Recuerdos de Alabasta | AceSan

Summary

Cuando uno llega a cierta edad, es fácil recordar el pasado con frecuencia, epsecialmente si eres Sanji y el amor de tu vida fue Ace.

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Su primer encuentro

—¿Te gustaría ayuda para lavar los trastes? —preguntó Ace, desde su lugar, sin quitar la mirada del rubio de espaldas a él.

—Gracias, pero no —contestó Sanji, sonriente—. Quédate ahí, eres nuestro invitado.

La atenta mirada de Ace sobre él, hizo sentir nervioso al joven Sanji, además, aquel cierto tono coqueto en su hablar hacia él… No quería pensar demasiado las cosas, pero desde que Luffy los presentó, Sanji sintió que Ace le prestaba especial atención en cualquier cosa, al moverse, al hablar.

Y esa mirada que le daba, ese brillo en sus ojos oscuros.

Solo podía sentir un escalofrío recorrerle la espalda.

Pudo notar algo diferente en el ambiente desde que Ace se unió a ellos después de la huída de la Marina. Sanji no era alguien que apreciara a los hombres, para nada, pero había algo en Ace que le hizo pensar al instante en lo guapo y atractivo que era, en ese deje de sensualidad y coquetería que irradiaba.

Su corazón latió agitado.

Por esto mismo, Sanji evitó cualquier tipo de contacto visual con ese hombre, o de lo contrario, desfallecerá por los nervios. Y no sabía por qué se sentía así.

—¡Sanji! —gritó Nami, en su búsqueda por el cocinero.

—¡¿Sí, mi preciosa Nami?! —contestó el mencionado, eufórico, como siempre.

—¿Puedes servirnos bebidas a Vivi y a mí? —preguntó Nami, sonriente.

—¡Por supuesto que sí, mi preciosa Nami! —respondió Sanji en un tono agudo, acatando el pedido con gusto.

—Gracias, Sanji —dijo Nami por último, para volver afuera.

Sin intenciones de ocultar la sonrisa en su rostro, Sanji se dispuso a preparar el pedido de Nami con placer.

Ace miró a su alrededor, buscando que nadie estuviese dentro de la cocina y, al tener el terreno despejado, se levantó de su asiento en silencio y fue directamente al cocinero, que tarareaba felizmente. Se colocó detrás suyo de manera sigilosa y observó la agilidad con la que preparaba la bebida.

—¿Qué preparas, cocinero? —preguntó Ace, asomando su cabeza por el hombro derecho de Sanji.

Sanji, que se encontró inmerso en sus pensamientos, dio un exagerado respingo en cuanto escuchó a Ace hablar justo a su lado.

¿En qué momento llegó? Se preguntó.

El cuerpo y toda la piel de Sanji se erizaron al percatarse de la cercanía del contrario, así como de lo bajo de su voz.

—E-eh… las bebidas para Nami y Vivi —respondió Sanji, sin despegar su vista de lo que hacía y ocultando el temblor en su voz.

Lindo, pensó Ace al ver el sonrojo en las orejas de este, que hacía un esfuerzo por no demostrar nerviosidad. Luego observó el perfil de su rostro.

—Me gustan tus ojos —comentó Ace—. Es como si pudiera ver el mar en ellos.

Ante el repentino cumplido del mayor, Sanji sintió el calor apoderarse de su rostro por completo. Su corazón dio un vuelco debido a ello y todo su sistema se sintió débil ante este.

¿Qué tenía este pirata que le provocaba un caos con casi nada?

—A-ah…, ¿sí? —respondió Sanji, en un tartamudeo.

El cocinero dio un vistazo a su lado, encontrando los potentes ojos mirándolo sin perder ni un solo detalle de él. En ese breve instante, pudo notar más de cerca las pecas del morocho y el ligero bronceado de su piel.

Ace aprovechó para acercar aún más rostro al de Sanji, logrando que esos ojos inquietos le miraran nuevamente a los suyos. La atmósfera a su alrededor se intensificó, por lo que Sanji se vio obligado a interrumpir su ocupación. Manteniendo la mirada con el morocho, Sanji aferró sus manos a la orilla de la barra, como en un intento por mantenerse en tierra y no flaquear.

—¿Ace…? —pronunció el nombre en cuestión, al percatarse de que este seguía acortando la distancia.

Sanji retuvo su aliento de manera inconsciente, expectante a lo que pudiera suceder ahora mismo.

Estaba nervioso.

—¿Sí, Sanji? —preguntó en respuesta el morocho, que ya sentía el roce de sus narices, anulando más el espacio que los separaba.

—Yo…

¡Sanji! —gritó Luffy desde afuera, atrayendo la atención de ambos hacia la puerta—. ¡Comida! —demandó.

Con alivio y retomando el aliento, Sanji se alejó de inmediato del chico, quien, a pesar de no haber logrado aquello que haya querido hacer, su sonrisa resplandeciente se mantenía. Proclamando tregua por el momento, Ace terminó de tomar distancia con el rubio justo a tiempo para que Luffy, quien ya estaba abriendo la puerta, no encontrase nada comprometedor.

—¡Ace! —exclamó el nombre de su hermano con felicidad—. ¡Tienes que probar la comida que Sanji hace, es la mejor del mundo!

Sanji soltó una risotada por el cumplido de su capitán, sintiéndose avergonzado al momento.

—Me gustaría probarla —respondió el susodicho, con coquetería y mientras dedicaba un vistazo al cocinero. Una vez más, el ligero sonrojo coloreó las orejas de Sanji.


Más tarde, en la fría noche del Alabasta desértico, Luffy, Zoro, Usopp y Chopper, se acomodaron para dormir frente a la fogata después de pelear, de una manera algo particular. Ace, que se encontraba sentado al otro extremo de la fogata, les observaba con una sonrisa en su rostro.

