.

—Os estoy diciendo que tiene un olor particular.

—Noel... —bajó el tono Heil y apoyó su mano en mi hombro, mirándome con cierto deje de lástima—. No desesperes, hermano, encontrarás algún día a tu hermosa Luna. Todos nosotros lo haremos cuando llegue el momento. Pero céntrate, come un poco y descansa, ¿vale? —terminó sonriendo.

Sacudo la cabeza a modo de negación y lo hago a un lado. Estoy completamente seguro de que ese chico tiene un aroma diferente al usual; y mi olfato nunca falla. El problema es que nunca parece que las oportunidades me vengan en tropel y casi siempre acabo dañándolo. ¿Se podría ser tan gafe? El año pasado fue imposible compartir alguna palabra con él, y se tragó más caídas que yo posibilidades para presentarme adecuadamente. ¿Pero cómo hacerlo sin que piense que soy un imbécil? Pedir perdón en cada golpe con la puerta no sanará su dolor, ayudarlo sólo me hará mostrar cierto deje de vulnerabilidad y no tenemos permitido tocar humanos si nuestro lobo interior se agita. Puede ser por cualquier cosa: atracción, peligro o advertencia, antipatía, asco o terror.

Ese chico, Ziel, no sé qué ha provocado hoy exactamente; me ha dejado confuso.

Mis hermanos no tienen ni idea de a lo que me refiero con lo de su aroma. Creen que estoy perdiendo facultades porque no estoy intimando con nadie, pero tengo la sensación que mi Luna está ahí fuera, no muy lejos, a la espera de que mi lobo me de luz verde para que la atrape y pueda marcarla. No me importa si es guapa, bajita o regordeta. Mi Luna siempre será la mujer más especial y, si los libros de nuestro padre no están errados, en nuestra generación las posibilidades de encontrarla y que no la maten esas sanguijuelas es bajo. No podemos perder más Lunas y permitir que se transformen en esas... monstruosidades.

—Noel —me llamó Edel y yo me giré para observarlo—. Se supone que eres el más guapo de los tres, así que no necesitas que te demos suerte.

Sonrío y le tiro el plátano sin pelar a la cara, impactándole de lleno mientras tanto yo como Heil nos desternillamos.

A veces, aunque me cueste decirlo, amo a mis hermanos por estas situaciones. Quizá es por eso que deseo, muy en el fondo, que encontremos pronto los tres a nuestras Lunas para seguir siendo los mejores hermanos del mundo.

Siempre juntos, y que ninguna mujer nos separe.