GRAZIE, AMORE

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¿Qué se le dije a tu guapísimo y tóxico amo italiano cuando acaba de follarte contra la pared, atado de pies y manos y con un bozal en la boca? Grazie, amore... Eso se le dice.

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UNO

La música del local era alta, pero todavía podía oír mis acelerados latidos retumbando en el pecho. Aun así, nadie bailaba, porque allí no había pista de baile, sino jaulas de metal brillante, sofás gastados y cuerdas colgando del techo.

Había muchas figuras inmersas en la penumbra, entre la luz baja y rojiza que le daba a todo una especie de toque a cuarto oscuro de fotografía. Aquellos hombres hablaban, se reían, sudaban, ligaban, se tocaban y daban trago tras trago de sus bebidas. Algunos estaban disfrazados, otros llevaban arneses de cuero y fustas en la mano, la mayoría, estaban desnudos; pero todos cumplían los estándares de vestimenta del Club BDSM «Slave me».

Yo era el único que llevaba camisa y pantalón de vestir. También era el único que estaba quieto, con la misma bebida fría en la mano desde hacía diez minutos y sin saber qué más hacer que quedarme mirando y pensando: «¿Qué cojones haces, Joe…?».

No era como si me hubiera confundido de lugar y ahora estuviera demasiado consternado para salir huyendo. No, por supuesto que no. Yo mismo había buscado un Club BDSM en internet una noche que estaba demasiado borracho y demasiado cachondo.

—¡Siri, quiero un Amo!

—«Hay cincuenta y seis amos en tu ciudad, quince de ellos, están cerca de ti».

—¿En serio? —dije, frunciendo el ceño con sorpresa.

Por supuesto, siempre estaba la posibilidad de pagar a alguien para que lo hiciera; pero no era mi estilo. Lo que sí me interesó, fue los lugares que solían frecuentar.

Al leer el nombre del local, solo me había reído, mirado las fotos por pura curiosidad y cerrado la ventana del móvil. Pero otro día tonto me había vuelto a interesar y lo había vuelto a buscar. Eso pasó docenas de veces; hasta que, aquella noche, había reunido el valor suficiente para ir y no limitarme a quedarme en mi casa masturbándome mientras me imaginaba como sería estar allí.

En mis sueños húmedos, me imaginaba avanzando por el suelo de linóleo negro, con la cabeza alta y la camisa desabotonada. Quizá toqueteándome la entrepierna y compartiendo miradas con atractivos desconocidos en mi camino a la parte trasera, donde la acción comenzaba. Allí me estaba esperando un hombre increíblemente sexy, con mirada peligrosa y pantalones de cuero muy ceñidos, marcando bien sus enormes muslos y su abultada entrepierna. Compartíamos una mirada, un poco de jugueteo. Yo me manoseaba por debajo del pantalón y él cruzaba sus enormes brazos hasta que me ordenaba acercarme. Entonces la cosa variaba, a veces me follaba muy duro contra la pared, a veces me follaba la boca hasta que se corría, a veces me susurraba guarradas al oído mientras me agarraba del pelo y me metía varios dedos lubricados con mi propia saliva…

Sí, en mis sueños era maravilloso. La realidad… no tanto.

Aunque hubiera conseguido reunir el valor para ir, lo único que había hecho hasta entonces era evitar todas las miradas como si fueran la mismísima parca y quedarme en una esquina, asustado como un cervatillo entre leones.

No podía evitarlo. Me sentía nervioso, estúpido y, por alguna razón, hasta culpable por la sordidez de todo aquello. Me sentía gilipollas con mi camisa de Versace y mis pantalones pitillo. Me sentía totalmente fuera de lugar y, quizá, eso significara que mis fantasías de ser sumiso no eran más que eso: fantasías.

—Por dios, Joe…

Solté una profunda bocanada de aire cargado del local y negué con la cabeza a la vez que me llevaba mi copa a los labios. El hielo ya casi se había derretido y sabía aguada, pero aún así me la terminé toda de una sentada.

Tras llegar a la conclusión de que solo estaba haciendo el gilipollas, todo se volvió mucho más sencillo. Dejé de preocuparme por las miradas, por las evidentes carcajadas que mi presencia allí provocaba y por los muchos chistes que estarían haciendo a mí costa. Llevé la copa vacía de vuelta en la barra y, con las manos en los bolsillos, me dirigí a la parte trasera del local.

