La princesa y el lobo guerrero: la derrota (y sobre la importancia de la traducción)
Es un día como cualquier otro. El despertador suena. Son las seis de la mañana, hora de levantarme. Suena y suena, pero no quisiera hacerle caso. Giro de un lado para el otro de la cama. Estiro mis brazos y piernas, tratando de sacudirme la pereza. Porque, en verdad, solo desearía estar todo el día en cama. Disfrutar de un buen té. Acompañarlo con unas deliciosas galletas. Ver una de mis series favoritas. O simplemente mirar el día pasar a través de mi ventana. Sin embargo, abro mis ojos lentamente. Sé que mi responsabilidad es ir al trabajo. Además, lo disfruto. Aunque mi cuerpo se siente pesado, como si aún estuviera dormido. Detengo el despertador. Marca las seis con veinte minutos. “¡¿Cómo que ya han pasado veinte minutos?!”, me pregunto algo exaltada.
“¡Emilia!, ¡ya levántate!”, me grita mi mamá. “¡Ya estoy despierta!”, le contesto. Voy al comedor. Desayuno y platico con ella. El té, esta calientito. La charla que tenemos es muy amena. Son las siete de la mañana. El tiempo vuela, cuando se disfruta, de la comida, de la compañía. “¡Ya me voy!”, le anuncio a mi mamá que se encuentra, después de nuestra platica, en su cuarto. Agarro mis llaves de la casa, que tienen de adorno un llavero, de una gatita y un lobito en abrazo. Salgo con calma a la calle. Sé que llevo tiempo suficiente para llegar al trabajo. Llevo mochila y algunos documentos en mano. Son los exámenes de mis alumnos, ya calificados.
Tomo el metro de la ciudad. Como todo transporte citadino, y por la hora, se encuentra bastante lleno de personas. Algunas abordando el tren. Otras caminando o esperando en los andenes. No me importa, porque me gusta esta ruta. Particularmente por su tramo elevado. Ya que, en un día soleado y con cielo despejado, puedo ver como la ciudad se ha desarrollado dentro de un inmenso cráter. Desde aquí, veo las montañas, que se asemejan a una enorme muralla medieval cuya misión es proteger a miles y miles de casas en su interior. Es una de las cosas más hermosas y maravillosas que me encanta observar desde lo alto.
Otra de las cosas que me maravilla es que desde aquí arriba puedo ver la gran biblioteca. Emblema cultural y símbolo que nos diferencia de las otras ciudades. Para mí, además tiene un significado singular, ya que es el sitio en donde imparto clases para el aprendizaje de la traducción de textos. Del idioma inglés al español. Y en donde puedo pasar horas de lectura y estudio para realizar lo que más me apasiona: la traducción de literatura inglesa, clásica o contemporánea.
Ahora que recuerdo, mucho tiempo de mi vida lo he pasado en la biblioteca. Caminando por sus pasillos en busca de historias. Escudriñando y hurgando en sus estantes; encontrando tesoros literarios. Mirando el portón de la entrada y leyendo las palabras que están encima: “Que al entrar busques la verdad. Y que al salir hayas cultivado tu alma”. Pensándolo bien, fue ahí donde nació mi pasión por la literatura inglesa. Aquel día. Cuando realizando una de mis tantas búsquedas encontré el libro de Grandes Esperanzas, de Charles Dickens. Recuerdo que quede cautivada con la narración de la vida y el desarrollo del protagonista Philip Pirrip, junto con la descripción de la vida londinense de principios del siglo XIX. Eso, fue eso lo que despertó en mí una profunda curiosidad por la literatura inglesa.
Ávida de esas historias, pronto hubo un desfile de autores ingleses que pasaban por mis manos. Libros de Shakespeare: Romeo y Julieta; Mcbeth; Julio Cesar. Libros de Jane Austen: Orgullo y Prejuicio; Emma; Sensatez y Sentimiento. Así como, por supuesto, libros de Charles Dickens: Cuento de Navidad; Oliver Twist. Con cada lectura, mi forma de entender el mundo se abría a nuevos horizontes. Eso me fascinaba. Por lo que no fue extraño, me parece, que terminara inscribiéndome en la carrera de literatura inglesa.
