Capítulo I: “Todo comenzó así”
Era un día cotidiano en la pequeña pero acogedora ciudad Harton. Los padres se encontraban en sus respectivos trabajos mientras los hijos se mantenían estudiando. En la escuela secundaria llamada igual que la ciudad, en el aula 1-C, un joven que respondía con el nombre de Kevin Ibarra, estaba concentrado en su libreta, dejando en un tercer plano el bullicio de sus compañeros de clase. Se llevó el lápiz a su boca y comenzó a mordisquear lo que quedaba de goma, y no fue que perdió la concentración cuando una pequeña bola de papel interfirió entre su vista y la del cuaderno.
Sus ojos cafés que reflejaban severidad a la vez que madurez, se levantaron para ver su alrededor. El joven dejó escapar un suspiro de resignación al ver como muchos de sus compañeros tomaban una sienta, hablaban o reían con fuerza en la clase libre. Se preguntó por qué no aprovechaban esa clase para avanzar o terminar las tareas pendientes de las anteriores clases, de esa forma tendrían más tiempo libre en sus casas. ¿A caso era tan difícil llegar a esa conclusión?
Volvió su vista a la hoja de cuadriculas, intentó volver toda su atención a la resta que estaba terminando por resolver.
—¿En serio? ¿Matemáticas?
Sus ojos se enfocaron en una cara conocida. Armando, su mejor amigo, se inclinó un poco para ver el tumulto de letras y números escritos en la hoja.
—De todas las tareas, ¿matemáticas? —continuó el recién llegado.
—Precisamente por eso, siendo la más difícil, mejor le aventajo.
Observó con orgullo su trabajo. Armando observó las operaciones que llevaba resueltas.
—La resta nunca ha sido lo tuyo. Aquí es -5, no +5, el resultado es negativo. Y ésta, uff, el resultado está mal por la segunda fila.
El joven Ibarra volvió su vista a su trabajo.
—Me rindo —dejó escapar en suspiro mientras cerraba el cuaderno para guardarlo en la mochila, ya buscaría otra tarea que aventajar.
—Como sabes, desde ayer mis papás no están en casa, así que se me ocurrió la brillante idea de hacer una fiesta, invitando a todo el salón, será por la tarde, a eso de las cuatro. Oscar ya me dio el visto bueno, ¿te apuntas?
Kevin no respondió de inmediato porque pareció meditarlo. No tenía nada que hacer por la tarde en realidad, pero la sola idea de estar rodeado de sus compañeros de clase en una ambiente fuera de lo escolar, no era precisamente algo que deseaba experimentar. Que no existiera supervisión adulta era otro tema a tratar, después de todo, Oscar, el hermano de Armando, apenas había cumplido la mayoría de edad, no lo consideraba precisamente un adulto.
Ante la evidente duda de su amigo, Armando añadió:
—Invité a Melissa y dijo que no se la perdería.
—¿M-melissa irá? —se apresuró a decir, ante su reacción, intentó fingir poco interés en ese nombre.
—Sí —sonrió Armando de forma pícara, como si esperara esa reacción de su amigo—. Ya me lo confirmó. Definitivamente irá. ¿Y tú?
—Iré, después de todo no tengo ningún plan. Creo que será divertido salir de mi rutina.
El joven de cabellera corta y castaña, observó como su amigo ampliaba más su sonrisa.
—Sí, claro, para “salir de la rutina”. Bueno, te dejo con tus cosas aburridas que haces.
—Eso dices porque eres de diez.
—Eso digo porque hago las cosas a su tiempo.
Kevin volvió la vista a su ahora cuaderno de historia, la clase que en pocos minutos seguiría, de forma fugaz se giró un poco para ver el asiento donde se sentaba Melissa, quien platicaba de forma muy amena con sus compañeras, no evitó dibujar media sonrisa al verla sonreír por algún comentario. Armando se burlaba mucho de que no se animara a decirle nada de sus sentimientos, aunque tenía razón en parte, él creía que todavía tenía dos años más para aclararlos y animarse a pedirle ser su novia.
Las clases finalizaron sin ninguna demora, Kevin recogió sus pertenencias para salir del salón, pero antes de llegar a la puerta alguien chocó contra él con fuerza, provocando que soltara su mochila y ésta cayera al suelo.
—Ah, no te vi, umpalumpa.
Kevin frunció el ceño con molestia, mas no dijo nada, ni siquiera le dirigió la mirada a Erick, se limitó a recoger su pertenencia mientras escuchaba las burlas de él y su compinche. ¿Ahora era Oompa Loompa? La semana pasada fue Duende y la ante-pasada fue Pitufo, ¿la siguiente qué sería?, ¿Pulgarsito o Bonsai? Pese a molestarlo con sus “choques” accidentales y sus burlas a su persona cuando tenía la “oportunidad”, Erick no era precisamente muy ingenioso para los sobrenombres, quizá por esa razón, a pesar de todo, no conseguía que uno pegara y fuera su apodo de secundaria, lo que Kevin agradecía con todo el corazón.