Era un alivio para él que su hermanito llorón, y el único que le quedaba, hubiese encontrado compañeros en los que confiar. Le hacía feliz que hubiese salido a la mar por su cuenta, como fue prometido y también, que haya sobrevivido en el transcurso.

Le hacía feliz que Luffy no se encontrase solo.

Como hermano mayor que era, tuvo sus preocupaciones, pero ver que Luffy simplemente se encontraba bien, fue todo lo que necesitaba.

Sanji se sentó al lado de Ace, a cierta distancia —no se le olvidaba lo sucedido en el día— y al igual que el pecoso, observó a sus compañeros dormir plácidamente encima de Chopper.

Ace le miró y le sonrió ampliamente, sin mostrar los dientes.

—Ah… no sé cómo pueden dormir así —comentó Sanji, a la par que soltaba un suspiro.

Ace soltó una pequeña carcajada.

Nadie más aparte de ellos se encontraba despierto, pues Nami y Vivi dormían dentro una pequeña tienda de campaña que se montó anteriormente, por lo que ahora, se encontraban solos y con el fuego y la luz de la luna acompañándolos.

—Son del tipo que pueden dormir como sea —respondió Ace—. Eso también aplica para mí.

Sanji asintió, dándole la razón a su contrario. El pirata mayor se levantó de su lugar y estiró un poco su cuerpo, o de lo contrario, este se terminaría tullendo. Se colocó al lado de Sanji, sin pena y al igual del mismo, miró hacia enfrente.

Y Sanji, por Dios, él estaba nervioso de su cercanía.

Pero para guardar apariencias, decidió sacar un cigarrillo, igualmente, comenzaba a calar el hecho de que no había fumado uno en un buen rato. Colocó el objeto en su boca y luego buscó su encendedor por sus bolsillos, siendo sorprendido a la vez por una pequeña flama al extremo de su cigarro.

Instintivamente miró a su contrario, al relacionarlo con la flama por su poder, y se percató de que este le veía de esa forma. Unos ojos que se oscurecían aún más cuando las pupilas se dilataban al verlo y brillaban despampanantes. Era una mirada tranquila y atenta, que parecía ver a través de Sanji.

—Gracias. —Sonrió suavemente.

Antes de terminar clavado en esos ojos, Sanji desvió la mirada hacia enfrente y dio una profunda calada a su cigarro para que, después de un momento, expulsara el humo con calma.

Este simple acto sin gracia resultó algo completamente atractivo para el morocho, que no podía solo dejar de verlo. Cada movimiento, cada acción realizada por Sanji resultaba adictivo de ver para Ace. Era solo que… se sintió flechado por el cocinero apenas lo vio por primera vez.

Sanji aún podía sentir la mirada penetrante de Ace. Extrañamente, le gustaba ser mirado por él pero, de la misma manera, le hacía sentir nervioso. No sabía qué hacer. Sus pensamientos llegaban a escenarios totalmente disparatados solo porque Ace le miraba de esa forma particular.

Sentía que Ace podría devorarlo en cualquier momento.

—A-Ace, ¿por qué…?

Justo en el momento que Sanji tuvo valor para preguntar el por qué le miraba de esa forma, y se giró, juró sentir una breve presión en sus labios. Fue un momento sorpresivamente fugaz, y creyó imaginarlo, pero el rastro de una calidez preciosa se pudo sentir. Y Ace estaba cerca, su rostro se encontraba cerca.

Sanji tenía la mente en blanco y no podía pensar en nada, pero de alguna forma todo su ser se percató de lo que pasó y por ello, sintió el calor apoderarse de sus orejas y mejillas. Su corazón latía agitadamente y amenazaba con salirse de su pecho, pero Sanji no sabía que Ace se encontraba igual.

A pesar de que sentía haber cometido una imprudencia producto de sus impulsos, Ace no se arrepentía de ello. Por todos los santos, se sentía cagadísimo en este preciso momento, su corazón solo latía más y más rápido y el sonrojo no se iba.

—¿Y-y eso? —preguntó Sanji en un tartamudeo, tratando de evitar la mirada de Ace al girar su cabeza al lado contrario.

Una cálida mano se posó sobre la colorada mejilla del cocinero y acarició como si fuese lo más precioso del mundo. Sanji volvió su rostro a Ace. El vibrante resplandor de los ojos de Sanji era igual al de Ace que cuando le miraba.

Esta vez, con decisión, Ace retiró el cigarro de la boca ajena y volvió a acortar la distancia entre sus rostros hasta que ambos pares de labios se unieron de nueva cuenta. Era un beso cálido y de añoro.

Sanji estaba estupefacto. No sabía qué hacer. Este era su primer su primer beso, y con un hombre para variar. ¡Y vaya hombre era el que lo había logrado! El hermano mayor de su capitán estaba besándolo y por extraño que pareciera, al donjuán no le molestaba ser besado por este hombre. Pero, de verdad, en cualquier segundo su corazón colisionará si siguen así.

El pecoso movió sus labios lentamente con intenciones de que Sanji se relajara, puesto que se encontraba rígido en su lugar. Elevó su otra mano hasta el rostro blanquecino y acarició la otra mejilla del rubio, por un solo momento. Después, esta misma mano se deslizó hasta la nuca del cocinero, donde con los dedos, acarició gentilmente la piel expuesta.

Sanji se estremeció al tacto de Ace y su piel se erizó en respuesta. Esto se sentía condenadamente bien, pero a la vez era abrumador. Su oxígeno escaseaba por culpa del beso, quería tomar aire para continuar.

¿Continuar? Se preguntó el cocinero en un momento de destello.

Sanji colocó sus manos en el pecho de Ace —cubierto por la ropa que llevaba puesta— y empujó levemente ocasionando en consecuencia, la separación de sus labios.