Si bien mi pasión por la lectura de escritores ingleses se la debo a mis días en la biblioteca, mi vocación por la traducción se debe a que conocí a Héctor. Quién era mi compañero de asignatura. Alegre a la vista, pero serio en el trato; indiferente ante los demás pero apasionado en sus intereses; abierto a cualquier charla pero reservado tratándose de sus emociones; su forma de ser tan contradictoria en clases me causaba conflicto. Aunque fuera de ellas, me parecía aún más enigmático. Verlo leer reiteradamente en los pasillos un libro de poemas del poeta inglés William Blake, fundamentaba lo que pensaba sobre él. “¿Por qué estará leyendo siempre el mismo libro?, ¿qué buscara en el? ¡No!. Se nota que es demasiado complicado. Mejor pasar de largo”, me decía a mí misma cada vez que caminaba cerca de él.
No obstante, nunca olvidaré el día en el que tuvimos que trabajar juntos en un proyecto de traducción de un texto. “Sabes, traducir implica el transitar de una lectura vivida, en donde los personajes, el ambiente y la historia necesitan cobrar vida, a una lectura profunda y sentida”, fueron las primeras palabras que me dijo, tan pronto como intercambiamos notas de trabajo.
Habíamos quedado en reunirnos en un pequeño café, a las afueras de la biblioteca. Tomaríamos el té como de costumbre hacíamos los estudiantes de literatura inglesa, tratándose de trabajo escolar. “Para la correcta traducción es necesaria una meta-lectura del texto”, me dijo Héctor, mirando con mucha atención mis notas.
Quede sorprendida por un momento. Aquél extraño muchacho, me hablaba con tanta pasión de una forma de comprender la literatura, que hasta el momento no me había detenido a pensar. La mesera se acercó a nosotros. Nos sirvió dos tazas y se fue. Él continuo: “en un traducción debes de leer también al autor. Está ahí. Sus motivaciones, sus anhelos, ocultos a simple vista. Está entre párrafos, entre líneas, en puntos y comas, a lo largo de su historia, novela o cuento”. Entonces, como si fuera impulsado por una fuerza extraña, se acercó a mí. Sin respetar los límites de intimidad, recargo su brazo al mío. Tomo sus audífonos. Me puso uno. Se colocó el otro. Y dio play a una canción.
Completamente en estado de asombro, no supe que hacer. La canción continuaba, pero era como si no la pudiera oír. Estando juntos, solo podía sentir los latidos del corazón de Héctor. Eran rápidos y fuertes, como si estuviese muy emocionado. De pronto, detuvo la música. Volteo a verme. Estábamos muy cerca. Y como si en ese preciso momento se percatara de la acción que había hecho, pude ver como su rostro se sonrojaba. Sin embargo, y con la voz algo temblorosa, me dijo: “Me gusta usar esta canción como ejemplo del trabajo que hace un traductor. Esta habla del amor de una pareja. De lo difícil que es en ocasiones mantenerlo cuando el cariño se transforma en dolor. De cómo se transita de una realidad llena de afecto, a una sombra, e incluso un fantasma de lo que fue. Y de que al final, cuando ya nada funciona, lo importante que es buscar en la vida misma las pistas necesarias para continuar viviendo. En la canción, escuchas, el reto es descifrar la palabra Shade, ya que puede traducirse como penumbra, o como fantasma. Y dependiendo de su traducción, puede fortalecer o no lo que quiere transmitir el autor. Para saber sus intenciones, entonces, es necesario buscar en el texto; dialogar con él; tratar comprenderlo. Personalmente, me quedó con Shade en referencia a fantasma. En mi interpretación, durante la canción, la pareja lo que hace es ir desvaneciéndose, lenta y angustiosamente.”
