EL DETECTIVE FURIOSO
Cuando se piensa en un detective, la imagen más común que surge en la mente suele ser la de un hombre con gabardina, traje, sombrero y una pistola, descubriendo evidencias y atrapando criminales, ¿verdad?
Sin embargo, el hombre de esta historia era un tipo poco convencional para su profesión.
Billy Jake, era un detective que rompía casi todos los estereotipos. La ley no confíaba en él; y lo consideraban un aficionado, un inexperto, e incluso lo tachaban de criminal por un delito que no cometió. Pero nadie podía demostrar lo contrario.
Era evidente, Jake no tenía la intención de resolver ningún otro caso. La frustración y la desilusión hacia la justicia lo habían vuelto un hombre cerrado, irónico y, por poco, suicida.
Su oficina era más bien un rincón de descanso que un lugar de trabajo. Si alguien llamaba, dejaba sonar el teléfono hasta que se cansaba o respondía y colgaba al instante.
Aunque su espacio de trabajo era pequeño, parecía un campo de batalla: Papeles dispersos, cajas polvorientas, un viejo armario de hierro oxidado, paredes con telarañas, un reloj con el cristal roto y un escritorio desordenado. Todo era un desastre, pero a él no le importa; solo se recostaba en la silla y dormiá plácidamente.
El despacho de Jake no estaba en un centro policial o en una municipalidad, ni mucho menos en un lugar decente. Más bien, se localizaba en un pequeño cuarto conectado a un callejón de un barrio casi inhabitado, cerca de una antigua fábrica de zapatos de cuero abandonada.
Su vida parecía desgastarse, a pesar de ser un hombre joven de piel pálida que vestía de gabardina, gafas y elegante sombrero. Iba a desperdiciar su juventud en sentirse miserable por algo que no era verdad.
De igual modo, su apariencia daba la impresión de que fuese un hombre descuidado; ya que ni siquiera se peinaba, tenía enormes ojeras debajo de sus ojos ámbar y rara vez se afeitaba la barba. Pero feo no era, aunque su apariencia no refleja su edad.
Claro que Jake quería trabajar, lo deseaba, pero estaba seguro de que alguien de la policía lo estaba rastreando. Quizás la gente se horrorizaría al verlo en las calles, o peor aún, lo matarían si pusiera un pie en la municipalidad.
Sin embargo, no daba indicios de preocupación. Su vida la tenía por poco; su estabilidad emocional requiere mucho trabajo para un psicólogo.
No obstante, dentro de su conciencia había una lucha casi interminable. Una parte de él decía:
—¡Vamos, trabaja, tú eres inocente!—
Pero la otra parte refutaba:
—¡No te preocupes por nada! ¡Allá ellos! ¡Los que te culparon injustamente!—
Se encogía de hombros al pensar que podían encarcelarlo, en su cabeza todas las cosas se resolverán solas.
Pero un día como cualquier otro, cuando el reloj daba las nueve de la mañana y Jake estaría sumido en el sueño, algo lo arrancaría de su letargo y lo obligaría a regresar al trabajo, una vez más.