Esos dias | Kookjin

Summary

Seokjin es un joven que una vez tuvo sueños y fantasías, propias de su joven edad, cometió errores que hasta ahora le pesan. Cuando su pasado regresa, espera seguir viviendo su vida con la normalidad con la que la llevaba hasta ahora. Pero es imposible no dar una miraba a su pasado para hacerle recordar el porque ahora esta viviendo la vida que nunca soñó para su hijo, ni para él.

Genre
Drama/Other
Author
Sandy
Status
Complete
Chapters
51
Rating
n/a
Age Rating
16+

El ahora

Cuando pienso en lo que debo hacer hoy, el pecho se me llena de un peso insoportable. Me abruman todas las cosas que ya debería haber terminado, todas esas responsabilidades que se acumulan como piedras en los bolsillos. Intento dar un respiro... pero con cada aspiración, mis pulmones se sienten más cerrados, como si el aire ya no encontrara salida. Estoy exhausto. Cansado de cargar con obligaciones que no debería tener a esta edad.

Mi madre solía decirme que toda acción trae una consecuencia. Nunca le presté atención. Y ahora... ahora daría lo que fuera por volver a escuchar cada palabra que alguna vez susurró con amor. Mis oídos extrañan su voz, y mi corazón... mi corazón aún anhela ese consuelo que solo ella sabía darme.

Me equivoqué. Lo sé. Tantas veces. Y ahora solo me queda aprender a la mala, con cicatrices en lugar de lecciones.

Mis pensamientos me arrastran tan lejos, tan profundo, que no me doy cuenta de que mi mano empieza a arder. Es ese ardor el que me arranca de la niebla, que me obliga a volver al presente.

¿Qué estoy haciendo, Dios?

Respiro hondo. Trago saliva. Trago las ganas de llorar. Porque sí, duele. Este dolor es solo una gota más en el mar oscuro de mi situación. Una grieta más en esta vida que se ha ido desmoronando a pedazos.

¿Quién lo creería? ¿Quién pensaría que yo... terminaría viviendo así? Alguna vez creí que tendría todo lo que quería. Me lo prometieron, me lo prometí. Pero mi juventud me dejó soñar con cosas que ahora son solo ruinas: sueños sepultados, apaleados por la vida y el tiempo.

Sentir que he vivido más de lo que realmente viví... es el castigo de mis decisiones. Y la prueba más cruel de que el tiempo no perdona a quienes nunca supieron detenerse.

Cuando intento mirar hacia atrás y preguntarme en qué momento me equivoqué, la decepción me muerde por dentro. Me acobarda. Me detiene. Y entonces, para no quebrarme del todo, me digo en silencio:

“Hey... deja de lamentarte. Continúa. Sigue. No recuerdes, porque vas a llorar. Y si lloras, recuerda que tú mismo te lo buscaste.”







—Qué feo va a quedar eso. Échale agua —dijo Yoongi desde el otro lado de la cocina, sin apartar la vista de la herida.

Seokjin obedeció en silencio. Su mano ya estaba roja, casi al punto de hervir, por haber tomado el mango de la olla sin guantes. El ardor punzaba sin tregua, pero no dijo nada. Estaba acostumbrado a hacer como si no pasara nada.

—No lo mires si no te gusta —añadió Yoongi con una media sonrisa que no era del todo amable—. Anda, termina de cortar esas verduras.

Seokjin lo miró con una mezcla de rabia y cansancio. Hoy no lo soportaba. Si tan solo se quedara callado... sería perfecto. Esa boca arruinaba todo. No ayudaba. No al Seokjin roto que necesitaba silencio, no a ese yo deprimido que apenas lograba sostenerse en pie.

—¿Qué quieres que diga? —resopló Yoongi—. Cuando el señor Kim vea esa mano, le va a dar asco su cena. Voy por el botiquín. Espérame un momento... y sigue metiendo esa mano en el agua.

—No se ve tan mal —murmuró Seokjin, bajando la mirada.