No se dijeron nada, no hubieron palabras qué decir, porque no lo sabían, esto simplemente había sucedido. Sus pechos se hinchaban de vez cuando tomaban respiraciones agitadas.

Después de haber retomado aire, Ace volvió a atrapar los labios de Sanji con los suyos, besándolos de una forma voraz esta vez. Con el movimiento de sus labios, demostró no sentirse afligido por demostrar su necesidad de volver a sentir a Sanji, el cual se sentía atacado por el mayor.

Esa sensación no le impidió el hecho de que se estaba dejando llevar por este chico, que había resultado ser un buen besador; porque besaba de una forma estupenda, tanto, que hacía sentir a Sanji un nosequé, que le embullía lenta y profundamente con cada beso.

Ace llevó sus manos a la espalda baja del cocinero, que dio un respingo por su acción y en consecuencia, provocó una sonrisa en el morocho. Sin perder el tiempo, introdujo sus ásperas manos por debajo de la ropa, acariciando débil y gentilmente la piel de la zona, encontrando dos hoyuelos en la curva de su espalda.

Los acarició de una forma tan tortuosa, con las puntas de sus apenas perceptibles dedos y Sanji gimió por lo bajo entre sus besos. Asombrado por este hecho, Sanji se percató de la barrera que estaban por cruzar, y se sintió asustado, así que alejó a Ace de una manera brusca al empujarlo del pecho.

Los pares de ojos sostuvieron la mirada y ellos simplemente no rompieron el contacto con el otro del todo. Las manos cálidas seguían en la espalda baja y las manos friolentas seguían sobre el pecho ajeno.

Ace acarició nuevamente la piel bajo sus dedos, provocando que Sanji irguiese su espalda y el fruncimiento de su entrecejo como reacción.

—Ace, no creo que debamos-

—Vamos a otro lugar —sugirió Ace, al interrumpir a Sanji y mientras se ponía de pie. Tomó la mano del rubio con la suya y prosiguió—: No queremos ser atrapados en una situación comprometedora. —Sonrió, coqueto.

El corazón de Sanji pareció latir más rápido con eso último —como si no fuera lo suficientemente rápido ya—, aún así, se levantó. Ace le dedicó una última sonrisa a su contrario antes de llevarlo consigo hacia una estructura en ruinas a una distancia considerable del campamento.

Escondiéndose al lado contrario de una de las paredes, Ace acorraló a Sanji contra la pared, remarcando la pequeña diferencia de alturas entre ambos.

—Esto no está bien, Ace —comentó Sanji.

—¿Por qué no estaría bien, Sanji? —cuestionó Ace, mirándole fijamente.

Al escuchar su nombre ser pronunciado con profundidad por el contrario, Sanji sintió su vientre temblar y luego desvió la mirada cuando el otro acercó un poco su rostro.

—S-somos hombres —respondió, en un tartamudeo—. Y-y a mí me gustan las mujeres.

Ace notó el hilo de duda en el tartamudear de Sanji, por lo que sonrió levemente.

—Somos hombres, es cierto —concordó el morocho—. Pero entre hombres también puede sentirse bien —mencionó, luego tomó el mentón del rubio con una de sus manos y de forma delicada, para alzar el rostro debidamente hacia él y lograr el contacto visual—. Lo sabes, ¿no? —inquirió.

»Hace un momento, cuando apenas toqué tu piel, gemiste porque te gustó, ¿no es así? —aseguró.

Sanji tragó duro y se dejó evidenciar por lo que Ace afirmaba con seguridad. No podía decir que le gustó, pero tampoco podía decir que no le disgustó. Era todo un conflicto.

—Déjame hacerte sentir bien —pidió Ace, en un susurro contra los labios ajenos.

Sanji aún se aferraba a esa parte de él que no quería ceder ante la coquetería del contrario, no quería caer en su encantamiento. Y a él, Sanji, le gustaban las mujeres, las adoraba. Pero si seguían así, él sentía en su corazón que podría enamorarse perdidamente del hermano de su capitán.

Para él, eso era peligroso.

—Desde que te vi —continuó Ace, tomando cierta distancia con su rostro—, me sentí flechado hacia ti —sinceró—. Me gustas, Sanji.

El sonrojo se apoderó de sus rostros, aunque no era tan perceptible debido a la posición en que se encontraban. Sanji sintió a su corazón dar un vuelco al escuchar la confesión de su contrario, terminando por destruir todas las barreras que con esfuerzo, había luchado por mantener.

—Quiero hacerte sentir bien, pero tampoco quiero forzarte, así que si decides alejarme de ti, está bien.

Sanji ciñó la tela bajo sus manos, presionando estas contra el pecho del morocho y aferrándose. En el fondo, Sanji no podía engañarse más. El deseo de ser tocado por Ace salió a flor de piel y aunque seguía encontrándose en conflicto respeto a sus intereses, sabía que lo que estaba naciendo en su corazón no era mera curiosidad.

Esta vez fue Sanji quién inició el beso, comenzando con un movimiento torpe y necesitado de sus labios, que parecían querer devorar los de Ace, que no le correspondía el beso. Así que el cocinero rompió el beso y miró con extrañeza al pecoso, que le miró enternecedor.

—¿Ace? —le llamó con duda.

El mencionado parpadeó un par de veces, despabilando, y respondió—: Lo siento, lo siento, estaba pensando en lo adorable que te veías esforzándote en besarme de esa forma tan torpe.

—¿Ah? —Sanji frunció su ceño, cambiando y dejando de lado el semblante dócil de antes—. ¿Qué esperabas? —cuestionó con rudeza, sorprendiendo al pecoso—. Jamás había besado —confesó, sintiéndose avergonzado al instante.

Ace alzó sus cejas, demostrando sorpresa y entonces dijo—: Así que eso era. —Rio.

