Capítulo 1
No tengo recuerdos muy felices de mi vida hasta que llegué a ellos, si recuerdo a mi madre, su mirada cálida, su piel blanca, pero no recuerdo su pelo, el color de sus ojos, su voz, ni siquiera sus abrazos.
Me contaron que cuando mi mamá era muy joven, salió a hacer unos recados que le mandó mi abuela, fue cuando dos hombres se la llevaron y abusaron de ella. Nueve meses después nací yo.
Mis abuelos la repudiaron porque una mujer soltera no tenía derecho a tener un bebé, y por la forma en que me engendró, decían que ella misma se lo había buscado, porque iba provocando a los hombres.
Tonterias, las mujeres son libres de vestir cómo quieran, de maquillarse y de ir con una falda o un top, son los hombres los que deben saber lo que hacen y aprender a controlarse.
En cuanto nací, mi madre buscó un pequeño apartamento, solo tenía una cocina, una pequeña sala con un sofá y una alfombra en el suelo. También había un dormitorio que, por alguna razón, se quedó ella y al que no me dejaba entrar si estaba con alguna persona.
Tengo vagos recuerdos de hombres que venían a casa, se iban con mi madre a su cuarto, donde hacían ruidos extraños y después de un tiempo se marchaban.
Si me portaba bien y me quedaba en silencio, con la televisión encendida, algunos me daban alguna chuchería o chocolate, pero había un hombre que me daba miedo, parecía mandar en mamá y pasaba algunas noches enteras con ella.
Ese hombre solía pegarnos, si me levantaba de la alfombra cuando mamá estaba en su cuarto, se quitaba el cinturón y me golpeaba con él, si le miraba y él decía que no era una forma adecuada de hacerlo, me pegaba, por cualquier cosa que hiciera que a él no le gustara, usaba la mano o el cinturón.
Con mamá era igual. A veces escuchaba mientras la lastimaba que la llamaba puta y que si quería sacarme adelante, tendría que trabajar más.
Un día, mamá volvió a casa, tenía un ojo morado y sangre en el labio, aún así, se acercó con esa sonrisa que hacía que me olvidara de todo lo malo en este mundo, la misma que me calentaba y me hacía sentir la persona más querida del universo.
Me entregó un animal de plástico, era gris y blanco, estaba sucio, desgastado, tanto que no recuerdo si era blanco por lo viejo que estaba y se había descolorido o si realmente era de ese color, le faltaba una pata delantera, aún así me encantó, era mi primer juguete.
Mamá me dijo que ese lobo me protegería de todo el mal y cuando tuviera miedo, sólo debía cerrar los ojos y abrazarlo fuerte.
En mi cumpleaños número cinco o seis, no recuerdo bien cuántos cumplía, ese hombre volvió, se quejaba con mi madre de que tenía que trabajar más porque no conseguía suficiente dinero, que tenía que deshacerse de mí porque gastaba demasiado en comida y ropa, finalmente le dijo que lamentaría llevarle la contraria si no cumplía lo que había dicho antes. No se que le respondió mi madre, no llegué a escucharlo, pero él comenzó a golpearla.
Mi madre gritaba y yo fui a defenderla, recuerdo que me pegó tan fuerte que choque contra la pared y caí en el suelo, no podía moverme y todo me daba vueltas.
El hombre desnudó a mi madre mientras seguía pegándole, se puso entre sus piernas, se bajó la cremallera del pantalón y la embistió mientras ella lloraba y suplicaba que parase. De vez en cuando me miraba con una sonrisa extraña y se relamía los labios.
Cuando terminó, se marchó de casa y mamá, llorando, me abrazó fuerte mientras me miraba de arriba abajo y se aseguraba de que no tuviera ninguna herida de gravedad.
Era una noche muy oscura, me soltó y se puso a mirar por la ventana, parecía discutir consigo misma, hasta que asintió con la cabeza y con una medio sonrisa, me dijo que cogiera la chaqueta que nos íbamos de paseo.
Subimos al coche y condujo toda la noche. A la mañana siguiente, dejó el vehículo en una gasolinera, cargó con la mochila y me cogió de la mano mientras atravesamos el bosque.
Estaba cansado, el sol volvía a esconderse y mamá no me decía a dónde nos dirigíamos. Un aullido se escuchó a lo lejos, me pareció ver un lobo, me asusté, pero ella giró en esa dirección. Al poco tiempo, vimos una cabaña con una luz, mamá me cogió en brazos y fue corriendo a tocar.
Un hombre mayor, con una larga barba blanca abrió la puerta, mamá le suplicó que nos dejara entrar para pasar la noche y al final el hombre aceptó. Nos preparó algo de cenar y nos dejó dormir en el sofá. Cuando salió el sol, puso el desayuno en la mesa y le dió a mamá una mochila con agua y algo de comida, le facilitó unas indicaciones para llegar a la cabaña abandonada que ella buscaba y nos despedimos.
