La Ciudad de Cristal
La Ciudad de Cristal
Un dron, similar a un insecto gigante, sobrevolaba la jungla de cristal y acero. En esta "Ciudad Modelo", la estética estaba dictada por la funcionalidad: los edificios contaban con ventanales de apertura automática para que las máquinas entregaran paquetes sin intervención humana. Era un diseño de 2030, replicado en todo el globo, donde los muros no solo ofrecían seguridad, sino un control absoluto bajo el pretexto de la convivencia.
En un apartamento minimalista, impregnado de un suave aroma a velas de vainilla, Valentina recogió su almuerzo del alféizar. El espacio era pequeño, un loft donde la cocina era casi un adorno y la sala hacía de dormitorio; un lujo costoso en una urbe donde cada metro cuadrado contaba, incluso aquellos destinados a los cultivos hidropónicos de tomates que abastecen al restaurante del primer piso.
Valentina compartió la mesa con Diego, quien terminaba de ajustar los circuitos de su robot doméstico. Ella lo observaba en silencio. Diego no era como los hombres pálidos de la ciudad, confinados al teletrabajo; él venía de los barrios exteriores, tenía la piel curtida por el sol y una energía manual que a ella le resultaba fascinante.
-Hay algo que quiero contarte sobre mi trabajo -soltó Valentina, moviéndose nerviosa en su silla-. Es información privilegiada. Podría ser peligroso.
Diego limpió un resto de comida de su boca y la miró con fijeza.
-Puedes confiar en mí, Vale. Pero si es tan grave, ¿no deberías hablarlo con tus colegas?
-Ya lo hice. No están de acuerdo conmigo. Es algo delicado -ella bajó la voz-. El nuevo proyecto del Gobierno... quieren manipular a la gente.
Diego soltó una risa seca.
-Ellos han manipulado a la gente desde que se inventó la política, Valentina.
-No así. Ahora lo harán a través del implante ABI. Quieren codificar mensajes en notificaciones inofensivas, como el clima o las noticias. Si ves al Presidente, el implante disparará sensaciones de placer y aromas agradables. Si aparece un opositor, sentirás asco físico. Un rechazo visceral que no podrás controlar.
Diego dejó de comer, señalando su propia cabeza.
-Qué bueno que nunca me puse esa cosa.
-Es lo mejor que has hecho -asintió ella con amargura-. Pero tengo que programarlo. Diego, pueden meter cualquier cosa en tu cabeza: desde comprar un producto hasta... saltar de un puente. Y mis amigos, Laura y Edward, no quieren escuchar. No quieren perder sus privilegios.
-No debiste decirles nada -advirtió Diego, ahora serio-. Pueden delatarte.
-Laura es mi amiga de toda la vida. Y Edward... bueno, no creo que delate a su antiguo amor -intentó bromear ella, aunque sus ojeras y el cabello descuidado delataban su verdadero estado mental.
-Debo irme, Valentina -dijo Diego levantándose. El sol empezaba a caer y el muro de la ciudad cerraba sus accesos pronto-. Si no salgo ahora, no podré cruzar la frontera hacia mi barrio.
Tras cerrar la puerta, Valentina se quedó sola. En la superficie parecía tranquila, pero en su mente la actividad era frenética.
-Hola, Abi -susurró.
Al instante, la Inteligencia Artificial de su implante se activó en su corteza cerebral. La voz, una versión optimizada de la suya propia, resonó en su oído interno.
-Hola, Valentina. Has estado despierta demasiado tiempo. Debes descansar.
-Gracias por la preocupación, Abi, pero tengo trabajo. ¿Hay mensajes?
-Tu madre envió una felicitación. Está orgullosa de tu nuevo proyecto con el Gobierno. Pregunta por qué no se lo habías contado antes.
Valentina giró en su silla, mirando hacia la ciudad que empezaba a brillar con luces artificiales.
-Si supiera lo que estoy haciendo realmente, no estaría tan orgullosa. Responde con un saludo estándar de buenas noches para ambos.
-Enviado -confirmó la IA.