Corte de pelo
La risa atormentaba a la pareja de policías. La guardia les había sorprendido durante la cena y el crimen les había cortado la discusión que mantenían hasta una hora atrás.
Seca, pero llena de satisfacción; así era la risa de la persona que tenían en frente, nada que ver con su apariencia o ropa. Un pijama de osos rosas y verdes y una cara tan dulce que, si no fuera por la ficha con su información personal, apostarían porque era menor de edad o, al menos, tendría menos edad de la que tenía. La joven en frente de ellos, después de unos largos minutos y varias pausas donde parecía ahogarse entre carcajada y carcajada, les cedió el turno de palabra con un gran suspiro.
—¿Es usted Violeta Garrido Cañares? —asintió—. Debe de responder de forma verbal para la declaración, señorita; recuerde que en todo momento las declaraciones serán grabadas y pueden ser usadas en su contra. Lo repito entonces, ¿es usted Violeta Garrido Cañares?
—Sí, soy yo —respondió.
—Señorita Garrido, se encuentra detenida por haber golpeado brutalmente a Emma Olivar Larios con un bate de béisbol. ¿Tiene algo que decir sobre ello?
Entonces, volvió esa risa macabra. Esta vez, con mucha más fuerza y mirando directamente a los ojos de Clara, la policía que hasta el momento había sido la única que había preguntado de ellos dos. Mantuvo la mirada, pero no perdió el detalle de que Aarón, se moviera incómodo en el asiento y apuntara en la hoja. Violeta dejó de reír bruscamente.
—Espera, ¿me culpan por solo agredir y no por asesinato?
—Señorita Violeta, ¿Qué relación tenía con Emma Olivar? ¿Eran amigas? ¿Compañeras? Simplemente, decidió atacar a una desconocida…
—Todo.
—¿Todo?
— Fuimos todo… —susurró, inclinándose con las manos extendidas hacia la oficial—. Fuimos todo lo que usted se puede imaginar.
Aarón volvió a apuntar en el papel. Los ojos verdes de Violeta rodeaban los labios de la oficial Clara.
—Fuisteis compañeras, amigas…
—No tenga miedo de decir nada, poli. Compañeras, amigas, mejores amigas, novias, exnovias, enemigas y desconocidas. Fuimos todo.
—¿Es por esa la razón por la cual ha decidido agredir a la señorita Violeta? Si no es así, cuénteme la razón de ello, la escuchamos. Por favor, cuente de principio a fin por qué ha decidido cometer la agresión.
—¿Él también me escucha?
Aarón levantó la cabeza como resorte. Violeta sonrió volviendo a inclinarse esta vez, dejando su asiento de lado. Carla se incorporó, pero el tono enfadado de la joven hizo que sus manos se detuvieran antes de intervenir. Apoyó su torso sobre la mesa con un pequeño aire seductor.
—Emma… Va con doble eme, cateto.
—Señorita Violeta, no le falte el respeto a mi compañero —intervino una vez que pudo mover sus manos hacia ella. Empujó, haciendo que Violeta cayera sobre la silla—No quiera que se le sumen más cargos en su contra. Limítese a responder y a ser sincera, haga el favor.
Por momentos parecía que se echaría a reír, pero su sonrisa se esfumó como si hubiera recordado algo, como si algo le hubiera pasado por la cabeza, borrando toda esa diversión tan grotesca que había demostrado tener.
—Me gusta el béisbol y tenía ganas de golpear algo. Hace mucho que no lo juego, pero después de golpearle la cabeza… ¿Sabe de alguna pista para entrenar por Madrid? Puede que deba entrenar antes de volver a partirle la cara: puede que deba entrenar más para esta vez matarla de un solo golpe.
—¿Admite querer volver a repetir la agresión?
—No. Repetir no, por favor poli… —Dentro de Clara, había esperanza de que hubiera sido una equivocación o una mala expresión de su parte. Una chica tan joven no podía resultar tener esas conductas tan sociópatas—. Repetir claramente no. No voy a repetir la agresión porque la próxima vez la voy a matar. Así que repetir no.
—¿Señorita Violeta, cabe la posibilidad de que guardara algún tipo de rencor hacia Emma?
Violeta sonrió ante la primera frase dicha del oficial Aarón. Clara se recuperó de la sorpresa y volvió a poner los pies sobre el suelo del despacho.
—Puede ser que después de acabar mal su relación con Emma, guardara rencor y, en un arrebato de tristeza, cometiera ese intento de asesinato. ¿Es así?
—Para nada, yo amo con locura a Emma, con doble eme, ¿por qué debería tenerla rencor?
—Una mala ruptura, una infidelidad por su parte, mentiras… Algo que desencadenara esa furia hacia ella.
—Furia… Aparte de cateto, parece poeta; ¿sabe que aún puede meterse en la carrera de bellas artes, Aarón?
Clara, por segunda vez, aterrizó de forma brusca sobre el suelo de ese frío despacho. Con la mirada buscó algún sitio donde pudiera encontrar la placa de identificación con el nombre de su compañero. Torso, camiseta, en la misma pipa. Pensó en la ficha que estaba rellenando, pero su sorpresa fue que solo se encontraba su propio nombre, no el de Aarón.
