El ataque de los lobos
Siempre soñé con casarme. En mi corazón guardaba la ilusión de vestir el sari nupcial y tatuarme el nombre de mi marido con henna. Caminar con él alrededor del fuego y sentir la algarabía del cortejo que me llevaba hasta mi nuevo hogar. Mi única meta en la vida era conocer a mi futuro marido y prepararme para ser la mejor esposa.
Aunque faltaban unos años para casarme, me emocionaba cada vez que había una ceremonia nupcial. Tanto a mí como a mis primas nos encantaba ayudar en los preparativos, y en esta ocasión, mi familia estaba organizando la boda de mi prima Shanti.
Faltaban dos días para la llegada de la caravana con la familia del novio y toda la casa estaba llena de ruido y alegría.
Mientras nos encontrábamos armando los arreglos, escuchamos que el ayudante del sacerdote llegó corriendo. De inmediato mi padre, seguido por todos los que estaban en la casa, salió para recibir al muchacho.
—Kirán, ¿qué pasa? ¿Qué te trae por aquí tan alterado?
—Mi señor —jadeó—, el sacerdote me manda a advertirle que una gran desgracia caerá sobre la aldea y pidió que se posponga la ceremonia. Hoy tuvo una visión sobre unos lobos que atacaban su casa.
—¡Por todos los dioses! —exclamó mi padre, bastante afligido—. ¿Qué podemos hacer para impedir tal infortunio?
—El sacerdote me dijo que debía llevar una ofrenda a la diosa del templo ahora mismo y ahí le entregará un amuleto que le servirá para proteger su casa.
—¡Rápido! —gritó a mi madre y a sus hermanas—. Preparen todo como les dice este chico. Necesitamos acudir lo más pronto posible al templo.
Mi madre, que ya estaba nerviosa por los preparativos, se alteró más con la advertencia del joven mozo, quien había confirmado sus malos augurios. Y es que, por la mañana, contó de sus pesadillas de los últimos días, pero mis tías la tranquilizaron, asegurándole que esos sueños eran por los preparativos de la boda.
Cuando tuvieron todo listo, mi padre salió de casa junto con el ayudante del sacerdote. Mi madre y mis tías se quedaron en la puerta viendo cómo se perdía la silueta de mi papá en el camino. Mis primas y yo también nos quedamos mirando, rezando al Cielo para que todo fuera una falsa alarma.
Como era de esperar, la preocupación invadió los corazones de todos y mis tías decidieron esperar a que mi papá regresara. El resto de la tarde estuvimos orando, pidiéndole a la diosa que nos auxiliara en ese momento de incertidumbre.
Antes de que cayera la tarde, escuchamos gritos y ruidos afuera de la casa. En eso, uno de los sirvientes entró, gritando:
—¡Piratas! ¡Están saqueando todo y llevándose a las mujeres!
—¡Por Krishna! Esos eran los lobos que vio el sacerdote —exclamó mi tía Alisha, mientras las demás temblábamos de nerviosismo y miedo.
—¡Tranquilas todas! Escaparemos al bosque para escondernos —gritó mi madre, quien luego se dirigió a los sirvientes—. Ustedes, ¡no permitan que esos lobos entren a la casa!
Sin embargo, antes de que alguna de nosotras pudiera ponerse a salvo, escuchamos gritos y golpes afuera de la casa. Eso nos asustó a todas y empezamos a llorar. Mi madre corrió hacia mí y me dio sus pulseras.
—Indira, escúchame bien, corre y escóndete en el templo.
Cuando me dijo eso, reaccioné y salí corriendo. Sin embargo, en mi loca carrera sentí que alguien me agarró muy fuerte por la trenza y tapó mi boca para que no gritara. No obstante, escuché la voz de un hombre que hablaba en lenguaje extraño y luego vi a otros dos sujetos, quienes al verme forcejear, me golpearon en el abdomen. Entonces, me desmayé.