Sanji chasqueó la lengua y frunció más su entrecejo—: Me voy —avisó, remarcando cierta molestia en su tono. Sin miramientos, Sanji se giró, listo para regresar al campamento y dormir, pero fue detenido por Ace, que le tomó de la mano.

—Espera, espera —pidió, con cierto tono divertido—. No es algo de avergonzarse, Sanji —mencionó, para después acariciar el rostro con una de sus manos y mirando sus labios, propuso—: Déjame enseñarte cómo se hace.

Se miraron por al menos un segundo antes de volver a unir sus labios. Ace llevaba el liderazgo de este beso fogoso, que atrapaba y atrapaba los labios de Sanji de forma continua y voraz. Sanji se sintió abrumado, pero se permitió disfrutarlo, dejando que aquel le enseñara, como le dijo.

Sin perder el tiempo, Ace volvió a colar sus manos dentro de las ropas de Sanji, acariciando la piel a su paso y provocando sonidos ahogados de satisfacción en el rubio, que ahora rodeaba el cuello con ambos brazos.

Ace introdujo su lengua en la cavidad de Sanji, quien lo recibió gustoso, comenzado el jugueteo de estas y volviendo desastroso el acto. Sanji sintió sus piernas temblar y todo en él parecía derretirse gracias a Ace, que no dejaba de explorar la cavidad con su lengua. Los sonidos de los besos simplemente estremecían a Sanji, que aferraba sus manos al cuello de este y enredaba algunos cabellos negros entre sus dedos.

El pecoso succionaba la lengua ajena en momentos, y en otros, mordía suavemente el labio inferior del rubio, que ya comenzaba a entender cómo era esto.

Mientras las lenguas se encontraban jugueteando entre sí, las manos de Ace ascendieron por los costados de la espalda tonificada, acariciando las costillas con las yemas de sus dedos en un movimiento condenado que hizo estremecer a Sanji en respuesta. Las mismas llegaron a los pectorales del rubio y se posaron sobre estos.

Los dedos de Ace acariciaron los pezones erguidos, que no dejaba de soltar gemidos entre besos por la continua estimulación. Pellizcó y acarició delicadamente, provocando un montón de sensaciones en el rubio, que experimentaba este tipo de cosas por primera vez.

—A-Ace… —llamó Sanji, entre besos—. Espera, s-se siente raro… —hizo saber, mientras dirigía sus manos al pecho de Ace una vez más, intentando tomar distancia al presionar sobre este.

Además de sentir que estaba quedándose sin oxígeno, Ace rompió el intercambio de besos para darle un vistazo al cocinero cohibido.

—¿Raro? —preguntó Ace, con sonrisa ladina y sin dejar de atender los pezones.

A propósito, el pecoso arrimó su cuerpo contra el de Sanji, quién casi soltó un grito cuando su entrepierna fue presionada por el bulto entre los pantalones de Ace. Ace sonrió, y mordió su labio inferior al llevar sus manos esta vez al culo redondo del rubio, donde dio un apretón y después palmeó.

—¡Ace! —exclamó Sanji en respuesta, avergonzado.

—Déjate llevar, Sanji —dijo Ace, al tiempo que volvía a besar los labios del mencionado.

Sin dejar de verlo a los ojos ni un solo momento, Ace elevó el culo de Sanji con intenciones de cargarlo. Este mismo notó las intenciones del morocho, por lo que se adelantó y de un pequeño impulso, rodeó la cintura con sus piernas, arrejuntando sus entrepiernas abultadas.

Sanji soltó un suspiro pesado al sentir la erección de Ace, que no dejaba de sonreírle de esa forma tan coqueta que le hacía temblar. Sin saber qué decir o hacer exactamente, lúcidamente, Sanji decidió elevar sus manos nuevamente, esta vez enredando los dedos en las cortas ondas oscuras. En ningún momento dejó de verlo.

Ace gimió al sentir la caricia de los dedos en su nuca y cerró sus ojos por un momento al tiempo que encogía su cuello, como reacción. El rubio se sorprendió por esto y siguió haciéndolo, acariciando de la misma manera esa zona. Gemidos bajos provinieron de Ace, quien, instintivamente, comenzó a mover sus caderas en un vaivén necesitado, rozando continuamente su erección contra la de Sanji, que también estaba comenzando a gemir por lo bajo.

Ace acarició los femorales del contrario con sus manos, en movimientos deslizantes al son de sus embestidas.

—Oh… Dios… —expresó Sanji, en un jadeo, recargando su frente sobre la de Ace y manteniendo su vista en el área que se rozaba continuamente.

—Ah… se siente bien… —dijo Ace, para sí, más que nada.

—No es… suficiente… —murmuró el rubio, entrecortadamente.

Tomándolo como una petición a medias, Ace apretó el agarre de sus manos a las caras externas de los muslos y comenzó a mover con fuerza sus caderas, de adelante hacia atrás, demostrando su necesidad. Los gemidos bajos aumentaron de tono, endulzando el oído del otro.

Las manos se aferraban al otro y comenzaron a explorar diferentes lugares. Con respiraciones entremezcladas, Ace y Sanji mantuvieron el mínimo de espacio entre sus bocas, gimiendo para el otro y sin besarse, aumentando el deseo y la excitación.

De vez en vez, Sanji arañaba la piel bronceada de los hombros del contrario, adentrando las manos cada vez más por debajo de las ropas y sintiendo cada relieve de músculo. Ace, por su parte, se encontraba dando caricias a los hoyuelos de la espalda de Sanji y apretando la piel de vez en cuando.

El pecoso lamió los labios del rubio, quien los abrió instintivamente y sacó apenas la punta de su lengua, la cual Ace recibió en sus labios y comenzó a chupar con ferocidad. Ace llevó sus manos a su pantalón corto y desabrochó el cinturón con torpeza, liberando después su palpitante erección, la cual, comenzó a tallar contra la entrepierna de Sanji, quien jadeó en respuesta y demostrando su sorpresa por tal acción.