Cuando anocheció, las estrellas iluminaron el cielo, era tan bello que me quedé mirándolo, mamá me cogió, me susurró que debía seguirlas para llegar a casa y me dio un beso antes de continuar.
Pronto llegamos a la otra cabaña, estaba llena de polvo, pero me encantaba. Por fin podríamos vivir los dos solos, sin nadie que interrumpiera nuestra tranquilidad, sin hombres que entraban y se marchaban después de un rato y sin aquel que sólo venía a pegarnos.
Pasamos en aquella cabaña varios meses, el hombre de la barba blanca a veces venía y nos traía comida y semillas. Nos ayudó a plantar un huerto y a levantar una cerca para que no entrara ningún animal salvaje, empezaba a olvidarme de todo lo sucedido en aquella ciudad, mi madre comenzaba a emitir un brillo que nunca había visto y parecía sonreír mucho más.
Allí tenía mi propio cuarto, mamá me dejaba hacer cosas, les ayudé con el huerto y la cerca. A veces el hombre de la barba, venía con un perro y jugaba con él en el bosque. Por fin me sentía útil.
Una tarde pasó lo que más temíamos, el hombre nos encontró. Entró a la fuerza en la cabaña tirando la puerta abajo, nos golpeó, desnudó a mamá, la subió a la mesa del comedor y la violó con fuerza delante de mí. Mamá lloraba desesperada, le gritaba que parase o que fuera más lento, también le decía que no se atreviera a mirarme.
El hombre paró de embestirla y le ató las manos a la pata de la mesa. Se dirigió hacia mí. Tenía miedo, su mirada delataba sus intenciones y no eran buenas. Mamá me gritó que corriera y me fuera pero estaba paralizado de terror,
El hombre me cogió en brazos, se sentó en el sofá y me dejó sobre sus piernas. Me desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera, introdujo su mano y acarició mi pene. Lo apretó mientras lo movía arriba y abajo. No quería, me daba miedo y me hacía daño.
Lentamente, bajó su mano libre por mi espalda, me quitó el pantalón y con un dedo me acarició un muslo mientras lo iba subiendo hacia las nalgas. Rompí en llanto.
Se escuchó un fuerte ruido de algo rompiéndose, la sangre caía por mi mejilla pero no era mía, el hombre me tiró al suelo mientras volvía a golpear a mi madre, le había roto un jarrón en la cabeza.
Ese hombre le pegaba con los puños, los pies… no dejó de golpearla hasta que se quedó inerte en el suelo, me echó una última mirada y se fue dejándome una amenaza, “volveré”.
Me acerqué temblando a mamá, había mucha sangre a su alrededor y no se movía, una lágrima se deslizaba por mi mejilla mientras la zarandeaba con mimo, pero ella no despertaba.
Estaba helada, así que busqué una manta para taparla y un trapo para presionar su herida en la cabeza, que no dejaba de sangrar. Me recosté junto a ella porque no entraba en calor, pensé que mi propia temperatura evitaría que estuviera tan fría.
El hombre volvió al día siguiente, me levanté corriendo para alejarme de él. No quería dejar a mamá sola, pero me daba tanto miedo que sólo pensé en distanciarme todo lo que podía.
Empezó a maldecir cuando se acercó a mi madre, y cada vez se cabreaba más, me miró con los ojos inyectados en sangre y, mientras me gritaba, su boca parecía tirar espuma.
Me abracé a mi juguete con terror cerrando los ojos, me senté en el suelo con las rodillas en mi pecho, tenía pánico de lo que podría hacerme ahora que mamá no despertaba. Fue cuando escuché el ruido de cristales rompiéndose contra el suelo, acompañado de muchas pisadas amortiguadas y gruñidos.
Abrí lentamente mis ojos y los vi, una manada de lobos estaban en la cabaña, unos me observaban con los dientes fuera y los otros gruñían mientras fijaban su mirada en aquel hombre.
Entré en pánico, la respiración se me aceleró, me puse a temblar y, encima, un lobo enorme se me acercó. Se puso delante de mí y otro lobo, más joven y pequeño, le pasó la cabeza por la zona de la garganta y le gruñía al hombre desde allí.
Mi mano se estiró sola para tocar a ese enorme lobo gris, se parecía tanto a mi juguete que lo dejé caer, me llegó una sensación cálida y por un momento, la paz me inundó.
Mis lágrimas se deslizaban sin control y me abracé al costado de aquella bestia, que para mí, era mi salvadora.
Me subí a su espalda, emitió un ladrido extraño y salieron todos los lobos de aquella casa. No sé qué pasó con aquel hombre, ni con el cuerpo de mi madre.
Pasé mucho tiempo con ellos, me enseñaron a cazar, a proteger a mi propia manada, la estricta jerarquía que existía, a sobrevivir y moverme por el bosque… a veces jugaba con los cachorros mientras otras me iba con los adultos a cazar, siempre guiados por nuestro alfa, Licaón.
