Las horas del Edén.

All Rights Reserved ©

Summary

Ambos, tuvimos unos inicios diferentes, pero marcados por el desprecio y el odio de quienes se supone que nos debían amar.Él siempre dice que yo fui quién lo salvó del abismo, pero la verdad, es que ambos estábamos en él y solo nos encontramos en esa inmensa oscuridad, nos impulsamos y escapamos buscando nuestro propio Edén. Pero aquella noche y tras llegada del oficial todo cambió y nuestro paraíso tembló. Por favor, ayúdame a recuperar nuestras horas en el Edén. Esta carrera es contra el tiempo.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. Tercera hora.



No sé cuándo comenzamos a conectar de una forma en que incluso nuestros corazones latían al mismo tiempo o nuestras risas explotaban al unísono después de hacer algo que se convertiría en una anécdota que le contaríamos a nuestros futuros hijos. Solo sé que nos amamos a tal punto que con solo oír un suspiro sé que estás pensando y sé que cuando sonríes de cierta forma estás pidiendo un beso o algo más, porque tu cuerpo siempre tiende a sobre el mío.


Eso suele decir constantemente Roberto, cuando cree que estoy dormido sobre su pecho, en realidad sí lo escucho y luego me quedo dormido porque no existe sensación que me llene de paz y seguridad como el estar entre sus brazos. Él siempre dice que yo fui quién lo salvó del abismo, pero la verdad es que ambos estábamos en el abismo y solo nos encontramos en esa inmensa oscuridad, nos impulsamos y nos escapamos buscando nuestro propio Edén.


Ambos tuvimos unos inicios diferentes, pero marcados por el desprecio y el odio de quienes se supone nos debían amar. Yo soy el más joven de una familia tradicional y extremadamente orgullosa de ser «normal», ya sabes, papá, mamá y dos hermanos mayores. La familia perfecta que se reunía los domingos en un día de campo, después claro, de ir a misa. Mientras mis hermanos jugaban con mis primos yo rezaba para que las palabras del padre no fueran reales. Es que un amor infinito que se transforma en llamas no sonaba tan bello. Sobre todo, sobre ese castigo tan horripilante por ser diferente.


Pero lo terminaba olvidando cuando papá me mandaba a jugar con los chicos y mamá me daba mi comida favorita. ¿Crecí en un ambiente amoroso? No sé, porque cuando crecí un poco más comencé a recibir castigos porque tenía comportamientos femeninos, pero es que yo que crecía en una familia de puros hombres nunca conocí que era el comportamiento femenino ni porque entonces yo lo tenía y mucho menos porque era tan malo, si mamá era mujer y ellos amaban a las mujeres… ¿verdad?


Tal vez se referían a besar a otro chico, porque el día que un impulso extraño que salió desde lo más recóndito de mi alma me hizo besar a Eduardo mi compañero del colegio pensé que no era tan malo porque, aunque solo lo hacían las chicas yo lo sentí tan bien. Tan correcto y no era sucio. Papá no pensó lo mismo, solo recuerdo haberme despertado con la cara adolorida e hinchada por los golpes y escuchando a mamá llorando mientras le decía a la tía Nancy que no sabía qué había hecho mal. Me ausenté de clases varios días, pero nunca fui al doctor, era mamá que me curaba y nunca dejó de llorar ni hacerme preguntas extrañas.


Me preguntaba que si alguien me había tocado, o que si estaba confundido, que si un sodomita abusó de mí en el baño. En fin, que no entendía nada como tampoco entendía porque papá ya no me miraba, porque mi familia hablaba en voz baja como si no quisieran que yo supiera. No querían que supiera porque probablemente si hubiera sabido lo que venía me hubiera escapado de casa puesto que, ¿por qué un padre querría que el ser que tanto dice amar transitara por un infierno así?