—¿Qué haces…? —preguntó Sanji, con voz temblorosa por los espasmos de placer que sufría su cuerpo.

—No puedo… aguantarme —contestó el contrario con dificultad y gimiendo duramente—. Ah… sí…

Embriagado de placer, Ace escondió su rostro en el espacio entre la cara y el hombro de Sanji, teniendo la garganta a centímetros de su boca. El aliento de este chocaba continuamente contra su piel expuesta, erizando y estremeciendo a su vez. Los gemidos incontrolables de Ace, que bien uno podría creer eran exagerados debido a lo sonoros que resultaban, eran más que suficientes para que Sanji dejase de reprimir los intensos deseos carnales que sentía ahora mismo.

Así que llevó sus manos a su pantalón y con desesperación, también liberó su erección, la cual rebotó contra la de Ace, que había detenido sus movimientos por un momento en cuanto se percató de los movimientos del cocinero.

El morocho miró al excitado Sanji, cuyas pupilas estaban, por completo, dilatadas y que demostraban un intenso deseo por aquel al que veían. Con ambos miembros juntos, Sanji los tomó con ambas manos y comenzó a masturbar en conjunto, lento y pausado, esparciendo el líquido preseminal que humedecía ambos glandes a lo largo de los falos.

Los gemidos de ambos se volvieron graves y pausados, demostrando la falsa calma que aún querían mantener con los profundos suspiros.

—Déjame… hacerlo también… —pidió Ace, casi en un ruego.

Sentía que el movimiento de las manos ajenas era algo cruel debido al nulo autocontrol que guardaba todavía. Sanji sabía lo que estaba haciendo, la fuerza que aplicaba y la forma de mover sus manos era algo simplemente espectacular. Y Ace estaba a punto de eyacular, pero no quería hacerlo aún, así que, por eso mismo, decidió masturbar junto con Sanji, quien quitó una de sus manos para darle paso a este.

Pronto, Ace sincronizó sus movimientos con los de Sanji, que al igual que él, gemía profundo. Palabras malsonantes que alababan el acto salieron de las bocas de ambos, que no dejaban de ver hacia abajo, a sus miembros brillosos por los fluidos.

—Bésame… —murmuró Sanji, alzando su cabeza—. Bésame… por favor… —rogó con dulzura.

Ace sintió su miembro palpitar y a su corazón dar un vuelco desenfrenado, así que alzó su rostro y sin esperar más, besó a Sanji de buenas a primeras. Introdujo su lengua en la cavidad del cocinero y exploró todo el lugar con esta con voracidad, demostrando el hambre que tenía de sus labios ahora mismo.

Sanji llevó su mano desocupada a la nuca de Ace y lo atrajo más hacia sí, como si no fuera suficiente la cercanía de sus anatomías. Es como si quisiera fusionarse con él, más allá de lo carnal. Quería sentirlo por completo y volverse uno solo. Devorándose el uno al otro, atraparon sus labios constantemente, chupando y mordiendo en momentos.

Rastros de saliva lograban escaparse por las comisuras de sus labios en el intercambio desastroso y feroz. Sanji arqueó su espalda cuando diversas corrientes de placer recorrían su columna debido, lo que dio cabida a que Ace se hiciera de las riendas del beso nuevamente.

Introduciendo la lengua más a profundidad en la cavidad del cocinero, Sanji sintió que esta misma era lo suficientemente larga como para llegar hasta su garganta.

Pero solamente era la sensación.

Y la excitación a flor de piel.

Era increíble como la imaginación volaba apenas cerraban sus ojos.

Como si su cuerpo buscase otra forma de demostrar el placer que sentía ahora mismo, Sanji comenzó a lagrimear y luego sintió humedad escurrir por una de sus fosas nasales. Ahora el sabor a hierro se mezcló en su beso, lo que provocó su separación y el repentino detenimiento de las jaladas.

—Estás sangrando —mencionó Ace, preocupado y buscando con qué limpiar los hilos de sangre que escurrían con desenfreno.

Rápidamente, Sanji llevó sus dedos a su nariz y limpió torpemente, pero fue en vano, pues la sangre seguía saliendo.

—Lo siento, estoy muy caliente y mi nariz es sensible —explicó agitadamente, mientras alzaba un poco su rostro, para alentar la hemorragia.

—O sea, ¿es por mí? —preguntó Ace, genuino.

Sanji parpadeó un par de veces, perplejo y luego respondió—: Ah… ¿sí?

Ace sintió un escalofrío recorrerle la columna, estaba emocionado, más de lo que ya lo estaba. Así que tomó la mano alzada de Sanji por la muñeca y lamió los dedos manchados de sangre, exaltando al rubio.

—¡¿Qué haces?! —cuestionó el cocinero, intentando no elevar demasiado su voz en caso de que alguien pudiese escucharlos.

Como si fuese un manjar, Ace paseó su lengua desde la base de los dedos hasta la punta, limpiando la sangre en ellos y chupando al final estos mismos. En su boca, enredó su lengua con estos y chupó como si estuviese realizando una felación. Bajo la atónita mirada de Sanji —que pareció sangrar más—, Ace movió su cabeza, demostrando el disfrute que le ocasionaba chupar los dedos ensangrentados de Sanji, y le miró de reojo, mientras movía su cabeza de esa forma tan erótica que hizo palpitar el pene de Sanji hasta hacerle creer que podía doler de lo duro que estaba.

Así que Sanji continuó con las jaladas, instando a Ace de la misma forma y reanudando finalmente, la masturbación.

Ace atrajo a Sanji por la nuca y volvió a besarlo una vez más, sin importarle la sangre escurriendo y mezclándose entre sus besos fogosos.

