『Sinopsis』
— Tigresito, deja de moverte. — ordena entre risas el pelirrojo, reteniendo al menor entre su cuerpo y los casilleros. Su mano traza lineas rojas sobre el rostro contrario, con ayuda de un marcador permanente.
Taehyung forcejea inútilmente, siendo el que posee menos fuerza entre ambos, mueve su cabeza de un lado al otro intentando evitar que el pelirrojo siga pintando su rostro. — No, no, no...d-déjame. — repite vez tras vez, en voz entrecortada por la presión del cuerpo fornido que lo arrincona.
Cosa de todos los días, a Jeon Jungkook le gustaba, más bien amaba, poner su paciencia a juego todos los malditos días. Y es que él no era de perder los estribos tan fácilmente, pero con el paso de los años, el tan sólo verle la cara al pelirrojo era suficiente para hacerlo explotar.
Jeon Jungkook era un idiota, Jeon Jungkook era una estúpida piedrecilla en su zapato que no le dejaba avanzar como quería.
¡Jeon Jungkook era un obstáculo molesto en su vida, el peor!
Cada que debía entregar proyectos, el pelirrojo aparecía y jodía todo. Derribando "accidentalmente" jugo en sus documentos, rompiendo "accidentalmente" sus maquetas, poniendo "accidentalmente" un virus en su computadora que le borraba cada dato guardado y necesario para sus presentaciones de fin de cursos.
Era un molesto bicho que rondaban a su alrededor. No importaba cuantas veces hubiese sido castigado por las incontables veces que Taehyung lo acusaba, él seguía y seguía fastidiándolo. Gozaba de ver al castaño en la cúspide del estrés y rabia, de entrometerse en su vida como si no tuviera una propia.
Y Taehyung lo odiaba, vaya que lo hacia. O eso era lo que decía sentir hacia él, porque todo lo que le había hecho lo justificaría con razón. Todas esas veces que estropeo alguno de sus pasos, todas esas veces que se interpuso en medio de algunos de sus planes para echarlos abajo, el odio debería ser un sentimiento bien merecido.
Y por alguna razón, no era posible distinguir si aquello era lo que sentía por el pelirrojo. Porque su corazón martilleaba furioso en su pecho al tenerlo tan cerca, cada que al mayor se le antojaba acorralarlo en alguna pared o superficie cualquiera, para jugarle una broma o simplemente intimidarlo con su estúpida sonrisa coqueta y actitud arrogante.
Jeon Jungkook era insoportable, nada apto para mantener un pulso tranquilo en ningún aspecto.
Y por suerte no volvería a verlo de nuevo, al graduarse y separar caminos obligatoriamente.
Él estaba encaminado a realizar su sueño de pequeño, ser un maestro dulce y respetado, que sería amigo de sus estudiantes y los ayudaría a resolver sus problemas. No sólo matemáticos. Mientras, Jungkook, bueno, nunca se detuvo a preguntarle.
Ese día se acabaría todo, Jeon no volvería a representar ningún obstáculo en su vida, sería libre de ver su cara todos los días, de soportar perder el aire cada que estaba cerca de una manera inexplicable y sobre todo, de tener una vida tranquila y en orden.
Y así fue, Taehyung tuvo esa vida. Una tranquila, donde reinaba el orden, donde sus pensamientos eran dirigidos única y específicamente a completar su carrera deseada. Una en donde no volvió a saber nada de cabelleras rojizas ni sonrisas altaneras.
Al menos hasta que pudo empezar a realizar su sueño, en uno de los más prestigiosos colegios de Busan, gracias a un excelente historial académico y honores merecidos.
Durante dos largos años, pudo disfrutar como quería de hacer lo que le apasiona: enseñar. Rememorando rostros de chicos con sueños a cumplir igual que los que él tuvo a su edad, de sacar sonrisas y ceder su hombro a más de uno para llorar.
De jugar al cupido con algunos y al padre con otros, de consejero con aquellos que iban por mal camino e incluso de figura materna para los que no conocían alguna. Amaba vivir día tras día en un salón de clases, donde incluso las mejores o peores historias ocurrían ante los ojos de muchos.
Todo era perfecto.
Hasta que su vieja piedrecilla volvió a su zapato, entonces todo, todo en su vida se convirtió en un caos. Los días ya no eran perfectos, estaban llenos de recuerdos y sentimientos encontrados.
Al final, resultó que todo lo que él había aprendido a lo largo de los años, no lo había preparado como se debía para enfrentarse a cualquier problema. Taehyung olvidó estudiar sobre el sentimiento más importante de todos, ese al que te arrojas sin paracaídas y sólo te queda rezar para mantenerte intacto.
Y su piedrecilla ha llegado de nuevo, para enseñarle que aún con ella en su zapato, sus pasos no tenían por qué ser detenidos.
Porque siempre podía llevarlo en brazos hacia donde él quisiera.
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“Vamos, Tigresito, explícame con manzanas cómo debo amarte”.
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