Aún recuerdo el olor a tierra mojada y a campo, me llevaron a una granja donde pasaría un tiempo desintoxicándome de la «homosexualidad» y del pecado. No les importó alejarme de mis amigos, de mis juguetes favoritos ni de sus brazos por más que les rogué ellos dijeron que si no cambiaba mi comportamiento desviado no me querrían más y que solo quedándome ahí podría. Como todo niño deseoso de ser amado y aunque no entendía nada lo acepté. No sabía que acepté cambiar ni porque, pero acepté.


Ojalá no lo hubiera hecho.


No quiero revivir esos meses, pero lo que ese ciervo del señor me hizo es algo por lo que nunca una persona debería transitar. Nos asustan tanto con lo que hay detrás de la muerte si no fuiste un buen chico que minimizamos el infierno que padecemos en vida. Entendí todo y aunque no cambié tuve que fingir que sí porque si no regresaría a ese infierno y eso era algo que nunca haría.


Y aunque acepté y crecí obedeciendo sus leyes creo que en fondo siempre supieron que, aunque el exterior se adaptó a las circunstancias por dentro era el mismo. Es que no entendían que nunca cambié siempre fui el mismo desde el nacimiento, lo que había cambiado era la imagen que ellos se habían hecho de lo que yo debía ser. No me amaban, amaban lo que ellos imaginaron que sería.


Mis hermanos crecieron y formaron sus familias, tuvieron hijos lo que me permitió sobrevivir un poco más de tiempo pasando desapercibido. Llegué a los dieciséis y mi interior estaba destrozado porque el pequeño niño que había encerrado dentro de mí rasguñaba mis entrañas exigiendo salir y vivir. Sobre todo, vivir.


La noche que se permitió salir llovía como el diluvio que purificó la tierra. Había reencontrado a Eduardo en Facebook, porque como podrás imaginar me habían cambiado de colegio en su momento, restablecí comunicación con él pues había sido mi único amigo. Él también había cambiado, deseaba ser mujer, como yo el ser libre. Reiniciamos una linda amistad, aprendí muchas cosas que me habían sido vedadas.


Es que él sí había vivido muchas cosas que no me perdí en ese campo de concentración. Aprendí que el amor entre dos hombres ni se llama pecado, desviación ni homosexualismo sino amor. Así son distinción ni agregados. Siempre planeábamos escaparnos a irnos a recorrer el mundo porque resultó que él también estaba en la misma situación de violencia, perdón, quise decir educación tradicional, que yo. Pero solo eran historias fantásticas.


Él, el hombre que lloró una vez de felicidad porque tendría un tercer hijo varón, mi padre, lo supo. Olvidé cerrar sesión, como él olvidó que me amaba. Le pedí que parara, me dolió el doble porque a diferencia de lo que ese hombre me hizo en el campamento que era un completo extraño y muy poco le podría importar, él debía protegerme y no hacerme daño. Destruyó mi alma.


Tengo recuerdos borrosos porque siempre he tratado de olvidarlo, pero la sangre saliendo de mí y recorriendo mis ingles no sé borra. No se borra tampoco la cachetada de mi mamá luego de gritarme que había sido mi culpa, que yo lo había provocado. Corrí tan lejos como pude, nunca miré atrás. Por primera vez después de tanto tiempo y tanto dolor, sentí rencor. Corrí aún más rápido, tanto, que solo me llevé encima lo que menos pesaba, miedo. El miedo es engañoso, en un principio es ligero como brisa, pero tiende a alimentarse de ti mismo y luego es tan grande que no te permite dar un paso.


Por eso no siempre es fácil irse siempre.


Por un par de años mis pies me llevaron por oscuros caminos y profundos acantilados, me ahogué en ciénagas de excesos y abusos, hice lo que pude para sobrevivir pues el hambre era más fuerte que el deseo de morirme. Tal vez no era que no quería morir sino ser salvado. Llegó él, don Fidel. Un amable y solitario anciano dueño de una florería que por azares del destino me vio. El mundo está tan lleno de personas cuyas sombras nos ocultan a los más pequeños que es confuso y oscuro, pero solo unos ojos amables pueden ver entre la multitud a aquellos perdidos que necesitan un poquito más de luz que el resto y él, tenía los ojos más amables.


