[Katakuri x Lectora] «Onihime»
Por un breve instante, todo lo que se escuchó fueron los taconazos de los acelerados pasos de dos mujeres jóvenes y hermosas alejándose con destino a la salida de doble puerta.
Toda la familia Charlotte se había juntado para atender una reunión de carácter urgente y obligatorio por órdenes de LinLin; la matriarca, capitana y reina pirata de cada uno de los presentes.
La enorme y regordeta mujer de cabello rosa acababa de anunciar a sus ochenta y cinco hijos, quiénes serían los próximos en contraer nupcias.
Desde luego, a las dos hijas menores —que optaron por retirarse antes que los demás miembros de la familia casi dando zancadas—; no les hizo nada de gracia la noticia.
Los hermanos mayores esperaban una mala reacción por parte de su madre y capitana, debido al arrebato y la falta de respeto que atestiguaron. No obstante, la mencionada matriarca estaba mucho más interesada en devorar los dulces parlantes que con alegría bailaban frente a ella —sobre el blanco mantel de la mesa—, que en ejercer su autoridad absoluta para reprender o condenar las acciones de sus hijas. Era su sagrada hora de merienda después de todo.
Muchos de los presentes pensaron en que a lo mejor, la edad había ablandado un poco el corazón de la madre que con mano firme les dio crianza; hasta plantarles el síndrome del niño maltratado, cosa que se arraigó en lo más profundo de su ser imposibilitándoles el derecho de autonomía y el deseo de rebelión.
Concluyeron, decididamente, que su madre había consentido mucho a sus últimos partos.
No obstante, y muy a pesar de cualquiera que fuese la situación en cuanto a cada hijo de Charlotte LinLin; el matrimonio por conveniencia era una orden directa y absoluta de la cual ningún miembro de la familia podía librarse, Charlotte Katakuri; el segundo hijo y comandante dulce de la mencionada Yonkō, lo sabía mejor que nadie.
Hacía pocos años de que Charlotte Katakuri había sido irremediablemente obligado a casarse con la hija mayor de Kaido, [Tn]; la princesa ogro, y la vida a su lado no había sido precisamente pacífica pues la mujer era bastante agresiva con él.
Charlotte Katakuri siempre había creído que en su posición —como la mejor pieza de ajedrez en el tablero de su madre—, era libre de elegir si quedarse en calidad de soltero empedernido, o casarse con quién escogiese. (Si es que alguna vez encontraba a la persona indicada. Aunque no era como que hubiese estado buscando dicho ser).
Nunca contó con el inesperado e indeseado pero incuestionable hecho, de que su futuro ya había sido elegido y sellado por aquella a quien veneraba y respetaba más allá de la lógica.
Fuera de los límites de su relación con la autora de escribir su destino, su vida, su ciega devoción y su irrevocable lealtad le pertenecían a su madre, capitana y reina después de todo.
Casarse nunca estuvo en sus planes, pero desde hacía años de que su forzosa unión con su esposa había sido consumada.
Todas las personas de isla Whole Cake se referían y dirigían a [Tn] —esposa de Charlotte Katakuri y segunda princesa de la casa Charlotte—, como «Onihime», tal cual se acostumbraba en tierra de Wano.
Katakuri sabía bien a qué se debía la intolerancia de la mujer para con su persona, su madre, el resto de la familia Charlotte y cada subordinado que conformaba la flota pirata.
Comprobó algunas de sus muchas especulaciones en la noche de bodas, cuando ella se comportó como loca; lanzando todo lo que encontraba en la habitación para obligar a salir del espacio a los obstinados soldados que con algo de rudeza la escoltaron tras de que intentase huir durante el banquete de celebración.
En aquella ocasión Onihime golpeó por accidente a una mucama que solo tuvo la mala suerte de entrar por la puerta después de los soldados.
Dicha mujer la ayudaría a deshacerse del vestido de novia, del velo; y asimismo procuraría serle útil con su imagen para que luciera hermosa para el marido. Black María se lo había ordenado de todas maneras.
El golpe en la cabeza fue suficiente para dejar fuera de sí a la rubia y esbelta chica de pequeña estatura, que vestía el uniforme tradicional de la servidumbre.
