El Reloj De Su Abuelo (Adaptacion Mewgulf) by MewGulf_Adaptaciones at Inkitt
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EL RELOJ DE SU ABUELO (ADAPTACION MEWGULF)

Summary

Era tan solo un día ordinario en la tienda de antigüedades para Mew Suppasit, hasta que Gulf Kanawut entró con un reloj. “Es el reloj de mi Abuelo. Tengo la esperanza de saber tanto como pueda”. Una historia sobre dos parejas separadas por generaciones. Esta historia no me pertenece, es una adaptacion sin animo de lucro

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18+

Capítulo 1

Sentado en mi mesa de trabajo, en el cuarto de atrás, con un reloj Newman de 1901 desmantelado, escucho la campana que sonaba cada vez que una persona entraba. Mi padre se hallaba detrás del mostrador, y lo escuché saludando al cliente, charlando, conversando sobre la antigüedad que había traído.

Era lo que hacíamos.

El amor de mi padre por todo lo antiguo se había convertido en este negocio, la Tienda de Antigüedades Suppasit. Papá era el experto y mamá hacía el trabajo investigativo, pero ambos viajaban, explorando el globo por la pasión de sus vidas. Mi hermano Scott restauraba muebles antiguos, pero eso era algo que nunca me vi haciendo. Luego, empecé a echar una mano cuando estaba en la escuela, y descubrí mi amor por los relojes.

Esa era mi especialidad.

Pude escuchar a papá hablando con el cliente, pero no les presté atención hasta que escuché mi nombre.

—¿Mew?

Dejando la pieza que tenía en la mano sobre la mesa, crucé la puerta al salón de exhibiciones, en donde encontré a mi padre y al cliente con el que estaba hablando. Muy diferente a mi piel pálida, pelo castaño y ojos cafes, él era un hombre guapo, como de mi edad, pero con el pelo negro un poco largo, la piel bronceada y los ojos negros. Tenía un reloj de bolsillo en la mano.

—Este es mi hijo Mew —papá le explicó—. Él es el experto en relojes como el tuyo.

Extendí la mano con profesional cortesía.

—Hola.

—Gulf Kanawut —dijo a modo de saludo, colocando su reloj en el mostrador antes de darme un apretón de manos. Tenía acento, del Sur pensé, pero no estaba seguro.

Papá esperó a que nos soltáramos las manos, luego me miró y sonrió.

—Gulf me estaba diciendo que le gustaría saber más acerca de este reloj.

Miré la caja de plata y la cadena del reloj, luego a su dueño. Estiré la mano hacia el reloj, pero antes de tocarlo, pregunté:

—¿Puedo?

—Por supuesto —asintió.

Levantándolo, me di cuenta de algunas cosas con una simple inspección visual.

—Esta caja fue un diseño popular en los años cuarenta —le dije. Con delicadeza, la abrí para revelar la cara analógica—. La esfera es Hamilton, pero no sabré de fechas o fabricante con seguridad a menos que le saque la tapa y vea el movimiento.

—¿Puedes hacerlo? —preguntó él. Su acento definitivamente era sureño—. Tengo la esperanza de saber tanto como pueda.

Sonreí.

—Por supuesto. Tendré que buscar algunos detalles, y debo verlo como en unos dos días. Entonces podré decirte todo lo que sé.

Gulf asintió.

—Eso sería increíble. —Nos miramos por más que solo un instante, y no pude evitar preguntarme si este lindo sureño sería gay.

Papá pareció pensarlo también, porque con una sonrisita descarada, me alcanzó el libro de registros, nos miró, y sin mucha sutileza dijo:

—Gulf, te dejo en las manos muy capaces de Mew. —Señaló detrás de nosotros—. Tengo… cosas… que hacer allá atrás.

Cortésmente, Gulf le dio las gracias, y yo consideré darle una patada en la canilla a mi padre. Estábamos detrás del mostrador, así que no es que Gulf fuera a verme haciéndolo. Pero papá debió captarlo en la mirada que le di, porque sonrió, volteó a toda prisa y desapareció por la puerta.

