Madeline tuvo una pesadilla
Madeline sufría pesadillas cuando mamá y papá peleaban. Últimamente lo hacían a menudo frente al televisor. Papá llegaba agitado de trabajar y le decía cosas a mamá como si le estuviera contando secretos muy importantes. Ponía el canal de las noticias y apuntaba a la pantalla; ella se agarraba del cabello con una mano y a la otra la apoyaba a un costado del cuerpo. Entonces lo miraba y le preguntaba: «¿Qué vamos a hacer?» Poco a poco comenzaba una discusión que crecía y crecía hasta transformarse en gritos. Madeline los oía desde el primer piso, junto a la escalera. Temía que la dejasen sola, que estuvieran peleando por su culpa, y el sollozo afloraba tímido en su pecho.
Esta vez, papá llegó más agitado de lo normal y gimiendo de dolor. Antes de que la mandasen al cuarto, Madeline alcanzó a ver sangre en su hombro. Iba a quedarse junto a la escalera, pero tuvo mucho miedo y se fue a la cama. Para no escuchar las alteradas voces de mamá y papá, se tapó los oídos con sus manitos y se concentró en sus piecitos, en mirar sus deditos y tratar de moverlos de una determinada forma. Sin darse cuenta, se quedó dormida y la pesadilla se alimentó de ella como siempre cuando sus padres peleaban.
Se encontraba a solas en su habitación, en medio de una penumbra atroz. Todo a su alrededor era gigantesco, desde los muebles hasta su cama, sobre la que se hallaba tan pequeña como una hormiguita. En el aire flotaba amenazante un murmullo que le era familiar. Bastó que parpadeara una vez para que, en medio de la pieza, aparecieran sus padres, tan colosales como los muebles y grises como un cielo encapotado. Ahí estaba el distante rumor que antes oyó; discutían y se movían con salvajismo. ¡Qué pequeñita y temerosa se sentía! Un penetrante frío melancólico era lo único que la arropaba en su diminuta soledad. Sin poder contenerlo un segundo más, el llanto afloró a gritos, pero en vano porque ni el uno ni el otro se molestaron en mirarla, en abrazarla, en besarla en la cabeza, en calmarla… Y así le parecía que se hundía en un abismo oscuro, alejándose de aquella grotesca imagen de sus padres, que se apuntaban con dedos acusadores entre vociferaciones.
Un repentino estruendo quebró la pesadilla. Madeline despertó con los ojos húmedos y se los palpó para descubrir que eran lágrimas.
Mamá había entrado a la habitación y trancado la puerta con rapidez. Le costaba respirar, pero así y todo se acercó a ella dando zancadas estrepitosas. La abrazó. Lloraba y su corazón golpeaba fuerte y veloz.
—¿Estás bien, mami?
No entendió por qué, pero esa pregunta hizo que aumentara su llanto y que la apretara fuerte contra sus brazos mientras le acariciaba la cabecita.
—Todo va a estar bien, mi amor. Todo va a estar bien —dijo con voz temblorosa.
La puerta de la habitación resonó con un golpazo, luego con otro y con otra andanada de violentos impactos. Alguien gritaba detrás. Era como la voz de papá, pero sus exclamaciones no decían nada. Sus roncas vociferaciones hacían que Madeline tuviera mucho miedo y que la poseyera un incontrolable temblor. Rompió a llorar junto con mamá, que con cada embestida saltaba espantada.
La madera de la puerta sufría y sus lamentos eran crujidos hasta que cedió abatida. Papá estaba de pie, temblando y abrazado por las sombras. Madeline sintió tanto miedo como pocas veces en el pasado, cuando las grandes discusiones terminaban con platos y vasos estallando contra las paredes. En aquellos momentos, mamá dormía con ella y tenía manchas moradas en los brazos, pero no sabía qué significaban. Cuando se lo preguntaba, siempre le respondía que era algo de familia y que no tenía idea de qué era lo que provocaba esos oscuros redondos.
Mamá miró a sus espaldas y su cuerpo tembló como en aquellas ocasiones en que dormían juntas. Papá avanzó. Sus pasos eran cortos y retumbantes, a veces arrastrados. Seguía gritando sin decir nada. Madeline sollozó y cerró sus manitos en la remera de mamá, que se interpuso delante. No quería que se despegara de ella. No quería sentirse sola como en las pesadillas.
Papá lanzó todo su cuerpo hacia adelante. Mamá lo atajó con un espantoso grito entre llantos. Madeline lloró a todas voces mientras veía cómo forcejeaban. Él balbuceaba enronquecido y chillaba afónico. Gritaba como tantas veces. Papá era aterrador. Mamá exclamaba desesperada que Madeline corriera, ¡que huyera! Tuvo que pedírselo muchas veces antes de que reaccionara y saliese por la puerta a toda prisa.
Bajaba por las escaleras a trompicones. Detrás de ella, viajando por el pasillo como un espíritu maligno, oyó el agónico grito de mamá. Una sobrecogedora sensación de muerte la abrazó con brazos cadavéricos. El corazoncito se le encogió con dolor. ¿¡Qué podía hacer!? Estaba ahogada en miedo. ¡Podía salir a pedir ayuda!
Salió, dejando la puerta abierta, y afuera no la aguardó algo diferente. Aun cuando sucedía lejos en el horizonte, la abrumó una tormenta de ruidos en la que se enredaban confusamente el claxon de los coches, las sirenas de las ambulancias y los patrulleros y estruendos que parecían los petardos que tiraban en navidad. En el cielo sobrevolaban helicópteros con frenéticos haces de luz saliendo de sus barrigas metálicas para alumbrar distintos puntos de la ciudad. Ante aquella actividad inusual, Madeline olvidó por un instante lo que ocurría dentro de su casa.
Las lágrimas le hacían brillar los ojitos y la conmoción interior le enrojeció la suave piel de la carita. Sus frágiles cabellos estaban revueltos en su cabecita porque hace un momento atrás dormía y despertaba de una pesadilla. Quizás aún se encontraba en ella.
Una pesada mano apresó su hombro. Fría y dura. Se giró aun cuando la abrazaba el terror. Papá la miraba desde arriba, enorme como los muebles en sus pesadillas que se inclinaban abrumadores hacia ella.
Sintió frío en la pancita y un leve espasmo la invadió. Miró a sus pies. Bajo ellos se formaba poco a poco un charquito a la vez que su pantaloncito de pijama se humedecía.
Alzó la mirada. Papá tenía los ojos sin brillo e inyectados en sangre. Su piel era tan pálida que debajo de ella se vislumbraban diminutas serpientes negras. Madeline gritó cuando vio su ensangrentada boca, que se abrió entre diabólicos gruñidos y descendió hacia la horrorizada carita de su hija.