Mentiras blancas

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Summary

Milena Blake tiene la vida que muchas envidiarían: está casada con un prestigioso abogado que la adora, la mantiene como una princesa y no permite que mueva un dedo. Su única responsabilidad es ser la esposa perfecta, la mujer trofeo que él espera. Pero no es feliz. Desmond le ha prometido una vida ideal a cambio de que abandone sus sueños, y ella ha obedecido. Día tras día, se convence de que su jaula de oro es un lugar seguro... hasta que el pasado regresa con un golpe inesperado. Cinco años atrás, en una noche de Año Nuevo, Milena vivió el momento más intenso de su vida junto a Fenrir, el hermano mayor de su mejor amiga. Una sola noche, un secreto que ha guardado con recelo, un nombre que aún le provoca escalofríos cuando suena en su mente. Fenrir se marchó sin una palabra. Desde entonces, solo ha podido seguir su rastro en redes sociales, viendo cómo se convierte en un tatuador de renombre, cómo su piel se llena de arte, cómo su vida se aleja cada vez más de la suya. Él pertenece al pasado. A los recuerdos. A las canciones de White Lies que ella escucha cada vez que siente que su vida no tiene sentido. Hasta esa noche, cinco años después. Cuando lo ve de pie en la pista de hielo. Y su mundo, cuidadosamente construido, comienza a desmoronarse.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
4.8 18 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Milena


Un chico alto estaba en medio de la pista de hielo del centro comercial.

Su cabello negro y ondulado caía revuelto hasta sus orejas. Vestía ropa tan oscura como su melena y, a pesar del frío, llevaba una playera de manga corta que dejaba al descubierto los tatuajes en sus brazos.

Era deportista. No me quedó la menor duda. Su espalda ancha y sus brazos fuertes delataban que no se saltaba un solo día de ejercicio.

Y ahí estaba yo, sumergida en la apreciación del misterioso chico que patinaba a las seis de la mañana, mientras tarareaba la canción que sonaba en mis audífonos inalámbricos. Era mi favorita…

Me detuve en seco.

El corazón me latió rápido. Fuerte. Tan fuerte que, por un segundo, creí que él podía escucharlo.

Él se movió. Apenas un gesto, pero lo vi en cámara lenta. O, al menos, mi cerebro lo procesó así. Entonces, sin aviso, giró en mi dirección y nuestras miradas se cruzaron.

Solté la caja que sostenía. El golpe resonó en el silencio del centro comercial. La ropa cayó al suelo, esparciéndose a mi alrededor.

Todavía no sé por qué demonios miré primero la ropa en el suelo en lugar de confirmar lo que mi mente ya sospechaba: esos ojos, tan azul oscuro como el océano en una noche sin luna, eran iguales a los de Taylor.

Eran iguales a los de Fenrir.

Su nombre me golpeó el pecho como un recuerdo enterrado demasiado profundo. Sentí un extraño aleteo en el estómago.

Busqué al chico.

No estaba.

La pista de hielo estaba vacía.

La música seguía sonando en mis audífonos.

«Is my love enough?» de White Lies.

Me quité un audífono y encontré un silencio absoluto. Ni el eco de una puerta cerrándose, ni el sonido de un patín raspando el hielo. Nada.

Guardé los audífonos en su estuche y miré a mi alrededor con el corazón aún agitado. Luego me acerqué al barandal de la pista de hielo.

Era demasiado temprano para que estuviera abierta al público. Tal vez era un chico de mantenimiento… pero…

Apreté el estuche de mis audífonos. Latía en mi mano como si fuera mi propio corazón, bombeando recuerdos que no quería enfrentar esa mañana.

White Lies.

Fenrir.

Las canciones que me acompañaban cada vez que me sentía perdida, cada vez que me preguntaba qué habría sido de mi vida si él no se hubiera marchado aquella mañana, llevándose consigo mi primera vez.

Y lo odiaba un poco por eso.

No merecía el silencio, la distancia, el desconcierto que dejó tras de sí después de reírnos con los fuegos artificiales del Año Nuevo, después de hacer el amor en la habitación de invitados en casa de sus padres.

Me indigné.

—No más White Lies por hoy —me dije en voz baja y guardé el estuche en mi bolso.

Giré sobre mis talones, recogí la ropa y la metí en la caja de nuevo. Antes de seguir mi camino, lancé una última mirada a la desolada pista de hielo.


Respiré hondo, alcé la barbilla y continué mi andar hacia la tienda de Taylor, al final del pasillo.

“Pink, Love & Gold”, se leía en el elegante letrero dorado sobre la tienda.

Abrí la puerta de cristal, me apresuré a desactivar la alarma y encendí las luces.

Sonreí.

Era un sitio bonito. Un sueño. Quizá el sueño de muchas de las que estudiamos Diseño de Modas, pero este no era mi sueño. Era el de Taylor. Yo solo estaba ayudando, trayendo unas prendas porque ella tenía un compromiso y las necesitaba en la tienda a primera hora.

«Quizá, algún día, podría sonreír así en mi propia tienda», pensé.

La ropa que diseñaba Taylor no era exageradamente costosa; sus precios eran accesibles, y por eso su éxito era abrumador. Ya competía con marcas enormes y sus clientas adoraban la versatilidad de sus prendas. Podías conseguir un vestido de noche increíble o una blusa clásica para combinar con cualquier pantalón.