—Voy a… —balbuceó el cocinero, entre besos.

Lo sentía venir, finalmente llegaría al tan ansiado orgasmo que necesitaba ahora mismo para liberar todo el calor por la excitación que sentía ahora mismo.

Y el hecho de que Ace lamiera en momentos la sangre, como si fuese lo más delicioso del mundo, bastó para que Sanji terminara corriéndose en un estrepitoso éxtasis de placer que le hizo tensar y erguir su cuerpo, de la misma forma que le hizo soltar un sonoro gemido cuando rompió el beso.

Con la respiración agitada, Sanji se dispuso a retomar el ritmo de su aliento para calmar los alocados latidos de su corazón y también, poder descansar un momento.

Ace continuó masturbando, pero esta vez solamente su miembro, mientras miraba fijamente a los ojos azules que aún tenían ese deseo en ellos.

Sanji sintió una bruma apoderarse de él por la presión que ejercía la mirada excitada de Ace, que lo tenía como foco de placer para poder liberarse también. Sanji escuchó silencioso los gemidos profundos, y de vez en cuando agudos, del mayor, sintiendo un cosquilleo en su vientre por lo encantador de sus gemidos y de ser la razón por la que se encontraba así.

Ace dirigió su otra mano al trasero de Sanji y apretó fuertemente cuando llegó al clímax, liberando los chorros de semen y jadeando ruidosamente. Echó para atrás su cabeza y miró al cielo, sintiendo su pecho hincharse de forma irregular por lo agitado que se encontraba.

Nuevamente volvió su vista al cocinero y le sonrió con alivio.

—Eso fue… espectacular —comentó Ace.

—¿No te dio asco? —preguntó Sanji—. La sangre —aclaró.

Ace se mostró desentendido unos instantes y luego respondió con total sinceridad—: Fue estimulante saber que estabas así de caliente por mí, así que no me dio asco.

En ese fugaz momento, Sanji pensó en lo similares que eran él y Luffy, con razón son hermanos, ambos igual de directos y sinceros y sin dar tantas vueltas a las cosas.

Entonces rio y echó su cabeza para atrás con cuidado de no golpearse contra el muro en ruinas.

—¿Qué te causa gracia? —preguntó Ace, divertido.

Para este punto, la hemorragia de Sanji había cesado y ahora solo quedaban los rastros de sangre. Sanji volvió su vista hacia Ace y lo besó en los labios con suavidad.

—Ciertamente eres hermano de mi capitán —mencionó, con gracia y sin dejar de sonreír.

—Vamos, no hablemos de Luffy mientras estamos así —comentó Ace, con diversión.

Sanji no respondió y solo rio, después, volvió a besar a Ace, que gustoso lo recibió.


Sanji, que había montado su propia cocina improvisada en medio del desierto, se encontraba preparando la comida del día. Antes, Ace y Luffy acabaron con un monstruo del desierto, por lo que Sanji, al verificar el animal, decidió cocinarlo, así que ahora mismo, la tripulación se encontraba esperando ansiosamente por los platillos que Sanji prepararía.

—Vaya —expresó Ace, colocándose al lado del cocinero, que ni se inmutó a su cercanía por encontrarse concentrado—. Qué hábil eres con las manos, cocinero. Me pregunto qué otras cosas serán capaces de hacer —inquirió.

Sanji giró su cabeza y tosió con fuerza al haber escuchado lo dicho por Ace, que se veía libre de vergüenza. Avergonzado y en pánico, Sanji sintió sus orejas arder y su corazón acelerarse en creces. Ace no tenía reparo en decir tales cosas como si nada.

—Vaya, Sanji, ¿qué pasa? —preguntó Nami.

—¡Todo en orden, mi preciosa Nami, me alegra que te preocupes por mí, pero no pasa nada! —excusó Sanji enseguida.

Aprovechando que desvió su mirada hacia sus compañeras, Sanji también miró en dirección al resto de la tripulación, gracias al cielo, estos estaban en su propio mundo, aguantando por la comida. Luffy chillaba porque la comida estuviera lista, pero no se percataba de lo que pasaba.

Todo parecía estar en orden y nadie se había percatado de lo dicho por Ace.

Así que volvió su mirada a este y le miró de forma acusatoria, con entrecejo fruncido.

—¡¿Quieres que me dé un ataque?! —reclamó el rubio en un susurro, golpeando el cuchillo de cocina contra la tabla de picar.

Ace dio un respingo por el acto y desvió su mirada por un momento. Rascó su sien con uno de sus dedos, mostrándose apenado.

—Ya, perdón —se disculpó, con risa nerviosa—. Es solo que realmente eres muy hábil con las manos —sinceró, encogiéndose de hombros.

Con su rostro enrojeciendo de forma brava y en tiempo récord, Sanji giró a Ace para que le diese la espalda y se dispuso a alejarlo de ahí.

—¡Si solo vas molestarme con esas cosas, mejor quédate fuera de mi cocina! —exclamó el chef por lo bajo, intentando no llamar la atención del resto.

Ace solo carcajeó en respuesta y accedió a retirarse por el momento para dejarle concentrarse. Echando humo, Sanji volvió a lo suyo. Por otro lado, Ace se distanció y se acercó a los chicos, desde ahí, dio vistazos constantes a Sanji, que solo sintió su espalda estremecerse por las profundas y atentas miradas del morocho.

Ni siquiera disimula, pensó Sanji, intentando no pensar tanto en él y en los sucesos de la noche anterior.


Ahora se encontraban caminando por el tedioso desierto, hartos del sol y el extremo calor. Por lo menos, Nami y Vivi la tenían sencilla al ir sobre un camello. De repente, mientras que hablaban de esto y aquello, una sombra se elevó sobre ellos y atrayendo su atención.