Cogí un lapicero, le entregué el registro a Gulf y le pedí que lo llenara. Recogí el reloj, haciéndolo girar en mis manos. Era una bonita pieza, y no pude evitar preguntarle:

—¿Qué sabes del reloj?

Él levantó la mirada de los papeles.

—Um, que era de mi abuelo. Eso es todo.

Me devolvió la forma llena, y le dije, como parte del procedimiento, que necesitaba un documento de identidad. Sacando su billetera, me pasó su licencia de conducir. Su licencia de conducir de Texas.

—Acabo de mudarme —dijo—. Tengo mi recibo de cambio de dirección aquí, en algún sitio.

Empezó a hurgar en su billetera, y lo detuve.

—No, está bien. Solo necesito ver una identificación, eso es todo. Sonrió amable y asintió.

—Así que, ¿dos días?

—Sí. Estoy a mitad de otro trabajo. Entonces podré verlo, y te doy una llamada en cuanto termine. ¿Hay alguna cosa en particular que estés buscando?

Encogió un hombro y sacudió la cabeza.

—No, en realidad no. Solo fechas, fabricante, modelo… para ser honesto, no estoy realmente seguro.

Mientras ponía el reloj y la documentación en un sobre de papel, le pregunté:

—¿Quieres una estimación?

—No —dijo con sencillez—. El valor monetario no es importante. Me dio las gracias, le dije que estaríamos en contacto y se fue.

Cuando regresé al taller, papá me sonrió.

—Qué muchacho tan bueno —dijo.

—¡Mamá! —grité hacia la oficina en el segundo piso, en donde mi madre, sin duda, tendría la cabeza metida en un catálogo—. Papá está tratando de arreglarme una cita de nuevo.

Ella gritó de vuelta:

—¿Era lindo?

Oh, por Dios.

Lo era de hecho, pero ese no era el punto. Papá se rió de mí por lo bajo.

Ignorándolo, coloqué el reloj de bolsillo sobre mi mesa y regresé mi atención al reloj en el que estaba trabajando.

Me las arreglé para ignorar a mis padres y sus comentarios acerca de los dueños de relojes lindos y de pelo negro, hasta que se aburrieron y me dejaron en paz. Y me las arreglé para sacarme de la cabeza el reloj de bolsillo y a su guapo dueño tejano hasta que fue hora de irme a casa.

***

Regresé al trabajo un poquito antes de las nueve de la mañana y me dirigí a mi mesa, que era más como una estación de trabajo, cuando el sobre que contenía el reloj llamó mi atención.

Lo recogí y saqué el reloj, sintiéndolo frío y pesado en mi mano. No escuché a papá acercarse detrás de mí, y su voz hizo que pegara un brinco.

—¿Qué tal va el reloj del señor Yeo?

—¡Mierda! Me asustaste —dije con una risotada, cogiéndome el pecho. Entonces, mirando el reloj que tenía medio hecho, le dije—: Um, debe estar listo para mañana a la hora del almuerzo.

Él asintió pensativo.

—Creo que deberías hacer el reloj de bolsillo, más bien. Miré el reloj que todavía tenía en la mano.

—¿Por qué?

—Porque el señor Yeo es coleccionista —respondió, encogiendo los hombros—. Para él, ese reloj es solo un objeto más que adquirió. Hasta el viejo señor Yeo te diría eso. Pero esto —señaló el reloj en mi mano—, esto significa algo.

Papá me sonrió.

—El señor Yeo puede esperar uno o dos días. No le va a importar. Incluso lo llamaré yo mismo.

—¿Estás seguro? —pregunté. Él asintió.

—Quiere que vaya con él a mirar un centro de mesa tallado a mano, de estilo rococó italiano del siglo XVIII, que ha visto en una casa de subastas, así que tengo que hablar con él de todas maneras.

—Bueno —acepté. En veinte minutos, tuve el reloj del señor Yeo pormenorizado y guardado, y el reloj de bolsillo plateado frente a mí.