Ahora que sabía que no haría nada y que, evidentemente, tampoco habría un musculoso desconocido esperándome allí, me lo tomé como una visita turística. Al menos no daría mi viernes noche por perdido y saciaría aquella morbosa curiosidad de lo que habría más allá de las cortinas de felpa rojo. Quizá hasta me llevara de allí una divertida anécdota que contarle a los del trabajo en una de nuestras cenas de celebración y borrachera.

Con aquella idea en mente, crucé el umbral hacia un pasillo con la misma luz rojiza y la misma penumbra oscura. Lo primero que vi fue a un hombre al que un twink, con tan solo un collar al cuello y una máscara de perro, le hacía una mamada. A su lado, otro hombre con arnés de cuero y la bragueta abierta se la estaba pelando mientras miraba y escupía al chico intermitentemente.

Me quedé impactado.

Yo no era ningún santo, pero esa imagen tan repentina superaba todas mis expectativas y capacidades. Todavía con la boca entreabierta y una expresión de sorpresa, seguí adelante, creyendo que nada podría superar aquello.

El pasillo era largo, con habitaciones sin puertas a los lados, como los de un motel de mala muerte. Afuera había más hombres, besándose, toqueteándose o incluso teniendo sexo mientras otros miraban. La música era más baja y se podían llegar a oír los gruñidos, azotes, gritos y jadeos por todas partes. Dentro de las habitaciones la acción no se detenía, solo se intensificaba por momentos.

Yo echaba una ojeada rápida, arqueaba las cejas y seguía adelante. En mi mente se estaba forjando la idea cada vez más clara de que el BDSM quizá no fuera para mí; por mucho que me excitara la figura autoritaria de un amo y la sumisión a sus deseos. Me ceñiría a disfrutarlo en el porno y dejar el Club Slave me para los verdaderos valientes.

Solo por curiosidad, me acerqué a la última puerta, justo al final del pasillo. Incliné la cabeza, esperando ver más colchones en el suelo, esposas, cadenas, caballitos, cuero, azotes y sexo sucio; pero lo que encontré allí me sorprendió más que nada de lo que hubiera visto hasta entonces. Incluido al Scooby Doo mamón y a sus dos amigos.

En esa última habitación sin puerta había un solo sofá negro. En él, estaba sentado un solo hombre. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo y fumaba una calada de su pitillo, echando el humo grisáceo como una columna que difuminaba la luz rojiza que lo llenaba todo. No llevaba ropa de cuero, ni arnés, ni correa ni fustas; solo una camisa blanca, apretada y desabotonada hasta el pecho, mostrando un abultado pectoral que cruzaba una cadena gruesa con una cruz cristiana al final. Seguí el recorrido del collar, desde su cuello grueso de enorme nuez hacia la marcada hendidura de sus pecho, allí donde la cruz descansaba plácidamente, como si diera un tierno beso a su piel de caramelo.

Tenía las piernas abiertas, pantalones de traje ajustados y los brazos extendidos en el respaldo. Con una mano sostenía el borde de una copa de vino y, en la otra, el pitillo que no dejaba de fumar. En su muñeca había un enorme reloj, uno caro, de color dorado, descantando contra su brazo de abundante vello oscuro y piel aceitunada.

No parecía americano, no del todo, al menos. Lo que se podía entrever de su rostro inclinado hacia el techo era más bien rasgos extranjeros. Nariz recta, mandíbula fuerte, barba corta, tupida y morena, pelo oscuro y labios llenos. ¿Sería latino?, o quizá italiano…

Fuera lo que fuera, tenía el cuerpo de un dios y rezumaba un aire de poder que emanaba de él como el humo del pitillo que, por cliché que fuera, tanto me excitaba verle fumar.

Aunque aquella imagen me hipnotizó por completo, hubo otro detalle que llamó todavía más mi atención. El hombre llevaba unas gafas de sol Rayban, con las que no debía ver mucho en aquel ambiente rojizo y umbrío. Cubrían parte de su rostro y le daban una imagen chocante; sexy, pero relajada; atractiva, pero casual; elegante, pero juvenil.

Y entonces me miró.

