Un corazón complicado

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Summary

El tiempo intenta sanar, pero el dolor persiste, ¿cómo curar un corazón tan lastimado, tan triste? Quizás en el amor, en una mirada, un abrazo, quizás en la esperanza de un mañana más claro.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

ᴘʀóʟᴏɢᴏ

El humo del cigarrillo envolvía la habitación, una densa neblina que flotaba en el aire, mientras los opacos rayos de la luna se filtraban por el ventanal, pintando el espacio con sombras misteriosas. Recostada en el sofá, con el cigarrillo entre los dedos de su mano derecha, su mirada se perdía en la oscuridad del techo, perdida en un mar de pensamientos tumultuosos.


El tic-tac constante del reloj resonaba en la tranquilidad de la noche. El aroma penetrante del tabaco impregnaba el aire, envolviéndola en una neblina melancólica que parecía abrazarla con cada inhalación. Cada bocanada era como un suspiro, liberando tensiones y dejando que su mente se perdiera.


El momento se vio interrumpido por el chirriante giro de la perilla de la puerta. Dos figuras emergieron en la penumbra: una delgada y otra más robusta. Sus cuerpos se fundieron en un abrazo apasionado, y sus labios se unieron en un beso lleno de urgencia, inundando la habitación con sonidos húmedos y desesperados. Sin embargo, ella apenas les prestó atención, manteniendo su mirada fija en el techo, como si estuviera absorta en un trance.


Los amantes pasaron junto a ella, ignorantes de su presencia o al menos sin darle importancia alguna y se adentraron en la recámara. Los susurros y el crujir del respaldo de la cama resonaban en la habitación, pero ella permanecía impasible y perdida.


Dejando lo que quedaba de su cigarrillo en el cenicero, encendió otro con gesto mecánico. El humo del nuevo cigarrillo se mezclaba con el aroma del anterior, formando una nube densa a su alrededor.


Los sonidos desde la recámara continuaban, cada vez más intensos y frenéticos, pero ella parecía ajena a ellos, sumida en un estado de serenidad casi sobrenatural. Las sombras danzaban en la penumbra, proyectadas por la luz de la luna que se colaba por el ventanal, creando un espectáculo hipnótico que parecía absorberla.


El tic-tac del reloj seguía marcando el paso del tiempo, pero ella parecía no inmutarse. Finalmente, el silencio regresó, interrumpido solo por el suave crepitar del cigarrillo, consumiéndose en el cenicero. Ella seguía allí, inmersa en la nada, mientras el humo llenaba cada parte del lugar.


Ella mantenía los ojos abiertos, observando cómo el cenicero se llenaba lentamente con las cenizas de sus cigarrillos consumidos. A través del ventanal, las tenues luces de la luna cedían su lugar a los primeros destellos del sol. Con gesto resignado, prendió su último cigarrillo, sintiendo el humo llenar sus pulmones. No había dormido, y su cuerpo aún yacía inmóvil en el sofá.


De repente, el chirriante sonido de una puerta al abrirse rompió el silencio de la habitación. Una figura desaliñada se materializó ante ella, con el rostro fatigado y los tirantes de su camisón deslizándose por sus hombros, se acercó, con pasos pesados y se dejó caer en el sofá junto a ella.


—¿Te has divertido? — preguntó, tratando de concentrar su mirada en el techo para evitar el contacto visual.


—¿Estás enojada?— su mano rozó suavemente la mejilla ajena.


No respondió, simplemente se sentó, apagó el cigarrillo y se recostó nuevamente en el sillón, mirando los ojos brillantes de la mas joven.


—No estoy enojada en absoluto. Solo desearía que la próxima vez, al menos me avisaras con anticipación para poder irme y dejarte a solas — dijo con tranquilidad, la contraria sonrió y la abrazó, acariciando su mejilla con ternura —Deberías despertar a tú… Amigo, para que se vaya — quito suavemente la mano ajena — y no quiero reproches.


—Está bien, ¿Llegarás tarde?