En realidad, Kevin solía tener un perfil muy bajo, sin resaltar mucho e ignorado, aunque prefería que fuera así, un marginado, a que lo estuvieran molestando día sí y día también. Era amigo de Armando porque ambos se conocieron en la primaria, aunque siendo como era, a veces tenía miedo de él ya no le hablara. Armando era mucho más sociable, era contrario a él.
Se detuvo frente a la puerta de su casa y la miró por unos segundos, como dudando en abrirla o no.
—¡Ya llegué! —gritó como de costumbre, para que donde fuera que se encontrara su padre lo escuchara.
No hubo contestación.
No le pareció extraño porque había ocasiones en la que su progenitor estaba tan concentrado en su trabajo que no le contestaba, o porque estaba dormido. Fuera la razón, Kevin no le dio importancia, dejando la mochila en la sala se dirigió a la cocina, antes que hacer cualquier otra cosa comería algo. Lo primero que vio y lo hizo suspirar fue el ver trastes sucios en el fregadero. Apartó la vista de éstos. Abrió el refrigerador para sacar el bote de mayonesa, jitomate, aguacate, jamón y una hoja de lechuga. Poco después buscó la bolsa de pan en la alacena, se extrañó al no verla en ese lugar, la buscó en las continuas para obtener el mismo resultado.
—Papá, ¿dónde dejaste el pan blanco? —preguntó en voz alta—. ¡Papá!
De forma inconsciente, sus ojos buscaron el reloj del microondas, iban a dar las 2:30 de la tarde. Ayer, antes de prepararse lo que hoy se llevó a la escuela, la bolsa todavía estaba a la mitad. Se dirigió al bote de basura para verificar que la envoltura del pan se encontraba dentro.
“¿Estuviste comiendo solo pan?”
—¡Papá!
Al no haber obtenido respuesta, subió las escaleras hacia el segundo piso para dirigirse a la habitación de su padre, notó que la puerta estaba semiabierta y sin dudarlo un segundo la empujó para obtener mejor campo de visión, creyó que encontraría a su progenitor dormido, pero solo se encontró con la horripilante visión de un cuarto lleno de ropa en el suelo y desordenado. No parecía la habitación de un hombre de treinta y cuatro años. No debió haber mirado, ahora tendría todo el día esa imagen desagradable. Cerró la puerta en un intento de aparentar que no había nada de eso detrás de esa puerta.
—Papá, en serio, ¿por qué no limpias un poco tu cuarto? —iba preguntando mientras bajaba las escaleras para dirigirse con rapidez a la oficina—. ¿Por qué no eres…?
Vio la oficina vacía, ante esa imagen, una extraña angustia subió por su pecho.
“¿Acaso se volvió a ir sin decir nada?, pensó. “¿Cómo tiene el descaro de…?”
—¿Por qué tanto ruido? —preguntó alguien detrás de él.
Kevin se giró para ver a su padre y comenzó a calmarse. El hombre llevaba puesta la misma ropa de ayer y desaliñado, como si apenas se hubiese despertado.
—¿Y tú no deberías estar en la escuela? —bostezó mientras se encaminaba al escritorio.
—¿De qué hablas? —indagó el joven algo ofendido—. Ya casi van a ser las tres, hace rato que salí.
—¿Van a ser las tres? —El varón miró su muñeca izquierda que era adornada por un reloj—. ¡Demonios, es cierto! A las cuatro tengo que presentar un trabajo importante, y yo con estás pintas. ¿Por qué no sonó la alarma? —Revisó su alarma del celular para darse cuenta que había puesto 12:15 a.m en vez de 12:15 p.m. Maldijo por lo bajo.
Kevin solo observó como el hombre se sentaba frente a la laptop y la encendía, se le veía con mucha prisa por acabar.
—Por cierto, allí había comida para recalentar, debiste calentarla en vez de comerte todo el pan… contaba con ese pan para hacerme un sándwich hoy.
—Ya sabes donde hay dinero.
Kevin desvió la vista. Era imposible hablar bien con él estando en ese estado. Sus respuestas ya estaban programadas.
—Iré a la tienda, ¿quieres algo?
—Unas bebidas energizantes.
—Ya sabes que no me venden eso.
—Ya sabes donde está mi credencial.
Dicho y hecho, el joven fue a la tienda y mientras su padre se estaba dando una ducha, él se preparó el sándwich, una vez que terminó le calentó un poco de comida a su padre, quien se lo llevó a la oficina, observó a su padre hablar por teléfono mientras lo escuchaba aceptando más trabajo. El joven desvió la vista hacia su izquierda para ver la pizarra en la que se encontraba un montón de papeles y notas ancladas en ella.
