Siempre Contigo
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Veloz como el viento, Lord Anthony J. Crowley, cabalgaba a su fiel corcel Bentley como si la vida le fuera en ello, tal vez por que así era. Le reconfortó sólo un poco cuando pasó por sus campos de plantaciones de manzana y recuperó un poco de su alma cuando divisó los tejados de su mansión a lo lejos, pero sabía que solo había una cosa que le devolvería por completo el alma a su cuerpo.
Tiró de las riendas de Bentley a pocos metros de la entrada de su casa y los sirvientes se aglomeraron al verlo llegar, para ayudarle a bajarse, sin embargo, por las prisas que este tenía, solo pudieron llevarse al Bentley a las caballerizas.
-Mi señor, no esperábamos que volviera tan pronto.- Dijo un hombre mayor de barba blanca.
- Tan pronto como recibir la carta, no pude esperar un segundo más.- Respondió sin detenerse.-¿Por que no me avisaron antes?-
-Lo lamento señor, no queríamos molestarlo mientras usted estaba ocupado en cosas importantes de negocios...-
-¡Todo lo que concierne a mi pareja es importante! No sé cuantas veces se los he dicho.- Espetó con poca paciencia, pero luego respiró y se calmó.
No era realmente culpa de sus sirvientes, si no del horrible pensamiento colectivo tan arraigado. Para todos, esto solo eran “cosas de Omegas”, algo que no les preocuparía a los Alfas, podría tener un poco de razón en ello, sería algo que él como Alfa nunca pasaría, pero no por ello se desentendería de su pareja. Y aunque confiaba en que sus sirvientes para atender cualquier necesidad de su esposo, estaba claro que al ser un pensamiento colectivo, muchas veces no consideraban importante avisarle de cualquier “problema de Omegas”, que se presentara.
Llegó a una gran puerta y tocó antes de entrar. Una mujer Beta de cabello dorado le abrió la puerta.
-Mi señor.- Se inclinó respetuosamente y luego lo dejó pasar.- No lo esperábamos tan pronto, he estado atendiéndolo en su ausencia.-
Postrado en la cama, cubierto de sudor y los párpados temblorosos, estaba un joven Omega de piel blanca, cabello de nube y si los tuviera abiertos, unos ojos gris azulado.
-Parece que es a causa de una fiebre post parto, hace unos días estaba mejor pero ahora... Ya llamamos a un médico que le recetó algunos remedios, pero no ha podido levantarse de la cama.- Explicó la preocupada mujer.
Con preocupación, Crowley se acercó a su marido y colocó suavemente el dorso de su mano sobre su rostro convaleciente; Estaba ardiendo. Sintió como una espina clavarse en el corazón y reprimió una mueca.
-Llama a Lady Anathema, tiene mucha más experiencia en este tipo de casos. Debieron llamarme en cuanto hubiera empeorado... ¡No! cuando se presentaron los primeros síntomas.- Regaño a la joven que solo agachó la cabeza.
-Mil perdones señor, es que usted tenía una reunión de negocios en la Capital, no queríamos molestarlo...-
-Maggie, ya les dije que cualquier asunto de mi pareja, se me sea notificado, sobre todo si es de gravedad como este. Por cierto ¿Y mi hijo? Si no ha podido levantarse y está tan débil ¿Quién lo ha estado alimentando?- Preguntó con aún más preocupación.
La joven indicó que lo seguía, unas pocas habitaciones contiguas, estaba una que habían adaptado como guardería, dentro estaba una mujer joven, Omega por lo que pudo olfatear, el ambiente olía a leche; la chica estaba sentada amamantando al pequeño niño. Al percatarse que el señor de la casa estaba de vuelta, intentó pararse y cubrirse rápidamente, pero Crowley le hizo una señal para que permaneciera sentada y respetuosamente desvió la mirada.
-Señor, ella es Remiel, tuvo un hijo hace poco, nos pudo ayudar dándole de su leche a su hijo.- Explicó Maggie.
-U...un gusto...- Se presentó tímidamente la Omega.
