Juanita - Un cuento de Navidad de la Periferia
Pocas cosas feas podían decirse de Juanita. Era de conocimiento popular que era una chica de su casa, que había comenzado la universidad hacía dos años y que le iba bastante bien. Además, trabajaba en su tiempo libre para poder ayudar en su hogar. No es que hiciera falta, pero sus padres siempre le habían inculcado el valor del trabajo honesto. Su nariz algo grande pero respingada, y sus ojos algo oblicuos en una tez blanquecina, le daban un aspecto exótico. A pesar de todo, Juanita tenía sus cosas. Era, a su manera, un espíritu libre y juvenil. Trabajaba en un local que vendía tabaco y bebidas alcohólicas, que estaba abierto veinticuatro siete, y no era poco común ver a Juanita atendiendo descalza, una remera suelta hasta la mitad de los muslos y nada más; aunque se podía asumir que había otra prenda cubriendo sus partes pudendas. Y para rematar llevaba el pelo castaño ensortijado, suelto, y peinado a la cachetada.
Ese año del conejo de agua, según los chinos (que también eran sus patrones), le tocaría atender toda la Nochebuena, y eso la había angustiado. Juanita deseaba jugar con su sobrinita, la hija de su hermano, abrazar a su gordo papá y bromear con su rezongona mamá. Igual a todos los años hasta ese. Pero no podría hacerlo, porque la responsabilidad estaba primero.
Su amigo, casi novio, Joaquín, la visitaría y acompañaría hasta las nueve de la noche, pero después partiría a misa con su familia. Era un muchacho de su misma edad, muy bueno y religioso. Ambos solían jugar desde pequeños y solían presumirse, pero más allá de un casto beso en la navidad anterior, nada había pasado entre ellos.
—Tengo que irme, mi mamá me está aturdiendo a mensajes —anunció Joaquín. El rostro divertido, siempre lleno de sonrisas.
Juanita sabía que lo hacía para hacerla sentir mejor y agradeció mentalmente el gesto. En ese momento entró el cliente que Juanita llamaba El Extraño.
Era un hombre cercano a los cuarenta, pero parecía mucho más joven por su forma de moverse y expresarse. Se peinaba prolijamente el pelo negro hacia atrás, como si lo hubiera lamido una vaca, pero con mucha atención al detalle. Una cara redonda enmarcando unos labios carnosos, una nariz como un botón, y los ojos de párpados cansados. Era atractivo a su manera. Y a Juanita le parecía curioso. Iba siempre a comprar alguna cosa y era muy amable.
Como Juanita también era muy amable, no costó que ambos entablaran conversación cada vez que aparecía. Hablaban de temas tan disímiles como religión, pasando por películas, series, juegos de video, y política. El Extraño era interesante en su conversación, y siempre tenía puntos de vista algo extraños, de ahí el sobrenombre que le pusiera Juanita.
Por ejemplo, una vez estaban charlando sobre el tiempo como concepto abstracto, y él dijo: el tiempo es una mentira que compramos a cada instante.
En otra ocasión hablaron sobre la muerte, y él dijo: ya charlamos muchas veces y nunca nos pusimos de acuerdo en quién se lleva a quién.
A Juanita le encantaban esas respuestas, la hacían pensar y divertir, de hecho, disfrutaba mucho la compañía de ese hombre. Y como no era una persona que mentía, le contó de su simpatía a Joaquín en más de una oportunidad. Al muchacho no le caía nada simpático El Extraño.
—Puede ser tu papá ¡Qué cochina que sos! —le reclamó más de una vez a Juanita.
—Nada que ver. Estás pensando mal —se defendía la muchacha, pero en el fondo sabía que Joaquín tenía razón y se avergonzaba.
—Sí, claro, por eso charlás tanto con él y con los otros clientes no.
—¡Dejá de hacerme escenas! ¡Ese hombre no sabe ni mi nombre!
Lo que era cierto, en casi el medio año que tenía de conocer al Extraño, nunca le había preguntado por su nombre, pero el sí se había presentado desde un principio con una tarjeta personal. Tenía un nombre rarísimo, se llamaba Tiberio N. Gallo. De profesión escritor y filósofo.
Esa noche Tiberio llegó como siempre, a comprar unas bebidas y algo de tabaco. Le dedicó una sonrisa a Juanita y saludó con cortesía a Joaquín, que lo miraba con recelo. El joven muchacho era mucho más alto que El Extraño, así que se sentía con cierta seguridad de intimidarlo con la mirada. Cosa que no logró. Tiberio se volvió a Juanita.
—Buenas noches ¿Cómo está la señorita más amable de este lugar?
La voz de El Extraño tenía un ligero acento indescifrable, pero era dulce y con un cierto aire cantarín.
—Ay, Tiberio, estoy un poco triste. Hoy me toca pasar Nochebuena trabajando —se lamentó Juanita, con una sonrisa resignada.
