01
Es el inicio de las vacaciones de verano, hoy es el tipo de mañana que casi parece inventada: el sol suave, el cielo despejado, el viento apenas moviendo las hojas de los árboles. La señora Park se levanta temprano, no por obligación, sino porque su pequeño Jimin ya estaba saltando en la cama, emocionado por la promesa del parque. Desayunaron juntos, riéndose por cosas sin sentido, y durante un momento todo parecía fácil, ligero, seguro.
Caminaron hacia el auto con su escolta para emprender el viaje al parque. Él hablaba sin parar de lo que quería hacer primero: los columpios, no, el tobogán, no, alimentar a los patos, ¡no, correr hasta quedarse sin aire!
Jimin era tan pequeño que sus pies colgaban del asiento del auto mientras miraba por la ventana con una mezcla de emoción y miedo. Todo en el mundo exterior parecía demasiado grande, demasiado brillante, demasiado vivo. Para él, salir de casa era casi un mito: algo que veía en la televisión o escuchaba cuando la señora Park le contaba historias para dormir.
Su padre no estaba acostumbrado a bajar la guardia, mucho menos cuando se trataba de sus hijos. Durante años había impuesto reglas estrictas, no por crueldad, sino porque sabía exactamente cuántos ojos vigilaban su vida y cuántas manos estaban dispuestas a arrebatárselo todo.
Pero ese día... la señora Park había insistido tanto, con tanta firmeza y cariño, que él se vio obligado a hacer algo que no hacía nunca: confiar.
Hyun Bin los dejó ir con un grupo de sus hombres para protegerlos.
Cuando llegaron al parque, Jimin apenas cruzó la entrada y sus ojos se iluminaron como si hubiese entrado a un mundo mágico. El sonido de los columpios rechinando, las risas de otros niños, el olor del césped recién cortado... todo era nuevo. Aterrador, sí. Pero hermoso.
—¿Puedo...? —preguntó Jimin, señalando torpemente un columpio vacío.
La señora Park sonrió y lo tomó de los hombros, guiándolo despacio.
—Claro que sí, mi amor. Anda, ve.
Jimin se acercó despacio, como si temiera que el columpio lo mordiera. Cuando finalmente se sentó, el asiento frío le arrancó un pequeño brinco. Pero luego... luego sonrió. Una sonrisa tímida, torpe, pero real. La primera que la señora Park veía fuera de la casa.
Todo era perfecto. Hasta que el primer disparo desgarró el aire.
El sonido fue tan fuerte, tan inesperado, que por un segundo nadie entendió lo que pasaba. Después vinieron otros dos, secos, rápidos, y el parque entero estalló en gritos. Pájaros levantaron vuelo, columpios quedaron vacíos al instante, padres corrieron a tomar a sus hijos... pero Jimin se quedó congelado.
Su pequeño cuerpo tembló. No sabía de armas, pero conocía el sonido del peligro. Lo había escuchado detrás de puertas cerradas, en noches en las que su padre pensaba que él dormía.
—¡JIMIN! —la señora Park gritó, corriendo hacia él.
la escolta ya estaba sacando su arma, los ojos transformados en pura rabia y pánico. Pero ellos llegaron primero.
Tres hombres vestidos de civil, movimientos demasiado firmes para ser simples ciudadanos, surgieron entre la multitud dispersa como si hubieran estado esperando justo ese momento. Uno de ellos agarró a la señora Park con una llave al cuello; otro tomó a Jimin del brazo. El tercero apuntó directamente al único de los cinco escoltas que no estaba herido.
—baja el arma. —dijo el hombre tranquilo, casi burlón. — Sabemos que lo harías sin pensarlo. Pero tú sabes lo que pasa si fallas.
Jimin sintió un tirón brusco. Luchó. Pataleó. Intentó llamar a su mamá, pero la voz se le quebró entre sollozos.
—¡Mamá! ¡MAMÁ! ¡Suéltame!
La señora Park intentaba alcanzarlo, desesperada, pero el hombre que la retenía la empujó hacia atrás, obligándola a arrodillarse.
Los ojos del escolta ardían. Su respiración era tan fuerte que su propio pecho parecía a punto de romperse.
—Si los tocan... —gruñó, con la voz cargada de odio. —, El señor Park los destruirá a todos.
El hombre que sostenía a Jimin rió, una risa corta, cruel, sin alma.
—Entonces que así sea. —dijo.
Y el disparo sonó tan cerca que pareció partir el mundo en dos.
Pero no fue Jimin.
El hombre giró la muñeca y, con precisión escalofriante, disparó a la cabeza del guardia encubierto que se aproximaba por detrás para intentar rescatar al niño. El cuerpo cayó a centímetros de ellos, salpicando el suelo con sangre caliente.
Jimin gritó. No entendió nada. Solo vio la muerte tan cerca que su cerebro dejó de procesar por un instante.
—Quédate quieto, mocoso. —escupió el secuestrador, apretándole la cara contra su pecho para evitar que viera más.