Era un poco como yo, no tenía a nadie. Me dio comida, algo que hacer y un hogar. No me juzgó y me dijo algo que nunca creí que podría escuchar, me digo que no había nada de malo conmigo. Eso fue suficiente para que yo comenzará a brillar. Era un señor grande, dejó este mundo rodeado de flores, amaba a las flores, decía que eran como las personas sumamente exóticas y caóticamente hermosas. No sé por qué, pero me heredó su florería, no recuerdo haber llorado tanto como cuando el abogado leyó en el testamento como don Fidel me consideró su hijo. Nunca lo supe, pero había conseguido una familia y luego la perdí, aunque no del todo porque me quedaban las flores. Las flores no juzgan y regalan su belleza a todos por igual.


Desde entonces comencé por tercera vez a vivir. Tenía dieciocho años y estaba tan confundido, ¿qué quería hacer con mi vida?, ¿quería hacer algo? Solo me dediqué a sobrevivir. Las flores fueron mi refugio pues, aunque las personas comenzaron a verme más como una persona aún tenía miedo, miedo proveniente de un pasado no tan lejano.


Las cosas comenzaron a ir mejor, pero siempre sentía que faltaba algo sobre todo cuando por las noches me iba a dormir y en la cama solo éramos yo y los malos recuerdos de una corta, pero dura vida. Tal vez era que quería que alguien llegara a empujar lejos a esos recuerdos y ocupar el espacio a mi lado, pero, ¿quién querría sanar algo que no rompió? No es que yo valiera la pena.


Hubo un tiempo que intenté volver a establecer comunicación con mis padres, creí que el tiempo los habría hecho comprender, pero no fue así. Aún me cortan sobre la piel las palabras que me dijeron cuando llamé a casa. Respondió mi madre, quién me dio la vida y sus palabras tan cargadas de odio eran suficientes para quitármela.

Yo los había perdonado, pero ellos no. Aún guardaba la esperanza de volver y ahora que tenía una vida hacer que ellos formarán parte de ella. Tuve que aceptar que a partir de ese momento debía continuar ese sendero sinuoso solo (una vez más). En el fondo lo sabía, pero aún me negaba a aceptar que llevaba tiempo recorriéndolo solo. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, cogí fuerzas y de nuevo comencé a dar mis primeros pasos aprendiendo a vivir otra vez.


Cuando eres pequeños son tus padres quienes te sostienen y te enseñan a dar los primeros pasos que nos llevaran a nuestros sueños en la vida adulta, pero, ¿qué pasa cuando fueron ellos mismos quien te quitaron la infancia y siendo adulto tienes que volver a aprender a caminar, pero siendo que esta vez no hay quien te sostenga?


Un par de años después comencé a caer en un estado de tristeza constante, no podía ver a los demás abrazados o besándose sin que me doliera el pecho. Incluso las películas románticas me causaban dolor. En un intento desesperado por dejar a la soledad terminé en una relación enferma y dependiente. Me quitaba el dinero que ganaba en la florería, me celaba de forma enfermiza y luego, llegaron los golpes.


Sabía que eso no estaba bien, nunca había estado con alguien, pero el amor es algo que se sabe es hermoso y eso no se sentía así, pero al menos no estaba solo y eso era lo único que quería. Nunca subestimes lo cruda que puede llegar a ser la soledad y los motivos de quienes la padecen con tal de ya no sentirla.


¿Y dónde entra Roberto en todo esto pensarás? Como la causalidad más hermosa de todas. En el momento justo que yo estaba cayendo en el abismo.



Bienvenidos sean a esta nueva historia. Se tratará de una novela corta.


Antes de continuar debo advertirte que habrá escenas muy fuertes y temas delicados que podrían remover sentimientos, pero, ¿qué clase de escritor sería si no desafiara los sistemas?


No teman comentar como les va pareciendo, votar (picando el ❤️al final de cada capítulo) y sobre todo, hacer una reseña.


Gracias por siempre apoyarme.

Next Chapter