Fue fugaz el segundo en que agradecieron la sombra, ya que otra criatura enorme se había alzado sobre ellos.

—¡No puede ser! —chillaron Nami, Usopp y Chopper al ver la criatura similar a una langosta extenderse sobre ellos.

Esta vez fueron Zoro y Sanji quienes pasaron a la acción con sus ataques característicos, derrotando de un solo golpe a la criatura.

—¡Ay, sí!¡Más carne! —gritó Luffy en celebración mientras sus ojos brillaban como estrellas.

—Eso es para la cena, Luffy, no te adelantes a comerlo todo tú solo —aclaró Sanji, mientras pensaba en como hacer para guardar la carne. Luffy abucheó—. Oye, cabeza de musgo, córtalo en cuadros pequeños para poder guardarlo.

—¡No andes dando órdenes, cocinero perverso! —contestó Zoro, a la defensiva.

Igual lo hizo.

—Así como de elásticas son tus piernas —inquirió Ace, al acercarse a Sanji—, ¿será igual con tu…?

Sanji le tapó la boca con ambas manos y fuertemente, antes de que dijera algo indebido y comprometedor. Nuevamente, su rostro estaba por completo, rojo de la vergüenza. ¿Ace no conocía la moderación?

Pensaba la decencia en persona.

—Por favor, ya basta —imploró Sanji, nervioso—, pueden escucharte.

—O sea —habló Ace, mientras quitaba las manos de su boca—, ¿que si estamos solos puedo decir esas cosas y tal vez hacer algo más?

—¡Eso no es lo que quise decir! —musitó el chef, colorándose más y atento a no parecer sospechoso para sus compañeros, que ni siquiera prestaban atención.

—Es broma, es broma —excusó Ace, divertido.

—No se siente como una —respondió Sanji, soltando un suspiro.

Ace giró su cabeza a todas partes, corroborando algo con la mirada, lo que extrañó a Sanji.

—¿Qué-?

Antes de siquiera formular la pregunta, los labios de Sanji fueron sellados por Ace, que besó de forma fugaz. Por supuesto, esto descolocó al cocinero, que rápidamente corroboró que no hubiesen miradas curiosas.

—¡¿Qué haces?! —reclamó Sanji, por lo bajo e intentando mantener la calma—. ¡¿Y si nos ven?! ¡¿Qué pasará si nos descubren?!

—Tranquilo, Sanji, no nos vieron —aseguró Ace—. Y si lo descubren…, pues ya pensaremos en ello cuando suceda —respondió, despreocupado.

Ellos ya lo sabían.

—¿Siguen ocupados? —preguntó Usopp, manteniéndose de espaldas a la parejita del fondo.

Vivi dio un vistazo de reojo a su lado, y respondió con diversión—: Sí, están muy ocupados.

—Oh, vaya, no pueden estar un momento a solas sin darse cariños —comentó Nami, en un suspiro, mientras recargaba su rostro sobre su mano, mostrándose exhausta.

—Por algo es el cocinero pervertido —mencionó Zoro esta vez, mirando hacia enfrente, como el resto.

—Pero parece que es Sanji quién está siendo asaltado —comentó Chopper, dando un rápido vistazo.

—No lo digas así, Chopper —dijo Usopp en un suspiro de derrota.

Lo cierto era que la tripulación se percató de las andanzas entre esos dos la misma noche en que aquello comenzó, no habían sido muy silenciosos que digamos. Pero Sanji no sabía aquello, y Ace podía presentirlo pues, justo como ahora, eran muy oportunos al “estar en su mundo”.

—Maldición, ¿qué tanto hacen Ace y Sanji? —preguntó Luffy, quejumbroso.

—¡No voltees! —exclamó Nami, dándole un zape a su capitán en cuanto vio sus intenciones de voltear.

—Pero es que… —canturreó Luffy, haciendo un puchero.

—Solo sé paciente, Luffy, esperemos que no tarden tanto —comentó Vivi, para calmar las aguas.

—Aburridooo —contestó Luffy.

A los pocos minutos, Ace y Sanji regresaron, actuando como si nada hubiese pasado, pero el alboroto de sus cabellos los delataba igualmente. Nadie comentó nada, ni siquiera Luffy, pues se enfocó en su meta de continuar para derrotar a Crocodile.

Y así, su tiempo en Alabasta pasó.

Debido a sus propias ocupaciones, Ace tuvo que separarse de Luffy y el resto, no sin antes haber tenido su despedida con Sanji, que ya lo extrañaba.

Muchas cosas sucedieron en el transcurso de horas, pero pudieron lograr su objetivo: derrotar a Crocodile y sus aliados.

En un momento que Sanji se encontró solo en los días posteriores, donde se concentraron en su recuperación de las heridas de batalla, Luffy lo acompañó.

—Sé que te besuqueas con mi hermano —comentó Luffy, de la nada.

Por la sorpresa, Sanji se atragantó con el humo de su cigarro y comenzó a toser fuertemente.

—¡¿Perdón?! —exclamó Sanji.

—Que te besuqueas con Ace, mi hermano —repitió Luffy, viéndolo esta vez.

—Sí, sé quién es tu hermano —respondió Sanji, cuando hubo calmado su tos—. No sé qué viste o escuchaste, pero-

—Mientras sean felices, no me importa —interrumpió Luffy, serio—. Se ven muy bien juntos —sinceró, con una gran sonrisa.

Conmovido, Sanji sintió que sus ojos se empañaron y el moco comenzaba a aflojarse, por lo que talló con torpeza. Una sonrisa de alivio se mantuvo en su rostro y parecía que no iba a desaparecer en un buen rato.

—Ah, mierda, siempre eres tan impredecible, Luffy —externó Sanji, entre risas.

Luffy rio con diversión, acompañando a Sanji en su carcajada y, durante un rato, hablaron sobre Ace.



