Prólogo
Las manchas de sangre salpicaron sobre la roca contra la que su cabeza impactó repetidas veces, el mismo color rojo que manchaba la esclerótica de sus ojos mirándome pintaba la arena, y el color se repetía con menos intensidad en su piel blanca; cada una de las marcas que contaban su historia no tenían importancia porque mis manos que apretaron su delicado cuello no la soltaron a tiempo; la sacudí con fuerza hasta que todo rasgo de vida desapareció de su cuerpo.
A diferencia de ella mi corazón latía demasiado rápido, golpeando mi pecho desde el interior de mi cuerpo que se quedó paralizado por un instante ante mi reflejo en sus ojos oscuros abiertos y carentes de todo brillo, fue como si me atrapara de algún modo, manteniéndome enredado en sus estúpidos juegos aún después de muerta.
Retrocedí, soltándola, consciente casi por primera vez del cuerpo sin vida a mis pies. Era yo quien acababa de matarla con mis propias manos. Caí pesadamente hacia atrás, tropecé con mis propios pies y con las justas alcancé a inclinarme hacia un costado para vaciar el contenido de mi estómago sobre la arena. Era como si el aire me faltara, como si un duro golpe hubiese sido dado contra mi estómago; quizá fue ella quién lo hizo, o un simple reflejo de mi poca conciencia.
A mi espalda el mar casi en calma, las olas lejanas sin atreverse a llegar a la orilla con su habitual fuerza fueron los únicos testigos de todo. Ni siquiera podía oír el vaivén del mar porque los latidos de mi corazón eran demasiado estridentes, hasta el frío era indiferente para mi piel, como si todos mis sentidos se hubiesen desconectado. Estaba envuelto en sus gritos repitiéndose una y otra vez, cada una de sus últimas palabras como un coro interminable.
¿Qué hice? ¿Qué fue lo que hice?
Sabía que encontrarse con ella no era una buena idea, pero era más que necesario para nuestro propio bien; me había presionado tanto, hasta el punto de buscar desesperadamente un acuerdo que nos beneficiara a ambos, que aliviara mis culpas y borrara mis errores. Las cosas simplemente se salieron de control. La discusión se convirtió en gritos, las advertencias en amenazas, sostuve sus brazos para evitar una segunda cachetada y en lugar de detenerla forcejeamos.
Si no hubiese dicho nada. Si tan solo hubiese mantenido su maldita boca cerrada. La ira que me llevó a hacer lo impensable seguía corriendo en mis venas, tensando mis músculos, odiándola con todo mi ser, deseando repetirlo todo y terminar exactamente igual.
Mi fuerza fue mayor que la de ella al igual que mi deseo por silenciarla, pero su voz seguía repitiéndose en mi cabeza y cada una de las cosas que nos llevaron a esta situación se convirtieron en golpes a mi memoria. Debía ser el fin de mis problemas y sin embargo no lo era, mi vida se ataba a ella arrebatándome el aliento.
Me temblaban las manos de una forma incontrolable y me costaba tanto pensar con claridad. Aquello que en un principio había sido la única solución posible mostraba su verdadera naturaleza y amenazaba con arrebatarme mi propia vida. No podía estar muerta, yo no podía haberla matado. Me levanté del piso con torpeza y llegué casi a rastras hasta ella en busca de alguna esperanza, el pulso en su cuello o el aire llenando sus pulmones, pero todo lo que encontré fue su sangre derramada.
Ella estaba muerta.
Me alejé una vez más en un vago intento por huir de la realidad, caí de rodillas en medio del agua fría y lavé mis manos en ella. Mi ropa también tenía su sangre. Era como si no pudiera borrar las manchas de lo que había hecho, cómo iba a hacerlo, qué mentira podría ser suficiente para que alguien me creyera, si incluso el mar se negaba a subir, el peligro que siempre nos alejaba a todos para evitar terminar estrellados en las grandes rocas al final de la playa en nuestra pequeña ciudad se negaba a ser cómplice.
Tantas veces me dijeron que me alejara del peligro de las olas, que el mar era tan furioso que desafiarlo solo me haría perder, si te acercas a lo profundo te ahogas y no querrás correr un riesgo innecesario. Justo ahora parecía más tranquilo de lo que alguna vez lo había visto en mi vida, como si me permitiera un momento de tranquilidad para pensar bien lo que estaba a punto de hacer.
Hice todo bien, cada cosa que me convertía en un buen hombre, paciente, trabajador, amable; cedí cada maldito asiento, ayudé a todos quienes me necesitaban, cumplí constantemente con donar a causas que a nadie le importaban, y la mujer que había convertido mi vida en un infierno iba a seguir arruinándome después de muerta. Era ella quien había trazado cada línea en el juego hasta traernos aquí y no podía permitir que me arrastrara a la muerte junto con ella. Observé el agua moviéndose mansamente a mi alrededor y supe exactamente lo que tenía que hacer.