-Te lo agradezco. Por favor ¿podrías ir a verme cuando termines de darle de comer? y trae al niño contigo.- Pidió amablemente antes de irse.
Luego de eso, volvió a la habitación donde yacía su esposo, quedaba esperar a su amiga Anathema para que lo ayudara ¿Cómo todo había salido tan mal? Hace quince días, su querido Aziraphale había dado a luz a su primogénito, ambos estaban rebosantes de felicidad, lastimosamente, Crowley había postergado varias veces un viaje de negocios por que quería estar presente durante el nacimiento, no solo para conocer a su hijo para cuando Viniera al mundo, si no también para mostrarle apoyo incondicional a Azirafel. Sin embargo, parece ser que luego de unos días que diera a luz, y que él se fuera, había caído víctima de una fiebre posparto.
Nunca fue religioso, pero tomó la inerte mano de su pareja y rezaba a todo lo que se consideraba divino, había escuchado historias que parecían de terror sobre Omegas y Betas que padecían enfermedades luego de dar a luz, nunca se le pasó por la cabeza que eso le ocurriría a su Azirafel y se le retorcía el alma el pensar que esos bellos ojos no se abrirían nunca más.
La joven Remiel llegó después de un rato, yendo consigo al pequeño. Crowley no dudó en cargarlo él mismo, era un bebé precioso; había heredado el cabello de nube de su madre y los bellos ojos esmeralda de la fallecida madre de Crowley, aunque le hacía gracia que de igual manera, los ojos azules de Aziraphale y el dorado de Crowley, darían como resultado un color verde. Faltaba poco para que cumpliera un mes y por supuesto, estaba un poco más grande que la última vez que lo cargo.
-¿Raguel, cierto?- Se dirigió a la nodriza.
-Si señor.-
-¿Quién cuida tu bebé mientras está aquí?- Preguntó.
-Umm.. eh... mi hijo, tiene ocho años... yo... bueno, mi marido trabaja como herrero, no puede cuidarlos y mis vecinos tampoco.- Respondió algo avergonzada.
-Ya veo. Entonces mientras estés de servicio, puedes traer a tus hijos a la propiedad. Agradezco que alimenta a mi hijo en este momento de necesidad, pero no me gustaría que descuides a los tuyos.- Dijo mientras mecía a su pequeño.
El rostro de la Omega se iluminó.
-¡Ay señor! ¡Muchas gracias!-
Justo en eso, escucharon un leve quejido.
-Mmm...mm... Anthony...- Murmuró Azirafel entre sueños.
Rápidamente Crowley se volvió hasta su amado, aún con el niño en brazos.
-Aquí estoy ángel... de hecho, aquí estamos.- Acarició con suavidad su mejilla y acercó al bebé a su madre.
Para darles privacidad, Remiel salió inadvertidamente, con una sonrisa en los labios, era tan bonito ver ese lado del Señor Crowley y le recordó mucho a su esposo cuando la cuido en sus dos partos.
Azirafel abrió levemente los ojos, intentando descifrar si lo que tenía frente a él, era una alucinación o no, pero un beso en la frente, le hizo saber que era la realidad.
-Viniste... viniste...-
-Shhh no hables. Y claro que vine, tu y este pequeño son lo que más me importa en esta vida.- Se acurrucó sobre los edredones, de forma que Aziraphale lo sintiera cerca y también pudiera tocar a su hijo, quería abrazarlo, pero estaba muy débil para hacerlo .
Afortunadamente llegó Lady Anathema, una Omega que se hizo paso en ese mundo con sus conocimientos de herbolaria y medicina, siendo instruida por todas las mujeres de su familia como partera, sabiendo de todo lo que se antes venía y después. Así como una amiga íntima de Aziraphale en la infancia.
Maggie explicó con detalle los malestares de Aziraphale luego de que Crowley se fuera, no fue inmediatamente, pero si notaron como poco a poco su salud comenzó a decaer. Escuchaba con atención mientras examinaba el cuerpo de su amigo.
-¿Y su leche? ¿Está todo bien?- Preguntó.
-Si, parece que no ha habido problema con eso, solo que contratamos una nodriza porque ha estado tan débil que le es imposible alimentar al niño.- Explicó Maggie.