—No, hoy trabajo hasta mediodía… — señalo a la contraria — Más te vale haber recuperado todo el dinero, que me robaste.


—¿¡Para hoy!?


—¡Sí! — su voz resonó firme y sería mientras bajaba lentamente el cierre de su vestido, dejándolo caer al suelo y quedando solo en ropa interior — Y si no lo haces, no vuelvas — agregó, levantando otro vestido que descansaba sobre una de las sillas y abrochándoselo lentamente mientras buscaba sus zapatos de tacón bajo.


Antes de salir, volteó para mirar a la otra joven, suspiró y salió de la casa con su saco en mano. Las calles estaban abarrotadas y llenas de diversos olores, pero ella pasaba de largo, ignorando todo a su alrededor. Al llegar, fue recibida por el guardia.


—Señorita Dubois — salió de su gabinete —por favor, levante las manos.


La joven lo miró con desagrado: un hombre rechoncho, con el rostro marcado por la edad y un cuerpo obeso, su cabeza casi sin cabello. Se acercó para revisarla. Levantó las manos mientras el guardia la revisaba "buscando" algo. Ella lo miraba con rabia, estuvo a punto de lanzarse sobre él cuando tocó sus pechos, pero se contuvo y soltó un largo suspiro para calmarse.


—Bien, ya puedes entrar — dijo retirando sus manos del cuerpo de la joven.


Apretó los puños y miró por última vez al viejo antes de entrar a la fábrica. Se quitó el saco y se puso un guardapolvo azul, para caminar a su sección.



. . .



Se estaba levantando de su lugar cuando una de las encargadas la llamó. Extrañada, obedeció y entró a la oficina, encontrándose con aquella mujer que tanto detestaba por su forma de ser.


—¿Necesita algo? — preguntó con cierta tensión en su voz.


—Te quedarás hasta la noche — fue la respuesta.


— Se supone que hoy era solo hasta mediodía — respondió elevando un poco la voz.


—Te quedas más tiempo. Ve a tu lugar — dictaminó la mujer.


La joven apretó los puños, frunciendo el ceño con desagrado y soltando un suspiro frustrado. Salió de allí azotando la puerta y caminó de vuelta a su lugar, donde se sentó de forma brusca.


—¿Qué te pasa, lindura? — la voz ronca la fastidió.


—Lárgate — respondió con brusquedad.


—Vamos, no seas tan amargada — el hombre comenzó a pasar sus manos sobre los hombros de la joven, descendiendo lentamente hacia sus pechos.


—Maldito hijo de puta…— murmuró entre dientes, pegándole un codazo en el rostro a su compañero y causando un completo escándalo. Tomó con una mano del cabello al hombre mientras lo insultaba y sus compañeras intentaban calmarla — ¡No soy tu jodida puta, no puedes tocarme como lo haces con las otras!


—¡Félice, perra loca, suéltalo! — gritó una de sus compañeras, intentando alejarla del hombre, que se quejaba de dolor.


—¡No me toquen! —exclamó mientras arrastraba al hombre del pelo hasta la oficina de su superior, entrando de golpe y soltándolo bruscamente frente al escritorio.


—Maldición… — murmuró el hombre detrás del escritorio.


—¡Dile a este perro desgraciado que no me vuelva a tocar! — dijo alterada — ¡Porque, como que hay Dios, te juro que lo mato!



. . .



Regresó a casa, cerrando la puerta con un estruendo que resonó en toda la habitación. Su humor, ya sombrío, se hundió aún más al encontrarse con el caos: ropa desparramada y la más joven sentada imperturbable en el sofá, devorando su cena como si fuera el plato más apetitoso del mundo. En ese instante fugaz en que sus miradas se cruzaron, la joven comprendió que algo había salido terriblemente mal.


Sin decir una palabra, la más joven se puso en acción, recogiendo el desorden con una diligencia silenciosa mientras dejaba unos billetes sobre la diminuta mesa auxiliar. Mientras tanto, Félice se dejó caer en un sofá, sintiendo toda la tensión en su cuerpo


La más joven de las dos observaba desde la sombra de una pared, preguntándose qué había sucedido para provocar tal tormenta en el alma de Félice. La respuesta, al parecer, yacía en la suspensión de su sueldo.