Su cabeza se movió al fin tras todo aquel tiempo descansando contra el respaldo y sus ojos tras las lentes negras se clavaron en mí. Sin decir nada, volvió a llevarse el pitillo a los labios y a darle una lenta calada. De pronto me sentí como un completo intruso. Llevaba plantado en el umbral de la puerta minutos enteros, comiéndome con la mirada a aquel hombre de arriba abajo como un cerdo. No había mucha diferencia entre yo y los hombres que miraban a los demás follando mientras se la pelaban.

—¡Perdona! —me disculpé al instante, soltando lo primero que me vino a los labios mientras encogía los hombros y bajaba la mirada hacia el suelo—. No quería parecer un… pervertido ni nada.

Al no oír una respuesta, ni siquiera vislumbrar un gesto por su parte, me atreví a volver a levantar sutilmente la mirada. El hombre seguía en la misma postura, solo que con ambos brazos apoyados en el respaldo mientras jugueteaba con la colilla del cigarro entre sus dedos. El silencio se dilató tanto que decidí volver a pedir disculpas y darme la vuelta, pero antes de que lo hiciera, su mano se movió y, con tan solo la punta del pulgar, se bajó las gafas lo suficiente para mirarme por encima del cristal negro.

No pude diferenciar el color de sus iris con aquella luz rojiza, pero sí que eran claros. Unos ojos claros en mitad de un rostro fuerte y masculino, volviéndolo todavía más provocador e intoxicante. Unos ojos que contrastaban demasiado con su piel aceitunada, su pelo oscuro y su piel aceitunada.

—Joder… —se me escapó, un halito de voz capaz de expresar toda la sorpresa y admiración que sentía en aquel momento.

Aquellos preciosos ojos bordeados de densas pestañas negras se deslizaron por mi cuerpo, muy lentamente, hasta que, al llegar a mis pies, volvieron a mi rostro en una rápida sucesión.

—Ven aquí —ordenó con una voz grave y un marcado acento italiano.

Arqueé ambas cejas y no se me ocurrió otra cosa que responder:

—Emh… Yo… Sí, claro.

Al fin crucé el umbral de la puerta, esa en la que me había quedado mirando al extraño desconocido como un completo imbécil. Como no había otro sitio donde sentarse más que el sillón que él ocupaba, me quedé de pie a un paso de distancia, con las manos en los bolsillos y una mueca de labios apretados.

—¿Es… es tu despacho o algo? —pregunté, mirando un momento a alrededor.

Estaba completamente solo, y no se me ocurría otra razón para que un hombre como él estuviera solo que la idea de que, quizá, aquel fuera su local y, ese, su despacho. El hecho de que no hubiera escritorio, ni nada más que un sofá, no fue importante en ese momento.

—Quítate la ropa —ordenó.

Me quedé helado, solo un par de segundos antes de volver a mirarle a los ojos. Estaban tan fijos en mí y eran tan claros que parecían los de un puma al acecho. Resultaba hasta intimidante, incluso para mí, que había nacido rodeado de grandes personalidades, bellezas internacionales y egos del tamaño del Taj Mahal.

—¿Qué? —pregunté, como si le hubiera oído mal.

Él no respondió, solo continuó mirándome de aquella forma: por encima del borde de sus gafas y una expresión tan seria como sexy.

—No, yo no… —dije entonces, cerrando un momento los ojos y sonriendo con nerviosismo. Llegué a sacar una mano del bolsillo para moverla en el aire y reafirmar mis palabras—. No hago esas cosas…

—¿Qué coño haces aquí, entonces?

Muy buena pregunta. ¿Qué coño estaba haciendo? Por desgracia, ni yo tenía la respuesta y el hombre solo conseguía ponerme más y más nervioso por momentos. No es que yo fuera tímido, sino que tenía un grave problema cuando se trataba de interactuar con hombres que me gustaban, peor aún si me gustaban tanto como él.

—No. Vine a… probar, pero creo que esto no es para mí —sonreí más, sintiendo como me hundía en las arenas movedizas del ridículo y la vergüenza.

—¿Probar el qué?

