La silla incomoda

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Summary

Susana es una joven que recibe una silla de herencia. La silla es una entidad organica y poderosa con una sola motivación: Convencer a Susana para que se suicide.

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Complete
Chapters
4
Rating
n/a
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16+

Capítulo 1

Susana caminó a su sala son muebles con el celular pegado en una oreja y el un libro en la mano izquierda. No dejaba de sonreír y hablar.

—Te veo a las cinco y media. Mejor aún, ¿Por qué no vienes a recogerme a mi casa? Ok, te espero. Te amo. Chau.

Susana le dio un beso al teléfono y lo guardó en su bolsillo. Se sentía más animada. Se sentó en el sillón, los cojines se hundieron ante el aumento de peso.

—El comprar este sillón fue una de las mejores decisiones de mi vida —se dijo a si misma mientras acomodaba el trasero.

Se apoyó en el espaldas y jaló la palanca para poder estirar los pies. Abrió su libro (“Amor en tiempos de tragedia” de Stephen King) y comenzó a leer.

—Oye —dijo una voz tétrica que resaltó mucho la “Y”

Susana bajó el libro. Sus ojos estaban irritados. Lo había interrumpido a mitad de un párrafo.

—¿Qué diablos quieres?

—Matate por favor —la voz provenía de la silla que tenía al frente. Mientras el sillón en el que estaba sentada era moderno; la silla parecía venir de inicios del sigo pasado. Era un mueble de madera con un cojín marrón y polvoriento.

—No.

La silla se sorprendió ante su respuesta. Si tuviera cara lo demostraría con sus facciones.

—Pero acabo de pedirte “por favor”. Tienes que hacerlo. Así funciona la convivencia humana. Estás traicionando a tu propia especie.

—No sé de dónde sacaste eso y no me importa.

—Bah. Además. ¿Qué tiene de bello vivir?

Susana no tenía ganas de tener una discusión existencial. Solo quería leer su maldito libro.

—No lo sé. El estar viva me permite leer este libro en primer lugar. No es la gran cosa, pero me entretiene. No podía hacerlo si estoy muerta.

Susana se aclaró la garganta:

Robert y Stephanie estaban paradoscerca a la orilla de una playa, con las olas mojando levemente sus pies.

“Tenemos muchos problemas”, dijo Stephanie.

“Lo sé”, respondió Robert.

“No tenemos trabajo, nos van a embargar nuestra casa, nuestro hijo ha desaparecido y tenemos un perrito con cáncer”.

“Lo sé”, repitió Robert. Su rostro pedía un consuelo.

“Pero nada de eso importa. Al menos no ahora. Mientras estemos juntos nada nos detendrá. Te amo”, le dijo Stephanie con los ojos aguados.

“Y yo a ti”, dijo Robert.

Los dos se abrazaron con fuerza y se dieron un beso apasionado que hizo sus problemas se hicieran a un lado. Lo único que importaba era la llama imposible de apagar del amor.

Susana levantó la cabeza del libro. La silla seguía ahí, con el cojín levantado. Nadie se había sentado en ella en meses.

—¿Qué pareció?

La silla no respondió. Susana siguió leyendo en voz baja.

—¿Quién te dijo que dejaras de leer? Sigue leyendo —le ordenó la silla. El mueble únicamente estaba preocupado por el perrito con cáncer.

Susana continuó leyendo.

Hace exactamente un año, Meredith, la madre de Susana, murió de cáncer de garganta, pulmón e hígado (los doctores todavía discuten cuál de los tres la mató). Le dejó a Susana la silla como herencia.

—Me sorprende que me haya dejado algo. Nos abandonó hace dieciséis años para recorrer el mundo —se dijo a si misma.

En su testamento le dijo que nunca la quiso y que el día de su nacimiento fue el más miserable de su vida.

Cómo sea, su hermana melliza Suzanne recibió una casa de tres pisos, dos millones de soles y un par de terrenos.

Apenas llegó a casa, Susana se sentó en la silla marrón. Sintió varios piquetes en los glúteos y los muslos. Con solo unos segundos sentada bastó para hacerla decidir que jamás de los jamases se iba a sentar en esa silla.

