Un puzle adictivo
Los días en Biport eran largos. El sol se regía sobre el firmamento durante horas como el único y más importante astro. Regando con su luz cada rincón del basto mar de Biport. Sin embargo, una vez el sol abandonaba brevemente el firmamento, dejando a los habitantes de Biport descansar brevemente, las tres lunas del planeta –Pri la más grande y de color azul, Dri la más pequeña y de color rojo y Lid la mediana y de color naranja- se mostraban imponentes sobre el cosmos. Cada una de un color distinto, cada una de un tamaño distinto, cada una asociada a una función en específico en el ecosistema del planeta y en las religiones de este; pero todas igual de importantes y veneradas por los habitantes de Biport.
Durante los calurosos días, los habitantes de este planeta se escondían en la arena de sus escasas islas o en las profundidades de sus bastos océanos. Pero, para los extranjeros, quienes estaban adaptados a otro tipo de clima, no había ninguna forma de escapar de las inclemencias meteorológicas más allá de la tecnología que estos pudiesen disponer. Ellos se debían quedar sobre las islas, aguantando como pudiesen. Continuando con sus vidas.
En una de las islas más grandes de este mundo, se asentaba una familia importante en esta región del espacio. La mansión principal de la familia se asentaba en el centro de la isla. Imponente como ella sola. Dispuesta con todo tipo de comodidades para su centenar de habitantes. Con una arquitectura preparada para resistir a las inclemencias meteorológicas y permitiendo la comodidad de sus habitantes. Tal era esta, que ni si quiera requerían de usar aires acondicionados para poder aguantar los calurosos días tropicales. La mayoría de las ventanas permanecían abiertas, dejando el aire correr por las habitaciones, haciendo bailar las cortinas que protegían el interior del inclemente sol.
Además, para ayudar a rebajar la temperatura alrededor de la casa, se había dispuesto múltiples piscinas y fuentes que los habitantes de esta no dudaban en usar para refrescarse. Entrando y saliendo de estas. Salpicándolo todo con agua fría
A más de la mansión familiar, alrededor de esta, había algunas edificaciones que se usaban para distintas funciones. Algunas estaban prohibidas para la gran mayoría de los habitantes de la isla. Pero eran escasas. Otras eran de uso común. Creadas para el entretenimiento de los más pequeños o por falta de espacio en la mansión debido al aumento en el número de miembros de la familia. Rodeando al primer tipo de edificación se encontraban las destinadas a los deportes, deportes de contacto o de tiro al blanco. En uno de los edificios destinados a los deportes de contacto, todos los días por la mañana, un padre le transmite a su hijo sus conocimientos en el arte del combate cuerpo a cuerpo.
El padre, Tysie, era un hombre alto, de cerca de tres metros de altura. De piel bronceada por el sol, pero se notaba su color natural blanquecino en las zonas que no quedaban expuestas habitualmente. Su cabello era corto y rubio oscuro natural. Por la exposición constante al sol, el cabello se va aclarando hasta que, en las puntas, ya era blanco. Sus facciones eran duras, pero él siempre intentaba mantener una sonrisa en la cara para mostrarse más cercano. Por parte del hijo, Adit, era todo lo contrario al padre. Teniendo una estatura promedio, la piel naturalmente bronceada, la cual apenas se oscurecía un poco más con la exposición constante al sol; su cabello oscuro, el cual apenas fue aclarado por el tiempo; y facciones más suaves. Aunque esto era debido, en gran parte, por la corta edad de este, tan solo trece años.
A pesar de querer a su hijo con locura y de ser un hombre paciente y calmado. Cuando entra en una sala de entrenamiento, es serio y estricto. Sus entrenamientos son rigurosos y siempre busca la perfección. Su hijo siempre tiene algunos moratones por el cuerpo porque más de una vez se ha pasado de la raya y le ha pegado con demasiada fuerza. Normalmente, estas lecciones duran un par de horas, sin embargo, ese día en concreto, debido a sus obligaciones como mano derecha del patriarca de la familia -Zayre, su hermano-, tuvo que detener su clase media hora antes de lo habitual.
Tysie dio dos palmadas, como siempre hacía, para indicar el final de sus clases y, con su sonrisa habitual de oreja a oreja, le dijo a su hijo:
—Ya eres libre.
—Pero… —murmuró con timidez, queriendo lanzar miles de preguntar miles, pero agolpándose todas ellas en su garganta, incapaces de salir de una en una.
—No te preocupes por la limpieza, ya lo haré yo —le comentó creyendo que se trata de la liberación de sus obligaciones habituales—. Ahora ve a disfrutar del resto del día.
—Sí —respondió en un tono que denotaba cierta decepción.