Al recuperar la conciencia, noté que mis ojos estaban vendados y mis extremidades habían sido amarradas. Me encontraba completamente inmovilizada. Entonces empecé a gritar los nombres de mis primas, para saber si ellas estaban conmigo, pero no obtuve respuesta. Como hacía mucho ruido, un hombre golpeó mi rostro y comenzó a gritarme en un idioma que no entendía.
Mientras el sujeto me zarandeaba con violencia, la venda de mis ojos se soltó un poco, entonces alcancé a ver su rostro duro y sus ojos rojos de ira. Era un pirata, uno de esos lobos que había atacado mi aldea y que me había raptado de casa.
El sujeto se dio cuenta de que la venda se había movido y volvió a golpear mi rostro, para luego acomodar el trapo y colocar otro más en mi boca para evitar que hiciera ruido. Luego escuché que alguien lo llamó y se fue. El miedo invadió mi ser y las lágrimas comenzaron a brotar. Entonces la voz de una mujer, que apenas hablaba mi dialecto, trató de consolarme.
—No preocupes... piratas solo venden, no tocan mercancía. Varias vendidas a burdeles, nosotras esclavas a Nuevo Mundo.
Este vago consuelo solo alteró más mis nervios. Mi corazón sabía que mis primas y las mujeres de mi aldea habían sufrido un destino cruel que no podía imaginar, y lo peor era que mi vida estaba en manos de esos lobos salvajes.
El llanto y el hambre vencieron mis sentidos, que me desmayé. No supe cuánto tiempo estuve inconsciente, pero al despertar noté que no tenía los ojos vendados y me encontraba dentro de una especie de vehículo cerrado tirado por caballos. Conmigo iban varias niñas, niños y mujeres, cuyas expresiones eran de terror absoluto.
Todos estábamos en la misma situación y desconocíamos a dónde nos llevaban. No pude hablar, porque me sentía muy débil, así que me limité a orar a la diosa para que me protegiera. El calor era insoportable, que apenas mis sentidos podían mantenerse alerta. Ante este panorama, lo único seguro que tenía era la muerte, así que comencé a rezar para que mi agonía fuera rápida.
De repente el vehículo se detuvo. Entonces escuché que la puerta se abría y seguido la suave brisa marina se estampó en mi rostro, lo que me hizo volver a la vida. Sin embargo, este alivio fue momentáneo, ya que un hombre comenzó a bajar violentamente a las mujeres y niños. También fui arrastrada contra mi voluntad y el forcejeo ocasionó que las pulseras de mi madre cayeran al piso.
Aunque intenté recogerlas, otro sujeto me arrastró hacia el embarcadero, donde estaba un enorme barco. Todas fuimos obligadas a abordar en la nave y nos encerraron en una enorme habitación, donde apenas había luz y estaba sucia. En el piso había unas cuantas sábanas y apenas se encontraba seco. De inmediato, entraron dos hombres, uno empezó a hablarnos en un idioma extraño y el otro lo traducía a un dialecto que pudiéramos entender.
—Señoras, ustedes fueron elegidas para ir al Nuevo Mundo —comenzó a decir—. Nos espera un largo viaje, así que las normas en este barco son que deben mantenerse quietas y no hacer ningún ruido. Solo habrá dos comidas. Deben alimentarse bien porque los españoles están pagando muy bien por ustedes. Si alguna enferma o no obedece mis reglas, será arrojada a los tiburones.
Cuando terminaron, ambos sujetos salieron de la habitación y cerraron la puerta de golpe, asustando a los niños pequeños, que comenzaron a llorar desconsolados. Las mujeres, desesperadas, intentaron calmarlos para evitar que los lanzaran al mar. Aunque el miedo inundó la habitación, después de un rato, todos nos resignamos y buscamos un rincón para refugiarnos.
De pronto, el barco comenzó a moverse bruscamente y esto ocasionó que empezara a tener mareos terribles. Definitivamente, mi fin había llegado.