Por ese momento, lo iba a dejar pasar. Una chica se encontraba de camino a emergencias debatiendose entre la vida y la muerte y su agresora, decía querer repetirlo.
—Entonces admite que, por relaciones pasadas, ha querido acabar con la vida de la señorita Olivar a traición. ¿Fue un plan premeditado?
—Sí, poli. Me compré el bate exclusivamente para Emma.
Era escalofriante ver cómo nombraba a su víctima sin culpa, como si estuviera hablando de un conocido cercano. La mayoría de las personas que cometían ese tipo de atrocidades solían referirse a sus víctimas con pronombres despectivos o, incluso, aquellos que mostraban arrepentimientos, nunca pronunciaban el nombre de la persona. Esa joven era una pequeña excepción, sabía que no era una víctima porque todavía no había cumplido su propósito de acabar con ella y tampoco sentía culpa alguna.
—Así que compró el arma específicamente para esto.
—Específicamente para hoy, poli.
—¿Sabía con certeza que realizaría la agresión hoy? ¿Es un día simbólico? Fecha de un aniversario, cumpleaños… —Clara decidió agarrar el folio al ver el pasotismo de Aarón por escribir las declaraciones—. ¿Por qué hoy y no mañana?
—Me gustan los lunes, me queda una semana de universidad por delante —sonrió seguido de una risa, de nuevo aquella risa. Empezaba a penetrar en lo más profundo de Clara—. Aunque creo que no voy a ir por una temporada.
—Efectivamente, señorita Garrido, está usted detenida y pasará a detención penitenciaria hasta el juicio donde se dictará sentencia.
Ante el silencio procedió a apuntar palabras clave, se estaban demorando demasiado en la declaración rápida y aseguraba a que el perito sicológico esperaba pacientemente para tomar la segunda declaración en la cárcel donde fuera que la mandaran. Puede que el también estuviera cenando, también en medio de una ruptura de pareja como ellos dos.
“Poca empatía” “Crueldad en el testimonio” “Falta de respeto hacia la autoridad” “Premeditación del crimen” “Gran lenguaje” “Escasa culpabilidad” “Diversión por los hechos” “Muestra querer repetir el crimen lo más pronto posible”.
—Sabe, poli… Creo que me cae bien —Clara levantó la cabeza—, ¿sabe usted jugar al béisbol?
—No —dijo sin interés.
—Las pelotas de béisbol son muy duras, tanto como una roca. Cuando aprendes a jugar, te ponen un casco duro por si te cae una de esas en la cabeza —subió las manos a la mesa y con ellas, articulaba sus palabras—. Que esas pelotas sean duras solo significa que los bates también deben de ser duros. No vale un bate comprado en el bazar de la esquina…
—¿A dónde quiere llegar con esto, Violeta? Por favor, señorita, limítese a responder, no a desvariar. No estamos en la terraza de un bar, estamos hablando de algo serio. Si no tiene nada que declarar relacionado con el tema por el que estamos aquí, mejor cierre la boca.
Violeta pestañeó rápido, tanto que, si no fuera por la distancia, hubieran podido sentir las pequeñas ráfagas de aire proveniente de sus grades y rizadas pestañas. Clara levantó su mano en dirección a la joven, quien, en medio de su silencio, centró su atención en ella.
—Perdone a mi compañero, señorita, por favor, continúe.
Los delincuentes como ella nunca decían las cosas al azar. Nunca desvariaban sin ningún propósito o hablaban por tonterías. Violeta no era tonta, al menos eso pensaba Clara. Era lista e inteligente. Muy inteligente. Su comportamiento y actitud demostraban un gran claro síntoma de introversión y, seguramente por consecuencia, una gran inteligencia.
Se había cruzado con muchas personas así durante toda su vida laboral, gente lista, pero no inteligente o al revés, pero esa joven vestida como una niña de seis años a punto de irse a dormir acompañada de su osito de peluche y un vaso de leche: era ambas cosas.
—¿Qué decía sobre el bate de béisbol?
—Debe de ser uno especial. Uno que sepa aguantar la fuerza de la pelota cuando la lanzan a gran velocidad, pero… —Clara repitió ese “pero” en su cabeza—. La cabeza de Emma ha sido muy blanda, cualquier bate hubiera servido. Hasta uno del bazar de la esquina, si me deja decirle. Al primer golpe ya se le veía hueso y la sangre… ¡Y eso que el bate es liso! El segundo golpe ha sido una fantasía porque me he escurrido con un charco y le he golpeado la mejilla —poco a poco fue surgiendo una risa, esta vez, desde lo más profundo de su estómago—. Desde fuera se podía notar cómo su pómulo se había abierto por el golpe… ¡Y cuando le he pisado la cabeza, he notado que algo crujía! Claro, yo me he asustado porque pensaba que ya la había matado, pero he visto cómo lloraba como un perrito… Las costillas han sido un poco más difíciles de romper, no dejaba de removerse y gritar —cruzó sus brazos sobre la mesa disminuyendo su risa—. ¿Eso no lo apunta? ¿El bolígrafo ya no tiene tinta? Sé que el gobierno no os paga lo suficiente, pero esto de que los bolígrafos ya no tengan ni tinta…
En medio del discurso, dos policías entraron al despacho. Al ver que todavía seguía la declaración, decidieron esperar. Rápidamente, también cayeron horrorizados por las palabras de Violeta, quien seguía relatando con gran alevosía y entusiasmo, animando a escribir.