—El… la… —las palabras se me escapaban y mis gestos nerviosos no estaban ayudando en nada—. El rollo sumisión… ya sabes. Cuando lo veo en el porno me pongo muy cachondo, pienso: «joder, como me gustaría que… me hicieran eso», pero me he dado cuenta de que lo que hacéis aquí no es mi estilo. Quizá solo sea un sueño erótico y ya está… Como cuando te tocas pensando en que te raptan o entra un ladrón super cachondo en tu casa y como que te… fuerza un poquito… No, ósea, en plan sexy, no en plan asqueroso. Ya sabes, como que sí quieres, pero tú dices que no y te resistes…

Concluí por todo lo alto en una de mis clásicas y humillantes verborreas de nerviosismo. Cuando repentinamente pasaba de no poder decir nada a no poder dejar de hablar de gilipolleces. Entonces sentí que el rostro se me encendía en llamas y fui incapaz de volver a mirar al hombre a los ojos, por suerte, la habitación ya estaba demasiado roja para que pudiera diferenciar el color de mis mejillas y mi cuello.

—Ahora vas a cerrar la puta boca —le oí decir tras un breve silencio. Él, al contrario que yo, sabía mantener su tono autoritario y grave a la perfección—, te vas a desnudar y te vas a poner de rodillas. Yo seré el que hable y tú te limitarás a obedecer. Si lo haces bien, te daré un premio; si solo vas a hacerme perder el tiempo, lárgate y no vuelvas jamás.

El corazón me latía con fuerza en el pecho y por puro instinto miré a mis espaldas, hacia la puerta abierta y la rojiza penumbra del pasillo. Una parte de mí deseaba escapar de allí e irse a casa para mortificarse de la vergüenza, pero otra parte de mí tenía muchísima curiosidad por lo que estaba pasando. Al final de todo, sí había un increíblemente atractivo hombre musculoso esperándome en aquel Club, no el que yo me imaginaba, sino incluso mejor.

Giré el rostro hacia él y, con los labios entreabiertos y la boca seca, me limité a asentir. No era como si fuera a hacer algo que no quisiera, solo a… ver a dónde me llevaba todo aquello. Un poco de emoción e impulsividad no me vendrían mal, para variar. Me conocía demasiado bien para saber que, si me iba en aque momento, me arrepentiría toda mi vida.

Empecé por la camisa, desabrochándola con cuidado, no porque fuera cara, sino porque los dedos me temblaban. Al terminar, me la saqué y la dejé a un lado del sofá. Pude notar la atenta mirada del hombre, terminándose su pitillo o dando pequeños tragos a su copa de vino mientras no se perdía detalle. A continuación me descalcé sin mucho cuidado y me quité el botón del pantalón. Al bajarlo, me llevé conmigo también los bóxers, desnudándome de forma rápida y sencilla. Por último, di un par de saltitos mientras me quitaba los calcetines y me quedé un momento con las manos en la cadera, mirando al amo italiano.

Al contrario de lo que había demostrado mi actitud tímida y nerviosa y mi incapacidad para comportarme con normalidad delante de hombres como él, yo era un hombre bastante atractivo y con muy buen cuerpo. Él se quedó en silencio, mirándome de nuevo antes de alcanzar mis ojos. Entonces recordé a qué estaba esperando y solté un rápido:

—Ah, sí, sí, es verdad…

Me puse de rodillas en el suelo y, sin saber muy bien qué hacer con las manos, di un par de palmadas nerviosas contra los muslos, tamborileando un ritmo agitado y clásico. «Tap, tap, tap». El amo italiano al fin cambió su expresión seria hacia una más exasperada, llegando a poner vagamente los ojos en blanco y suspirar.

—Dame tu cartera —ordenó, extendiendo la mano con la que sostenía la colilla del pitillo entre los dedos índice y pulgar.

—¿Mi… cartera? ¿Para qué?

Ahí se le terminó la paciencia. Con un movimiento controlado pero rápido, se puso de pie, se acercó a donde yo estaba y me miró fijamente desde las alturas. De pie era incluso más intimidante y… sexy. Debía medir al menos uno noventa y la ropa de marca se ajustaba demasiado a su cuerpo de bodybuilder. Con aquella imagen y su fuerte acento, parecía todo un capo de la mafia.

Eso fue lo que pensé antes de que me pegara una ruidosa bofetada en la cara, tan rápida y firme que dejó un rastro picante en mi mejilla y mis pulmones sin aire.

—He dicho que me des tu cartera, pedazo de mierda —repitió, inclinándose lo suficiente para casi alcanzar mi oído.

Así, en frío, aquello no me resultó tan excitante como me había imaginado que sería. La bofetada me había dolido y que un extraño, que aun por encima parecía un mafioso, me pidiera mi cartera como si me estuviera atracando… no era lo que más me ponía en el mundo.