—Matate —dijo una voz tétrica. No parecía humana.

—¿Quién dijo eso? —preguntó Susana con un tinte de miedo en su voz.

—Fui yo —respondió la silla con seguridad. La voz provenía dentro del cojín —. Me harías muy feliz si acabaras con tu vida. Hay muchas formas de hacerlo. Solo tienes que ser creativa.

Susana levantó una ceja. “¿Esa silla me está hablando?”, pensó.

—Te propongo una idea: Tapa todas las puertas y ventanas de la casa; enciende el gas del horno; luego ponte a leer o a ver la televisión, ¿Hay alguna película que quieras ver antes de morir?. No tienes que preocuparte por nada, el gas hará todo el trabajo. Si quieres puedo acelerar el proceso, ¿Fumas?

Una cajetilla de cigarrillos apareció en el asiento.

—Solo tienes que pedirme la marca que quieras. Yo concederé tu última voluntad.

Susana tomó la cajetilla y fumó uno. Hizo tres aros de humo seguidos. Pudo escuchar los aplausos de un público provenir de la silla.

—Ahora no, cielito. Luego será.

—Si, luego —la decepción de la silla era evidente. La desechó tan rápido como llegó. Le gustaban los retos.

Que una silla te hable y te incentive a suicidarte ya es suficiente motivo para querer tirarla lejos. Susana no lo hizo por dos razones:

La primera fue porque el cojín de la silla combinaba con el suelo de mármol.

La segunda fue porque le proveía de cosas.

—Oye, préstame mil soles.

—¿Acaso te parezco un cajero automático?

—Encontré un veneno precioso y muy caro. Lo necesito si quieres que deje de vivir.

Un fajo de billetes apareció en el asiento de la silla.

—Gracias querido —Susana puso el dinero en su bolsillo.

—De nada, pero no lo consumas en la calle. Tráelo inmediatamente aquí. Quiero verlo —la silla sonaba emocionada.

A Susana esto le recordó a una escena de Charlie y la fábrica de chocolates. En la que el abuelo Joe le entregaba a Charlie una moneda y le ordenó que fuera a la tienda más cercana y comprara la primera barra de chocolate que encuentre. Todo para buscar el boleto dorado.

En este caso sería para encontrar una razón para ir a la morgue.

Susana regresó a casa con el veneno. Era tan grande que tenía que usar ambas manos. Lo puso encima de la mesa.

—¡Me engañaste perra inmoral!

—Claro que no —dijo Susana con una falsa ofensa. Mojó un Nuggets con kétchup y lo engulló con gusto.

—Dijiste que ibas a comprar veneno.

—Eso hice —respondió Susana con la boca llena.

En la mesa había un combo familiar de pollo frito, papas fritas, Nuggets y puré de papa. Susana devoraba la comida con pasión mientras veía Breaking Bad en la televisión.

—¿Por qué no crean la franquicia de “Pollos hermanos”? —preguntó mientras devoraba la piel de una presa —. Ahí está su idea de un millón de dólares.

La silla le respondió con un gruñido de frustración.

—No te pongas así. Has visto los mismos reportajes que yo.

—No hables con la boca llena. Da mucho asco.

Susana apuró la comida con un poco de gaseosa.

—Vimos los mismos reportajes juntos. Esta comida es veneno. Hipertensión, diabetes, infartos, cáncer de próstata. El paquete completo.

Susana levantó un Nuggets, lo bañó en mayonesa hasta dejarlo blanco, y se lo mostró a la silla.

—Uno de estos me restaría un año de vida.

Susana se lo comió con gusto.

—Sabroso.

—Entiendo. Bien pensado.

La silla se quedó callada unos segundos. Susana se lo agradeció. Así pudo concentrarse más en su serie.

Terminó de comer.

—¿No quieres más? —la silla sonaba como un demonio tentador.

Otro fajo de billetes apareció en el asiento. Susana lo tomó y se lo guardó en su bolsillo.

—Gracias cariño.

Susana se recostó en su silla y miró al techo.

—Gracias mamá —dijo en voz baja.

Que si hermana se quede con la casa y los terrenos. No le importaba. Susana era feliz con su silla a su lado.