Él le había regalado aquella tabla para ayudarlo a ser un poco más organizado en su trabajo, pero era más que evidente que nunca lo usó para lo que era. Sin la intención de molestarlo, Kevin dejó el plato de comida sobre el escritorio esperando a que su padre se diera cuenta de éste. Estaba a punto de retirarse cuando recordó la invitación de su amigo.
—Papá —lo llamó con voz baja cuando dejó de hablar por el teléfono y tomaba asiento.
—Ah, sí, gracias —Miró el plato de comida.
—El salón hará una pequeña fiesta en casa de Armando, estaba pensando en ir. Solo irán mis compañeros de clase.
El mayor levantó de forma efímera la vista para mirar a su único hijo.
—Escuché que sus padres no iban a estar esta semana. No, no irás.
Ante su respuesta el joven entrecerró los ojos.
—¿Por qué? —soltó, ahogado.
De nuevo los ojos se enfocaron en el menor de forma fugaz.
—Porque no estará supervisada por un adulto.
—Estará Oscar…
—Dije que no.
—No lo entiendo. Nunca te pido nada, nunca te molesto en nada, hago todos mis quehaceres y cuando te pido que me dejes ir a un lugar te niegas.
—Porque no —fue tajante.
—¡Eso es injusto! —Apretó los puños y el ceño—. ¿No confías en mí? ¿Hablas en serio?
—No puedo dejarte ir sin la supervisión de adultos responsables, el hijo mayor acaba de cumplir los dieciocho años, no puedo dejarte ir a una fiesta de solo adolescentes —Lo miró a los ojos por primera vez, dejando su trabajo por un segundo—. Sé cómo suelen ser. No, no irás.
—¡Tú no tienes el derecho de decir nada de adultos responsables! ¡No tienes derecho de decir eso siendo el adulto más irresponsable del mundo!
El señor Ibarra se molestó ante sus palabras, era su padre y no tenía porqué hablarle de esa manera.
—Dije que no irás y punto —alzó su voz, autoritaria.
—¡Siempre… siempre es igual contigo! ¡Hago todo bien y no obtengo ninguna recompensa de tu parte! ¡Te odio!
Y ante lo dicho, salió de la oficina.
—¡Vete a tu habitación!
—¡Es lo que hago!
Escuchó el portazo de la puesta desde el primer piso.
—¡No golpees la puerta! —dijo levantándose de la silla. Hubo silencio—. Ya está en la etapa rebelde —terminó suspirando al momento que regresaba a su trabajo.
Era la primera vez que se sentía así de furioso, o quizá realmente se sentía decepcionado. Debía suponer que esa sería la respuesta de su padre, aunque tenía la esperanza de que le daría permiso. Realmente esperaba que le dijera que sí, ¿por qué no lo haría?
La habitación estaba acondicionada para un joven de secundaría, frente la puerta, al fondo, estaba una cama individual, al lado derecho un escritorio bien ordenado, y en medio la única ventana. Del otro lado estaba un pequeño closet para guardar su ropa y a un lado una canasta de plástico color azul. Las paredes estaban completamente vacías, ningún adorno ni cuadro.
Kevin se quitó el uniforme para ponerse ropas más cómodas y finalmente tomó asiento frente al escritorio y terminó haciendo la tarea de matemáticas desde el principio. Al par de minutos dejó escapar un suspiro mientras observaba fuera de la ventana. Ante el sentimiento de agobio, tomó asiento en la cama y se acostó en ella. Cerró los ojos en un intento de descansarlos. Un deseó ferviente de convertirse en un adulto lo invadió. ¿Cómo sería su vida tras cumplir los dieciocho años?
Se vio caminando por las blancas arenas de las playas de Fiji, buscando entre la gente y los turistas a su amada y dulce novia. En la orilla del mar la vio. Vio a Melissa, quien mirando las cristalinas aguas, voltea a verlo al sentir su presencia. Le sonrió. Él le devolvió la sonrisa.
Eso es. Así sería su vida fuera de esa casa.
Kevin abrió los ojos solo para darse cuenta que aquello no había sido su imaginación, sino un sueño. Se había quedado dormido, lo descubrió al mirar por la ventana y ver el final del atardecer.
—Al final no fui a la fiesta —dejó escapar mientras volvía a acostarse en la cama. Colocó sus manos sobre su rostro—. No fui.
Ante un extraño ruido seco, se levantó presuroso, prestó debida atención y volvió a escucharlo, le pareció el ruido que hace un automóvil de la era de piedra, lo reconoció porque su padre llegó a tener una de esas carcanchas antes de su último carro. Se asomó por la ventana, curioso, esperando ver a un anciano manejando cerca de casa, no vio nada, en realidad, aquel lado donde estaba su cuarto no podía ver la calle más que un pequeño pedazo, frente la ventana solo podía ver los descuidados árboles que habían crecido del patio de la casa de alado, la que estaba por ese momento deshabitada.