—No te preocupes, muchacha, siempre hay recompensa para aquellos que sacrifican lo que más aman, incluso por algo tan banal como este trabajo —acotó El Extraño, al tiempo que le tomaba solidariamente la mano por encima del mostrador, como para reconfortarla.
Joaquín abrió los ojos de forma desmesurada, se le dilataron las fosas nasales y si hubiera tenido espuma, le habría salido por la boca. Inmediatamente le retiró la mano al Extraño con un movimiento brusco.
—¿¡Qué hacés!? —se quejó la muchacha, espantada por la reacción.
Joaquín nunca se había comportado de esa manera, y no es que no hubiera tenido otros pretendientes con anterioridad.
—No la toqués ¡Viejo sucio! —insultó el muchacho y se le enfrentó al Extraño.
Lo miraba desde arriba, y apenas unos centímetros separaban sus caras. Tiberio solo sonrió de manera enigmática, sin desviarle la mirada.
—Muchacha, me gustaría hacerles un regalo de Navidad. A ambos.
—¿Qué? —musitaron los dos jóvenes.
—Creo que en esta ocasión amerita que pregunte tu nombre ¿Me harías el honor de decírmelo?
La chica no sabía qué decir, y Joaquín estaba todavía más enojado, furioso. Pero El Extraño estaba tan tranquilo como siempre, aunque algo peligroso brillaba en sus ojos y Juanita temió por su amigovio que, aunque más grandote, no parecía el más fuerte de los dos. Pero también le pasaba otra cosa, se sentía ruborizada porque al fin le había preguntado su nombre, había estado esperando eso durante meses y ahora, justo en ese momento, pasaba.
—Juanita —musitó.
El Extraño, sin dejar de enfrentar al muchacho, tomó su teléfono celular del pantalón. Marcó un número y esperó.
—Hola ¿Xiang? Sí, soy yo…
Juanita levantó una ceja, así se llamaba su patrón. Pero después, el Extraño comenzó a hablar en mandarín de corrido. Habló cerca de dos minutos ante la mirada estupefacta de la muchacha y la ira de Joaquín, que se movió hasta Juanita para pasarle una posesiva o protectora mano por sobre el hombro.
Al cabo, El Extraño cortó la comunicación y guardó de nuevo el aparato. Pagó por los artículos que llevaba y se fue. No sin antes hacerle un simpático guiño a Juanita.
Los dos jóvenes quedaron solos en el local, ya eran pasadas las nueve y la madre de Joaquín llamaba desesperada a un teléfono que su hijo no atendía.
—¡Sos un desubicado! ¡Es mi trabajo! ¿Qué te pasa? —se quejó la muchacha, sacándose la mano del otro de los hombros.
—¿Qué no ves que te quiere enganchar? ¿Qué no ves cómo te mira? —retrucó el otro, fuera de sí.
—¿Y qué? ¡No somos novios! —refutó la muchacha, completamente fuera de sí.
Las palabras de Juanita fueron como una bofetada para Joaquín, ella nunca lo había desafiado. Las venas parecieron estallar en el blanco de los ojos del muchacho. Su mano se movió automáticamente al cuello de la muchacha y presionó. Era tan grande que casi podía tocarse la punta de los dedos en la nuca de Juanita.
La chica en un primer momento no supo cómo reaccionar. No entendía ¿Quién era esa persona? ¿Dónde estaba el amigo cariñoso de toda la vida? Lo recordó sonriéndole cuando sin querer se caía por un empujón descuidado; también cuando le pegó sin querer un pelotazo en la cara, en la cancha porque ella le sonrió a un muchacho del equipo contrario; defendiéndola de los malvivientes muchachos que se le acercaban; o cuando le presionaba fuerte la mano cuando caminaban por la calle, para que si se tropezaba él pudiera evitarlo.
Juanita reaccionó. Se llevó las manos a la garganta y comenzó a arañar las garras que la aprisionaban, intentó rasguñarle la cara, pero no llegaba, el otro tenía los brazos muy largos. Sus rodillas flaquearon y sus pulmones explotaban por la falta de aire, el corazón era un tambor salvaje llamando a una fiesta de sangre. Comenzaba a desvanecerse, y todavía no entendía qué pasaba.
Escuchó un sonoro golpe y un «¡ay!», la presa se aflojó en su cuello y el aire entró a raudales, quemándola en su paso vigorizante. Desde el piso vio al señor Xiang corriendo a escobazos a Joaquín y gritándole mil cosas en mandarín; seguramente nada bonito.
Juanita no supo cuanto tiempo pasó, pero seguro algunos minutos. El señor Xiang volvió, la sentó en una silla y le dio agua.
—¿Está bien, Juanita? —preguntó en su español con marcado acento chino.
La muchacha asintió, todavía aturdida.
—Ahora llamo policía, chico malo ese —agregó Xiang, bastante ofuscado.
—No, no por favor. Ya estoy bien, fue un malentendido —quiso excusar Juanita.
El señor Xiang levantó una ceja reprobatoria y sacudió la cabeza con pesar.