Tomé mis notas acostumbradas mientras procedía a detallarlo. No había nada fuera de lo común, hasta que le quité la tapa posterior.

Porque lo que encontré escondido en la parte de atrás del reloj no se parecía a nada que hubiera encontrado antes.

Saqué el formulario con la información de Gulf Kanawut y cogí el teléfono.

—¿Gulf Kanawut? Soy Mew, de la Tienda de Antigüedades Suppasit.

Llamo por tu reloj.

—¿Sí? —respondió, inseguro.

—¿Puedes venir a la tienda? —pregunté—. Hay algo que tienes que ver.

***

Cuando Gulf llegó, lo conduje por el taller y le ofrecí un asiento en mi mesa de trabajo. Nunca había tenido un cliente aquí atrás; supongo que nunca había habido una razón para hacerlo.

Hasta ese momento. Hasta él.

Él miró mi mesa, que tenía el reloj de su abuelo separado en tres partes.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Cuando quité la tapa posterior, encontré esto —le dije, señalando un pequeño cuadrado de papel amarillo.

—¿Una fotografía? Asentí.

—Y una dedicatoria grabada en la tapa interior del reloj.

Gulf parpadeó, absorbiendo la información, antes de coger la foto.

Era pequeña, un cuadrado de solo una pulgada y media, en blanco y negro, y envejecida, pero no había duda de quién o de qué se trataba la foto.

Dos chicos, como de dieciocho años, vestidos con trajes que posiblemente eran de los años cuarenta. Pero eso no era lo extraordinario de la foto. Era la manera en que estaban parados. Estaban de cara a la cámara con un brazo envuelto en el otro; no a la manera de un cariñoso abrazo fraterno, sino de un abrazo que mostraba una historia… una historia íntima.

Eran amantes.

Gulf miró la foto fijamente por un buen rato antes de preguntar:

—¿Qué dice la dedicatoria?

Le mostré el reloj, y lo quedé mirando mientras él la leía.

H. Así estaré a tu lado, siempre. Tuyo por toda la eternidad, B.

—¿Sabes quiénes son? —le pregunté.

—Um… —Gulf se detuvo. Luego, mirando otra vez la fotografía, dijo—: Pienso que ese es mi abuelo. El hombre con el cabello rubio, aunque está muy joven.

—¿Y el otro hombre? Gulf negó con la cabeza.

—Nunca lo había visto. —Miró a los dos hombres por un largo momento—. Se ven… um, como si fueran…

—Una pareja feliz —terminé por él. Él me miró, entonces realmente me miró. Hubo un brevísimo instante de comprensión entre nosotros, de un hombre gay a otro.

Me dio un pequeño asentimiento y una media sonrisa antes de volver a mirar la fotografía en su mano.

—Sí, así es como se ven, ¿no?

Me aclaré la garganta y traje el tema de vuelta al reloj.

—¿Sabes quiénes son la H y la B en la inscripción?

—La H podría ser por mi abuelo. Su nombre era Hale —Gulf explicó—. Pero no sé quién es la B.

Entonces mi papá habló. Yo ni sabía que estaba ahí.

—¿Lo sabría alguien en tu familia?

Gulf miró a mi padre, luego a mí y luego otra vez a la fotografía en su mano.

—Mis padres murieron el año pasado —expresó tranquilamente—.Solo quedamos mi abuela y yo.

Oh.

Papá preguntó:

—¿Tal vez ella sepa?

Gulf se encogió de hombros.

—Tiene demencia… —La voz se le fue apagando.

—Oh, ya veo —papá dijo suavemente.

—Está en un centro de atención —Gulf continuó explicando—.Aunque yo me mudé aquí para estar con ella de cualquier forma.

No encontré qué decir, así que en su lugar le ofrecí una sonrisa solidaria.

Tras un largo silencio, preguntó:

—¿Alguna otra cosa que puedas contarme del reloj?