Pero ya era demasiado tarde.
—Parece que aun había escoltas por ahí. — dijo el otro secuestrador, para luego ultimar al que tenía enfrente.
La señora Park gritó al ver al guardia caer:
—¡No, no, Dios mío...! ¡Jimin! ¡Jimin!
Intentó correr hacia su hijo, pero otro hombre la tomó del brazo, torciéndoselo a la espalda y obligándola a arrodillarse.
—Tranquila, señora Park —murmuró con un tono casi amable, lo cual lo hacía aún más aterrador—. Solo venimos por ustedes.
—¡Hyun Bin los hará pagar! —escupió ella entre lágrimas y miedo.
El primer secuestrador soltó una carcajada desagradable.
—Sabemos que no está aquí. Por eso escogimos este momento.
Jimin lloraba en silencio, temblando, agarrando el brazo del hombre que lo sostenía, aunque quería soltarlo. No había escape. No había fuerza. No había nada.
Y entonces lo arrastraron. A él primero, cargándolo como si fuera un paquete. A ella después, empujándola hacia la camioneta negra que esperaba con el motor encendido.
La señora Park intentó una última vez soltarse, girando el rostro hacia su hijo:
—¡Jimin! ¡Mi bebé, aguanta, mamá está aquí!
—¡Mamá! —lloró él, entre sollozos y miedo puro.
Pero la puerta se cerró de golpe entre ellos y el mundo.
En cuestión de segundos, la camioneta arrancó, rugiendo mientras dejaba atrás el parque lleno de gritos, confusión y sangre.
El aire olía a metal y humedad. La luz parpadeaba, débil, proyectando sombras torcidas en las paredes del cuarto.
Jimin no entendía qué ocurría. Solo veía a su madre, de rodillas, con la mirada desesperada buscándolo entre las figuras que la rodeaban. Intentaba hablar, pero su voz se quebraba en un sollozo.
Una mano grande lo sujetaba por los hombros, impidiéndole moverse. Él temblaba, intentando apartar la vista, pero la voz áspera de uno de los hombres lo obligó a mirar.
—Mira. Esto pasa cuando no obedecen.
El pequeño negó con la cabeza, las lágrimas empañándole la vista.
—¡Mamá! —gritó, con la voz rota.
Su madre alcanzó a mirarlo. Solo un segundo. Una mirada llena de amor y miedo. Y entonces, todo se volvió ruido: un grito ahogado, el estruendo de algo cayendo, un golpe seco detrás de su cabeza.
La luz parpadeó una última vez antes de que todo se tiñera de negro. El silencio llegó como un manto.
Horas después, Jimin abrió los ojos de golpe. El suelo bajo él era frío y olía a polvo y humedad. Por un instante no supo dónde estaba. Luego escuchó algo: un gemido ahogado, una voz que conocía mejor que ninguna otra.
—...mamá...
Giró la cabeza lentamente, con el corazón acelerado. La luz de una bombilla temblorosa dibujaba siluetas en la penumbra. Había hombres allí, sombras altas que se movían y hablaban entre sí en murmullos. Entre ellos, alcanzó a ver una figura caída, respirando con dificultad.
El niño se arrastró un poco, apenas un movimiento, intentando acercarse. Su garganta temblaba al hablar:
—¿Mamá...?
Una de las sombras se volvió hacia él. Jimin se congeló. El silencio se volvió insoportable. Solo el sonido del llanto bajo de su madre lo mantenía despierto.
Y entonces, algo cayó al suelo con un golpe metálico. El ruido lo hizo cerrar los ojos. Sintió miedo. Miedo de mirar. Miedo de entender.
Jimin seguía quieto, con los ojos cerrados y las lágrimas suspendidas en sus pestañas. Uno de los hombres lo miró desde la penumbra y sonrió, Jimin abrió con miedo sus ojos y vio una mueca que no entendió, pero que le heló la sangre.
—Ven aquí. —ordenó una voz ronca.
Jimin negó con la cabeza, casi sin respirar. Entonces una mano lo tomó por el brazo y lo arrastró hacia adelante. Su cuerpo temblaba, los sollozos se mezclaban con la respiración entrecortada. No comprendía qué querían de él, solo veía a su madre intentando incorporarse, sus labios formando su nombre sin sonido.
—Haz lo que te decimos. —susurró alguien a su lado, con una calma que lo hizo temblar aún más.
Jimin trató de hablar, pero la voz no le salía. Su mirada se perdió en el rostro de su madre; ella negaba lentamente, lágrimas cayendo, suplicando en silencio.
Él quería correr hacia ella, pero las piernas no le respondían. El aire se volvió denso, pesado, como si el mundo se cerrara sobre ellos y entonces todo empezó a girar.
Jimin sintió un zumbido en los oídos, una presión en el pecho, y antes de que la oscuridad lo envolviera, escuchó la voz de su madre llamándolo, desesperada.