Con manos temblorosas, buscó en el bolsillo de su abrigo una cajetilla de cigarrillos y un mechero. Tras soltar un suspiro cargado de preocupación, encendió el cigarrillo y aspiró el humo con avidez, dejando que llenara sus pulmones y expulsara la tensión acumulada con cada bocanada.


Cerró los ojos con parsimonia, permitiendo que la preocupación se desvaneciera lentamente, dejando una calma frágil en su lugar. Se reprochó por su actuar impulsivo, pero se negaba rotundamente a convertirse en otra puta más de su trabajo. Con un gesto suave, se frotó el rostro, luego levantó los billetes de la mesa, los contó meticulosamente y los guardó en una pequeña caja. Ya había pasado una hora desde que había llegado


—Espero y tu habitación este limpia — dijo con un tono monocorde, aunque no esperaba respuesta. Se puso de pie y cruzó el umbral hacia la habitación de la más joven, que dormía plácidamente con un libro abandonado a su lado.


Apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados, observó brevemente a la joven durmida, dejando escapar un suspiro antes de cubrirla con las sábanas, acariciando suavemente su cabeza y depositando un beso tierno en su frente. Con cuidado, salió de la habitación y se dejó caer en el sofá, sus ojos fijos en la cajetilla de cigarrillos sobre la mesa. Su mano temblorosa se extendió hacia ella, tentada por la promesa de alivio momentáneo, pero con esfuerzo, retiró la mano y apretó levemente el puente de su nariz en un gesto de frustración.


—Qué mierda de vida...—murmuró con un tono cargado de irritación, recostada sobre el sofá, con la mirada fija en el techo. Cerro los ojos y la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral.


Ambas cayeron rendidas en un sueño profundo hasta el día siguiente. La mayor de las dos se despertó de mal humor, dejando una nota lacónica: "Saldré a buscar trabajo. Por favor, limpia y estudia", la pegó en el refrigerador y se marchó. Caminaba con paso rápido por las calles, con la mirada inquieta, necesitaba encontrar otra fuente de ingresos.


Al diablo, pensó con frustración mientras arrojaba la cajetilla vacía de cigarrillos a la basura. Había sido echazada por todas partes, ya fuera por ser demasiado débil, demasiado vieja, demasiado joven o simplemente por ser ella misma. Con pasos más rápidos, se encaminó hacia ninguna parte en particular, con la esperanza de encontrar algo en el periódico o en cualquier otro lugar.


El sol comenzaba su lenta retirada mientras ella aún no había encontrado nada. Se dejó caer frustrada en una banca, hurgando una vez más en sus bolsillos en busca de sus preciados cigarrillos. Extrajo uno con ansiedad, pero al buscar su mechero, se dio cuenta de que no estaba allí. Siguió rebuscando, esta vez en su bolso.


Entonces, una voz ronca rompió el silencio.


—Tome — levantó la vista, sorprendida, para encontrarse con una mano extendida hacia ella, ofreciéndole un mechero. Dudó por un instante, pero finalmente lo aceptó, encendiendo su cigarrillo.


—Gracias — susurró con voz suave.


—No hay de qué. ¿Puede darme uno? — respondió el hombre, haciendo un pequeño gesto hacia los cigarrillos que tenía Félice. Entendió el mensaje sin necesidad de palabras y le ofreció uno con un movimiento automático — Gracias — dijo él mientras encendía el cigarrillo y lo llevaba a sus labios.


El aire frío acariciaba su rostro mientras observaba de reojo al hombre que fumaba con imperturbable tranquilidad. No mostraba señales de apresurarse para marcharse, pero ella tampoco podía expulsarlo; después de todo, el banco no le pertenecía. Así que simplemente se permitió fumar, dejando que el humo le quitara toda esa tensión y frustración que la estaba consumiendo por dentro.


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