+18 | RAPH'S ZONE | ONE-SHOTS | ROTTMNT

Summary

❤️ Fem reader x Future Raph | Rise Raph ❤️ Relatos NSFW | Lemon | +18 | Smut ❤️ One-shots y Drabbles ❤️ Distintos escenarios ⚠️ 𝗔𝗱𝘃𝗲𝗿𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: posible out of character, lenguaje vulgar, cada capítulo tendrá sus respectivas advertencias. ʕ⁠'⁠•⁠ᴥ⁠•⁠'⁠ʔ No hago pedidos, pero tomo en cuenta sus comentarios 💖 Personaje pertenece a Kevin Eastman y Peter Laird

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
4.8 6 reviews
Age Rating
18+

Grande | Rise Raph

⭐ Raph x Fem T/N

⭐ Raph edad: 19 años

⭐ 🔞 NSFW | Smut

⚠️ Advertencia: T/N dominante, diferencia de tamaño significativo, oral, lenguaje vulgar.


A pesar de ser media noche, un intenso deseo en tu interior te impedía dormir. Podías cerrar los ojos pero solo provocaba que imaginaras miles de escenarios donde tu novio apaciguaba tus ganas de maneras realmente obscenas.

Ciertos días al mes tu cuerpo requería una atención «especial», sin embargo, por más que te acariciaras a ti misma, no te sentías satisfecha.

La tenue luz de la lámpara en la mesita iluminaba con sutileza la habitación, haciendo énfasis en tu cama desordenada, que por tanto movimiento sobre ella había terminado así. Buscando formas de complacerte, recurriste a tu almohada; te sentaste sobre ella, dejándote llevar por el vaivén de tus caderas mientras la frotabas contra tu intimidad.

Incluso vestida únicamente con tus bragas y una camiseta larga que apenas cubría tus muslos –la cual utilizabas a modo de pijama–, te sentías acalorada.

—M-mm~

Retomaste tu fantasía; sustituiste tu almohada por tu chico, imaginaste como sus grandes manos te tomaban de la cintura mientras te movías sobre él, dando saltitos insistentes que estimulaban una y otra vez tu zona erógena.

La humedad en tu ropa interior evidenciaba lo caliente y excitada que te encontrabas, pero a su vez, lo frustrante que era limitarse a la simple masturbación.

Tomaste tu teléfono y te desplazaste por todos tus contactos buscando el que necesitabas. Pulsaste «llamar» y cruzaste los dedos deseando que la hora no fuera impedimento para que contestara.

—¡Hola, cariño! —respondió.

—Raphie, ¿estás ocupado?

—Hmm —pensó—. Ahora estamos en patrullaje.

—¿Puedes venir? —dijiste con dulzura—. No me siento bien.

—¿Te enfermaste? —notaste preocupación en su voz.

—Solo ven —no diste explicaciones y colgaste.

No había duda de que vendría si se lo pedías, sin embargo, preocuparlo solo un poco aseguraba que llegaría con rapidez al departamento.

Un golpecito en tu ventana te sacó de tus pensamientos. Giraste y ahí se encontraba Raphael, sonreíste y te acercaste para deslizar el cristal y dejarlo entrar.

—¿Qué sucedió?

Negaste con la cabeza y lo abrazaste.

—Nada —elevaste el rostro—. Sólo quería verte.

La confusión en su rostro desapareció al conectar con tu tierna mirada. Al ver cómo te parabas de puntillas para alcanzar su rostro, te levantó colocándote a su altura, permitiendo que abrazaras su cuello.

—¿Vamos a dormir? —susurró dulce mientras se sentaba en la cama contigo encima.

—No puedo dormir.

—Huh, ¿pesadillas?

—Nope.

—¿Tienes hambre?

—Mmm —enredaste tu dedo en las cintillas de su bandana—. Algo así.

—Creo que puedo conseguir pizz...

Sin dejarlo terminar, le plantaste un beso que lo tomó desprevenido. Tus suaves labios desvanecieron la sorpresa en sus ojos, correspondiendo ingenuamente de forma dulce. Sin embargo, no tardaste en mostrar tus verdaderas intenciones al introducir tu lengua buscando la suya con desesperación.

Envolvió tu cintura con sus brazos, sumándose a tu juego. Aunque no comprendía del todo tu actitud, sucumbió ante tus encantos. Se volvía bastante dócil cuando devorabas su boca con suma sensualidad, volviéndose totalmente vulnerable a tus deseos.

—Te necesito tanto —susurraste rozando sus labios.

Se separó un poco, notablemente sonrojado. Entendió a la perfección lo que querías, pero no estaba seguro de acceder a tu petición.

—Raphie... —insististe juguetonamente.

—¿A-ahora? —asentiste—. Pero, ¿y tus padres?

—Están dormidos, no te preocupes.

Abandonaste su regazo y te sentaste sobre la cama. Abriste ligeramente las piernas y con el índice le indicaste que se posicionara entre ellas. Tu novio estaba familiarizado con mimarte de esta forma, pues fuiste tú quien le enseñó a cómo complacerte.