—¡Lo que ha sido verdaderamente difícil han sido sus piernas! Cuando se ha levantado y ha llamado al telefonillo, he tenido que dar varios golpes hasta que por fin ha caído y he podido tirarme encima de ella. Si me deja el bolígrafo, lo escribo yo misma por usted. Ha sido rápido, pero no voy a negar que lo he disfrutado, no puedo esperar a repetirlo. ¡Con un poco de suerte y más fuerza la mato a la próxima!
Silencio. Silencio que parecieron horas. Otra carcajada que hizo reaccionar a los policías.
—¿Sabe lo mejor, poli? Que Emma no está muerta… Y eso me hace muy feliz… Porque no me van a detener y puedo irme a por los demás.
— ¿Demás? —susurró Clara en un ridículo hilo de más.
—¡Claro! ¿Acaso cree que me voy a quedar de brazos cruzados mientras esos desgraciados siguen vivos? Algo me tiene que entretener hasta que vea a Emma en el juicio. ¡Qué ganas! ¿Debo de ir a la peluquería? Emma amaba que tuviera el pelo corto: es una oportunidad perfecta para ponerme guapa, los exámenes no me dejan ni lavarme los dientes. Emma tenía una mala higiene bucal, espero que romperle los dientes le sirva como propósito para cuidársela un poco más. Oye, eso se ha apagado hace rato, pero tranquila, ¡en el juicio repetiré todo de nuevo! Tengo muchas ganas de verla de nuevo poli.
Todos los oficiales dirigieron su vista hacia la grabadora. Aarón se lanzó desesperado hacia el aparato en medio de la mesa, toqueteando todos los botones posibles, y dio con uno que le dio la razón a Violeta. La grabadora había dejado de grabar, no solo eso: estaba apagada.
Mientras que los policías apretaban difícilmente las esposas, Violeta se retorcía de la risa. Parecía convulsionar al no llegarle aire. Clara mantenía la mirada fija puesta en las esposas y en lo grande que le quedaban: un pequeño esfuerzo por debajo de la mesa sin que ellos se dieran cuenta y estaría libre y en total libertad para poder atacarles si quisiera.
Pero no quería. Tampoco quería quitarse las esposas, mucho menos haberse callado que la grabadora había dejado de funcionar hace quién sabe cuánto. Con la mirada fija, vio cómo la joven, que le había estropeado la cita con su compañero de trabajo y pareja, salía a tropezones de la sala.
—Como mierdas, no nos hemos dado cuenta antes joder, avisaré al capitán de esto, las cámaras deben de tener sonido.
Aarón abandonó la sala a los minutos, en silencio. Clara acercó el papel y, apretando el bolígrafo, procedió a escribir, posiblemente, el peor relato que había escuchado en muchos años.
La agresora, Violeta Garrido Cañares, después de un periodo de planear la escena y adquirir las armas usadas, la noche del 3 de junio de 2024, procede a acercarse hasta el domicilio de la víctima, Emma Olivar Larios, con un bate de béisbol a las 22:43 pm. Después de esperar por minutos, la víctima llega a su domicilio, donde es atacada brutalmente a base de golpes, patadas, puñetazos, arañazos y mordiscos por Violeta Garrido Cañares. La víctima forcejea, escapando en ocasiones para pedir ayuda. La víctima cae inconsciente, pero antes de que la agresora, Violeta Garrido Cañares, pueda ejecutar su plan, es interceptada por el segurata de la urbanización, donde es retenida en el suelo hasta que la patrulla 234 llega al lugar de los hechos. La víctima es llevada de urgencia en ambulancia y Violeta es interrogada por los agentes Aarón Urno Burgos y Clara Madero González. Violeta no muestra arrepentimiento en ningún momento de la declaración y muestra interés por repetir la agresión hacia Emma, nombrando en una ocasión en que procederá a hacer lo mismo con “los demás”. Muestra una falta de respeto hacia la autoridad, mostrando diversión por las declaraciones y despecho hacia el oficial Aarón Urno Burgos. Desvaría y procedía a relatar los acontecimientos, finalizando con la confesión de que la grabadora oficial estaba apagada. Habla de querer ver a la víctima y “verse guapa” para ella. Anteriormente, confiesa que tuvo/tiene una estrecha pero variante relación con la víctima. No opone resistencia hacia el segundo arresto.
Queda pendiente la sentencia por el capitán Hugo Fino Sanz.
Declaración escrita por Clara Madero González el 3 de junio de 2024 a las 00:58.