Un día me alejé de la manada con un lobo joven, Sky, y encontramos una cabaña. Un hombre con una barba blanca nos vio, se paralizó durante unos segundos con unos ojos lagrimosos y nos dejó algo de comida en el porche para después cerrar la puerta.
Así fue como cogimos la costumbre de ir a aquel sitio. Una semana después, el hombre no dejó nada de comida, supongo que los humanos olvidan rápido lo que hacen, aún así, preocupado, me asomé por la ventana y lo vi tirado en el suelo con una mano sujetándose fuerte el pecho.
Fui a la puerta y la abrí, acercándome lentamente al hombre, lo toqué y aun estaba caliente, suspiré. Le di un golpe suave con mi mano y el hombre abrió los ojos, me dijo algo, pero no lo entendía. Me señaló una mesa y vi un aparato rectangular, lo cogí y se lo acerqué, el hombre pulsó la pantalla y marcó un número, pero volvió a cerrar los ojos antes de hablar.
Miré ese aparato un segundo y luego lo acerqué al oído. Una mujer hablaba, solo distinguía algunas palabras como ayuda o donde está. Miré al hombre y finalmente hablé.
—Ayuda.
Mi voz sonaba ronca, casi no la había usado viviendo con los humanos y mucho menos con los lobos, la mujer seguía preguntando cosas, así que, volví a intentarlo.
— Ayuda, aquí, rápido.
Miré por última vez al hombre antes de salir corriendo con Sky, nos escondimos en el bosque y vimos un vehículo amarillo con luces en el techo. De aquello, bajaron tres personas que entraron en la cabaña y se llevaron al hombre en una especie de cama con ruedas.
No volvimos a aquel sitio ya que Licaón nos encontró y nos soltó una reprimenda.
Los lobos tienen un idioma interesante y fácil de entender, pero son más severos que las personas.
Nos recordó que los humanos son malos, que debemos intentar no acercarnos a ellos y si los encontramos, huir o atacar, pues ellos tienen armas que nos matarían. Esos seres sólo acaban con nuestras vidas por diversión.
Una mañana, salí con Sky y encontramos un lago con agua cristalina, llevé a los cachorros para jugar y me fijé en mi reflejo, tendría unos doce años, estaba muy delgado pero mis músculos se marcaban, tenia arañazos por todas partes, mis ojos de color miel parecían brillar y mi pelo negro, largo y alborotado, volaba con aquella brisa.
Me sentía feliz y libre, algo que no recordaba experimentar cuando vivía con los humanos.
Me acordé del hombre de la barba blanca, me preguntaba si habría muerto o si sobrevivió. Me encogí de hombros, me daba igual, he visto partir a muchos de mi manada y es doloroso, pero no recuerdo sentir eso por ningún humano, ni siquiera por el hombre de la barba blanca.
Un recuerdo de una mujer de piel blanca, acostada en el suelo, rodeada de sangre, me asaltó.
Sacudí la cabeza, los humanos eran crueles, nos ponían trampas y nos atacaban sin motivo, no debía perder el tiempo pensando en ellos.
Un disparo se escuchó a lo lejos.
Suspiré y reuní a los cachorros, tenía que ponerlos en un lugar seguro para que no nos encontraran. Los llevé a una cueva, no había ningún adulto, aullé para saber dónde se encontraban, otro disparo y un aullido.
Mi manada estaba con el grupo de cazadores.
Salí corriendo hacía allí, olvidando por completo mi deber de cuidar a los cachorros. Bueno, Sky estaba allí, podía encargarse de protegerlos sólo.
Los encontré.
Había un grupo de cazadores con mi manada, un cazador apuntaba a Licaón y salté para morderle la pierna, un líquido caliente y rojo inundó mi boca, sangre. Corrí hacia Licaón, me agaché para protegerle el cuello y enseñé mis dientes.
Los cazadores me miraban extrañados, una hembra aprovechó para atacarlos y se escuchó un disparo atronador, me cubrí los oídos mientras la veía caer inerte en el suelo.
La rabia se apoderó de mí, esa loba creció conmigo. Todos íbamos a atacar cuando vi a otros cazadores aparecer por un lateral por lo que ladré para avisar.
Apuntaron a Licaón y salté para protegerlo cuando sentí que algo perforaba mi abdomen, dolía y quemaba, después llegó el sonido del disparo.
Mi vista se volvió borrosa, los lobos me aullaron pero no podía responder. Me abandonaron y los humanos se acercaban a mí.
Intenté levantarme pero mis fuerzas me fallaron, les saqué los dientes mientras volví a dejar el peso en mi mano para alzarme. Mordí una mano que se me acercaba, me estaban rodeando, estaba desesperado y noté un golpe en la cabeza.
Me hundí en un mar negro y frío.