Sus robustas manos separaron tus piernas y su rostro se hundió en tus muslos; tal cual le instruiste en el pasado, depositó besos húmedos sobre tu delicada piel, ascendiendo hasta tu vulva. Sus dedos se engancharon en el borde de tus bragas y las deslizó hacia abajo, dejándote desnuda.

Con timidez pegó sus labios a tu intimidad y comenzó a moverlos, simulando un beso francés. La amplitud de su boca le permitía devorarte por completo con un solo movimiento. No necesitaba esforzarse demasiado; su generosa lengua se extendía por todo tu coño, acariciando tus pliegues y tu entrada.

—Buen chico —tus palabras lo hacían sentir seguro.

Recordó su anterior encuentro y lo mucho que gemiste cuando acarició la parte superior de tu vulva, así que se concentró en dar con aquel punto que te hizo estremecer tanto. La punta de su lengua chocó contra tu clítoris, causando que tensaras las piernas alrededor de su cuello.

—A-ahí, amor.

Acarició tu hinchado botón de arriba a abajo con lentitud; echaste la cabeza hacia atrás y suspiraste con pesadez, aguantando las ganas de gemir.

—Más rápido~

Su pobre experiencia sexual lo hacía depender de tus instrucciones; te excitaba guiarlo en todo momento, y claro, te encantaba tener poder sobre un enorme mutante como él.

Su lengua se movía con rapidez tal y como pediste, causando contracciones que te hacían retorcerte. El constante jugueteo con tu clítoris enviaba pequeñas descargas placenteras hasta tu vientre, y en consecuencia, te hacía perder el control sobre tu cuerpo. Los espasmos en tu coño te hacían querer cerrar las piernas, pero sus manos te mantenían bien abierta para su deleite.

—¡Mmm!

Presionaste su cabeza pidiendo que no parara. Te sentías cerca del clímax y deseabas con desespero poder descargar tu caos hormonal en la boca de tu novio. Raphael solo estaba terminando el juego que iniciaste previamente con tu almohada; removió y succionó un tanto más tu clítoris, causándote un jugoso orgasmo que terminó por empapar sus labios.

Se separó creyendo que había terminado por satisfacerte, pero estaba más que equivocado.

—Raphie, quiero tu polla~ —susurraste dejando el pudor atrás.

Sus mejillas se ruborizaron casi al tono de su bandana. A comparación de él, eras directa, pero tu estado hormonal te tornaba aún más explícita y vulgar.

—¿Q-quieres c-chuparl...

—Quiero que me folles.

Desde que iniciaron su relación, naturalmente quisiste experimentar y disfrutar con tu novio como habías hecho en el pasado con otros chicos, pero había un diminuto problema: Raphael no era como los otros chicos. Y no te referías a la personalidad, sino a su misma especie, lo que dificultaba –al menos desde la percepción de tu chico– relacionarse íntimamente contigo.

Todo en tu novio era grande, y por miedo a lastimarte con su «gran» atributo, siempre rechazó el penetrarte cuando se lo proponías. Debido a esto, le enseñaste otras formas de provocar placer, como la masturbación o los orales; él se sentía conforme con eso, pero tú querías pasar al siguiente nivel.

Te giraste dándole la espalda, y con toda la intención de tentarlo, te agachaste dejándole una vista completa de tu mojado coño.

—Vamos Raphie —canturreaste con ternura.

Bajaste tu mano hasta tu intimidad, dejando que tus dedos se posaran sobre tus pliegues; y separándolos ligeramente, le indicaste dónde debía introducirse, invitándolo a cogerte.

Aún nervioso, levantó tu culo con delicadeza posicionándolo a la altura de su pelvis, lo que hizo que recostaras tu pecho sobre las sábanas. Deslizó sus shorts hacia abajo, liberando su erección de la ajustada tela, dándote un pequeño golpecito en las nalgas. Su falo ya goteaba preseminal, producto de tu actitud cachonda, tus besos, tus gemidos, y por supuesto, la vista de tu húmeda entrada.

Acercó su punta rosada hasta donde indicaste y un poco dudoso, empujó la cabeza de su polla hasta introducirla.

—¡Nhg! —soltaste un chillido e inmediatamente mordiste tu almohada.

Tu reacción hizo que Raphael se detuviera, esperando a que pronunciaras alguna palabra. No lo ibas a negar... dolía acostumbrarse a su grosor. Incluso con el esfuerzo que hacías por darle cabida a su miembro, no te retractarías ya que anhelabas desesperadamente ese tipo de atención por parte de tu novio.

—Métela toda —jadeaste débilmente.

—N-no creo que sea b-buena idea.

—No te pregunté, es una orden.

Escuchaste su suspiro de resignación mientras, complaciente, continuaba empujando, abriéndose camino entre tus estrechas paredes y obligándote a abrir las piernas lo máximo posible. La calidez de tu interior le robó un dulce gemido, y a su vez, su virilidad te hacía esconder el rostro en la almohada.

Apoyó sus manos a tus costados e inclinándose sobre ti, dió un empujoncito que le permitió alcanzar el rincón más profundo de tu pequeño coño.