Al terminar, pidió salir de la habitación para hablar en el pasillo.
-¿Se pondrá bien?- Preguntó Crowley, sin poder esconder su preocupación.
-Si, es la consecuencia del parto largo y complicado que tuvo, puede desencadenar cosas más adelante. Se que el médico ya le recetó unos remedios, pero se cuales son más efectivos. Vendré a verlo nuevamente luego de una semana, si tiene fuerzas para amamantar al bebé, esta bien que lo haga, pero si no ni siquiera puede mantenerse despierto o erguido en la cama, es mejor que recurran a la nodriza.- Explicó ella.
El olor a vino de Crowley se agrió un poco, no por enojado, estaba preocupada, hace poco estaban festejando el nacimiento de su bebé y temía que en tan poco tiempo esa felicidad le fuera arrebatada. Anathema colocó un comprensivo brazo en su hombro.
-Se pondrá bien, es un chico muy fuerte.- Le sonriendo. Notó que deliberadamente no dijo “Un Omega fuerte”.
-Si que lo es.-
Pagó a Anathema y le agradeció sus servicios. Y pensar que antes aquella chica odiaba a Crowley, pensaba que haría miserable la vida de su mejor amigo, subyugado por fin por un Alfa, pero aquí estaban, con Crowley haciendo lo imposible por que su amado no pasara al otro mundo, habiendo cabalgado solo desde la Capital hasta el campo, dejando unos importantes negocios por velar por él. Corrección, no había nada más importante que Aziraphale.
Pasó la noche en vela cambiando los pañuelos y palanganas de agua para bajar la fiebre, fue él mismo quien administró los remedios y hasta le aplicó una inyección.
-Ariel...- Murmuró.
Claro, estaba llamando a su cachorro. Le había pedido a los sirvientes que pusieran la cuna en la habitación, los ratos en que dejaba que Aziraphale descansara, quería estar arrullando a su hijo, probablemente cuando su pareja mejorará, tendría que retomar los negocios en la Capital y quería estar el máximo tiempo con ellos.
Tomó al bebé, que estaba durmiendo y lo acercó a Aziraphale.
-Nuestro pequeño duerme.- Murmuró.
Aziraphale intentó enfocar la vista, viendo apenas en la tenue luz de vela a Ariel dormir, a través de la niebla de la fiebre.
-Es hermoso.- Sonrió débilmente.- Quiero alimentarlo.-
Crowley le regresó la sonrisa, aunque un poco melancólica.
-Cuando mejores ángel. Tienes que ponerte bien antes.-
Dejó al niño nuevamente en su cuna y acercó una silla al lado de Aziraphale, dándole de beber, bajando su fiebre y dándole mucho amor.
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-Buenos días Lord Crowley.- Saludó Anathema mientras entraba a la habitación.- Aziraphale, me alegra verte consciente esta vez.
El joven Omega estaba sentado sobre la cama, sosteniendo al pequeño Ariel, a su lado estaba Crowley, junto con Maggie.
-¡Ana, me alegra verte! Ya estoy un poco mejor.- Sin duda ya no tenía la piel mortalmente pálida y tampoco estaba perlada de sudor, pero aún seguía débil para levantarse por sí solo. Anathema se acercó a él y colocó el dorso de su mano.
-Aún tienes fiebre, pero nada de qué preocuparse ahora. Aún así, no debemos bajar la guardia.-
Para darles privacidad, Maggie y Crowley salieron de la habitación, este último fue quien quiso cargar a Ariel. Para ella fue muy tierno aquello, los Alfas por lo regular, aunque se enorgullecían de su descendencia, eran muy desapegados en sus primeras etapas de vida, eso le correspondía a los Omegas, pero Lord Crowley parecía querer cuidar él mismo de su hijo, de no ser por que tenía que atender los negocios a parte, seguramente ni ella ni la nodriza cuidarían del joven Ariel.
Después de un rato, Anathema abrió las puertas de la habitación, su mirada era mucho más esperanzada que la de hace una semana.