Volvería a su tarea al creer que el carro se había marchado, sin embargo, alcanzó a detectar una luz parpadeante provenir del patio del vecino. Entrecerró los ojos para enfocar mejor su visión, pero aquella luz desapareció como por arte de magia.
“¿Qué será eso?” se preguntó.
No pudo ignorar el suceso, quería saber qué fue aquello que produjo ese extraño ruido. No podía creer lo que iba a hacer. Abrió la ventana por completo, subió el mosquitero, sacó uno de sus pies y la apoyó en el tejado. De forma muy cuidadosa empezó a andar, poco a poco y sin despegar sus manos de la pared de la casa, llegó hasta la orilla del techo, donde se encontraba un árbol cuyas ramas sobresalían, se aferró a una de ellas y comenzó a bajar por éste.
Esa hazaña no era su primera vez, era la quinta vez y no creía que fuera la última, claro, a menos de que a su padre le diera la locura de mandar a talar ese árbol, que esperaba no lo hiciera hasta que fuera a la universidad. No es que utilizara esa ruta para escapar de los castigos, ni mucho menos, la utilizaba porque le divertía hacerlo, después de todo, si cruzaba la puerta principal su padre ni se daría cuenta que había salido, siempre que salía tenía que avisarle que saldría, y cada vez que llegaba, era lo mismo.
Una vez pisó suelo, se dirigió a la reja de madera del patio del vecino, levantó una de las podridas y viejas tablas y cruzó al otro lado.
“¿Qué estoy haciendo?” se preguntó, preocupado, pero a la vez extasiado.
Con cautela comenzó a merodear entre los arbustos, plantas, basura y escombros de obras. A primera vista no parecía nada anormal, llegó a pensar que quizá se trataba de una motocicleta o un automóvil que tras fallar decidió refugiarse allí. Por un momento lo dudó, ¿cómo no lo vio traspasar la valla sin darse cuenta cuando tenía toda la visión para haberlo visto?
Tras meditarlo más a fondo, decidió retirase al pensar que quizá los dueños habían llegado, además de estar en propiedad privada, se metería en un problema. Su pequeña aventura había finalizado con aquel pensamiento, dispuesto a regresar por sus pasos, de repente sintió que algo lo golpeó en su estómago, sacándole el aire y gimiendo de dolor, se inclinó como defensa.
Escuchó la voz de alguien decir algo, aunque no entendió lo que dijo, hasta que habló una segunda vez:
—Oh… eres solo un crío.
Kevin levantó la vista para ver a la dueña de la voz, mas su sorpresa no cupo en sí al sentir que la mujer lo tomaba y lo alzaba a sus brazos, cargándolo con una facilidad que lo dejó con la boca abierta.
“¿Pero quién…?”
—Disculpame —dijo ella, con un acento foráneo.
El joven, anonadado, detalló a la mujer, cabello corto en corte de pico, color verde moho, ¿verde? ¿Su cabello era color verde? ¿Acaso era una punk?
—¿Vives con tus padres? ¿Vives allá? —inquirió con voz dulce, casi maternal.
Kevin asintió de forma mecánica, todavía intentando analizar la situación mientras ella se dirigía a la casa. Una vez frente la puerta, lo bajó cuidadosamente.
—¿Qué edad tienes? —Tocó el timbre—. Un muchacho como tú no debería andar solo tan tarde.
Tal vez ella era...
—E-estoy por cumplir trece años —respondió sin evitar sonrojarse ante la amabilidad de aquella extraña.
…ella era una…
Se abrió la puerta y fue en ese momento en que examinó la situación en la que se encontraba, al ver a su padre asomándose.
—¿Sí?
—Señor… ¿este muchacho es su hijo? —Su tono de voz de ser dulce pasó a ser recia—. Lo vi merodeando por las casas, tampoco debería estar a altas horas de la noche, tiene que educarlo adecuadamente
El progenitor miró con severidad a Kevin.
…era una loca. ¡Una loca de pelo verde!
—¿No fui claro al decirte que no irías a la fiesta?
—Pero yo… ella en realidad…
—¡Nada de excusas! Vete a tu habitación ahora.
Kevin frunció el ceño mientras a regañadientes obedecía a su padre.
—Pido disculpas por la actitud de mi hijo —dijo apenado—, muchas gracias por traerlo de vuelta. No puedo creer que haya escapado de casa. Era lo último que esperaba hiciera.
La mujer sonrió.
—Está en la etapa de la rebeldía. Una etapa en la que necesitan mucha atención y comunicación.