Tysie le removió el cabello, creyendo que era debido a que no iba a pasar su tiempo habitual con su hijo. Esas escasas horas que podían pasar como padre e hijo. Esa simple acción anima a Adit y le esboza una sonrisa. Aunque, en realidad, era debido a su incapacidad para preguntarle a su padre por su trabajo.
—¡Hasta la cena! —exclama feliz Adit saliendo disparado hacia la mansión para ducharse.
—Hasta… la cena… —responde Tysie intentando sonar convencido, pero sin lograrlo. Sin embargo, gracias a la lejanía a la que ya se encuentra, Adit no lo nota.
Mientras Adit corría por los caminos de madera cubiertos que conectan los distintos edificios y la mansión familiar, sin fijarse en quien se encontraba delante de él, alguien se cruzó repentinamente. Adit consiguió frenar antes de chocar. Al levantar la mirada para ver de quien se trataba, se dio cuenta que era Zayre. Este era una versión envejecida de su padre, sin sonrisa que relajase sus facciones y con unas gafas de sol que evitaban tener que mirarlo a sus fríos ojos. Este iba acompañado por su mano izquierda, Kyman. Un hombre casi tan alto como Zayre. De tez morena, cabeza rapada y tupida barba morena. A pesar de las gafas de sol, Adit podía sentir como lo observaba con molestia.
—¿Vas a casa? —le preguntó Zayre.
—Sí.
—Lleva esto a mi despacho —le pidió entregándole una esfera de bronce con hendiduras que recorrían toda la esfera, mientras que otras eran figuras geométricas.
Una vez esta esfera llegó a las manos de Adit, este solo pudo observar la esfera que apenas cabía entre sus manos por su gran tamaño. Su mirada y expresiones cambiaron radicalmente. Estaba feliz e intrigado por esta esfera. Toda su concentración estaba en esta esfera, por lo que, apenas escuchó como se despedían y sus pasos al alejarse.
Adit anduvo lentamente recorriendo las hendiduras con la yema de sus dedos. Presionó algunas figuras geométricas. Algunas se hundieron. Otras se elevaron. Otras se desplazaron. Por estar tan centrado en jugar con la esfera. Más de una vez se pasó del camino que debía seguir, se tropezó o se chocó con alguien. A pesar de todos los inconvenientes, llega al despacho de su tío. Aunque todas las veces que Zayre le entregó una de esas esferas para que las llevase a su despacho también jugó con ellas, siempre las dejaba al llegar a este y se marchaba a continuar con su día. No obstante, esa vez, estaba llegan a alguna parte, estaba consiguiendo resolver el puzle. Por lo que, al llegar, se sentó sobre el escritorio de Zayre y continuó manipulando la esfera.
No fue consciente del tiempo que pasó allí, jugando con la esfera. Tan concentrado estaba en su manipulación, que no se dio cuenta de la ausencia del sol, del hambre, del dolor en sus músculos, del olor que desprendía o del cansancio. Y no era para menos. En todo ese tiempo, Adit consiguió grandes avances. A pesar de no conocer la forma resuelta de la esfera, tenía el presentimiento de que iba a abrirla en breves instantes.
Fuera del despacho, una sirvienta tenía la orden de permanecer observando cada movimiento de Adit y avisar en caso de que lograse algo importante. Ella estuvo horas observándolo a través del ojo de la cerradura. Ella sí que sentía el dolor en su espalda y piernas por las largar horas en la misma posición. Ella sí que sentía el hambre y la sed por no haberse apartado del ojo de la cerradura en ningún momento. Ella sí que quería marcharse. Ella quería ir a por comida y traerle algo al pobre niño que no había comido nada desde el desayuno. Sin embargo, su miedo a las consecuencias de desobedecer una orden de a quien apodaban EL Zar la mantenían pegada a aquella puerta. Sin decir nada. Sin moverse un milímetro. Esperando impacientemente a que ocurriese algo. Temiendo que aquel algo ya hubiese ocurrido y se lo hubiese perdido por haber parpadeado. Pero la suerte estaba con ella ese día. Ella fue la primera en ver como Adit consiguió abrir una esfera de bronce él solo. Únicamente usando sus manos.
Inmediatamente y sin dudarlo un solo segundo, le envió un mensaje a Kyman para que fuese inmediatamente a ver lo que ella estaba viendo. No tardó mucho en escuchar fuertes y rápidas pisadas llegar hasta ella, quien por temor a que ese suceso se esfumase antes de que su jefe llegase, se había mantenido observando en aquella incómoda posición. Sin embargo, esa vez, al estar observando tal maravilla, poco le importaba.