Yo estaba cumpliendo el sueño de muchas otras chicas.

Yo tenía el matrimonio bonito con un buen hombre que me mantenía y se encargaba de cumplir cualquier capricho que pudiera tener.

Sí, era la dueña de una hermosa jaula de oro.

Llevaba tantos años sin mover las alas que a veces pensaba que ya no existían, que se habían esfumado junto con mis sueños. Y que estaba prohibido quejarme.

¿Cuántas mujeres tenían la dicha de estar casadas con un hombre como Desmond?

Pero estaba bien.

Podía vivir mis sueños a través de Taylor. Llevaba dos años con su marca de ropa y ya se había establecido en una tienda del centro comercial más grande de Miami—y del país, que incluso tenía su propia pista de hielo—. En algunas ocasiones podía hacer eso: abrir la tienda y fingir, aunque solo fuera por dos segundos, que era mía.

Eso me hacía feliz.

Un ruido en el exterior me hizo girar hacia la pista de hielo.

Al otro lado del centro comercial, un local cerrado tenía luz en su interior.

¿Sería el misterioso chico que me recordó a Fenrir?

Mi estómago revoloteó de nuevo.

Coloqué la caja sobre la primera superficie que encontré, junto a unos pantalones, y saqué el celular.

No tardé ni cinco segundos en entrar a las redes sociales de Fenrir, pero, por lo que podía ver… seguía al otro lado del país.

Fenrir era reservado. Demasiado. Y eso me molestaba.

¿Saben lo difícil que es «stalkear» a alguien que publica fotos personales solo dos veces al año?

Todo en su perfil eran tatuajes. Obras de arte en pieles de todos los colores. Trazos perfectos que lo habían hecho acumular millones de seguidores, personas que esperaban meses por un espacio en su apretada agenda de trabajo.

Solo dos o tres veces al año subía una foto suya. Nada más.

Y era todo lo que tenía.

Todo lo que me quedaba para suspirar. Imaginar. Para recordar que, en privado, Fenrir tenía una risa hermosa. Que esa risa sincera hizo latir mi cuerpo cuando estábamos juntos, cuando me miraba a los ojos y me decía que era la chica más bonita que había conocido.

Y si mi estómago continuaba con esos aleteos, iba a empezar a preocuparme.

Pero eso era lo que causaba Fenrir.

Fenrir y sus recuerdos.

Fenrir y los «hubiera».

Si Desmond no hubiera ido por mí esa mañana de Año Nuevo.

Si Fenrir no se hubiera marchado.

Si yo hubiera tenido más dignidad.

Si hubiera sido más arriesgada.

Pero Desmond fue por mí. Se arrodilló. Me pidió perdón de rodillas por su infidelidad. No me dio tiempo de pensar. Regresé a la habitación con la excusa de peinarme y, cuando volví, Fenrir ya no estaba.

No sabíamos cómo se había ido. Quizá saltó por la ventana.

Taylor solía decirme que su hermano era raro. Aunque ella no tenía idea de que esa rareza incluía haberle quitado la virginidad a la amiga de su hermanita.

Intenté llamarlo y nunca respondió.

Entendí el mensaje.

Regresé a la sala y acepté las disculpas de Desmond.

Tonta de mí.

Tonta.

Y volví a odiar a Fenrir.

Porque me hacía arrepentirme de vivir en mi jaula de oro, en el sueño de tantas chicas.

Y mi jaula era hermosa, realmente lo era. De oro blanco y piedras preciosas.

Lo que toda chica quiere.

Menos yo.

Suspiré y revisé el contenido de la caja. La ropa había quedado un poco arrugada tras la caída. La tomé, la extendí sobre uno de los aparadores—como me indicó Taylor—y caminé por la tienda como si realmente fuera mía.

Disfruté de la elegancia en tonos blancos y acabados dorados de la decoración, inhalé el aroma a nuevo y la dulce fragancia a lavanda que impregnaba el lugar.

Por un instante, me permití imaginarlo.

Pensé en proponerle nuevamente a Desmond que me ayudara a abrir mi propio negocio. Algo pequeño, modesto, solo para empezar.

Pero recordé que no tenía sentido.

Ya podía escuchar el discurso de mi esposo en la cabeza:

—Pero, Milena, ¿qué va a decir la gente? Van a creer que no puedo mantener a mi esposa. ¡Qué vergüenza!

Suspiré hondo.

Siempre repetía las mismas palabras cada vez que insinuaba que quería trabajar.

Yo respondía que la gente no importaba, que siempre hablarían, tanto si hacías algo como si no.

Y entonces él remataba con:

—¿Y cuando tengamos a nuestro hijo? Tendrás que dejar el trabajo de todas formas. No le encuentro sentido.

Un hijo.

Un hijo que ni siquiera estaba en camino, porque yo tomaba anticonceptivos y él se encontraba en su mejor momento en el trabajo.

No había espacio para un bebé.

Y la idea me aterraba bastante.

¿Ser madre? Si ni siquiera podía cuidar de mí.

No era capaz de imponerme con mi esposo, ¿cómo iba a educar a alguien más?

Una ligera melodía interrumpió mis pensamientos.

El sonido provenía de la tienda.

Una canción de White Lies.

«You still love him».

Mis dedos reaccionaron antes de que pudiera pensar.

Tomé el celular y llamé a Taylor.

Eso no podía ser una coincidencia.

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