El sonido se desvaneció y el silencio lo tragó todo.
Cuando abrió los ojos, todo estaba quieto. El aire olía a hierro y miedo. Su madre yacía frente a él, inmóvil, y por un instante Jimin no comprendió qué veía. Solo notó el calor pegajoso en sus manos. Bajó la mirada y vio el brillo oscuro que le cubría los dedos.
—¿Mamá...? —susurró, con la voz quebrada.
Algo metálico cayó al suelo, rebotando una vez antes de quedar inmóvil. El sonido le atravesó los oídos como un trueno. Retrocedió tambaleando, sin entender, el corazón golpeándole tan fuerte que apenas podía respirar.
Una de las sombras se acercó, su voz grave y satisfecha:
—Bien hecho, pequeño. Lo hiciste muy bien.
Jimin lo miró sin comprender, negando una y otra vez, los ojos desorbitados, las manos temblando.
—No... yo no...
Otro hombre rió, una carcajada baja y cruel.
—Ahora te toca a ti. —dijo, avanzando un paso.
Jimin gritó. Un grito que no fue solo de miedo, sino de algo más profundo: el momento exacto en que su mente se quebró y, otra vez, todo se apagó.
Cuando despertó nuevamente, el aire olía a humo y polvo. Su cuerpo pesaba, cada respiración era un esfuerzo. Sentía el suelo frío bajo él... y algo tibio que se deslizaba por su mejilla. Una voz temblorosa lo llamó.
—Hijo...
Abrió los ojos apenas. Todo era borroso, confuso: sombras moviéndose, luz entrando por una puerta abierta, el eco lejano de sirenas y entonces lo vio: su padre, de rodillas, con lágrimas recorriéndole el rostro, abrazándolo con fuerza.
—Lo siento... —susurraba una y otra vez. — Lo siento, hijo... debí llegar antes...
Jimin no podía hablar. Apenas respiraba, con la mirada perdida más allá de los hombros de su padre. Su cuerpo temblaba sin saber por qué. El sonido de las palabras “lo siento” se repetía como un murmullo distante, rompiéndose entre sollozos.
Jimin, en silencio, solo alcanzó a mirar hacia el vacío, sin comprender del todo lo que había perdido. Un leve estremecimiento cruzó su rostro, y entonces cerró los ojos otra vez.
El llanto de su padre llenó el silencio y en medio de ese eco, algo dentro de Jimin se quebró para siempre.
El pitido agudo de una máquina fue lo primero que alcanzó a oír. Luego el olor a desinfectante, tan fuerte que le quemó la nariz. Voces apresuradas. Pasos. Luces.
Jimin abrió los ojos. La luz blanca del hospital lo golpeó como un destello. Parpadeó, confundido, y entonces vio a los adultos a su alrededor: batas blancas, rostros tensos, manos acercándose a él. Demasiadas. Demasiado cerca.
—Tranquilo, pequeño, estás a salvo. —dijo un doctor, inclinándose.
Pero Jimin no entendía nada. El sonido de esas voces desconocidas se mezclaba con los gritos que aún resonaban en su memoria, los ecos del lugar oscuro donde había estado.
Sus ojos se abrieron más, como si no cupiera más miedo en ellos. Su respiración se volvió un jadeo atropellado. Las lágrimas aparecieron sin control.
—No... no... no... —susurró, llevándose las manos a la cabeza.
Los doctores intentaron acercarse para sostenerlo, pero Jimin retrocedió instintivamente, acurrucándose contra la camilla como si el mundo se estuviera cerrando sobre él.
El miedo crecía, enorme, aplastante. El ruido de las máquinas aumentaba, mezclado con el golpeteo frenético de su corazón. Jimin apretó sus pequeños dedos contra su cabello, como si quisiera evitar que algo dentro de su mente se rompiera.
Y entonces... Silencio.
Todo se detuvo de repente. El pitido de las máquinas se volvió un murmullo lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero.
Las lágrimas dejaron de caer. Sus manos cayeron a los costados. Los ojos de Jimin se abrieron nuevamente, pero algo había cambiado.
No había miedo. No había confusión. Ni siquiera parecía haber un niño detrás de esa mirada. Era una calma fría, vacía. Una quietud que no pertenecía a su edad ni a su inocencia.
Los doctores se observaron entre sí, desconcertados por el viraje abrupto. Jimin simplemente los miró... sin parpadear. Sin temblar. Sin llorar.
Y desde esa ausencia absoluta de emoción, desde ese hueco oscuro que dejó el terror, algo nuevo tomó forma.
Una personalidad que no sabía llorar ni pedir ayuda. Una que solo entendía una cosa: si alguien lastima... hay que destruirlo antes de que vuelva a ocurrir.
Jimin respiró con una tranquilidad antinatural. En su interior, el niño había cedido el espacio y en ese vacío nació su segunda personalidad.
***
Estimado lector, creí conveniente narrarlo desde el origen de Boca de algodón, espero que les guste este cambio.