Al llegar en frente de la puerta del despacho, sin esperar a que la sirvienta se apartase, Kyman la apartó arrastrándola por el suelo. Este acto no le hizo daño a la mujer, tan solo la sorprendió por la facilidad con la que lo había logrado. Ella no era una mujer menuda. Era bastante grande y fuerte. Después de todo, se encargaba de las tareas más pesadas del cuidado de la mansión.
Zayre abrió la puerta sin más demora. Frente a sus ojos, llenando cada rincón de su despacho, se encontraba un mapa de un pedacito de la galaxia en la que vivían. Con todos sus planetas acompañados por sus respectivas lunas, sus soles, sus asteroides, sus cometas y otros cuerpos celestes. Todos ellos representados a escala y con su movimiento real.
Él extendió su mano para tocar uno de aquellos planetas. Al realizar el contacto, no sintió nada. Realmente, aquel planeta no estaba en frente suyo, era tan solo un holograma realista. Sin embargo, sí que logró ampliarlo únicamente a él, manteniendo el resto de cuerpos celestes a escala y con su movimiento normal. Todos excepto el que acababa de tocar.
Sonrió de oreja a oreja con su habitual sonrisa, con la cual demostraba su superioridad y burla hacia los demás. Una sonrisa que incomodaba a todo aquel que la observaba.
—Adit —lo llamó Zayre para que le prestase atención. Después de todo, esa maravilla también lo había maravillado a él.
Este se había mantenido observando lo que había salido de la esfera. Impresionado por el basto universo. A pesar de ser prácticamente microscópicos por estar todo a escala en aquel pedacito de la galaxia, Adit se dio cuenta de la presencia de una manada de Ballenas de Obsidiana surcando el espacio cerca de donde se encontraba Biport. Él amplió aquella zona para verlas mejor. Era su primera vez viéndolas tan de cerca, aunque realmente no las estaba viendo con sus propios ojos. Seguía viéndolas a través de un aparato.
—Adit —lo volvió a llamar con un poco más de fuerza. Pero con el mismo resultado. Esto molestó a Zayre, pues nadie lo había hecho repetir dos veces un llamado.
A pesar de conocer la relación entre Adit y Zayre, y la importancia que este último le daba a su familia, la sirvienta temió que el pequeño Adit no se librase de un cruel castigo por parte de su tío. Sin embargo, en contra de todo lo que ella había visto en sus más de diez años trabajando para aquella familia, Kyman, con toda la tranquilidad del mundo, llegó hasta Adit y le giró la cabeza con una delicadeza que nunca lo caracterizó hasta que Adit miró a Zayre.
—Adit —lo llamó Zayre en un tono amable que nunca le había escuchado nadie antes—. ¿Te gustaría ir en una pequeña aventura en busca de un tesoro con un grupo de aguerridos piratas?
A pesar de que la idea de volverse un pirata y partir al basto universo para encontrar un tesoro siempre fue su sueño y le dibujase una sonrisa en el rostro, esta rápidamente se le borró del rostro al pensar en su padre. Él nunca aprobó ese sueño por los peligros que hay en el espacio. Zayre se dio cuenta inmediatamente de sus pensamientos. No era una tarea excesivamente difícil. Adit podía llegar a ser un libro abierto para quien lo conociese mínimamente. Y, en consecuencia, era igual de simple encontrar la forma de convencerlo para que hiciese lo que él quería.
Zayre se acercó a Adit y se puso a su altura para mirarlo a los ojos por sobre sus gafas de sol. Mirando a su sobrino directamente a sus profundos ojos negros, los mismos que todos los miembros de aquella familia poseían. Adit se asustó al verlos, pero se mantuvo en su posición. Quería pretender ser fuerte y valiente.
—Tysie ha tenido que ir a una misión importante que le tomará varios meses. Puedes ir y volver sin que este se entere. Este puede ser nuestro pequeño secreto.
—¡Sí, vamos! Voy —responde emocionado. Zayre sonríe de oreja a oreja. Sus planes al fin empiezan a marchar. Sin embargo, esta sonrisa se esfumó al ver como la cara de Adit se contraía en sospecha—. ¿Por qué yo?
Zayre rió melodiosamente al escuchar la pregunta. Adit se dio cuenta de algo importante, pero seguía siendo un niño. No iba a sospechar de sus planes reales. Aun no se iba a hacer las cuestiones importantes.
—Porque abriste el mapa del tesoro. ¿Sabes? Es un mapa muy difícil de encontrar —le comentó quitándoselo de las manos y cerrándolo—. Y aún más difícil de abrir. Debes ir con este para abrirlo y encontrar el tesoro. ¿Entonces, irás?
—¡Sí! —responde eufórico.