Aún podía sentir como Héctor temblaba de emoción. Un sentimiento que poco a poco me contagiaba. Una excitación que me abordaba intempestivamente. Al terminar su explicación, nos miramos a los ojos. Ambos la sostuvimos tan solo un instante, que me pareció uno de los momentos más luminosos de mi vida. Tan repentinamente se me acercó, como tan repentinamente se alejó de mí. “Bueno, nos vemos mañana en clase”, me dijo mientras salía del café. Impulsada por una imprevista fuerza, me dirigí a la puerta, y mientras lo veía caminar a lo lejos, le grite: “¡no me dijiste el nombre de la canción!” Él volteó y gritó: “¡Hollowed, de Soen!”.
Interpretar, es y ha sido una de las palabras que se me han quedado grabadas para siempre de aquella charla. Diálogo y entendimiento han sido otras. Cuando nos despedimos ese día, y mientras lo miraba alejarse por la calle, pensé: “la interpretación que tenía de Héctor era equivocada. Gracias a esta charla que tuvimos sé que es aún más complicado de lo que pensaba, aunque ahora puedo entenderlo más”.
En la siguiente oportunidad que tuve, le platique la mala interpretación que hice de él. Con una sonrisa dibujada en los labios, él me comentó que la labor de un traductor, además de realizar traducciones, consistía en explicar a las personas que el mundo puede entenderse a partir de la interpretación. Que si bien el científico le llama punto de vista; el filósofo forma de vida; el artista, perspectiva; e incluso el político actuación; los traductores le llamaban traducción, al proceso por el que uno puede entender o comprender la realidad. Comprender a los demás, e incluso comprenderse uno mismo pasa por estudiar quienes somos, que nos motiva, y que es lo que queremos decir o hacer. Ser traductor, pasa por entablar muchas veces un dialogo con quién no está de acuerdo con nosotros e incluso con alguien que nos enfrente en nuestra forma de pensar. Al intentar conocer sus motivaciones, solemos aprender algo del por qué actúa de la forma en que lo hace. Entenderlo, aunque tal vez no siempre pensemos de la misma manera.
“¿Todo eso puede obtenerse tan solo de realizar una traducción?”, recuerdo que le pregunté entusiasmada. Él me contestó, con un tono de alegría en su voz: “Sí. Cuantas guerras se hubieran podido evitar; cuantos dilemas se hubieran resuelto, si tan solo hubiera existido dialogo, entendimiento, traducción. Si tan solo leyéramos e interpretáramos, por ejemplo, El Árbol Envenenado de William Blake más seguido, comprenderíamos que si I was angry with my friend;/ I told my wrath, my wrath did end./ I was angry with my foe:/ I told it not, my wrath did grow. Estaba enfadado con mi amigo;/ le conté mi enojo, y mi enojo terminó./ Estaba enfadado con mi enemigo:/ no lo dije, y mi enojo creció.”
Gracias a Héctor, a las interminables, entusiastas y agradables charlas que tuvimos sobre la traducción es que decidí especializarme en esa área. Con ayuda de mi profesión he aprendido incluso a comprenderme. Como cuando de pequeña se me decía que ponía siempre “cara de mala”, en realidad lo malo era que mi seriedad así se interpretaba. O cuando se me comparaba con ser “la oveja negra en la familia”, por no seguir el camino que los demás hacían. Supe que todas esas interpretaciones que se hacían de mí, eran tan solo pésimas traducciones. Es ahora, después de años realizando una traducción de mi misma, que puedo verme claramente en el reflejo de la ventana del metro. Veo a una chica, algo tímida y reservada; con un cabello lleno de rizos castaños y alborotados; que en ocasiones es un poco torpe; que es apasionada de la literatura inglesa; que es bastante inquieta y curiosa; y que tiene el alma de una exploradora. Una exploradora y traductora de historias.