-Esta mejorando, ya casi no hay rastro de la infección, pero aún así recomiendo que por una semana más siga tomando los medicamentos y las infusiones. Si no mejora, llámenme inmediatamente, pero como veo el panorama, seguramente se pondrá bien.- Le dijo sonriente, a lo que Crowley le respondió con un largo suspiro.
-Gracias Anathema, te debo tanto...-
-No me debes nada, no espero recibir nada a cambio de velar por la salud de mi amigo.- Respondió de manera firme.- Descuida, estará bien. Confió en que lo cuidaras.-
-Pff creí que confiabas en que terminaría tirándolo por un acantilado solo para que tuvieras la excusa de hacerme lo mismo.- Se rió Lord Crowley, aligerando el ambiente, lo que Anathema infló las mejillas y se puso roja.
-¡Ya supéralo! Además sabes por qué lo dije, ojalá hubiera más Alfas como tu.- Desvió la mirada.
-Estoy seguro que algún día encontrarás a tu pareja destinada, alguien que soporte el tremendo carácter que te cargas.- Bromeó Crowley.
-Una más y te juro que olvidaré que eres un Lord.- Aunque parecía irritada, también parecía divertida.
Luego de un par de bromas más, le entregó su pago y la acompañó a la salida para volver con su amado.
-Dame a Ariel querido. Seguro tiene hambre y casi no he podido alimentarlo yo.- Le pidió mientras alzaba los brazos.
Le causaba mucha ternura ver a su hijo ser alimentado por su ángel, era algo tan tierno e imposible de describir en una sola palabra. Veía como hacían esa íntima conexión entre madre e hijo.
-Me siento como un inútil, agradezco a esa joven por alimentar a mi pequeño mientras yo estaba indispuesto, pero me duele mucho que no pude darle de mi leche.- Aziraphale miró con tristeza como Ariel se prendaba desesperadamente de su pecho. De forma inconsciente, sabía diferenciar cual era el de su nodriza y cuál el de su madre.
-No fue tu culpa enfermarte ángel, es algo triste que todos desearíamos que no pasara, pero Anathema dice que estas fiebres son más comunes de lo que parecen. Afortunadamente lograste salir y no te perdiste de la experiencia de alimentar a nuestro hijo.- Dijo mientras se inclinaba para darle un beso en la frente.
Terminó de alimentar a Ariel y procedió a sacarle el aire, con pequeños golpecitos en la espalda, aún así, lo sostuvo un rato contra su cuerpo después de eso, sintiendo su suave olor a vapor, característico en todos los cachorros, con una leve mezcla del aroma de ambos padres. Liberó también sus feromonas con olor a caramelo para conectar con el niño, meciéndolo y acariciando su espalda de forma suave.
Una vez más, Crowley pensó lo afortunado que era por tener a su ángel y su hijo de casi un mes de nacido, nunca pensó que alguien como él, mereciera tales bendiciones. Incluso por un momento dudó y pensó que el destino se burlaba de él cuando Aziraphale deliró por la fiebre, pero ahora estaban teniendo un apacible momento en familia.
Una vez notó que Aziraphale se estaba cansando de sostener a su hijo, Crowley lo tomó para llevarlo a su cuna, no sin antes soltar también parte de sus feromonas, tal vez no conectaría tan íntimamente como lo hacía con Aziraphale, pero de igual manera quería que Ariel supiera que su padre estaba para él.
Regresó a la cama, acostándose aún lado de Aziraphale y abrazándolo.
-Si mañana te encuentras mejor, podríamos salir a los jardines.- Le dijo.
-¡Ohh sí! extraño terriblemente el aire fresco.- Exclamó Azirafel.
-Con un rico picnic, podemos sacar a Ariel en cesta, o una manta solo para él y disfrute del día con nosotros.- Le decía mientras acariciaba sus suaves rizos blancos.
-Oh cariño, soy tan afortunado de tenerte.- Aziraphale se acurrucó más con su marido, disfrutando de las notas de vino que emanaban de él.
Crowley solo respondió besando la marca en el cuello de Aziraphale, haciéndole cosquillas.
-Yo soy el afortunado por tenerlos, mi dulce ángel.-