—Está en el bolsillo del pantalón —murmuré tras tragar saliva, o, al menos, intentarlo, ya que mi boca estaba seca como el desierto.

El amo se dejó la colilla del pitillo en los labios y, con la mano libre, me agarró con fuerza del pelo y me dio un leve tirón antes de decirme:

—Te he ordenado que me la des, puta, no que me digas donde está… —dicho esto, me empujo con cierta violencia hacia el sofá, donde estaba mi ropa tirada.

Vale, ese fue el momento en el que estuve noventa y nueve por ciento seguro de que aquel rollo de la sumisión no era para mí. Todo aquello no me estaba poniendo cachondo, solo me estaba resultando incómodo y angustioso.

—Vale, vale… —murmuré mientras rebuscaba en el bolsillo de mis pantalones. Cuando encontré la abultada cartera me giré para entregársela, pero antes de hacerlo, le dije—: Oye, soy nuevo en esto. Si… pudieras relajar un poco el ritmo, te lo agradecería. Porque, sinceramente… —risa nerviosa—, me estás asustando.

El amo italiano me quitó la cartera de un tirón y, dando una última calada a su pitillo, me echó la colilla a la cara. Giré el rostro a tiempo, pero aún así noté el leve golpe en mi sien.

Cazzo di vergini —le oí farfullar por lo bajo mientras volvía a echarse en el sofá. Abrió bien las piernas, como si los cojones no le cupieran entre ellas, y, señalando justo el punto del suelo entre ellas, ordenó—: Aquí.

Me quedé otro momento parado mientras mi mente se debatía entre la autopreservación y la observación racional.

«Huye, Joe, esto no es para ti. Vuelve a casa y machácatela tranquilamente en la ducha antes de cenar helado. A ti te gusta el helado».

«Te has metido en un Club de BDSM hard y ahora te estás quejando de haber encontrado un amo, ¿en serio, Joe? La próxima vez pregúntale a Siri dónde hay cursos de iniciación para sumisos cobardes».

Al final, me acerqué a donde el amo me había ordenado, justo entre sus piernas, y me quedé allí mirando cómo rebuscaba en mi cartera. El primer lugar que miró fue la tarjetera. Sacó mi tarjeta de crédito platino, la American espress negra, mi tarjeta de socio del club de golf y mi carné de conducir. Las miró un momento y casi pude distinguir una leve arqueamiento en sus cejas densas y negras en contraste con la luz rojiza.

—Joel Schwartz, veintisiete años… —leyó en voz alta antes de dedicarme una leve mirada—. Así que lo de estar circuncidado, tener una camisa de versace de última temporada y dos tarjetas platino es porque eres un buen chico judío… que trabaja en… —añadió, leyendo mi tarjeta de visita—. Monumental Pictures.

Esta vez no arqueó las cejas, pero sí le dio un par de vueltas a la tarjeta como si tratara de comprobar que fuera de verdad.

—Papá te ha buscado un buen puesto entre sus amigos de la sinagoga de Los Ángeles, eh, pedazo de mierda —me dijo, dedicándome otra rápida mirada.

—Papá es uno de los dueños de la productora. No necesita buscar nada en ningún sitio —le dejé bien claro—. Y puedes dejar los comentarios xenófobos y los clichés judíos, porque tú pareces Mr. Mafia Italiana y yo no digo nada.

El amo dejó la tarjeta en el mismo sitio en la que estaba, junto a todas las demás. Tras tomarse aquel tiempo y calma, se inclinó y me dio una rápida bofetada que resonó en toda la habitación.

—Te he dicho que cierres la puta boca —me recordó.

Tras un jadeo de indignación, apreté los dientes y miré con muy mala cara al hombre; sin embargo, él siguió revisando mi cartera como si nada. Miró la billetera, en la que tenía guardados unos quinientos dólares; algunos tickets y facturas que había guardado y hasta se detuvo a mirar las fotos de carnet y algunas familiares que guardaba en un bolsillo lateral. Tras todo aquello, dejó la cartera a un lado y me dijo:

—Dame el móvil.

—No —me negué al instante mientras hacía un gesto cortante con la mano—. Mira, te estás pasando con todo esto.