—¡Ng-ah!

Su glande chocó contra tu límite vaginal, haciéndote sentir completamente llena; no había ni un solo centímetro de tu interior que su venudo tronco no tocara. El contraste de la sucia sensación con la dulce personalidad de tu novio, solo intensificaba tu excitación, llevándote a perder la cabeza.

—M-muévete, Raphie —murmuraste entrecortada.

Con lentitud echó sus caderas hacía atrás y después hacia adelante, moviéndose con cuidado, lo que provocó gemidos ahogados contra la almohada. Tus fluidos fungieron de lubricante natural, envolviendo su erección y facilitando las embestidas con un deslizamiento suave.

Cada estocada generaba un obsceno quejido en tu garganta, y no era para menos; sentías que te partiría en dos si empujaba un poco más, pero –aunque fuera así– no te importaría.

Comenzabas a adaptarte a sus dimensiones, y él, a la rica presión que ejercían tus paredes alrededor de su polla. Raphael se mostraba más seguro de sus movimientos, siseaba –sin ser ruidoso– cada vez que chocaba con tu límite y acariciaba tus glúteos, apretándolos con firmeza pero con la delicadeza suficiente para no dejar marcas.

Levantaste el rostro y echaste la cabeza hacia atrás, encontrándote con su mirada hipnotizada por las reacciones de tu cuerpo y una gran sombra cubriéndote, haciéndote sentir diminuta. Tu novio, avergonzado pero caliente, se sentía como un depredador; no estaba del todo equivocado en ese sentimiento, pues luchaba por contenerse y no sucumbir al deseo de devorarte cual presa indefensa. Y tú, avara, insistías en que desatara su instinto animal contra ti.

Sonreíste maliciosa y tomando el rabillo de su bandana, lo acercaste a tu altura.

—Más duro, amor.

Sus ojos se abrieron sorprendidos y su boca parecía querer protestar, pero no tuvo voluntad para oponerse.

Deslizó su mano por debajo de tu cuerpo, rodeándote con un abrazo que te ofrecía apoyo mientras mantenía tu trasero en alto. Con cada embestida, aumentaba gradualmente la velocidad y la fuerza de sus movimientos de cadera, hundiéndose con profundidad en tu pequeño coño.

Tus ojos se humedecieron, y al poco rato, ya no gemías, sino que lloriqueabas del placer que se desataba en tu intimidad y que viajaba hasta tu vientre bajo. Tu mano se aferraba a los extremos de la bandana roja, manteniendo cerca a tu novio, dejándole escuchar tus balbuceos y maldiciones.

No podías discernir la fuente de tu éxtasis; quizás era el golpeteo profundo, el roce exquisito de tu canal vaginal, la presión desmedida que estimulaba tu punto G, o muy posiblemente, la suma de todo lo anterior.

—¿Quieres que siga? —susurró.

—Ujum —fue lo único que pudiste pronunciar.

Mantuvo un ritmo rápido y constante de embestidas que, de forma involuntaria, eran violentas y causaban ambivalencia: un deseo por tratarte con amor y cuidado y una necesidad de descargar su naturaleza agresiva y lasciva.

El cambio de velocidad e intensidad satisfacía plenamente a tu novio, y se notaba en los gruñidos que reprimía en su garganta. Esta sensación le provocaba el querer dejar atrás la delicadeza y entregarse a las fantasías que se generaban en su cabeza en ese momento, pero la situación se lo impedía; aún temía que tus padres despertaran y los atraparan, aunque para ti, eso volvía más interesante su encuentro.

Con las pocas fuerzas que te quedaban, bajaste nuevamente tu mano hasta tu intimidad y con suma desesperación por obtener tu segundo orgasmo, comenzaste a frotar en círculos tu hinchado clítoris.

—¡A-ah mmm!

Tus piernas se volvían inútiles, siendo el brazo de Raphael el único que te mantenía en posición. De igual forma, tu novio se encontraba próximo al clímax y se manifestaba en la forma en la que entraba y salía de ti.

—C-córret-te d-dentro, Raphie —susurraste una última indicación.

Una serie de espasmos se apoderaron de tu entrepierna, resultado del insistente golpeteo y roce en tu interior. Empujó una y otra vez hasta no poder más. Detuvo súbitamente su vaivén, manteniéndose profundamente dentro de ti mientras descargaba un generoso torrente de esperma que saturó por completo tu exhausto coño, sumándose a tu intenso orgasmo.

Su instinto protector le hizo abrazarte, conteniendo tu tembloroso cuerpo debajo de él. Con el pasar de los minutos, tus gemidos se redujeron a suspiros y jadeos cansados.

—¿Estás bien? —preguntó con gentileza y tú asentiste.

En su intento por consolarte, besaba tu cabeza y se disculpaba repetidas veces por el daño que te pudo haber causado. Tras un rato de caricias, se recostó a tu lado, envolviéndote en un abrazo reconfortante que te hizo caer en un profundo sueño, no solo te encontrabas satisfecha, también estabas feliz, pues sentías que su relación ahora estaba más que completa.