Onihime fue la primera en correr en auxilio de la mujer. Odió su arrebato y odió el cepillo cuadrado de plata con el que siempre se peinaba el cabello, pues era su favorito; y ahora, se había convertido en el presunto objeto asesino de aquella que no despertaba.
Katakuri, que apenas se asomaba al pie de la puerta; se quedó parado observando que la amargada mujer que lo había odiado desde que fueron presentados, lloraba abrazando a la humana que sangraba de la frente.
El escándalo fue algo que lo intrigó desde que comenzó a avanzar por el pasillo, pero nunca esperó encontrarse con la escena que impasible contemplaba.
Apoyó el hombro izquierdo en el marco de la puerta después de cruzarse de brazos. Todavía vestía el traje de novio que su madre había elegido para él.
Los hombres de Kaido, que obligados vestían de manera elegante por la ceremonia que atendieron como miembros de los Piratas Bestia, se frotaban diferentes partes del cuerpo mientras se quejaban por los golpes y la agresión recibida.
Katakuri suspiró con algo de hastío.
«Madre, me has conseguido por esposa a una mujer realmente temperamental». Pensó.
Recordó la primera impresión que tuvo de [Tn] cuando por casualidad, la vio en tierra de Wano pocos días antes de la boda.
Aquel día, miró a la mujer que a escondidas salía del castillo de Orochi, llevando consigo una especie de bulto debajo de su capa negra sobre la espalda.
La siguió, dándose cuenta de que ella llevaba una gran cantidad de comida en una mochila.
Katakuri sucumbió ante la curiosidad por el hecho, cuestionándose qué tipo de mujer era la joven que debía estar sometida al régimen y voluntad de su padre, y no desafiándolo.
Con mucho sigilo y precaución, Katakuri le siguió la pista hasta Udon —localizado al sureste de Wano—; manteniendo una distancia prudencial. La contempló repartiendo cada cosa entre las personas que con lágrimas de agradecimiento aceptaban su bondad y generosidad.
Después, la siguió hasta la siguiente villa donde hizo exactamente lo mismo.
Katakuri por poco sonrió mientras observaba con gran detenimiento el absurdo disfraz de color negro que la mujer usaba, como si eso fuese suficiente para ocultar su identidad.
Desde luego, era la primera vez que la veía en persona. Ya se le había mostrado una fotografía donde ella aparecía de perfil, sentada en la grama debajo de un árbol de cerezo, distraída.
Pero sin temor a dudas sabía que se trataba de Onihime.
Se planteó: «¿Cuántas veces se puede ver a una mujer de cuatrocientos cincuenta centímetros de estatura caminando entre gente que con suerte roza los dos metros de altura?»
El nudo de la pañoleta negra debajo de la nariz de Onihime, era un mal intento de ocultar su bonito rostro; pero fue otra cosa que le pareció muy graciosa. Tierna, incluso.
Y ahora, veía a la mujer que se había convertido en su esposa, yendo en contra de todo lo que hubo de comprobar con respecto a su forma de ser. Pero se trataba de un accidente, por lo que notaba.
—¡Ayúdenme por favor! —suplicó Onihime.
—No —dijo Katakuri, con voz ronca y firme—. Que nadie ayude a la mujer —ordenó mirando a los soldados—. La princesa ogro debe hacerse responsable de sus actos. Que la muerte de la mucama le sirva como escarmiento
—Pero... —intentó protestar [Tn].
—... así aprenderá a comportarse y ahorrarse esos berrinches que no estoy dispuesto a tolerar —finalizó Katakuri.
Onihime se quedó mirando al hombre cuyos ojos granates la observaban con frialdad.
—Haré lo que me pida, Katakuri-san —le dijo, tragándose su orgullo. Nunca lo habría tratado con respeto de no ser porque necesitaba que salvaran la vida de la mujer que fue víctima de su arrebato.
Katakuri se lo pensó.
—Bien —dijo—. Te consideraré como una mujer de palabra, pero si incumples con tu...
—¡Soy una mujer de palabra! —exclamó airada, poniéndose de pie abruptamente. Ella apenas le llegaba a la boca del estómago, de modo que lo veía hacia arriba.
Katakuri la observó detenidamente por un instante.
—Eso lo veremos —le retó inclinándose un poco a su estatura.
No podía mentirse a sí mismo, le gustaba lo que veía; y mucho.
Por poco sonrió aunque supo mantenerse impasible antes de girarse hacia los soldados bestia.
—¿Señor? —preguntó el de cabellos morados.
—Lleven a la mujer a que reciba atención especial, y dense prisa.
—Hai! —gritaron todos a una voz.
Los tipos recogieron a la rubia antes de retirarse cerrando la puerta detrás de sí.
Katakuri se volvió hacia Onihime, que parecía contener la respiración.
—No tienes porqué estar tan nerviosa —dijo, quitándose la pajarita.
Onihime tragó grueso, antes de dar un paso hacia atrás. En realidad, él la intimidaba, aunque hacía el mejor de los esfuerzos por no demostrárselo.
—¿Qué... —titubeó, sintiendo que un frío le recorría la espina dorsal—. ¿Qué cree que hace?
—Voy a consumar mi matrimonio, ¿acaso no es obvio?
Onihime volvió a tragar saliva. ¿Consumar el matrimonio? ¡¿Cómo que consumar el matrimonio?!
—Pero...
Katakuri la miró con viva diversión.
La reacción de Onihime le había encantado. Ella, en sí le encantaba; sin importar las casi desvanecidas cicatrices que tenía por haberse cortado los cuernos con una katana revestida de haki.
Recordó que la miró a la distancia cuando hizo tal cosa delante de Kaido.
Por lo que pudo deducir, la acción de Onihime se debió a un acto simbólico de cortar lazos; cosa que para el mencionado Yonkó fue clasificada como una rabieta de una mocosa «caprichosa» y desobediente.
—¿No fuiste tú aquella que dijo que haría lo que yo quisiera?
Katakuri por poco sonreía notando que los ojos de Onihime se abrieron más de lo normal. Apostaba porque a ella nunca le pasó por la cabeza que él aprovecharía la situación.
Se preguntó, en base a lo meditado: ¿Y por qué no lo haría?
Onihime miró hacia la cama, sintiendo que un frío le recorría la espina dorsal. Después miró a Katakuri a los ojos.
Apenas se ponía a pensar en que debía jugar el papel como esposa después de ser forzada a casarse. Pero, ella estaba enamorada de otro hombre; uno que nunca la habría correspondido. No, King no era del tipo que caía en los juegos del corazón, y eso lo sabía muy bien.
Bueno, King siempre fue un platónico y nada más.
No le quedó mas remedio que asentir porque después de todo, había acordado lo que Katakuri acababa de recalcarle.
—¿Qué debo hacer? —le preguntó cohibida. No estaba segura de poder cumplir con ese extraño que se despojaba del esmoquin frente a ella.
—No tienes que hacer nada —le respondió, dejándose solamente la bufanda de color blanco.
Onihime separó los labios notando los tatuajes en el cuerpo de Katakuri. No podía negarse que él tenía un físico perfecto, no obstante, se preguntaba porqué se cubría la cara.
Por otra parte, Katakuri ni siquiera pensaba en que su madre le había dicho que consumara su matrimonio y que embarazara a la princesa ogro en la noche de bodas, puesto que le urgía tener nietos de estatura grande.
No, él solo quería desvestirla y hacerla suya de muchas maneras. Ya no quería reservarse lo mucho que la había deseado desde que la vio en persona.
El pecho de Onihime subía y bajaba debido a lo nerviosa que se sentía. No quería entregarse al desconocido. Deseaba huir, pero, le había dicho que haría lo que él quisiera si salvaba a la mujer, ¿no? Su palabra estaba empeñada, y, en un mundo donde estaba condenada por ser la hija de un «monstruo», era lo único de valor que poseía.
—No puedo quitarme el vestido —dijo bajando la mirada.
La respiración, acortada y dificultosa, no era el único de sus males. Las rodillas le fallaban y las manos le temblaban. El peor de sus padecimientos era la penetrante mirada granate que parecía ver incluso en su interior.
—Lo haré por ti —murmuró Katakuri, acercándose a ella hasta quedar a un paso de distancia.
Casi podía saborear los nervios de Onihime, que, por extraña que fuese la sensación, era algo que le gustaba.
La cogió por los hombros y la hizo darle la espalda con mucha delicadeza.
Bajó la diminuta cremallera desde media espalda a la cadera, y deslizó la prenda desde los hombros para que ella sacase los brazos de cada depósito de tela transparente.
La mujer se estremeció, cuando con gran suavidad Katakuri deslizó ambas manos desde los extremos del cuello hasta los hombros simultáneamente.
El corazón, que con desenfreno galopaba en el pecho, amenazaba con salirse de su cavidad. Sus nervios habían alcanzado un nuevo nivel de intensidad aumentando su impulso de huir.
¿Pero huir adónde?
El castillo estaba rodeado. Afuera estaría su padre con sus secuaces. Y no podía olvidarse de los piratas de Big Mom; en especial los hermanos de Katakuri que no le parecían personas muy tolerantes y mucho menos pacientes.
No. No podía huir. Su destino estaba sellado.
Debía consumar el matrimonio, y, después, tendría que despedirse de su tierra y de la hermana que no pudo ver una vez más antes de la boda.
Era lo que era. Estaba condenada.
Por el momento no podía hacer más que permitir que su marido se enseñoreara de ella.
Muy a pesar de haberse resignado, el pudor sobresalió de la anterior mezcla de emociones y contradicciones que tuvo que dejar de lado.
—Espere... —murmuró cubriéndose los pechos con los antebrazos. Le avergonzaba lo que estaba a punto de decir, pero lo dijo de todas maneras—. ¿Podría apagar la luz?
Tragó saliva con la mirada hacia la alfombra.
Una sensación fría le subía y le bajaba en la boca de su estómago. No podía ser... En verdad estaba a punto de meterse a la cama con un completo desconocido.
Ver a un hombre pocas veces antes de la boda no lo convertía en lo contrario. ¿Verdad?
Katakuri sonrió de medio lado puesto que con su Haki, ya había previsto esa posibilidad, que siendo honesto, le favorecía a totalidad dado que no deseaba mostrarle la cara.
En realidad, el momento y las reacciones de [Tn] eran cosas que le parecían muy gratificantes.
—Está bien —cedió.
Bajó la intensidad de la luz de la recámara casi al punto de que no se veía más que formas confusas.
La desvistió tomándose su tiempo; apreciándola gracias a su haki de observación. La recostó en la cama siendo consiente de los nervios que ella padecía.
No tardó en despojarse de las prendas restantes que una a una caían en la alfombra, antes de subirse de rodillas en la cama.
Sintiéndose algo ansioso, deslizó con suavidad la yema de los dedos desde ambos extremos de la cadera de Onihime. Disfrutó mucho de la manera en que ella se estremeció.
Se inclinó a inspirar el olor natural de la tersa piel que palpaba, logrando que se erizasen los centímetros de carne que su nariz rozó.
Fue dejándole besos desde los tobillos, subiendo por las pantorrillas hasta llegar al abdomen bajo.
Onihime se había quedado con la imagen mental del cuerpo de su esposo, aunque habría deseado verle la cara. No obstante, le sorprendía el hecho de que no se estaba negando a las caricias a pesar de estar enamorada de otro hombre.
¿Y si cerraba los ojos pensando en King? No. No le era posible. La fría y penetrante mirada granate se lo impedía.
Era superficial, incluso irrelevante —o eso pensó—, pero encontró consuelo en el hecho de que su esposo en realidad era bastante atractivo. O así era por lo menos en lo que respectaba a un físico sin incluir un rostro cuyas facciones desconocía.
Por otra parte, esas pestañas largas y abundantes; esos ojos llenos de misterio y esas perfectas cejas arqueadas no eran un mal comienzo para las especulaciones...
¿Pero qué pasaba por su cabeza?
¿Acaso se sentía atraída por el hombre que le dejaba besos en el vientre, y que delicadamente colectaba cada huella antes marcada por sus labios hasta llegar a la ingle?
Sus pensamientos fueron mandados a callar cuando sintió la tibia y húmeda lengua de Katakuri rozándole la intimidad desde su clítoris hasta abajo y viceversa.
Le fue imposible no estremecerse ahogando un gemido. Se sentía demasiado bien como para intentar fingir que no.
¿Así de placentero era que alguien la besara «ahí»?
Se olvidó del pudor y de que el hombre con quien estaba teniendo su primera experiencia sexual no era quien habría deseado, y se permitió arquear la espalda y contornearse mientras arrugaba la sábana entre los dedos sin poder controlar sus gemidos eróticos.
Ese hombre parecía esculpirle la intimidad para después deshacerla con la lengua, y eso la estaba matando de a poco.
¿Pero qué le hacía? Oh cielos. ¡Qué descaro! Aunque la sensación era tan deliciosa que protestar sería lo último que haría.
¿Qué había pasado con su amor platónico de toda la vida por King? No sabía, pero si de todas maneras estaba obligada a entregarse a un extraño, más le valía disfrutarlo.
La lengua de Katakuri envolviendo la tierna carne se ganó toda la atención de la mujer que había cesado de pensar, logrando que se dejara llevar hasta el punto de abrir más las piernas en tanto emitía gemidos aún más sensuales.
Ojalá que alguien le hubiese dicho sobre lo placentero que era para una mujer, el hecho de que alguien le hiciese ese tipo de indecencias con la lengua.
Katakuri se detuvo ya que la sentía un poco relajada, y lamió desde el clítoris hasta la desnuda pelvis; llegando al vientre para demorarse un instante en el ombligo.
Las manos de Onihime continuaban aferradas a las sábanas puesto que no sabía qué hacer con ellas. No se sentía capaz de tocar ni siquiera los brazos de aquel que la estaba haciendo estremecerse y volverse líquido de cierta zona.
Katakuri juntó ambos pechos para apretujarlos mientras lamía ambos pezones que se endurecían debido a la sensibilidad de Onihime.
Al menos, la mujer temperamental había resultado bastante receptiva, y eso lo complacía.
La besó en los labios, finalmente, notando que ella carecía de experiencia y que apenas podía seguirle el paso a pesar de lo lento que era su beso.
Se demoró chupeteando los tiernos senos que apenas le llenaban las manos, y después le besó el cuello en tanto frotaba la punta de su glande en la caliente, inflamada y humedecida entrada vaginal.
Lo enloquecía la manera en que sus fluidos se mezclaban con los de ella.
Inspiraba y exhalaba el dulce olor de su suave perfume en la piel, sin perderse de las notas de lavanda en los cabellos oscuros.
Ya no podía contenerse. Quería hacerla suya de una buena vez y por todas.
Frotó nuevamente la punta de su glande contra la tierna carne con la cual, comenzó a presionarse.
Sonrió de medio lado pues se le había prometido una doncella, y era justo lo que estaba teniendo.
[Tn] se tensó debido a la molestia de su himen rompiéndose, pero era demasiado orgullosa como para protestar o mostrar signos de cobardía. Y esto, Katakuri ya lo sabía.
Para ella, se había llegado el momento de la verdad; y para él, la oportunidad de saciar el deseo que había acumulado en todos esos días en que, lo único que se le era permitido lejos de aproximársele, se resumía a la especulación sobre un dulce misterio no revelado.
Finalmente la poseería...
Katakuri internó el rostro en el arco del cuello de la mujer que había comenzado a encarnarle las uñas en los brazos, mientras que él la sujetaba de ambos extremos de la cadera para mantenerla firme y así continuar abriéndose paso en sus entrañas.
Los minutos de silencioso sufrimiento le parecieron eternos a [Tn], hasta que por fin, sintió que Katakuri entraba y salía de ella despacio, con mucha gentileza.
Se preguntó si acaso lo había juzgado mal, o, si solamente estaba siendo considerado porque esa era su primera vez. Nadie le aseguraba que no empezaría a maltratarla en cualquier instante...
No obstante se dijo, que Katakuri pudo haberla forzado y no lo hizo; pudo haberle negado su petición de ayudar a la mucama sin contemplaciones de nada, y no lo hizo. Dejó de lado tanto pensamiento para encerrarse en uno solo: ¿por qué su cuerpo no lo rechazaba?
Le gustaba eso que empezaba a sentir en su interior, eso que cosquilleaba de manera agradable a pesar del dolor de la primera vez.
Era extraño, pero incluso sintió la necesidad de abrazarlo del cuello. Y no se contuvo.
Mientras, Katakuri se mordía el labio inferior manteniendo los ojos cerrados. Estaba disfrutando muchísimo el deslizarse dentro y fuera, dentro y fuera de esa caliente y resbaladiza cavidad que todavía no se acostumbraba a su tamaño y grosor.
Los gemidos de Onihime cobraban intensidad por segundos, así como los gruñidos roncos de Katakuri se hacían audibles. Se sentía bien, demasiado bien. Y ninguno de los dos habría logrado disimularlo.
En ese instante, los labios del hombre se aferraron a los pezones de su nueva esposa como si fuese a arrancárselos.
[Tn] lo presionaba por detrás de la cabeza mientras entrelazaba los tobillos sobre la cadera de Katakuri, que incesante la penetraba con movimientos firmes y rítmicos.
Dolía, pero era más grande la sensación de cosquilleo palpitante que le adormecía los sentidos.
De repente, sintió que su cuerpo se tensaba comenzando a sufrir de espasmos que la hacían enloquecer debido a las pulsaciones placenteras que cada vez se volvían más intensas.
Katakuri apretó los párpados luchando por no dejarse arrastrar por el orgasmo de [Tn].
Salió de ella con cuidado, y pese al olor de la sangre expeliendo de sus entrañas como prueba de la virginidad que acababa de reclamar como suya, la colocó boca abajo para penetrarla despacio.
Onihime agradecía por la falta de iluminación, porque de otra manera, no habría podido con la vergüenza de tener el trasero expuesto para Katakuri.
Ella no podía creer que a fin de cuentas, sí se había entregado a un hombre distinto al que moraba en su corazón.
Bueno, de todas maneras hacía mucho que había renunciado a esa ilusión; no obstante, lo recordó con viva nostalgia ya que era el día de su boda; una que acababa de consumar con el hombre que le apretujaba los glúteos mientras la embestía lento.
Cerró los ojos dejándose seducir por la sensación que volvía a manifestarse mientras Katakuri iba un poco más rápido y profundo.
El dolor también se hacía notar, de modo que se apartó cuando le fue intolerable.
—Lo siento —murmuró Katakuri, saliendo de ella.
—No es nada —respondió increpándose por haber sucumbido ante el dolor. No deseaba mostrarse débil y vulnerable.
—Debes decirme si te lastimo —le dijo, acomodándola boca arriba nuevamente.
[Tn] guardó silencio. Tan solo lo dejó continuar.
La nueva posición, no obstante, no le resultaba incómoda como la anterior.
Katakuri volvió a penetrarla despacio. Después se detuvo un momento para sostenerla por debajo de las rodillas.
[Tn], en cambio, encontró en las sábanas un buen sitio al que aferrarse y clavar las uñas.
El movimiento de cadera de Katakuri cobró un poco de intensidad, hasta que los jadeos de ella se transformaron en gemidos desbordantes de placer que la hicieron temblar mientras se entregaba a la sensación de un segundo orgasmo.
Katakuri no se contuvo esta vez, y la rellenó con su esencia dejándose cegar por su instinto primitivo.
Esa fue la primera vez que Katakuri estuvo íntimamente con esa mujer que desde entonces, no hacía más que causarle dolores de cabeza.
No sabía porqué había recordado esa ocasión estando ahí, sentado a la mesa con sus hermanos y su madre. Se dijo, que tal vez todo se debió al tema del matrimonio por conveniencia al cual sus hermanas serían sometidas dentro de poco.
También rememoró, que aquella vez; por un solo momento, mientras Onihime temblaba en sus brazos, él creyó que existía la posibilidad de llevarse bien con ella y que a lo mejor, ninguno sufriría por el yugo de un matrimonio forzado.
Pero se equivocó... Y ya no sabía qué hacer para llegar a ella y asimismo lograr que la contienda cesara de una buena vez y por todas.
Aunque, tal vez...
Sonrió, dado que una loca y descabellada idea había llegado a su mente.
Ya quería llegar a casa para probar su suerte. Rezaba porque esta vez todo resultase como lo planeaba.