(...)



Aunque sus caminos se habían separado debido a la diferencia de sus objetivos actuales, Ace y Sanji mantuvieron contacto cuanto pudieron, buscando la forma de verse por lo menos una noche y hacerse saber lo mucho que se extrañaban cuando estaban lejos del otro.

“¡El infame pirata, Ace Puño de Fuego, ha sido ejecutado por la Marina!” Decía el titular.

El corazón de Sanji latía tan rápido y tan fuerte que sentía que en cualquier momento podría abandonar su pecho. El corazón le dolía como el infierno y su cabeza dolía. A lo lejos, escuchó ser llamado por su nombre, constantemente. La voz se hacía más fuerte y sonora en cada llamada.

Sintió una pesadez en sus hombros, sonsacándolo.

—¡Sanji!

El mencionado abrió sus ojos abruptamente, encontrando en primera instancia esos ojos oscuros que con tanto amor le miraban, pero a su vez con preocupación. Sanji parpadeó un par de veces para disipar su agitación y su sueño. La habitación donde se encontraban estaba oscura y solo la luz de la luna iluminaba un poco, permitiéndole ver esas pecas y cabellos desaliñados de su pareja.

—¿Ace…? —preguntó Sanji, aún un poco adormilado, mientras se enderezaba para encontrarse a la par de su contrario.

—¿Estás bien? —cuestionó el otro, prontamente—. Te movías mucho. Cuando desperté vi que estabas llorando, así que te desperté —comentó. Ciertamente, sentía humedad en sus párpados y mejillas—. ¿Tuviste una pesadilla?

En el acto, Ace llevó sus manos al rostro del rubio y limpió los rastros de lágrimas con sus dedos, cálida y gentilmente. Entonces, los recuerdos de aquel terrible sueño regresaron a Sanji, de golpe y sin piedad. A pesar de haber sido solo una pésima pesadilla, no evitó que el corazón del cocinero se apretujara en respuesta y le recordase el dolor que sintió.

Al recordarlo todo, la mandíbula de Sanji comenzó a temblar y sus ojos se empañaron nuevamente. Rápidamente, escondió su rostro en el pecho desnudo de Ace, quién lo recibió gustoso en sus brazos, pero también algo confuso.

La preocupación por el hecho de que Ace perseguía a un peligroso pirata estaba cobrando factura en sus sueños.

—Sanji… —pronunció el nombre, enternecedor y mientras acariciaba los rubios cabellos de su novio—. ¿Qué sucede, mi amor?

Sanji figuró una mueca en sus labios y después respondió—: Soñé que morías.

Ace demostró sorpresa por lo dicho, realmente no esperaba algo como eso. Después, una sonrisa pequeña se formó en sus labios, gracias a lo adorable que le resultaba tener a Sanji acurrucado y aferrado a él, como si fuese un bebé.

—Tonto —mencionó Ace, provocando que Sanji se enderezara con una interrogante en su rostro—. Yo nunca voy a morir —aseguró, ampliando su sonrisa.

El alivio anidó en el pecho de Sanji, quien le creyó al instante. Eso era lo que quería escuchar.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Dicho eso, Ace acercó su rostro al de Sanji y buscó sus labios con los suyos, atrapándolos de inmediato con estos para besarlos con ternura y amor, dándole la seguridad que necesitaba.

Y Sanji se sintió completo y seguro.

Pero no por mucho.



(...)



“Portgas D. Ace, comandante de la Segunda División de los Piratas de Barbablanca, ha muerto en la Guerra de Marineford, cumpliendo así…”

Las manos del pirata comenzaron a temblar terriblemente y sintió su mente nublarse por un momento.

Mentira.

Era mentira, una jodida broma de mal gusto. Lo que acababa de leer no era cierto, era una mentira total.

¿Ace? ¿Muerto? ¿Su Ace? ¿El hermano de su capitán? ¿Su amor?

Imposible, era mentira.

Él se lo prometió, le dijo que nunca moriría.

—¡NO ME ESTÉS JODIENDO! —gritó Sanji, apenas pudo terminar de leer el titular y algo de su contenido.

Juró escuchar a su corazón romperse en mil pedazos y como estos mismos caían y se resquebrajaban más, hasta convertirse en polvo. Un enorme dolor se asentó en su pecho, de la misma forma, un vacío se volvía presente.

Esto era una mierda.

Ace no podía estar muerto.

Nunca le había roto una promesa, y mucho menos lo haría con algo como esto.

Después de maldecir una vez más, lleno de coraje y dolor, las lágrimas comenzaron a salir despavoridamente de sus ojos, empañando su vista. Sus piernas flaquearon y terminó cayendo al suelo, preocupando a las personas a su alrededor, que rápidamente fueron a socorrerlo.



Sanji abrió sus ojos y con respiración agitada, se enderezó sobre su cama. El trino de las aves, que revoloteaban en los árboles, podían escucharse en su iluminada habitación. Ya era de mañana y Sanji sintió pesadez en sus hombros.

Otro nuevo día.

El cocinero se levantó a duras penas del colchón y removió los largos cabellos rizados que cubrían parcialmente su rostro, sintiendo en un roce de sus dedos, algo de humedad en sus mejillas. Talló su rostro con ambas manos, limpiando los rastros de lágrimas después.

Fue directamente al tocador y con añoranza, miró la foto vieja sobre este. Sonrió, nostálgico.

—Han pasado veinte años —murmuró Sanji, simulando una caricia en la fotografía—. Y yo aún no puedo dejarte ir, Ace, mi amor.

El dolor tomó su sonrisa y provocó un nudo en su garganta.

El recuerdo de aquellos días seguían siendo tan claros como aquella vez. Días que Sanji anhelaba volver a vivir para volver a estar al lado de Ace una vez más.

Cuánto deseaba volver a verlo.