De nueva cuenta miro a la ventana del metro. Esta vez enfocando la vista a través de ella. Puedo ver esa hermosa biblioteca. Que es emblema de nuestra ciudad. Desde aquí arriba puedo ver el edificio en el que se encuentra mí salón de clases. A un lado, la ventana del salón de Héctor. He decidido que hoy es el día. Le diré que lo comencé a amar desde aquella tarde, en que me ayudo a descubrir mi pasión por la traducción. Que es un día que atesoro con todo mi corazón. Que me ha dado uno de los días más luminosos que tengo. Desde ya puedo imaginármelo impartiendo su catedra de literatura inglesa. Abordando como todo inicio de semestre al poeta inglés William Blake. Recitándole a sus alumnos con mucha pasión el poema que tanto le gusta analizar: El Árbol Envenenado. Casi que lo puedo ver de pie, como la primera vez que me lo recitó; con ese tono de voz alegre; frente a su clase, como si cantara: “I was angry with my friend…”
De pronto un gran estruendo sacude la tierra. Como si de un gran temblor se tratara, puedo sentir como se sacude todo el metro y la gente que se encuentra a bordo. Me sostengo fuertemente del pasa manos. “¿Qué ha ocurrido?”, de forma inmediata es el pensamiento que tengo. Como puedo me acerco lentamente a la ventana, y observo hacía afuera. Una neblina cubre el espacio visible. Al disiparse, poco a poco, veo que un gran agujero se ha formado en suelo. Lo primero que llama mi atención, es que la biblioteca ya no se encuentra de pie. Se encuentra destruida, y solo pueden apreciarse grandes escombros por todos lados. En el ambiente hay un silencio sepulcral; la ciudad está en shock. Sin embargo, el ruido regresa súbitamente, como si se tratase de la llegada de una estampida animal. Sirenas de patrullas, los claxon de los autos, los gritos de personas asustadas. Sigo observando hacía todas partes. Hay gente corriendo por la calle. Huyen, la mayoría, lo más lejos que se pueda del agujero. El miedo y la incertidumbre inundan cada rincón, cada pensamiento, cada acción.
Con urgencia busco el edificio en donde doy clases, ya no está. Ha desaparecido. Pienso inmediatamente: “¿habrá estado Héctor ahí?, ¿habrá llegado temprano, o tal vez aun no llegaba?, espero que no”. Pido que algo se le haya atravesado; que algo lo haya demorado. Un documento olvidado, el tráfico, un semáforo, una charla con los vecinos, lo que sea que le haya impedido estar en su salón al momento de esta catástrofe.
Salgo corriendo del metro. En la calle, puedo ver que las cosas están peor de lo que podía observar desde arriba. Hay gente herida. Gritos de desesperación por todas partes. El tráfico está paralizado. Algunos autos intentan ir hacia adelante. No importando si están otros adelante, los empujan dañando la carrocería, e incluso subiendo a las banquetas. Las personas, avanzan también a como dé lugar. Escapar es lo fundamental con los métodos que sean necesarios.
Me dispongo a avanzar a contracorriente de la masa. Lo que me importa es Héctor. Así que me acerco a la biblioteca; al lugar donde se formó el agujero. Busco por todas partes a mi compañero. Pero solo veo gente huyendo por doquier. De pronto, escucho entre la gente: “¡Emilia, huye!” Es Héctor, no tengo duda. Lo busco con la mirada, pero no lo veo. Alguien toma mi mano y me jala. Lo miro y es él. “Vámonos, debemos escondernos”, me dice muy angustiado. “¿Qué sucede?, ¿escondernos de qué?”, le pregunto, nerviosa. “De eso que ha salido del agujero”, me contesta, señalando al cielo. Al mirar hacia donde me señaló, no podía más que observar una gran sombra que tapaba completamente el sol. Un punto obscuro que flota en el aire y que de pronto aumenta de tamaño. “¡Ahí viene!”, me dice Héctor. Estando cerca, al fin lo puedo ver bien: es un enorme dragón.
La gente huye de él. Sin embargo, lanza enormes llamaradas de su hocico. Edificios, autos, todo enciende al instante en que sus llamas los abrazan. Con su enorme cuerpo, todo lo que se cruza por su camino. Hombres, mujeres y niños, indiscriminadamente son pisoteados por sus grandes patas. De vez en vez, toma impulso nuevamente hacía el cielo y se deja caer contra la multitud de personas, cual si fuera un tormentón mortal. Héctor y yo huimos de él. Sin embargo, a cada caída se acerca más y más a nosotros. Algunos policías intentan detenerlo. Con armas de fuego, con palos, con tubos, con lo que sea que puedan dañarlo. Pero nada funciona.
