Prólogo : El jardín
Seguía caminando. No recordaba cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Ni siquiera recordaba hacia dónde se dirigía. Solo el acto, constante y rítmico, de poner un pie delante del otro. La mente de Rend se veía, una vez más, arrastrada hacia el abismo que llevaba dentro. Se ahogaba entre los ecos de aquellos a quienes había traído salvación. Pero para él aquella salvación se convertía en tormento. Sus gritos de dolor no solo le taladraban los oídos, sino que vibraban en el tuétano de sus huesos. Susurros de súplica se enredaban como hilos pútridos en sus entrañas. Miles de rostros agónicos se le prendían en la piel, como parásitos, acusándolo, señalándole con dedos que eran ya solo garras vacías. Sus voces. Sus cuerpos le oprimían los sentidos, reduciéndolo a una minúscula mota de conciencia, apenas capaz de mantenerse en pie.
Otro paso. Solo tenía que continuar avanzando. Aquellas voces se callarían, como lo habían hecho antes. O eso quería pensar. Aunque pensar era cada vez más difícil y doloroso. Cada instante de sí mismo lo partía más y más, amenazando con dejarlo reducido a un cascarón vacío solo lleno de muerte y terror. Soñaba con suplicarles perdón, explicarles por qué tenían que sufrir, rogarles que cesaran aquella marea de repulsión, pero una parte de él, lo poco cuerdo que quedaba en él, sabía que se lo merecía. Lo merecía con cada fibra de su roto ser. Vacilante, se detuvo por fin.
—Rend... ¿Estás bien? —inquirió una voz a su espalda.
Al principio lo ignoró. Otra voz más de aquel coro infernal de seguidores. Pero no. Esta voz era diferente. No le castigaba. Su mente despertó con un fogonazo de claridad.
—Nox... —susurró Rend, la voz apenas un hilo—. ¿Qué...? —hablar era insoportable. Cada palabra le rajaba la desacostumbrada garganta—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—La última vez que hablamos fue... ¿Hace poco más de un día? El tiempo en este lado es raro para mí.
Una oleada de pánico sumió de nuevo a Rend en la oscuridad. ¿Apenas un día? Estaba agotado y apenas llevaba un día con la última cosecha. Quería llorar. Rendirse. Dejarse caer impotente y detener su peregrinaje. Bajó la mirada para comprobar su estado y tuvo que contener una arcada de repugnancia hacia su nuevo cuerpo. Su piel, inhumanamente blanca y fría, estaba plagada de numerosas cicatrices ocres que se removían en un rítmico patrón. Un revoltijo de rostros, manos y pies trataba de escapar de su prisión abombando la piel de su torso con grotescas formas. La corrupción del Velo se extendía rápidamente sobre él y vio apenado como su brazo izquierdo apenas podía pasar por el de un ser humano en su estado actual. Largas, huesudas garras, afiladas como navajas de obsidiana, brotaban y se calcificaban donde antes habían estado sus dedos, palpitando con vida propia. La piel estaba cubierta de escamas de un verde mortecino y plumas erizadas, que brotaban de cicatrices aún más oscuras y arraigadas en su interior que no solo bailaban furiosas sobre su piel, sino que se arrastraban, se anidaban en ella, ascendiendo a lo largo del brazo hasta el hombro en una grotesca tapicería de protuberancias óseas y carne retorcida, una obra de arte retorcida del Velo.
Sabía que aquel brazo estaba perdido. Y que al igual que él, los ecos se tragarían todo su ser hasta que no fuese más que una masa de retales sin forma. No era lo peor que le podía pasar a un Forjador como él, había visto el destino de antiguos compañeros, incluso amigos, al ser tragados por la corrupción, pero a pesar de ello la verdad era una píldora difícil de tragar, ácida y amarga en su boca. Contaba con tener más tiempo, que no evolucionaría tan rápido, pero aquel apéndice era la prueba de su error de cálculo.
—¡Rend! —gritó Nox enfurecido por ser ignorado.