—Es un Hamilton Art Deco de 1941 —le dije—. Tengo todos los detalles escritos para ti, pero puedo decirte esto… —me miró de frente cuando le dije—: quienquiera que haya sido esta persona con la inicial B, que le dio a tu abuelo este reloj, tuvo que haberlo amado muchísimo.

Gulf abrió mucho los ojos antes de sonreír con tristeza.

—¿Cómo lo sabes?

—El casco es de plata fina, pero el reloj es de oro blanco de 14 quilates. Me imagino que allá, por los años cuarenta, costaría una pequeña fortuna, tomando en cuenta la escases de artículos de lujo durante la guerra.

Se quedó en silencio por un instante. Luego susurró, a mí o a él mismo, no estuve seguro:

—Ojalá lo hubiera sabido.

—Espero que la foto y la dedicatoria conduzcan a descubrir más — dije.

Mi papá se paró al lado de Gulf, y le preguntó: —No tienes a nadie más que te pueda ayudar, ¿cierto?

El hombre de pelo negro negó con la cabeza y dijo calmado: —No, en realidad, no. Es decir, podría preguntarle a mi abuela, pero no estoy seguro de que me haga algún bien.

—¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer para ayudarte? — pregunté, aunque no estuve completamente seguro de por qué.

—Oh, no. —Sacudió la cabeza—. Han hecho más que suficiente. Ni siquiera esperaba tanto así. Me preocupó cuando telefoneaste. Dijiste dos días, pero me llamaste al día siguiente, pensé que algo debía estar mal.

—Cielos, no —papá le aseguró—. Le dije a Mew que empezara con tu reloj porque me di cuenta de que significa mucho para ti. No fue nuestra intención preocuparte.

Gulf sonrió, pero antes de que pudiera decir nada, a papá se le iluminó la mirada.

—¡Mew podría ir contigo! Me dejó boquiabierto.

—¿Él podría qué?

—Oh, no —Gulf se sumó rápidamente—. No espero que lo hagas.

—Se puso de pie claramente nervioso, y empezó a irse.

Papá me miró enojado, luego miró a Gulf intencionadamente.

—¡Mew! —siseó.

Papá tenía razón. Nadie debía tener que lidiar con algo así solo. Mierda.

—Gulf, espera —dije, poniéndome de pie y acercándome a él—. Si quieres que alguien vaya contigo a ver a tu abuela para preguntarle, yo te acompaño.

Gulf me miró, y abrió y cerró la boca dos veces. Así que le dije:

—Puedes decir que no, si prefieres. Solo que me parece que no deberías hacer esto por tu cuenta, eso es todo.

Cambió su peso de un pie al otro, pero asintió. Calmado, admitió ante dos perfectos extraños:

—Es difícil no conocer a nadie, no tener a alguien con quien conversar. Mi abuela tiene días buenos y malos, y sé que preguntarle será impredecible. No quiero alterarla…

—Pero necesitas saber sobre la relación de tu abuelo con este otro hombre, ¿cierto? —pregunté.

Él asintió.

—Tal vez me ayude a entender… un montón de cosas. —Se encogió de hombros—. O tal vez no. No lo sé.

—¿Quieres que vaya contigo? —le pregunté de nuevo. Me sonrió con pena.

—Me gustaría, sí.

—Solo agarraré mis cosas —dije, regresando a toda prisa a mi mesa de trabajo.

Me arriesgué a mirar a papá, que estaba parado fuera del campo visual de Gulf. Y sí, estaba sonriendo como un idiota.

—Te veo mañana —me dijo.

¿Mañana? ¿Qué hay con hoy? Apenas eran las 10 A.M.

—Oh —mi padre agregó moviendo las cejas—. Te llamo más tarde… para ver cómo fueron las cosas…

Yo solté un resoplido. Sí, claro.

Metí las llaves y mi teléfono en el bolsillo, pero le entregué la fotografía y el reloj a Gulf.

—¿Listo?

Él respondió:

—Casi.

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

3

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author

gracias por otra gran historia. el inicio es intrigante

2 years
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me gusta gracias

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