Borderline (Gojo x Lectora) -𝐓𝐰𝐨 𝐬𝐡𝐨𝐭-

Summary

Gojo y TN han sido compañeros de trabajo durante un largo tiempo, llegando así a concretar una bonita amistad donde la complicidad y los chismes alegran sus días en la gris oficina. Sin embargo, tras una noche de alcohol y otras sustancias para despejarse de una ardua jornada, la situación comienza a cambiar y una sensación de extrañación y confusión comienza a alojarse en el pecho de TN. Es que, ¿Cómo podía él sentirse tan tranquilo a su lado? ¿Tan seguro estaba de lo que estaba haciendo?

Genre
Romance/Erotica
Author
Mai
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Borderline (Gojo x Lectora) ❤️

Antes de empezar este One Shot de Gojo, quiero dejar algunas aclaraciones previas:


🟠 En esta ocasión, cambié un poco la forma de narrar: yo soy la narradora y la prota son ustedes/su OC/lo que quieran, como siempre, pero hablo de "tú" y no de "ella". ¿Por qué? No hay porqué.

🟠 Es un songfic, básicamente, como todo lo que vengo escribiendo últimamente✌️. La letra me recuerda muchísimo a Gojo y más en esta situación.

🟠 Como doy a entender con el emoji de corazón del título, no hay lemon. Hoy toca soft.

🟠 Bajo ningún concepto, esta historia es una apología a la droga.

🟠 Por otra parte, el recorte del fanart para el banner es de https://twitter.com/nashizato_99


Sin más preámbulos, espero que lo disfruten ❤️.


El café de la máquina estaba asquerosamente amargo, como de costumbre.


Pero no podías quejarte del todo, cada vez que estabas ahí parada esperando a que la máquina llenara el pequeño vasito hasta la última gota, podías deleitarte viendo y oyendo a Gojo hablando estupideces con tus demás compañeros de oficina, contagiándote un poco de su simpatía.


«El surfeador de las conversaciones banales» le llamabas para tus adentros. Para él era tarea sencilla el conversar con quién sea de cualquier cosa, algo que admirabas de él.


Gojo es el tipo de compañero y amigo que siempre se acerca a hablarte de lo que sea; no, no sólo a ti, a todo el mundo, pero en tu caso ya considera que son amigos más que sólo compañeros. Ha encontrado la complicidad suficiente para acercarse a hablarte en un momento cualquiera del día y comentar con sus ademanes y todo un: «Te tengo un chisme que… ¡Uff!» y luego proponerte ir a tomar un café o una cerveza después del trabajo.


Era tanto así, que recuerdas que de vez en cuando aparecía alguna compañera de oficina que decía lo mucho que le gustaba o atraía Gojo y cómo algún otro compañero decía, con total seguridad, «pero si Gojo ya está saliendo con T/N» y tener que refutar aquello repetidas veces; que «somos amigos», que «nunca saldríamos juntos, no nos vemos de esa manera». A lo que siempre te contestaban con el típico: «nunca digas nunca». ¿Acaso no tenían otra frase?


A pesar de los rumores de oficina, la verdad era que sí que tenía un trato cercano contigo, era innegable y notorio. Siempre que había días pesados en la oficina, sabías que Gojo estaba ocupado porque no se pasaba ni una sola vez por tu cubículo ni el de nadie más en todo el día, pero cuando lo hacía, era para decir un dato random con el rostro completamente serio; un «¿Sabías que la edad promedio de las orcas es de sesenta años?» y se iba. Así, igual de impasible como había llegado, lo veías perderse entre los cubículos de la enorme y gris oficina. Parecía que con sólo hacer reír a los demás, su dosis de serotonina estaba completa y era lo único que necesitaba para seguir. Y tú también, claro está.


Fue justamente en uno de esos días pesados cuando Gojo fue a tu cubículo de manera sospechosa y pícara. Ya de lejos era clara su actitud; poco sabía de disimular. Se agachó a tu lado, un poco a tu altura, ya que estabas sentada, y puso su dedo índice izquierdo sobre sus labios haciendo el famoso «shhh», entonces notaste que su mano derecha no se desprendía del bolsillo de su pantalón de vestir. Lo miraste confundida, ¿qué podría haber conseguido esta vez?


Sin dejar de sonreír y con todo el disimulo que su ser le permitía, sacó del bolsillo una pequeña bolsita transparente. Dentro pudiste reconocer algunas hojas pequeñas y algo peculiares, hasta que dilucidaste qué era aquello: marihuana. Tu cara se transformó rápidamente.


—Gojo, ¡no! —le dijiste susurrando con tono de reprimenda, mirando hacia los lados por si alguien los veía.


—Gojo, sí —dijo señalándose—. Tú, no —te señaló.


Tu rostro se relajó un poco, pero frunciste los labios, sin comprender por qué se veía tan feliz como un niño por andar fumando hierbas extrañas.


—¿Para qué vienes a mostrarme eso?


—Quiero que salgamos juntos hoy.


—¿Para verte drogado?


—Necesito relajarme un rato y sé que eres la mejor compañía que puedo conseguir.


Esas palabras resonaron en tu mente, dudosas. ¿A dónde te quería llevar? ¿Compañía para qué? ¿No podía hacerlo solo?


—Podemos ir a dar una vuelta en el auto. Te dejo manejarlo —puso sus manos en posición de plegaria, sonriendo con picardía—. Y te invito a una hamburguesa después.


Lo último que dijo sí resonó en los lugares adecuados: tu estómago.


—Ahora sí estamos hablando. De todos modos no puedes manejar en ese estado, me vas a necesitar —afirmaste reprimiendo una sonrisa de altanería.


—Entonces, ¿eso es un sí? —preguntó entusiasmado.


—Sí.


Hizo un gesto de victoria con su puño y se fue casi dando saltos a su puesto de trabajo.


—Te espero en el estacionamiento a la salida —declaró señalándote mientras se iba.


—Más te vale.


La verdad era que no tenías muchos amigos desde que habías empezado a trabajar allí, hace unos dos años, pero lo que más raro te parecía es que alguien como él no los tuviera o, al menos, no te hablara de ellos nunca. Siempre que te contaba anécdotas, era sobre los últimos años de su adolescencia, o a eso de los veinte años. Pero parece que luego se habían desvanecido en la nada. No los nombraba jamás.


Por eso, lo natural fue que, una vez que congeniaron bien, ambos se apoyaran el uno al otro para cualquier plan que surgiera. ¿Acaso tú tenías algo mejor que hacer un viernes a la noche? La verdad, no.


Te parecía cómico el nivel de confianza tal que tenían que, básicamente, Gojo te pedía que lo fueses a cuidar cuando estaba en ese estado. A ti no te gustaba fumar ningún tipo de cosa, pero él sabía que le podías hacer compañía de todos modos. Además, así como esta vez, Gojo se aseguraría de conseguir una recompensa por tu trabajo, ya que luego venían sus arranques de hambre después de fumar y quería comer más de lo normal, tanto así se tratase de golosinas o cualquier estupidez que encontrara en la tienda que estuviera abierta a esas horas de la noche. Ya había ocurrido otras veces.


Llegada la hora de salida, te cambiaste y arreglaste un poco en el baño de la empresa para luego dirigirte al estacionamiento, viéndolo allí fuera de su auto, con sus lentes de sol, sonriendo en cuanto te vió.


—Tarde, T/N, tarde —te retaba mientras se señalaba el inexistente reloj de su muñeca.


—Ya, ya voy. Quería arreglarme un poco antes de salir.


Ambos se subieron al auto y emprendieron rumbo a… pues, a ninguna parte. Tú te subiste al asiento del conductor y él al del copiloto.


Mientras maniobrabas para salir del estacionamiento, lo mirabas de reojo para ver cómo iba sacando su kit para aquellas ocasiones, empezando a armar meticulosamente aquel cigarrillo, como si se tratara de desactivar una bomba.


—Voy a poner algo de música —dijo cuando finalmente armó aquella pieza como deseaba y ya harto de que la radio y sus locutores se pusieran intensos con una temática política.


—Adelante —asentiste—. ¿A dónde quieres que vayamos?


Él se quedó pensativo, dándole golpecitos cortos a la guantera con aquel cigarro.


—Al estacionamiento que tiene el Centro de Convenciones; es gigante. Suele estar vacío y no hay eventos, que yo recuerde, así que podríamos probar suerte allí —recordó entusiasmado.


Asentiste nuevamente y te dirigiste a donde él había indicado, aunque sin entender bien el porqué del estacionamiento.


Llegaron y se estacionaron en el lugar que él eligió, comprobando que estaba casi completamente vacío. Apagaste el motor del auto y él comenzó a frotarse las manos con ansiedad. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un mechero precioso de metal que llamaba mucho la atención. Lo observaste con detenimiento mientras encendía el cigarro, y en el centro notaste lo que parecía ser un grabado de un gato negro muy bonito. Ese era nuevo, no lo habías visto antes.


Encendió su cigarro y comenzó a fumar, abriendo levemente la ventana del copiloto. Lo veías a tu lado, revisando el celular y buscando una de sus tantísimas playlists, concentrado al máximo en orquestar aquella salida.


¿Notaron cómo a veces tienes esos momentos repentinos de consciencia de las personas y el lugar que te rodean? Pues, por tu cabeza comenzaron a desfilar una serie de pensamientos, mientras lo observabas; sobre por qué Gojo era como era, una especie de enigma sin resolver para ti. En el sentido de que, sí, tú sabías un poco más de él que tus compañeros del trabajo; después de todo, estabas en su auto con él fumando un porro, pero, ¿algún día sabrías más sobre su persona realmente? ¿O todo se resumía a eso que apenas dejaba ver?


Era extrovertido, pero fuertemente reservado sobre su vida y él mismo. Siempre hablaban de cualquier cosa, pero, ¿sobre él? No, jamás. Pero, ey, no podías culparlo. Tú eras igual pero más tímida.


Una puerta abriéndose te sacó de tus pensamientos.


Miraste a tu derecha y viste a Gojo fuera del auto. De fondo sonaba aquella canción que él te había mostrado unas semanas atrás: Borderline de Tame Impala. Lo veías con sus lentes oscuros, caminando en medio del estacionamiento vacío del Centro de Convenciones con su querido cigarro en la mano.


Cuando encontró el punto donde quería quedarse, comenzó a mover sus piernas marcando el ritmo mientras acercaba aquello a su boca para dar otra pitada. Su cabeza miraba hacia arriba y sus piernas se movían suavemente al ritmo de aquella música aparentemente alegre. No entendías en qué momento decidió salir o si acaso dijo algo antes de hacerlo, porque no lo oíste.


Lo que sí oías, era cómo cantaba una parte de la letra mientras se movía. La típica curva de su sonrisa no estaba presente, lo que era poco común y te extrañó, dándote una sensación algo incómoda, como si estuvieras viendo algo íntimo que no deberías presenciar. Estaba mirando hacia uno de los postes de luz de la calle, abstraído, serio.


We're on the borderline

Caught between the tides of pain and rapture


Estabas atenta, sin moverte, como si así fuese posible rasgar un poco aquella superficie. Tal vez no se daría cuenta cuánto lo estabas observando. Te preguntaste si acaso la letra la cantaba por alguna razón en particular o sólo porque tenía ganas y ya. Te gustaría saber si había algún sentimiento encriptado en esas palabras, ¿cómo se sentía realmente Gojo Satoru detrás de su fachada alegre?


—¿Qué haces? —preguntaste luego de observarlo un poco, sin llegar a una respuesta concreta en tu mente.


—Pues, bailar, ¿qué te parece que hago, T/N? —esa curvatura suave volvió.


Sonreíste, ya dejando de lado todo aquello, sabiendo que Gojo era pura espontaneidad y que verlo bailar tan calmo y ensimismado era un espectáculo: puso el cigarrillo en su boca y comenzó a hacer movimientos exagerados con sus manos sobre su cabeza, arriba y abajo, así como también moviéndose en círculos al ritmo de la canción.


Comenzaste a carcajearte, viéndolo hacer el ridículo. Pero ya no te causaba tanta gracia cuando lo viste rodear el auto por el frente, sin detenerse en su danza.


—¿Qué? No, no, no… Goj-


—Ven —dijo abriendo la puerta antes que pudieras decir su nombre.


—No estoy en tu estado como para estar bailando así.


—No tienes que estarlo. Ven —dijo tirando de tu brazo y arrojando su cigarrillo casi terminado al suelo.


Te dejaste arrastrar con él tomándote de la muñeca. Como no le seguías la corriente, él movía tus brazos como una marioneta, intentando hacerte bailar de la forma más tonta posible. Así era Gojo: te iba a ridiculizar, pero más se iba a ridiculizar él; por lo que empezó a hacer poses extrañas y a bailar a tu alrededor, logrando que te soltaras poco a poco, aún más, mientras no podías parar de reír.


Por estas cosas siempre lo seguías en cualquier plan que pasara por su cabeza: donde él estaba, la gente se alegraba; o lo odiaba, pero algún impacto causaba. Nunca pasaba desapercibido. Por tu parte, siempre te divertías a su lado y con sus ocurrencias.


La canción se terminó, pero continuaba la lista y ambos siguieron bailando así durante un rato. Hasta que, en determinado momento, Gojo se quedó quieto, serio, bajándose sus lentes de sol para mirarte fijo. Le devolviste una expresión de preocupación, sin comprenderlo.


—Vamos por esas hamburguesas. Me ruge el estómago.


—A la orden —te colocaste la mano derecha a modo de saludo militar en la frente y te dirigiste al auto.


Él se subió contigo, sobándose la barriga y quejumbroso porque tenía hambre. Aunque eso no impedía que continuase cantando cada canción que salía por los parlantes, lo que te daba la sensación de que estaba rompiéndote los tímpanos por momentos.


Llegaron al sitio de comida rápida a eso de las nueve treinta de la noche. Tú y Gojo pasaron por la puerta con su ropa de oficinistas y, claro, ver a aquel hombre de un metro noventa, albino y con lentes de sol en plena noche de otoño, no dejaba de llamar la atención de todos los presentes. Era así, siempre era así con él.


Ordenaron y él se dirigió a una mesa al lado del ventanal, esperándote. En cuanto la orden estuvo lista, te acercaste a la mesa, viéndolo casi babear al verte llegar con la bandeja en la mano, amagando a tirarse encima de ésta.


De la nada, luego de darle el primer mordisco a la hamburguesa, se empezó a reír.


—¿Qué pasa? —preguntaste.


Él sonreía, conteniéndose mientras negaba con la cabeza y fingía mirar por la ventana. No podía hablar y se tapaba levemente la boca con la mano con la que se apoyaba sobre la mesa


—¿Qué viste? —imaginabas que era alguna bobada que veía de forma extraña en ese estado.


—¿No viste cómo se ve caminando la gente de allá en el reflejo del vidrio? —sus hombros se agitaban al compás de su risa silenciosa—. Se mueven hacia arriba y hacia abajo, parecen muñequitos, como los muppets —decía imitando aquellos pequeños brincos de arriba-abajo con su propio cuerpo, empezando a reírse más y aguantarse aún peor las ganas de hacerlo.


—¿Los Muppets? —cuestionaste incrédula.


En ese momento se acomodó, derecho, con ambas manos entrelazadas y apoyadas en su mentón.


—Claro, todos somos muppets, T/N —te miró serio a través de sus lentes oscuros—. Estamos en una simulación.


En ese punto no pudiste aguantar más la risa y te carcajeaste, casi atragántandote con un pedazo de la hamburguesa que apenas venías masticando.


—Elige una papa —se colocó una papa en cada palma de la mano, comprometido con su personaje—. La roja te llevará a la verdad sobre los muppets; la azul, a seguir tu vida sin más.


—Pero si las dos son iguales.


—¡Eso es lo que ellos quieren que creas, T/N!


—¡Ya! ¡Baja la voz, basta! —le dijiste entre lágrimas de risa e intentando pararlo como podías.


Gojo estaba tapándose la cara entre sus brazos cruzados, tirado sobre la mesa e intentando contener sus ruidosas carcajadas mientras tú intentabas que llame un poco menos la atención, ya que todas las miradas estaban puestas en ustedes.


Luego de comer y hacer el ridículo —como siempre—, volvieron al auto de Gojo.


—¿Y ahora qué?


—¿Qué te gustaría hacer?


—¿A mí? Nada, ¿por qué?


Su cara se veía algo adormecida, más relajada que antes.


—Podemos hacer lo que tú quieras, ¿quieres tomar algo?


—No puedo tomar, estoy manejando, tonto.


—Podemos dejar mi auto y volver en taxi.


Te quedaste pensando en qué opción sería la mejor. Y ahí fue cuando recordaste algo en particular, mirando a Gojo con una pequeña sonrisa y de reojo.


—Hay un vino en mi casa, sin abrir…


—Pues vamos —sonrió él, sin pensarlo un instante.


—Pero, ¿cómo volverías a tu casa?


—¿No tienes un sillón donde pueda dormir?


—Sí, pero…


—¿Pero qué? —te interrumpió—. Si no estás cómoda, me tomo un taxi a casa.


—Bueno, vamos —rodaste los ojos ante su facilidad para hacer planes.


De camino a tu casa, Gojo iba cantando y tarareando cada canción que salía por los parlantes de su auto, haciendo bailes, caras y movimientos extraños en cada semáforo. Tú le seguías el juego con algunas canciones que reconocías porque te encantaba verlo disfrutar también; te daba ternura verlo ya más cansado pero aún dándolo todo por bailar y cantar contigo. Por momentos parecía automatizado, «o un zombie bailarín» pensaste, riendo para tus adentros mientras lo observabas.


Llegaron a tu casa, con él atontado pero bien consciente y calmado ya, arrullado por el paseo en el auto.


Colgaste tu abrigo y dejaste las llaves en el portallaves de tu casa.


—Gojo —le extendiste tu mano con las llaves de su propio auto.


—¿Eh? —te miró confundido hasta que hizo foco con la luz del pasillo de entrada— Ah, claro.


—Voy a ponerme algo más cómodo y volveré con el vino. Puedes ir por allá, ahí está el sofá —señalaste.


—Gracias, señora.


—Señorita —fingiste molestia y él sólo rió.


Fuiste a tu habitación, tarareando una de las canciones que había quedado dando vueltas en tu cabeza. A pesar de todo, estabas relajada; más allá de que Gojo nunca había estado allí antes, era uno de tus pocos amigos –y el más cercano– el que estaba en tu casa.


«Es como una "amiga" más que viene a mí casa. Es algo así, ¿no?», pensaste para no incomodarte.


Una vez terminaste de cambiarte, fuiste a la cocina, hurgando en los estantes de bebidas buscando aquel vino que tenías guardado hace tanto. Revisaste el cajón donde guardabas utensilios varios de la cocina y encontraste el sacacorchos, ya lista para ir hacia la sala de estar con Gojo. Su melena blanca sobresalía del cabecero del sofá y tenía ambos brazos extendidos sobre este. Lo viste apoyando una pierna sobre la otra, como siempre, y mirándote a medida que te acercabas. Siempre estaba a sus anchas como si todo le perteneciera, el muy engreído.


—Ya te estabas tardando. No querrás que me quede dormido y termines bebiendo sola, ¿o ese era tu plan?


—Atrapada —dijiste con ambas manos en alto, a pesar de estar sosteniendo el vino con una de ellas.


Intentaste sacar el corcho, pero luego de varios intentos y de volver a ponerte de pie para hacer fuerza, casi rompiéndolo, Gojo te detuvo y se encargó él de sacarlo: tiró apenas y se escuchó un suave ploc al retirarlo.


Frunciste el ceño. Él sonreía presumidamente.


—Ya todo el trabajo lo había hecho yo, claro —bufaste—. Ah, las copas —recordaste, poniéndote de pie para ir a la cocina.


Él te tomó de la muñeca, deteniéndote. Lo miraste.


—¿Para qué? No es necesario —dijo, justo antes de darle un trago al vino directo de la botella.


¿Por qué no te sorprendía en lo más mínimo? En tu mente te auto-dabas una cachetada en la cara, viéndolo hacer de las suyas; siempre lo que él quería, sin pensarlo mucho.


—Pero, ¿no sería mejor tomar en una copa?


—A mí me gusta más así —dijo dándole otro sorbo—. Ey, ¡está rico! —miró la etiqueta del vino con sorpresa.


Te encogiste de hombros y te sentaste nuevamente. Él te ofreció la botella y le diste un sorbo. Gojo tenía razón: estaba dulce, delicioso.


—¿Puedo buscar una peli para ver, mientras tanto?


Él estaba completamente instalado en tu casa, ya se había sacado los zapatos y estaba con los pies sobre el sofá.


—Claro —dijiste, dándole el control del televisor.


Buscó a través de las plataformas una comedia. Estuvo unos diez minutos dando vueltas, leyendo sinopsis tras sinopsis y sin encontrar algo de su agrado; empecinado con ver específicamente una comedia, no quería otra cosa.


—Ya sé. Voy a recitar el abecedario en mi cabeza, y cuando te parezca me dices "¡Ya!" y elegimos la primera película que salga con esa letra al azar, sea lo que sea.


—Me parece bien —dijiste dándole otro sorbo al vino.


Él dijo «A» en voz alta y notaste cómo iba repasando mentalmente todo el abecedario en su cabeza, asintiendo y mirándote expectante.


—Ya.


—«W» —dijo frunciendo el ceño con duda.


—"Wallace & Gromit" —afirmaste luego de teclear la letra en la pantalla.


Gojo contuvo la risa.


—Por mí está bien.


Estuvieron mirando la película y bebiendo vino; si es que a hacer una trama paralela se le podía llamar ver la película.


Se reían de cualquier cara que hicieran los personajes e inclusive Gojo inventaba diálogos por encima de lo que estaba ocurriendo, sobre todo al perro de la película, ya que era el único que no hablaba.


Te dolía el estómago y llegaste a llorar de la risa, aún con una película que no te llegaría a sacar la mueca de una sonrisa. Ya no sabías si era el alcohol, lo que Gojo había fumado o qué, pero estaba siendo un plan de viernes genial en tu cabeza.


Cuando ya se oían los créditos de la película se quedaron enfrentados, sentados de costado, sobre el sillón y compartiendo las últimas gotas de la borra de vino, agotados por tanta sesión de improvisación.


—Muy buena película. Clasificación: 10/10.


—Coincido. La trama del perro fue la mejor de todas —bromeaste.


Él se quedó mirándote. Se lo veía relajado, haciendo suspiros más profundos y sonriente. Te alegraba saber que se notaba realmente cómodo en tu presencia.


De repente, viste una expresión de extrañeza en su rostro, acto seguido se acercó a ti y alzó su mano hacia tu rostro, acariciando tus labios con su pulgar.


—Tienes toda la boca violeta, ebria.


—¿Sabías que tú también, no? Porrero —dijiste devolviéndole el toque rápidamente en los labios con tu dedo índice.


—Si buscas ofenderme, te aviso que vas perdiendo. No es una ofensa para mí —sonrió, aún mirándote de esa misma forma curiosa—. No sé si será el alcohol, pero tus labios se sienten muy suaves, T/N —volvió a acariciarlos, con la mirada perdida en ellos.


—Será que quedaste muy tonto —estabas algo nerviosa, sin saber cómo responder a tal atención de aquellos ojos celestes tan penetrantes.


Se acomodó sobre sí mismo y se acercó aún más a ti, como queriendo descifrar por qué se sentía tan interesado en tus labios repentinamente.


—Será que quedan muy bien en tu cara —te sostenía desde la quijada con una de sus manos, observando desde arriba por la clara diferencia de altura.


Tragaste saliva, inmóvil. Él no te quitaba la mirada de encima, recorriendo todas las facciones de tu rostro.


Su otra mano empezó a acariciar algunos lunares que tenías; tocó el puente de tu nariz, delineándolo suavemente, como si quisiera impregnarlos en su memoria. Luego, notó que un mechón de pelo rebelde te entorpecía un poco la vista, así que lo colocó detrás de tu oreja. Ahora sí podía verte en su totalidad, pudiendo descubrir mejor tus ojos. Sus ojos azules se posaron en los tuyos, acercando nuevamente su mano, rozando con cuidado tus pestañas con su meñique. Sonrió dulcemente al sentirlas.


—Estás maquillada, T/N. Qué preciosa.


—Siempre lo hago —dijiste; o al menos eso crees, ya que los latidos de tu corazón estaban bombeando fuertemente en tus oídos.


—Pero nunca había visto tus ojos de tan cerca. Te queda realmente bien.


Te tomó con ambas manos el rostro, volviendo a acariciar tus labios. Cada caricia y movimiento parecía ser cuidadosamente llevado. Parecía querer recordar cada medida y detalle de tu rostro, como si no fuera a verlo nunca más. Sus párpados estaban más caidos y se acercaba a tu boca lentamente, sin dejar de mirarla y tocarla. Tú no podías ignorar aquellos –aún más fuertes– latidos que se anticipaban la cercanía de Gojo.


Apenas a unos milímetros de tu cara, lo observaste cerrar los ojos del todo. Esas blancas pestañas que adornaban su cara se veían aún más bellas así de cerca. Era la primera vez que podías admirarlas bien.


En ese momento, pudiste sentir cómo posó sus labios sobre los suyos, con delicadeza. Cerraste tus ojos también y notaste cómo el alcohol se mezclaba entre el aroma de su piel y la tuya.


Suspiraste. Y luego pudiste oírlo suspirar también a él.


Sus labios se comenzaron a mover dócilmente y correspondiste a él inmediatamente. Tu pecho ya se sentía alterado, no pudiendo controlarse frente a aquel impulso. Advertiste que aquella mano que te sostenía el rostro, estaba ahora internando sus dedos en tu pelo, dándote un pequeño escalofrío al sentirlos recorrer tu cabellera. Parecía querer acercarte aún más a él, profundizar aún más ese beso.


En ese momento sentiste cómo jugaba, intentando introducir su lengua, rozando poco a poco tus labios con ella. Ambos se acomodaron mejor sobre el sofá para poder alcanzar con sus manos el cuerpo del otro.


Aquel Gojo, el que siempre estaba coqueteando con las chicas –con cualquier chica en general–, estaba besándote. Si era un juego para él o no, no te importaba. No lo habías querido admitir en todo este tiempo que fueron amigos, pero sí querías saber qué se sentiría besarlo, tener algún tipo de encuentro con él. ¿Era bueno o malo en ello? Jamás podrías preguntarlo, pero ahora podías comprobarlo por tus propios medios.


El tamaño de sus labios era perfecto, como así también lo deliciosos que llegaban a ser. Pero lo que más te embelesaba era la maestría con la que te besaba. Por momentos, más brusco, dando suaves mordidas, exigiendo más con fuerza o mirándote con picardía de reojo, orgulloso de hacerse desear; y, por otros, acariciaba tus labios con los suyos, disfrutando de esa leve caricia, llegando a hacerte temblar.


Tocaba tu cuello y lo recorría levemente hasta que decidió bajar sus besos allí también, haciendo que los suspiros se escaparan por sí solos. Te sentías a su total merced, bajo su total control, mientras lamía y besaba cerca de tus clavículas, con cierta devoción inclusive.


Con su otra mano, lo sentías recorrer tu cintura por debajo de tu ropa o tiraba un poco de ella para que no te alejaras; volvió a tu boca y el ritmo parecía intensificarse, pero él fue bajándolo poco a poco. Te sentías más consciente de ti misma y de él también. Rozabas con suavidad su rostro, acercando tus manos a este, sosteniéndolo con ambas manos. