Prologo
Prologo – La Niña que sobrevivió
31 de octubre de 1980, Londres, Inglaterra
La lluvia caía como cualquier otro día, pero hoy era incluso más fuerte que nunca. La Señora Cole, de edad avanzada, caminaba por la calle con su paraguas en mano y una bolsa de alimentos en la otra, cargándola desde la tienda que hace algunos años, uno de sus antiguos niños regentaba y le vendía sus productos a mitad de precio. Aquello le hacía la vida un poco más sencilla a la vieja mujer, que llevaba muchos años trabajando en el Orfanato Wool, donde pasaba todo su tiempo cuidando de los huérfanos.
Sin embargo, aquella no era una mañana lluviosa normal. Juraba haber visto lechuzas por la mañana antes de la lluvia, sobrevolar el pueblo donde vivía como nunca había visto, y veía a hombres y mujeres correr y celebrar por la calle, vestidos con capa y gorros graciosos sobre sus cabezas. Pensaba que debía ser una de esas modas nuevas para la lluvia, los jóvenes de ahora vuelven moderno cualquier cosa vieja.
Cuando regresó al Orfanato, antes de poder entrar por la gran puerta de barrotes negros algo oxidados, un hombre tropezó con ella antes de que pudiera entrar, tirando la bolsa con las latas de comida y algunos bocadillos empaquetados más. Antes de siquiera agacharse, las cosas parecieron volver a su lugar dentro de la bolsa, tan rápido que le costó incluso pensar en lo que había visto. Cuando quiso preguntarle a aquel hombre sobre lo que había pasado, este le contestó sin pensar.
―No tema, mi buena señora. – exclamó el hombre, con una voz llena de júbilo. – Hoy es un día de dicha, incluso para Muggles como usted. ¡Ya que Quien-usted-sabe ya no existe más!
Luego de aquello, el hombre se alejó, vitoreando y cantando mientras otros hacían lo mismo al otro lado de la calle. ¿Quién-usted-sabe? Fue lo primero en lo que pensó aquella mujer. ¿A que se estaba refiriendo exactamente? Tomó la bolsa y entró en los terrenos del Orfanato mientras mantenía aquella pregunta en su mente, sin poder decir con certeza que aquello era algo que debía saber o no. Conforme el día fue pasando, la comida de los niños se había servido con moderación y tranquilidad, era una época del año en donde debían de guardar muy bien sus recursos, pues pronto llegaría un tiempo en el que podrían llevarles regalos a los niños debido a la navidad, y cada moneda era esencial para poder tener a todos los niños contentos.
Cuando la señora Cole dio su última ronda de la noche, cerca de las 10, todos los niños se encontraban ya en sus habitaciones y a punto de irse a dormir, algunos de ellos ya se habían acostado y otros se encontraban jugando con los pocos juguetes que tenían. Normalmente, Cole pasaba por la mitad del segundo pasillo y se regresaba a las escaleras, así tuviera que dar toda la vuelta al edificio desde el piso superior, llevaba años sin poder pasar por delante de la habitación en el centro del segundo piso.
La habitación estaba cerrada a cal y canto, pero nunca pusieron llave ni candado a esa puerta, ni mucho menos cadenas, pero cuando intentó una vez entrar en aquella habitación para ordenarla, en busca de una habitación para un nuevo huérfano, la perilla de la puerta le quemó la mano, y cuando se movió un poco por el golpe que ella dio del sobresalto, se escuchaban cadenas golpeándose una sobre otra, como si la habitación estuviera sellada por dentro.
Desde entonces nunca más volvió a intentar abrirla, mucho menos pasar por delante de ella. Desde que aquel chico dejó el Orfanato, aquella puerta permaneció cerrada durante décadas. Y cuando llegó su momento de entrar por el pasillo y hacer su ronda de la noche, estuvo a punto de darse la vuelta cuando una luz llamó su atención. No se trataba de las pequeñas lámparas que el pasillo tenía para iluminar, ni mucho menos las viejas lámparas de vela que el Orfanato tenía desde su creación. Era la luz de la luna llena que entraba por la ventana de una de las habitaciones… la habitación que llevaba décadas sin abrir.
Nunca, ni una sola vez en los casi 40 años en los que esa puerta permaneció cerrada, había dejado salir ni un solo rayo de sol, ni el más brillante había sido capaz de atravesar el orificio del picaporte ni mucho menos por debajo de la puerta. Esa sección del pasillo permanecía tan vieja y descuidada por todo el tiempo en el que nadie había pasado por ahí, la puerta estaba agrietada y la humedad en la pared alrededor de esta era demasiado notoria, al igual que su deterioro. Incluso había un viejo letrero del número al cual correspondía aquella habitación. Cuando la señora Cole se acercó, más de lo que alguna vez había vuelto a hacer, pudo leer bien el nombre de la inscripción.
“No. 27 – Tom Riddle”
Aquel nombre pareció traerle un sinfín de recuerdos escalofriantes, porque retrocedió un par de pasos al ver como la luz de luna parecía volverse más grande, mostrando una sola verdad en aquello. La Puerta estaba abierta. Poco a poco, la señora Cole se acercó hacia la puerta que resguardaba la habitación 27. Y al posarse delante de esta, por primera vez en mucho tiempo, no podía entender lo que veían sus ojos, pues la habitación se encontraba exactamente como la última vez que la había visto, se encontraba mejor incluso, pues estaba completamente impecable. El closet de madera, el escritorio y la silla de metal blanco, y la cama estaba tendida y pulcra, al igual que sus sabanas. Todo estaba perfectamente… a excepción de una cosa.
Las Rocas que había en el marco de la ventana, las pequeñas piedras que tanto quería aquel niño que había vivido alguna vez ahí, si es que podría decirse que las quería… una de ellas se había roto, y se había partido a la mitad. Cuando estaba aquí, Tom las mantenía siempre en la ventana, en la misma posición siempre, nunca las movía de ahí. Era el único lugar de la habitación que parecía siempre estar rodeado de polvo.
Casi como si recordara donde estaba y lo que debía hacer, la señora Cole se apartó de la habitación y salió corriendo hacia el piso de abajo, llamando la atención de todas las mujeres que la apoyaban en sus labores domésticas, y a los pocos hombres que cuidaban del Orfanato por la seguridad de los niños. Hasta los niños habían salido de sus habitaciones para ver qué era lo que tenía tan apurada a la Señora Cole. Y no era para menos. Para todos en el Orfanato, a excepción de ella… era la primera vez que había cruzado el pasillo por completo, y la primera vez que se había abierto aquella puerta.
En las afueras del Orfanato, la lluvia continuaba cayendo más fuerte que nunca, pero además de la lluvia, que mantenía el cielo completamente oscuro, a excepción de una sola porción del cielo, donde la luna llena dejaba entrar su luz, había una intensa bruma que ensombrecía esa calle, donde antes había estado llena de gente por la mañana, que a pocas horas de la media noche se encontraría completamente solitaria.
De entre la bruma, apareció un hombre de túnica purpura y bordados en color de oro, un sombrero puntiagudo y unos lentes de medialuna frente a sus ojos azules, su cabello y barba de color plata caían en gran cantidad, con su barba ligeramente atada en la punta. Al detenerse en mitad de la calle, con un pequeño movimiento de mano, la bruma se disipó alrededor de él, en una especie de muro en forma de medialuna que se habría paso hacia las puertas del orfanato. Y con ese mismo movimiento, la lluvia dejó de caer a su alrededor, la calle que rodeaba la bruma se secó con rapidez, y las pocas gotas de lluvia que aún caían eran a través del letrero del Orfanato de Wool.
Seguido de aquello, pequeñas pisadas aparecieron una seguida de otra, como si alguien hubiera saltado sobre la acera con un par de botas de tacón ruidoso. De repente, hombres y mujeres aparecían alrededor de la bruma, levantando lo que parecían ser pequeños palitos de madera, moviéndolos alrededor de ellos y hacia la bruma, mientras un hombre de cabello canoso, vistiendo un gran abrigo de cuero, se apoyaba con un gran bastón de madera torcida, y con una pierna metálica, que fue la que más ruido hacía en la calle al igual que su bastón, se acercó con seguridad al anciano de túnica.
―¿Albus, está seguro de que este es el mejor lugar para dejarla? – la voz del hombre era ligeramente rasposa, pero era la intensidad de su respiración, en su esfuerzo por mover su pesada pierna de metal y apoyarse con el bastón, que le confería un tono de voz tan intimidante.
Aquel hombre de barba plateada asintió con suavidad. Sus pasos, al contrario que su colega de abrigo de cuero era pausado y calmado, con un ligero movimiento de su túnica, ondulando por la suave brisa de la madrugada.
―No tiene ningún familiar que pueda cuidarla. – la voz del anciano era suave pero profunda, tranquila y calmada, así como su andar. – Además, la mujer a cargo conoce sobre nosotros… sabrá cuidarla y hablarle de nuestro mundo, cuando llegue el momento.
Aquel hombre con quien hablaba el anciano, con un pedazo de nariz arrancado, y con un ojo de cristal en el lado izquierdo de su rostro, que se movía en todas las direcciones posibles, gruñó ligeramente.
―Lo entiendo, pero sigo pensando que es una mala idea. – masculló el hombre, que no dejaba de girar la cabeza, buscando cualquier cosa en movimiento.
Uno de los hombres, surgidos de la bruma, guardó aquella “ramita” en el interior de su manga, acercándose al anciano de barba plateada y al hombre con bastón. El hombre aparentaba poco más de 20 años, con una pequeña barba mal rasurada y abundante cabello lustroso de color castaño, con ropas elegantes, aunque ligeramente rasgadas y quemadas en los bordes de las mangas de su saco.
―Aun así… es mucho mejor que dejarla en una casa destruida. – dijo el hombre con apariencia elegante; había un ligero tono juguetón en su voz, a pesar de la seriedad con la que hablaba, como si buscara aliviar la tensión del momento.
El anciano de barba plateada asintió, al tiempo que el mismo hombre de pierna de metal le lanzó una mirada al hombre que había llegado a su lado, específicamente con su ojo izquierdo, que lo veía de punta a punta como si buscara el más mínimo error en él.
―Sirius, deja a los adultos conversar. – La voz de un segundo adulto joven llamó la atención del primero, haciéndolo girarse.
Acercándose, sosteniendo despreocupadamente una ramita similar a la que su compañero había guardado, un hombre de cabello oscuro apareció al lado del hombre castaño. Sus ropas, de chaqueta marrón oscuro y una camisa de botones azul, estaban tan sucias de hollín y un poco rotas como las de su amigo, pero al contrario que él, su barba estaba perfectamente cortada, al igual que su cabello corto, y solo tenía un pequeño golpe en el armazón de sus anteojos rectangulares.
―Oh, como si tu fueras muy adulto, James. – el sarcasmo en la voz del joven adulto elegante salió a relucir, esta vez mucho más abiertamente que antes, como si toda la tensión que lo rodeaba hubiera desaparecido.
―Por favor, bajen la voz. – dijo una voz femenina, acercándose desde lo profundo de la neblina. Sus tacones resonaban en la solitaria calle.
Saliendo de la bruma, una mujer de largo cabello, de un color pelirrojo cobrizo, emergió de la densa neblina, llevando un abrigo guinda oscuro ligeramente manchado de hollín, y algo más oscuro, al igual que húmedo, sobre su pecho. Entre sus brazos, además de sujetar con su mano derecha el mismo tipo de ramita que el resto llevaban, llevaba un manto gris, ligeramente chamuscado. La mujer de preciosos ojos verdes lo cargaba con cuidado, casi maternalmente.
―James, por favor, deja de molestar a Sirius. Sirius, no te pases de listo con James, y los dos, dejen de molestar. – dijo la mujer, enmascarando el paso de sus tacones en la calle empedrada con el sonido dulce de su voz.
―Claro, y a mí me regañan dos veces. – dijo el hombre elegante en tono de broma, cruzándose de brazos.
―Lily, Cariño…¿Estas seguras de que quieres hacer esto personalmente? – preguntó el hombre, con preocupación en su voz. El tono burlón que había empleado con Sirius había desaparecido. – Puedes dejárnoslo a nosotros. Harry…
La mujer de ojos verdes negó, con una suave sonrisa, mientras mecía suavemente sus brazos.
―Hagrid puede encargarse perfectamente. Debiste haberlo visto cuando nos fuimos, tenía tanto miedo de dar un paso en falso… Confía en él. – dijo la mujer, con una sonrisa sincera en sus labios.
―No es que desconfíe de Hagrid, pero… – volvió a decir el joven hombre, esta vez mucho menos preocupado, pero fue interrumpido por el anciano de barba plateada.
―Ah, James, descuida… a Hagrid le confiaría mi vida. – dijo el anciano con voz calmada, tranquilizando los nervios del hombre de cabello oscuro. – Estoy seguro de que todo saldrá bien.
Con pasos suaves, Lily se acercó hacia Albus, el anciano hombre de barba plateada, y su compañero de abrigo de cuero y bastón.
―Profesor Dumbledore. – Lily inclinó ligeramente su cabeza, saludando al anciano hombre, quien correspondió de la misma forma. – Alastor. – El hombre cojo y con el ojo de cristal azul eléctrico asintió, mucho más toscamente.
Su ojo giró solo un par de veces para ver a Lily, muchas menos veces que cuando miró a James o Sirius, por lo que en ese momento sacó su ramita, y como si buscara cualquier cosa rara, caminó paralelamente a Dumbledore, mientras la joven de cabello cobrizo se le ponía a un lado, siguiéndolo en su caminar hacia el final de la calle. Hacia el orfanato.
―Profesor… ¿está seguro de que esta es la mejor opción? – preguntó la mujer, abandonando ese pequeño tono mandón que había adoptado con Sirius y James.
―Já, Lo que yo dije. – comentó Alastor, caminando de manera dispar sobre el camino empedrado.
―Es que… James y Yo no tendríamos ningún problema con adoptarla. – la voz de la mujer había adquirido un tono esperanzador, casi de petición.
―Lily…
―¡O si no soy yo, puede ser Molly! – la mujer alzó su voz un poco, pero no demasiado, poniéndose por delante del anciano hombre mientras sostenía aquella manta alrededor de sus brazos. –Ella siempre ha deseado una hija, y estoy segura de que esta niña...
―Lily.
Dumbledore alzó una mano, deteniendo tanto su avance como los pasos de la mujer delante de él, quien había perdido su voz cuando el anciano hombre la detuvo, con mirada triste detrás de sus anteojos de medialuna.
―Entiendo por qué lo pides… – dijo el hombre, bajando su mano y acercándose a la joven mujer, alcanzando así a ver un pequeño mechón de pelo negro que surgía del interior de la manta gris. – y no dudo, que, si tu o Molly adoptaran a esta niña, su vida estaría llena de amor y cuidados.
Lily bajó su mirada a la bebé que cargaba en brazos, que se encontraba profundamente dormida. Sus manitas estaban aferradas cerca de su pecho, a la parte menos quemada del borde de la manta gris, y su cabello negro se movía suavemente con la brisa de la madrugada.
―Pero en nuestro mundo, será agobiada por fama y una atención excesiva… y lo mejor para ella, es que se aleje de todo eso… hasta que esté lista.
Lily, aunque asintió, lo hizo con resignación. El hombre colocó su mano sobre el hombro de la mujer, dándole una suave palmada en consuelo.
―Si alguno de la orden la cuidara… estaría en gran peligro. Él habrá desaparecido… pero sus seguidores siguen rondando por ahí.
La pelirroja respiró hondamente, suspirando con pesadez, antes de asentir con mayor determinación. Ella entendía lo que el anciano de barba plateada quería decir: Aunque la guerra había terminado, las cosas aún no podían calmarse… hasta que el último de los seguidores del señor tenebroso estuviera tras las rejas.
Con un leve ademán, una pequeña canasta tejida con mimbre apareció en la puerta del Orfanato. Con sumo cuidado, Lily colocó a la preciosa bebé en la canasta, ocultando su lindo cabello corto de color negro bajo la pequeña cubierta de la canasta. Cuando Lily se apartó, dando pasos suaves hacia atrás, sin perder de vista la canasta, fue atrapada por su esposo antes de que esta diera un paso en falso fuera de la acera.
Albus se arrodilló, y con delicadeza, colocó sobre el cuerpo envuelto de la bebé una pequeña carta, hecha en un viejo pero perdurable papel pergamino, con letras en color verde esmeralda que brillaban con la luz parpadeante de la farola a las afueras del orfanato.
―Es hora de irnos. – el hombre de bastón golpeó suavemente el suelo, haciéndolo resonar por toda la calle, e instantes después, la aldaba de la puerta principal del edificio del orfanato sonó.
En los instantes siguientes, los hombres y mujeres que rodeaban la calle desaparecieron, envueltos en la neblina que lentamente tragaba todo rastro de su presencia, con sus pisadas desapareciendo al instante en que la bruma los devoró. Lily y James fueron casi los últimos en desaparecer, con la mujer dándole un último vistazo a la bebé, antes de desaparecer en la grisácea cortina.
Al final, solo quedaron la bebé y el hombre de barba plateada, quien observó como las luces en los pasillos del orfanato comenzaron a encenderse. Así, el hombre miró a la bebé, dedicándole una suave sonrisa.
―Suerte… Hermione.
Albus Dumbledore fue consumido con la neblina, y tras el sonido de un amortiguado sonido de estallido, la neblina se disipó con tan rápido, que cuando la puerta del orfanato se abrió, no había ni rastro de ella. La lluvia continuó su paso, empapando toda la ciudad… salvo la entrada del orfanato.
La canasta con la bebé fue recogida en esa oscura y tormentosa noche del 31 de octubre, alrededor de la media noche. Esa fue la primera vez en la que Hermione durmió en la habitación 27, en una cuna improvisada que hicieron.
Esa fue la primera vez en la que las encargadas del orfanato habían observado a una bebé dormir plácidamente en un lugar, sin llorar ni una sola vez. Esa fue la primera vez en mucho tiempo que alguien ocupó la habitación 27.