—En un momento más ya estaré lista para volver a trabajar, no se preocupe señor Xiang —agregó la chica, compungida.
—¡No! ¡Irte a tu casa! ¡Ya mismo! —exclamó el chino, muy seguro.
—Pero…, señor Xiang, yo quiero cumplir con mi trabajo.
—Está cumplido. Hablé con —un vocablo en mandarín— y pagó tu jornada y la posible venta de la noche. Puedes ir.
Juanita lo miró extrañada, no entendía. Y recordó a El Extraño hablando con Xiang por teléfono. ¿Había pagado porque ella se fuera a su casa? Era mucho dinero, su jornal no era tanto, pero la venta sí.
Por más que trató de protestar, el señor Xiang fue tajante, le pagó su noche y se quedó a cerrar el local.
—Busque taxi, si quiere llegar antes de las doce —advirtió el chino.
Eran las diez y media de la noche. No habría taxis por ningún lado, trató de llamar un Uber, pero no había ninguno en servicio. A Juanita no le quedó otra que caminar, su casa no estaba muy lejos, apenas diez cuadras. Así que emprendió el camino a toda velocidad por las calles semi desiertas, pero en muchas casas se sentía la vida bullir.
El problema era atravesar unas vías de ferrocarril, ese lugar era oscuro y era el único atajo posible, sino tendría que hacer un rodeo inmenso de al menos una hora más. Tenía miedo, pero prendió la linterna de su celular, se armó de valor y comenzó a atravesar. A mitad de camino sintió unos gritos desgarradores y mucho ruido, y corrió como alma que lleva el diablo. En menos de dos minutos atravesó toda la zona oscura y llegó de nuevo a una esquina iluminada, respiró agitada y se secó la transpiración de la frente.
—¿Agua? —le ofreció una voz conocida.
Juanita saltó como un metro hacia atrás. El Extraño estaba a su lado y le ofrecía una botella con agua mineral.
—¿Q-qué hacés aquí? —indagó, con el corazón a mil por hora.
El Extraño sonrió, pero era una sonrisa triste, y de alguna forma, Juanita se relajó.
—Xiang me llamó…, me contó lo que pasó. Lo siento.
Juanita se llevó las manos a la cara y estalló en llanto, temblaba como una hoja. El Extraño se aproximó lentamente, y de a poco, le ofreció un abrazo al que la muchacha se rindió sin mucha resistencia. Balbuceó entre lágrimas y moquillo, un dolor y congoja que solo se sienten ante la traición.
El Extraño no le dijo nada, solo le pidió que le indicara el camino y se ofreció a acompañarla el resto del trayecto. Ella aceptó.
Caminaron juntos, ella abrazada al pecho de ese hombre extraño, reconfortada de una manera que no se había sentido nunca. Él no dijo nada, solo la escuchaba cuando ella quería comentar algo.
—Te debo dinero por lo de hoy —dijo Juanita, ya un poco más recuperada.
—No me debes nada —replicó él, con una enigmática sonrisa.
—No, no puedo aceptarlo ¿cuánto pagaste? —insistió. Varias veces, y usando muchos tonos de voz distinto hasta que hizo reír al Extraño.
—Nada. No pagué nada. Xiang me debía —aclaró.
—¿Y cuánto era esa deuda? —indagó una sorprendida Juanita.
—Oh, pagó solo una parte, Xiang fue una persona muy mala en otra época. En realidad, desde muy pequeño.
Juanita lo miró con extrañeza. El señor Xiang rondaba los sesenta. No por nada le había puesto el sobrenombre de El Extraño.
—No entiendo.
—No hay nada que entender. Me debía algo, y lo cobré. De hecho, con ayudarte ya pagó una parte más grande su deuda.
Se acercaban a la casa de Juanita, y él se detuvo en la esquina. Logró desprenderse del abrazo de la muchacha sin parecer brusco.
—Bueno, creo que ya llegamos, mi estimada Juanita.
—¿No quieres pasar?
—No, sería una situación muy incómoda. Tal vez, más adelante.
La muchacha no se lo pensó mucho, dio dos pasos veloces, cerró los ojos y le plantó un beso en los labios. Estos eran fríos y sedosos. Cuando levantó los párpados se encontró con la mirada roja de un depredador. Pero fue una fracción de segundos, después estaban los mismos ojos de siempre.
—Gracias por eso —dijo El Extraño, y parecía sincero.
—Es lo mínimo que podía hacer —se justificó la chica, una corriente eléctrica la recorría desde la punta de los pies hasta los cabellos.
—Feliz Navidad…, Juanita.
—Feliz Navidad, Tiberio, adiós.
El Extraño comenzó a caminar de regreso a su casa, y a Juanita se le ocurrió algo.
—Oye, extraño ¿De qué es la N. de tu nombre?
El otro se detuvo y la pensó un momento.
—De Nicolaus.
Después partió raudo.
Tenía que ocultar el cuerpo de Joaquín, partido en dos en las vías del tren.