Se había vuelto a perder en la marea de voces que tenía en la cabeza. Su vista clavada en su antiguo brazo.
—No puedes seguir así, Rend... Estás consumiendo demasiado... Por muy hábil que seas tu cuerpo no está preparado para...
—¿¡Crees que no lo sé Nox!? —gruñó Rend cargado de rabia, la paciencia hecha trizas como su esperanza—. ¿Y qué quieres que haga? —sollozó con la voz rota—. ¿Acaso tienes alguna idea mejor? Estoy intentando ayudar... Sabes lo que pasará si no.
—No... No era eso... Rend —sonaba preocupado, si es que aquella cosa podía sentir preocupación—. Es solo que... Mírate. Apenas eres tú.
Rend evitó volver a mirar a su antiguo brazo. Era consciente que Nox tenía razón, pero cuando comenzó aquella expiación creía que tendría tiempo antes de acabar siendo reclamado por el Velo. Necesitaba tiempo para pensar, un tiempo que no tenía. Podría reducir el consumo de ecos, pero eso no era una solución a largo plazo, tenía que encontrar la forma de minimizar su impacto, de hacer que no se contaminaran en la extracción...
—Rend, sé que me estás ignorando —le espetó Nox—. ¿Acaso crees que esto se solucionará solo? Si no hacemos algo ambos seremos consumidos y no estoy dispuesto a dejar que eso pase.
Consumidos. Al final todo se basaba en consumir o ser consumido. Su vista se posó en el infinito mientras comprendía el error. El problema no era consumir ecos sino el proceso en sí de extraerlos. La solución a sus problemas era tan simple que no se le había ocurrido. Tenía que mantener el ciclo, pero no tenía por qué estar en él, podía desviar la corrupción a otro recipiente.
—¿Qué pasa Rend? —preguntó Nox confuso, su voz teñida de preocupación por los cada vez más frecuentes arrebatos de disociación de su compañero.
—Lo tengo Nox... —susurró Rend con una chispa de esperanza enferma prendiéndose en los ojos. Sonrío. Una sonrisa adusta y llena de tristeza—. Se cómo evitar la degradación... Sé cómo podemos... Sobrevivir.
Rend no pudo evitar reír a carcajadas. Sentía en su pecho el calor de la esperanza, una emoción que creía que no volvería a sentir. Había encontrado un método. Un método cruel y horrible. No le corrompería el cuerpo, pero sí el alma. Pero estaba dispuesto a sacrificar lo poco que quedaba de ella.
A pesar del temor que le producía visitarlo, se decantó por escrutar el Velo a su alrededor. La membrana que separaba los planos, un lugar frío y desprovisto de luz, hambriento por cualquier ingenuo que osara entrar en él sin cuidado. Hacía un pequeño corte con sus garras, oteaba y salía rápidamente, procurando no dejarse arrastrar hacia el otro lado. Al final lo encontró. Un pequeño pueblo costero. Pero que poseía un templo de los Custodios, su antigua hermandad. Sin pensarlo se zambulló en las entrañas del Velo para llegar a aquel lugar. El viaje era cuanto menos desagradable y peligroso. El aire era espeso. El olor era nauseabundo, aromas a óxido y grasa en descomposición inundaban el lugar. Era como meterse en las tripas de un titán moribundo. Y un paso en falso hacía que se despertara. Deseaba salir de allí cuanto antes.
—Me asombra que aún te de tanto asco este sitio Rend —dijo Nox entre risas.
Rend miró a su compañero que en aquel mundo presentaba la forma de una mujer. La figura, de pelo oscuro y ojos severos, era una aberración: no era carne, sino una fina capa de materia de eco, como humo denso y ámbar cristalizado que ondulaba y se estiraba cada vez que Nox se movía, manteniendo una fijeza fantasmal.
Un escalofrío de incomodidad le recorría la espina dorsal cada vez que veía a Nox en el Velo. Sentía una punzada de disociación, una voz silenciada que luchaba por emerger. La forma, sus ojos, su sonrisa... Aquella mujer le resultaba extrañamente familiar. Pero era incapaz de decir por qué.