Mentía. Se notaba. La quemadura era fea. Dolía como el demonio. Una ampolla aparecería pronto y lo dejaría sin poder usar la mano por días. Otra limitación. Otro motivo para retrasar todo lo que ya lo asfixiaba.

Escuchó los pasos de Yoongi bajando de la segunda planta, hablando solo como solía hacer.

—Deberías agradecer al mundo por tenerme. ¡Mira lo que encontré! Una crema para quemaduras. Mi abuela solía decir que la pasta dental curaba todo. La muy mentirosa... la vez que me quemé con aceite sentí que me estaba muriendo. No le creas a las abuelas. Solo saben dar consejos fatales.

—Déjame decirte algo... te pareces a tu abuela —respondió Seokjin con voz apagada.

Yoongi lo miró con esos ojos afilados, sin pestañear. Tomó su mano con brusquedad, sin delicadeza alguna.

—Creo que ella era mejor que tú como enfermera —murmuró mientras aplicaba la crema con rapidez.

—Dime que esto no te impedirá venir conmigo a la cita doble.

Seokjin bajó la mirada, sin responder al instante. No creía que salir esa noche fuera una buena idea. Tenía demasiadas responsabilidades en la cabeza. Además, no se sentía bien. Desde que el sol había salido, había tenido esa sensación amarga de inutilidad adherida al cuerpo.

—Puedes invitar a otra persona —respondió al fin—. Hoy el señor Kim tiene una cena importante. Y si a él le va bien, a nosotros también. No deberíamos hacernos la ilusión de que terminará temprano.

Por favor, deja de mirarme así.

Sintió los ojos de Yoongi clavados en él, con ese gesto inquisitivo que empezaba a inquietarlo. ¿Qué pasa hoy contigo? ¿Por qué esa insistencia?

Solo quería que lo dejaran revolcarse en su miseria una noche más. Solo eso.

—¿Quién le metió en la cabeza que necesito salir, embriagarme o enredarme con algún sujeto para estar más animado? —espetó Seokjin, con la voz cargada de hastío.

Yoongi lo miró con fastidio, cruzado de brazos, como si ya tuviera el guion ensayado.

—Lo estás haciendo de nuevo —replicó con dureza—. No puedes simplemente pensar en quedarte encerrado aquí. Tienes una vida que continuar. Te regocijas en tu dolor, parece que disfrutas mostrar tu patético yo para que sientan lástima por ti y así atraer a los hombres... como una mosca al excremento. Conozco bien esa estrategia: dar lástima. Mientras tanto, yo tengo que valerte como excusa para conseguir una cita.

Sálvame, Señor. Ya empezó.

—Mira, querido Yoongi —dijo Seokjin con voz controlada, aunque sus ojos delataban el fuego que le hervía por dentro—. No soy una mosca, ni quiero que vean mi patético yo para conseguir una cita. Tú sabes muy bien que no tengo ánimos para esas cosas. No es lo mío.

Yoongi estaba rojo. Su rostro, su respiración, todo en él avisaba que el grito estaba por venir. Pero Seokjin fue más rápido. Se le adelantó con una resignación práctica, esa que se aprende cuando ya no queda fuerza para discutir.

—Está bien. Iré. Pero prométeme que no vas a obligarme a entablar una conversación absurda con ellos. Te las arreglas tú solo.

La tensión quedó flotando en el aire como el vapor de la olla olvidada en la cocina. Ninguno de los dos habló por un instante. Era así como funcionaban: empujándose hasta el borde, arrastrándose juntos hacia donde no querían estar.

—Eres el mejor amigo que tengo y no te lo prometo...Te juroque no te obligaré —dijo Yoongi con una sonrisa amplia, como si acabara de ganar un premio importante.

Seokjin intentó devolverle una mueca parecida, aunque por dentro la desgana le pesaba como plomo.

Vamos, Jin. Tú puedes. Un día más. ¿Qué podría salir mal?

Ya estaba jodido para empezar.

Y sin embargo, solo él —solo Yoongi— creía tanto en él. A veces sentía vergüenza de sus propios pensamientos oscuros. No confiaba en sus acciones, ni en su voz, ni siquiera en su reflejo.

Antes, pensaba que el mundo le pertenecía. Que podía moldearlo a su antojo.

Ahora, solo quedaban escombros de aquel chico soñador.

Había perdido a la única persona que lo amó de manera incondicional. Sin restricciones. Sin demandas. Su madre. Ella le había enseñado a resistir. A luchar incluso cuando todo estaba perdido. A elegir sus batallas. A sobrevivirse.

Era una mujer perseverante, a pesar de haber sido alienada por una sociedad que le metió en la cabeza que su hijo debía tener una familia a cierta edad, como si esa fuera la única forma válida de realización. Como si lo básico fuera tener una esposa, hijos, y una casa donde todos se sentaran a cenar sin ruido en el alma.

¿Cómo podría explicarle que no era lo que deseaba en aquel entonces?

Pero ya no importaba. Su deseo estaba cumplido, aunque de la manera más torcida y lejana posible.

Seokjin salió de sus pensamientos abruptamente, como si lo hubieran jalado desde el fondo de una piscina.

Sintió primero el empujón suave, y luego unos pequeños brazos rodeando sus piernas.

—Appa, tengo hambre —dijo aquella vocecita, fuerte y clara, como un disparo en medio del silencio de la cocina.

La realidad, una vez más, pidiendo ser atendida.

—Mi adorado JeongSan, appa tiene que terminar de preparar la cena. Solo espera un poco más, ¿sí? —dijo Seokjin en voz baja, intentando sonar cálido.

Los ojitos del pequeño se abrían y cerraban, haciendo un esfuerzo por no llorar. Ese gesto diminuto, tan honesto, bastaba para desgarrarle el pecho.

Seokjin sabía que no era el mejor padre del mundo. No pretendía serlo. Pero aquel niño, con su inocencia intacta, le exigía sacar lo mejor de sí.

JeongSan era su única verdad. La única que lo sostenía cuando todo parecía a punto de derrumbarse.

—Qué mal appa resultaste... dejar que tu hijo muera de hambre —dijo Yoongi desde el otro lado de la cocina, con esa sonrisa a medio camino entre burla y ternura—. Si yo fuera tu padre y me pidieras comida, movería toda la cocina hasta encontrarte algo. Por ejemplo...

Seokjin apretó los dientes.

¿Por qué Yoongi tenía que decir eso? Sabía lo sensible que era a ese tema, lo mucho que le dolía sentir que no llegaba a ser suficiente.

—No digas esas cosas —le advirtió, con el tono crispado—. Sabes bien que JeongSan es mi todo.

Se agachó un poco para estar a la altura del niño y le acarició el cabello con cuidado.

—Escucha, bebé... appa ya casi acaba. Espérame un...

Se interrumpió de golpe.

Yoongi, sin un atisbo de culpa, había cogido las galletas de chocolate que Seokjin había guardado en la alacena. En silencio, como si fuera la acción más natural del mundo, las abrió y se las ofreció al pequeño antes de la cena.

Seokjin sintió cómo una vena de su sien comenzaba a latir con fuerza. Estaba perdiendo el control. Era una pequeña escena doméstica, casi insignificante, pero para él, era una invasión directa, una línea cruzada.

—Ten y come —dijo Yoongi, agachándose para quedar frente al niño—. Es un regalo del tío Yoongi.

Luego le dio un beso en la frente, ese gesto lleno de cinismo disfrazado de ternura.

—Gracias, tío.Sannie te ama—respondió el niño, abrazando su premio sin saber lo que acababa de detonar.

Una puñalada directa al corazón.

Eso fue lo que sintió Seokjin. Así lo registró su alma al presenciar cómo, una vez más, Yoongi pasaba por encima de él... y de la forma en que intentaba criar a su hijo.

¿Estaba mal negarle ciertas cosas a JeongSan? Claro que no. Ser padre también significaba poner límites. Y aunque le doliera, incluso cuando esos ojitos se llenaban de ilusión, él sabía que debía ser firme.

JeongSan desapareció por el pasillo, dando pequeños brincos de felicidad con las galletas en la mano. Seokjin lo observó hasta que dobló la esquina hacia su habitación. Verlo así, tan pleno, lo enternecía. Pero la dulzura del momento fue eclipsada por la rabia que subía por su pecho como un fuego lento y peligroso.

Se giró hacia Yoongi con los labios tensos y el ceño fruncido.

—Sabes que tiene prohibido cualquier golosina antes de desayunar, almorzar o cenar, ¿verdad? ¿No te das cuenta de que es por algo? Tú no puedes...

—Es un niño, Seokjin —lo interrumpió Yoongi, cruzándose de brazos con una expresión entre desafiante y condescendiente—. Debes ser más flexible con él. Además, una galleta no es un caramelo, no le hará daño un poquito.

Seokjin sintió cómo su enojo se mezclaba con resignación. Siempre era igual. Siempre terminaban en el mismo punto.

—Soy su appa. Tú no tienes hijos. No sabes lo que esto significa. Ahora no va a querer cenar y va a ser tu culpa.

Yoongi lo miró de inmediato, girando los ojos con fastidio.

Seokjin apretó los labios con más fuerza.

—¡No me pongas esa cara!

Yoongi levantó las manos, en una especie de rendición dramática.

—Ok, tienes toda la razón, Seokjin. Me equivoqué. Esto solo confirma que no sirvo como material de familia... pero eso no impide que me preocupe por él. Y por ti. Sabes que vamos a tardar más con tu mano así, y que él tenía hambre...

—¡Debiste darle una fruta! —estalló Seokjin, como si esas palabras fueran el escape de toda la presión que contenía.

Yoongi lo miró fijamente por un momento, y en sus ojos —por fin— Seokjin vio algo que no esperaba: arrepentimiento.

—Tienes razón —dijo el otro con suavidad—. La próxima vez le daré una fruta. Ahora déjame terminar de preparar la cena. Puedes ir colocando la mesa central y algunas flores. Perderemos más tiempo si seguimos discutiendo. Vamos, Seokjin... solo quise darle una solución rápida a la situación.

Colocó ambas manos en sus mejillas y, con sumo cuidado, secó sus lágrimas. Lágrimas que Seokjin ni siquiera había notado. Habían resbalado sin permiso, traicioneras, calladas... como tantas veces antes.

No era un buen día. De hecho, era uno de esos días donde el mundo parecía pesarle más de lo habitual. Dijeran lo que dijeran, nada ni nadie podía levantarle el ánimo cuando se sentía así: como una sombra de sí mismo.

Sin decir palabra, se alejó lentamente. Caminó hasta el comedor, organizó la vajilla con manos temblorosas y colocó las flores como si fueran un acto sagrado.

Pero las flores... Las flores despertaban recuerdos dormidos, de momentos que había querido vivir y no pudo, de sueños rotos y esperanzas perdidas.

Eran bellas, sí, pero también crueles.

Porque le recordaban lo fácil que había sido para él caer en el abismo de sus errores. Pero incluso allí, incluso en lo más hondo... había una luz. Una razón.

JeongSan. Su Sannie.

Él era la única cuerda que lo ataba con fuerza a este mundo, el único motivo por el que aún intentaba levantarse cada día.

Y Seokjin, con el corazón desgarrado pero firme, se prometió una vez más: Quiero que Sannie tenga lo que yo nunca tuve. Quiero darle lo que jamás podré alcanzar. Y le daré lo único que aprendí a ofrecer gracias al ser que más me amó:Mi madre. Le enseñaré que con poco, se puede tener mucho. Y que el amor, incluso roto, incluso cansado... aún puede ser suficiente.