Nos ocultamos en lo que parece ser una fábrica abandonada. El tumulto sigue fuera. Los gritos continúan. “¿Te encuentras bien?”, me dice Héctor, ya calmado. “Sí, pero todavía tengo miedo”, le digo tratando de ser lo más sincera con él. Me da un abrazo y me dice: “todo estará bien, tranquila”. “¿De donde habrá salido esa criatura?”, le pregunte, exaltada. “No lo sé. Solo me preocupaba encontrarte; saber cómo estabas”, me contesta, mientras me vuelve a abrazar. Su abrazo me anima a decirle lo que siento. No obstante, se vuelve a escuchar un gran estruendo. Subimos rápidamente a lo más alto de la fábrica. Desde arriba podemos ver como un lobo con armadura y lo que parece ser una muchacha, también con armadura, pelean con el dragón.
Dando grandes saltos, defendiéndose con espadas y, cada que se les presenta la oportunidad, atacando con ellas, el lobo y la muchacha le hacen frente a la bestia. Brillando con ayuda de la luz del sol del atardecer, puedo ver que lleva la muchacha una especie de corona incrustada en el casco de su cabeza. Héctor y yo los animamos. “¡Ustedes pueden; derroten a esa bestia!”, les gritamos. En ellos sentimos que existe la esperanza de que todo el sufrimiento que ha provocado el dragón al fin termine.
Apunto de darle una estocada, la muchacha recibe un fuerte golpe por parte de esa monstruosa criatura. Malherida, retrocede. Viendo la oportunidad, el dragón se le abalanza, seguro sabe que es el mejor momento para acabar con ella. Sin embargo, el lobo con armadura la toma en brazos y esquiva la embestida. Embestida que no se detiene y golpea violentamente la fábrica en la que estamos. El edificio se desploma. La estructura se tambalea de un lado al otro. El miedo y la angustia me abordan. Siento como las piernas no me responden. Una parte del techo, al tambalearse, se recarga en el edificio de al lado. Héctor me mira. Me dice que salte, pero estoy en shock. Como buen traductor, me interpreta. Sabe de mi temor. Sabe que en mi estado, no podré moverme por mi misma. Saca fuerza, como puede, y me levanta. Me sienta arriba del otro edificio. No puedo salir de mi miedo. No puedo dejar de sentir mucho terror.
El dragón se recupera de la embestida. Recuperado, regresa a atacar al lobo y a la muchacha. Ahora, se nota, lo hace con más fiereza. Héctor acaricia mi mano y le da un beso. Me dice: “no te preocupes, Emilia, todo saldrá bien. Sabes, viendo cómo se comporta ese dragón, tengo la intuición de que se alimenta del miedo de las personas. Creo que tu expresión lo ha hecho más fuerte. Velo, ahora está peleando con más intensidad”. De pronto, la fábrica se estremece fuertemente. El piso del techo se cuartea. Héctor me mira. No dice una sola palabra. Entonces, veo que sus ojos cambian. Toman la misma luminosidad de aquel día en el que comencé a enamorarme de él. Me sonríe. Con una sonrisa llena de ternura. Y a diferencia de la primera vez que vi esa expresión, ésta finalmente puedo traducirla. La entiendo. Expresa amor. Quiero decirle lo que siento. Sin embargo, el edificio se desploma. Lo veo caer, tan lento, y a la vez tan rápido, como si todo pasara en un instante.
Como si una fuerza abrumadora me invadiera, suelto el mayor grito de mi vida. Uno que pareciera desgarrarme la garganta. Las lágrimas no tardan en cubrirme la visión. Se muestran cual marejada llena de lamento. El dragón aprovecha la confusión y golpea fuertemente al lobo y a la muchacha. Heridos de gravedad, puedo verlos tratar de escapar entre calles. No puedo parar de llorar. “¡Todo está perdido! Héctor, mi amor. La ciudad, su esplendor. Ya nada importa. Todo ha sido destruido. Esa maldita criatura me lo ha arrebatado todo. Nos lo quito todo. ¡Todo está perdido! ¡Todo!”, me digo a mi misma.
Alberto Pascual