Nevuland, el planeta helado

Mientras el primer copo de nieve caía, susurraba secretos de un cuento invernal esperando desplegarse. Pero no era un inocente cuento infantil lo que iba a suceder, sino una trágica historia en la que el destino iba a convertirse en cruel protagonista.
La gente se agolpaba en torno al cuerpo inerte que yacía a las afueras de la ciudad, formando una tupida red humana que impedía la visión clara de aquel acontecimiento terrible que se había hecho visible a los lugareños ya en las primeras luces del alba.
El cadáver de la muchacha, de tan solo quince años, mostraba las mismas características que se hallaron en los dos adolescentes fallecidos semanas atrás, primero una chica, luego un chico, ambos también de quince años. Como rasgo más relevante se podían observar las cuencas vacías y oscuras de lo que antaño habían sido unos preciosos ojos grises, que parecían haber sido arrancados con una fuerza y violencia inhumanas. Era destacable también el hecho de que el hermoso pelo blanco y largo de la muchacha había sido cortado y depositado junto al lado derecho de su cabeza, como en un ritual mágico que solo parecía conocer el autor de tan horrible crimen.
Las autoridades y los investigadores llegaron por fin al lugar y, abriéndose paso con dificultad por la maraña humana presente, realizaron las averiguaciones pertinentes y sacaron de allí el cuerpo para darle sepultura. Era todo lo que se podía hacer en una sociedad tradicionalmente pacífica que no estaba acostumbrada a viles hechos que atentaban contra la vida de una manera tan salvaje.
Lo que quizá caracterizaba especialmente a Nevuland era su firmamento de color blanco, no azul como podría pensarse del cielo más típico, sino de un tono tan blanquecino que parecía que todo lo que rezumaba vida en aquel planeta, sus habitantes, todos los seres, sus espacios naturales, todo, absolutamente todo, estaba imbuido por una luz clara, como transparente, de una pureza cristalina y nívea. Esta luz engullía cada contorno, cada rincón conocido y lo dotaba de una magia única, nunca vista en cualquier otro lugar del cosmos.
La blanca luz de Nevuland hacía que aquel singular planeta estuviese prácticamente en su totalidad cubierto de una espesa capa de nieve y hielo y que, hasta sus propios habitantes tuviesen un aspecto albino, con el pelo blanco y su piel clara, casi transparente, y sus ojos fuesen de un gris muy claro, lejos de los tonos habituales que los ojos solían tener en la mayoría de las criaturas.
A pesar de su condición de planeta helado, Nevuland poseía condiciones aptas para una vida estable y cómoda para sus habitantes. Con una masa de tamaño adecuado para ser capaz de albergar vida, orbitaba una pequeña enana roja ultrafría, de la que recibía la energía necesaria en forma de radiación. Pero no todo era hielo y nieve en el planeta. También existían zonas donde el agua circulaba en forma de ríos y lagos para provecho de sus moradores, aunque su extensión era más bien limitada.
Existían tres zonas climáticas diferentes en el planeta, el Sector Helado, el Sector Frío y el Sector Templado. Stad era una de las ciudades más importantes del Sector Templado, cuyo clima era el menos gélido de los tres. Si bien también la nieve se alojaba allí la mayor parte del año, no eran nieves perpetuas, como sí lo eran las del Sector Helado. El sector Templado albergaba la mayor densidad de población de Nevuland.
A diferencia de lo que se podría pensar en un clima helado de esta envergadura, no se producían apenas ventiscas de nieve o continuas nevadas, gracias a las corrientes de aire que calentaban el Sector Templado. De este modo, el clima del sector más habitado se caracterizaba por veranos templados, con temperaturas medias que no solían bajar de 5°C, e inviernos suaves de entre 0°C y -10°C.
Un manto de nieve casi perpetuo, con sus glaciares característicos, cubría las montañas del Sector Templado. Los bosques, con sus árboles también nevados, terminaban de conformar una naturaleza que había sido respetada por las gentes que poblaban aquel mundo, casi paradisíaco. Estas especiales condiciones atmosféricas se habían materializado en las lenguas habladas en aquellos entornos, que reflejaban terminológicamente la realidad circundante. Por ejemplo, siguiendo una tradición ancestral, aquellos seres utilizaban una gran variedad de palabras para describir los diferentes tipos de nieve que existían.
Stad se había convertido en una de las ciudades más prósperas del Sector Templado. La ciudad respetaba siempre los entornos naturales que se hallaban cerca de ella, así como a sus criaturas y seres vivos, con los que convivía en paz y armonía. La economía de Nevuland no estaba basada en la caza y la pesca indiscriminada, estas actividades solo se permitían como forma de necesaria subsistencia. Sin embargo, la paz y tranquilidad de un mundo armónico como el descrito se había roto con los recientes asesinatos, cumpliéndose los designios de un destino que muchas veces nos lleva por caminos penosos e inciertos que no podemos controlar.
Junto a estos contornos pacíficos del planeta existía un bosque distante, que rodeaba la ciudad como un brazo amenazante y oscuro que contrastaba con la intensa luz de Nevuland. Era este un bosque tan desconocido como peligroso, en donde se decía que se hallaba la Región Oscura, que alojaba la llamada Ventana de Niebla, un portal del tiempo, lugar de paso a otros mundos inhóspitos. Esta región estaba asociada a la muerte y la destrucción, ya que los pocos que se habían aventurado a ir allí no habían regresado jamás. Por esta razón, las autoridades de Stad llegaron a recomendar a sus ciudadanos que no viajaran a la Región Oscura bajo ningún concepto.
De entre todos los habitantes de Stad, había ocho jóvenes hermanos, cuatro muchachos, Taivas, Hemel, Rai y Gök, y cuatro muchachas, Nebese, Obloha, Paradis y Nebe. Los ocho habían nacido de un único parto y, por lo tanto, eran gemelos y tenían la misma edad. Sus padres les habían puesto nombres de cielo en diferentes lenguas de la Tierra. Sus progenitores habían querido rendir así cierto homenaje al lejano planeta del que les hablaron en algunas historias contadas en su infancia, pero del que pocas cosas más sabían.
Todos los hermanos se aglutinaban en torno a Nebesa, que hacía las veces de hermana mayor, su máxima protectora y consejera. Nebesa tenía un carácter fuerte y decidido. Cuando había que resolver algún asunto, ya fuera en la familia o en la comunidad, ella era la primera en tomar parte en ello. Siempre solía estar alegre y de buen humor. Su carácter, en cambio, contrastaba con el de Obloha, mucho más seria e introvertida. De entre los chicos, Taivas era el que más se parecía a Nebesa. Por este motivo, a veces su relación se desarrollaba como una sana rivalidad, que nunca acababa en tensión o peleas.
Aquella mañana Nebesa caminaba impaciente y deseosa de llegar a casa, mientras cogía fuertemente con su mano derecha aquel libro que había logrado sacar con éxito de la biblioteca. La bibliotecaria le había recomendado otro tipo de lecturas más acordes con su edad, pero ella se las había arreglado para convencerla de la necesidad que tenía de sumergirse en la lectura de un libro del que se podía aprender tantas cosas. Por fin llegó al hogar y, entrando a toda prisa, se fue a la habitación que compartía con las demás hermanas y se puso a leerlo con avidez.
La Dualidad del Todo, se titulaba. Se le consideraba escrito en una época muy antigua en la historia del planeta y se desconocía quién había sido su autor. Nebesa estaba interesada en él porque hablaba acerca de la Ventana de Niebla. Nadie había podido corroborar nunca lo que en el libro se decía, ya que se suponía que nadie había conseguido volver de aquella región con vida para contar lo que podía ser aquello, o al menos se desconocía el paradero de la gente que había viajado hasta aquel misterioso lugar. La muchacha leyó la parte del pasaje en la que se describía el concepto de dualidad presente en la Ventana de Niebla: “La ventana de Niebla es un portal de dualidades, la dualidad de la luz de Nevuland frente a la dualidad de la Región Oscura, la dualidad de la Vida y la dualidad de la Muerte o la dualidad del Conocimiento y la dualidad de la Ignorancia. Estas dualidades se concretan a su vez en la dualidad del Cruce de Caminos, también llamada la Dualidad del Todo. Esta encrucijada se podía materializar de diversas maneras, en una puerta, un espejo, el reflejo del agua en un río o un estanque, o en un agujero de la tierra. Se trataba de entradas o maneras de paso a otro mundo, ante las que se debía elegir el camino a seguir entre dos posibles destinos.”
—Vaya, has conseguido el libro —la interrumpió Taivas, que había entrado a la habitación.
—Pues sí. Y parece interesante —señaló Nebesa.
—¿Interesante? —inquirió con cierta ironía. —Dudo mucho que alguien entienda algo de lo que se dice en él —soltó con todo el sarcasmo que pudo Taivas.
—Me da igual lo que pienses. Porque… sería toda una aventura viajar hasta la Región Oscura —Y al decir semejante frase, se apresuró a mirar la cara de incredulidad de su hermano.
—¡No sabes lo que estás diciendo, Nebesa! ¡Nadie ha vuelto nunca de allí! —dijo el muchacho, ahora realmente preocupado, conociendo de lo que era capaz su intrépida hermana.
Ambos se quedaron en silencio, sin hablar, como si sus palabras acerca del peligro que suponía la Región Oscura hubieran extendido el temor y la incertidumbre en sus corazones, sobre todo en el de Taivas, consciente de que su querida hermana Nebesa era perfectamente capaz de intentar de verdad aquel disparatado reto que se había impuesto.