Un pequeño tirón le hizo apartar la atención de Nox. Allí, una pequeña granja se alzaba entre las ondulantes formas de este mundo. Una imagen oscura y deformada de la realidad se estaba filtrando. Un brillante punto de luz tiraba del Velo hacia la realidad. Rend lo miró, sorprendido por aquella situación. Hacía mucho que no encontraba un punto de quiebre natural en el Velo. Quiso acercarse, observarlo, investigarlo. Siempre había sido curioso...
Miles de criaturas se abalanzaron sobre él. Le trepaban por las piernas, hincándole afiladas garras, rasgándole la piel. Tiraban de sus brazos, de su pelo... Querían abrirse hueco hacia su preciado eco. Rend, con un sobresalto por el ataque furtivo, lanzó un aullido de terror que hizo retumbar las propias costuras del Velo a su alrededor. Rugió a aquellas criaturas de pesadilla y recobró la concentración espantándolas de nuevo al fondo de su mente. Se sentía agotado por el esfuerzo. La granja, aquella grieta, había desaparecido, fundiéndose de nuevo con las ondulantes formas de aquel extraño lugar.
—¿Qué has visto? —preguntó Nox mirando al lugar donde hasta hace un momento había estado la granja sin rastro alguno de haberla visto.
—Nada... —murmuró Rend recobrando el aliento. ¿Habría sido su imaginación? Al fin y al cabo, no sería la primera vez que su mente le jugaba una mala pasada últimamente—. Continuemos.
Continúo avanzando por el Velo hasta su objetivo. Un faro de luz que resplandecía en la oscuridad de aquellas tripas. El templo de los Custodios, y sin duda alguna, otro Enlazado.
Se internó en el pueblo, o su distorsión, caminando entre sus gentes sin ser visto. Debía moverse con cuidado para no llamar la atención de los otros. Sabía que ellos se movían libremente por el Velo y eso le dejaba en clara desventaja si lo encontraban.
Con un corte abrió una herida de vuelta a la realidad. A un lugar oscuro. Incluso más perverso que el propio Velo.
El Sancta Sanctorum del templo. Bajo tierra, las tinieblas reinaban aquella habitación, contenidas por unas escuálidas velas que coronaban el altar del cardenal. El olor era un puñetazo, una bofetada de húmeda putrefacción que no solo se pegaba a la garganta, sino que penetraba los pulmones y se instalaba en la base del cerebro. Madera carcomida, podrida, moho en fermentación, y un dulzor empalagoso a carne descomponiéndose a su alrededor. Y allí, en el centro del horror, destacaba un inmenso pozo burbujeante del que se desbordaba una masa espesa y pulsante, de un color ámbar oscuro, moteada con incontables motas de un blanco enfermizo que se mueven con la lentitud de un animal ahogado.
—Les sobra tanto eco que se desborda... —dijo Rend con asco. Su estómago retorciéndose por aquel acto de crueldad, sintiendo la bilis subir por su garganta—. Me dan asco...
Nox gruñó en aprobación junto a su hombro. Juntos alzaron la vista del pozo para encontrar el objetivo de su viaje. El cardenal de aquella pequeña capilla. Una masa fofa y grotesca de madera, carne y piel coriácea, tensada por cadenas herrumbrosas que lo unían al techo como un títere. Su corrupción había avanzado hasta lo insondable. Aquel extraño engendro le observó cuidadosamente comprendiendo el peligro que tenía delante.
—Tú... ¿Quién... eres? —la voz sonaba ronca y áspera brotando con dificultad de sus labios rajados.
Rend no respondió. Concentró su voluntad en el eco y un dolor punzante se disparó por su brazo izquierdo. El eco corriendo por sus venas se agitó, rompiendo la piel pálida de su mano con un sonido seco, como madera quebrándose. De la herida manó una sustancia viscosa de color ámbar que creció hasta convertirse en una fina espada. El arma era de un vidrio oscuro, brillante y translúcido, lleno de impurezas que representaban su caótico origen.
—¿Qué piensas hacer con eso? —balbuceó el cardenal con el único ojo bueno abierto de par en par—. Pie... Piedad... Por favor... —gimoteó el cardenal—. Sé lo que eres... Puedo ayudarte. En cuanto traigan un nuevo recipiente puedo curarnos no tienes porque...
Rend observó a su alrededor fijándose en las numerosas estatuas y tallas que habitaban aquella sala. Sus rostros tan imperfectamente humanos, llenos de dolor, miedo... Eran gente normal... Habían sido convertidos en eso... Habían sido usados para curar la corrupción de aquel monstruo. Su mirada se posó de nuevo en el cardenal, esta vez cargada de ira.
El cardenal intentó defenderse, esquivar, huir... Pero su cuerpo le había abandonado. No era más que un armazón seco que esperaba a su nuevo receptáculo.
La hoja de ámbar brilló brevemente, y Rend atravesó el corazón del cardenal con un movimiento limpio y rápido.
El cuerpo observó con espanto como la hoja atravesaba su pecho. Rend se concentró y la hoja se fundió lentamente internándose en la herida abierta. El cardenal se convulsionó cuando todo el líquido entró en él. Se retorció y creció. El proceso fue rápido y brutal, el eco actuó como un parásito. Las venas del cardenal se hincharon y explotaron, su carne se abrió como el papel revelando un interior hueco, lleno de raíces oscuras y filamentos que se extendían y ramificaban a una velocidad antinatural. El horror no era la muerte, sino la transformación. La piel, la corteza, el cuerpo del cardenal se secó, sus huesos se doblaron como ramas retorcidas.
El rostro del cardenal se quedó atrapado en el centro del tronco, con el ojo humano inyectado en sangre que aún parpadeaba de terror mientras unas diminutas ramas emergían por sus lagrimales rajándolo. Era consciente, Rend lo sabía. A cada segundo el filamento crecía, el tormento se multiplicaba, un grito silencioso se ahogaba bajo la carne dura. El eco corrupto devoraba vorazmente el interior del cardenal, pero tenía más hambre.
Las raíces, negras y viscosas se extendieron con ferocidad por el Sancta Sanctorum, atravesando la madera y la piedra con la fuerza de un tumor maligno. De la pared agrietada y del suelo contaminado, brotaron pequeños capullos negruzcos que rápidamente se transformaban en hermosas flores alimentadas por el eco del templo.
El templo entero se vio sumido en aquella vorágine de ramas y raíces que hambrientas buscaban más alimento. Los primeros en caer fueron los sacerdotes del templo. Sus cuerpos sufrieron una atrofia acelerada y grotesca, su carne se marchitó, secándose en el hueso y dejando sus rostros como máscaras de cuero arrugado. En sus manos, que aún se extendían en vanas súplicas, y en el centro de sus pechos hundidos no dejaban de brotar nuevas flores que emitían una oscura aura de muerte.
El efecto se propagó desde el templo, devorando la vida del pueblo a un ritmo frenético. Los edificios se encogían, sus maderas se pudrían en segundos y el hedor a mar y salitre fue reemplazado por el olor a tierra yerma y carne desecada.
Rend observaba horrorizado la masacre que había provocado. Los gritos de terror, las súplicas al aire, los llantos... Le perseguirían sin necesidad de haberlos absorbido. El jardín, hambriento, engullía toda la esencia del pueblo, forzando la degradación del Éter. Era un grito en el propio Velo. Una aberración que los otros sentirían. Su acto, desesperado y atroz, no pasaría desapercibido y sabía que la respuesta llegaría pronto.
—Rend... ¿Qué es eso? —preguntó Nox con asombro.
Rend giró hacia el cardenal, ahora un gigantesco árbol pútrido, y contempló cómo un fruto incipiente colgaba de la boca del cardenal.
—Es lo que estábamos buscando Nox...
Rend esperó a que el fruto estuviera listo. Rodeado por el horror y el silencio final del pueblo devorado, su terror era lo único que seguía con vida en aquel lugar.