El hombre se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas para aproximar mucho su rostro al mío, quizá demasiado, porque tuve que retroceder un poco antes de que nuestras frentes chocaran.

—¿Quieres un amo, Joel? —me preguntó en voz baja, densa y con aquel fuerte acento italoamericano. Tan cerca, pude percibir a la perfección su aliento caliente y el olor a vino dulce que arrastraban sus palabras—. ¿Quieres que te sometan como la perra que eres? ¿Quieres que te follen, te usen y te dejen? Pues yo soy un amo, y no vas a encontrar ninguno mejor que yo. No en esta mazmorra de mierda. No en todos los putos Ángeles. Así que te lo advertiré una última vez: cierra la boca y obedece. Pezzo di merda

Quise mantener mi fachada enfadada y mi tono duro, pero, por desgracia, aquello sí que me había puesto bastante cachondo. Mr. Mafia tenía un magnetismo animal y una actitud que exudaba poder y autoridad. Que además de eso me insultara en italiano… Buff.

—No… —lo intenté, pero mi boca seca me traicionó y tuve que parar para tragar saliva—. No me estoy sintiendo nada cómodo. Me estás poniendo nervioso y no estoy disfrutando…

Volví a detenerme, pero esta vez debido a la grave risa que brotó de los llenos labios del amo.

—Yo soy el único que tiene que disfrutar aquí, y tú eres el que tiene que hacer todo lo posible para que eso pase, Joel. Dame tu móvil, última advertencia —terminó, recostándose de nuevo en el sofá.

Apreté los dientes de nuevo y solté una leve bocanada de aire entre los labios. El corazón me latía con fuerza en el pecho y no podía evitar dejar de mover las piernas con nerviosismo sobre aquel suelo de linóleo negro, frío y duro. Tras un momento de duda, me llevé la mano al rostro y me apreté los lacrimales mientras negaba con la cabeza. Después, fui en busca de mi móvil y se lo entregué al amo.

­—¿Cuál es el patrón?

—Espera, te lo desbloque…

Bofetada.

—¿Qué te he pedido que hagas, fottuta puttana ebrea? —me preguntó.

Tomé aire y me acaricié la mejilla cada vez más colorada y dolorida, un picor que empezaba a llenarme los ojos de lágrimas.

—Es un reloj de arena, empezando por la izquierda —murmuré—. Te lo enseño.

Esperé un momento a ver como el amo asentía e inclinaba la pantalla del iPhone hacia mí. Dibujé el patrón y la pantalla se desbloqueó, mostrando una selfi mía y de mi perro en el parque. Fue lo último que pude vislumbrar antes de que el hombre moviera el móvil para mirar lo que había en él. Pulsó un par de cosas, no supe el qué ni dónde, y se quedó mirando durante largos minutos en los que no hice otra cosa que quedarme allí, desnudo y de rodillas frente a él mientras se entrometía de lleno en mi intimidad.

Pasados como diez, o quizá hasta un cuarto de hora, el amo tomó una buena respiración, elevando su abultado pecho bajo la camisa. Entonces se llevó la cadena dorada con la cruza a la boca y la sostuvo entre los labios antes de bajar la misma mano hacia mí. Me agarró del pelo y tiró sin demasiado cuidado hasta que mi rostro estuvo pegado a su entrepierna.

El momento fue… extraño. El amo tenía un pantalón de traje bien apretado y las costuras tiraban de la tela, marcando un más que evidente y bulto. Pegar la cara contra él hubiera hecho mis delicias y me hubiera puesto como una perra… en otra ocasión. Quizá una en la que no estuviera más preocupado por la flagrante violación de mi privacidad y la posibilidad de que un mafioso estuviera mirando datos personales que pudieran conducirle a un acto delictivo o a un rapto.

Aun así, el amo me restregó la cara contra su entrepierna y después, como si nada, continuó mirando mi móvil. Entonces, simplemente me quedé así, con la cara hundida en su paquete, los ojos cerrados, el corazón a mil y la cabeza repleta de arrepentimiento y miedo.

El daño ya estaba hecho. Ya no tenía sentido huir.

No pude concretar cuánto tiempo pasó hasta que le oí decir:

—Así que te gusta rodearte de estrellas de cine e ir a fiestas pijas en la colina, ¿eh?

—Es mi trabajo —respondí sin apartar la cara de su entrepierna, por lo que mi voz sonó apagada y baja contra la tela del pantalón.

—No. Tu trabajo es hacerme feliz y obedecer ­—me corrigió.

Como no dije nada a eso —¿qué cojones iba a decir?—, el amo me agarró de nuevo del pelo y me obligó a levantar la cabeza para mirarle.

—Cuando te hable, te referirás a mí como «mio signore», «padrino» o «il mio capo». ¿Capichi?

—Emh… Sí, il mio capo —murmuré sin muchas ganas, mirando aquellos cristales oscuros de las Rayban entre los que, apenas, se diferenciaban los ojos del amo.

Bene… —respondió antes de tirar el iPhone a un lado sin demasiado cuidado.

Entonces se sacó una cajetilla de tabaco rubio del bolsillo. Una marca que no conseguí reconocer, una italiana de importación. Me la tiró al pecho como si yo fuera la basura y recostó los brazos en el respaldo del sofá.

—Sácame un pitillo, enciéndelo y dámelo.

Bajé la mirada a la cajetilla que había caído en mi regazo tras golpearme el pecho desnudo. En aquel momento estaba demasiado adormecido, casi como drogado. Era como si ya nada me importara y solo estuviera esperando al final.

—Sí, padrino.

Alcancé la cajetilla, la abrí y saqué uno de los pitillos largos. Dentro, entre los pocos cigarros que quedaban, había un mechero negro que también saqué. Para encender el pitillo, lo único que se me ocurrió fue ponérmelo en los labios, acercar la llama y darle una primera calada. Yo no fumaba habitualmente, pero sí lo hacía cuando salía o en fiestas importantes, así que el humo denso y agrio no me afectó en absoluto. Ni siquiera el de aquel tabaco más fuerte de importación.

Cuando fui a entregárselo al amo, él me miraba tras su gafas negras.

Molto bene… —murmuró con una ligerísima sonrisa en los labios antes de inclinarse lo suficiente para quedarse con el pitillo. Le dio una calada, encendiendo la punta más roja que el rojo que lo bañaba todo, y tras sacárselo y soltar una buena columna de humo en mi dirección, me dijo—: Soy un amo muy exigente. Me gusta el control absoluto y la completa sumisión. Me meteré en todo en tu vida: lo que comes, lo que haces, donde estás, con quién estás —remarcó aquello como si fuera importante—. No tendrás privacidad ni voluntad. Serás il mio schiavo para hacer todo lo que quiera contigo. Nunca acepto un no por respuesta y solo paro cuando dicen la palabra de seguridad. Podemos hablar de límites y porcca merda como esa… pero cuantos más haya, menos interesado estaré. ¿Tutto capichi? —terminó preguntando mientras se acercaba el pitillo a los labios y hacia un amaneramiento de muñeca muy italoamericano; como si hubiera salido directo de una película de la mafia.

—Sí, il mio capo.

—Te he guardado mi número en el móvil —continuó tras otra calada cuyo humo volvió a echar sobre mí—. Si estás interesado, te harás unos análisis y me mandarás los resultados. Yo solo follo a pelo y espero que te encante tragar, porque vas a terminar malato per aver ingoiato la mia sborra

No necesité preguntar lo que eso significaba, por el contexto, a Mr. Mafia le gustaba mucho dar de mamar.

—Sí, mio signore.

—Ahora lárgate de aquí —ordenó a la vez que levantaba una pierna para colocar su pie de zapato italiano en mi pecho para empujarme como a un perro.

Caí de culo al suelo de linóleo y me quedé allí un par de segundos antes de asentir e ir a por mi ropa. Por supuesto, cuando quise ponérmela, me dijo:

—He dicho que te largues, puttana.

Así que me llevé toda la ropa enrollada en el regazo, junto con el móvil y la cartera, para salir denudo al pasillo. Me vestí todo lo rápido que pude, ahorrándome el abrochar los botones de la camisa, para salir disparado por el pasillo y abandonar el Club lo antes posible.

Estaba dolido, asqueado, enfadado y cien por cien seguro de que el BDSM no era para mí. Por desgracia, mi mente y mi polla no parecían estar de acuerdo con aquello, porque la tenía tan dura en los pantalones que dolía.

Al llegar a mi deportivo, miré el móvil y vi el nuevo número que habían guardado allí.

IL MIO CAPO

Había que reconocer que sonaba jodidamente sexy…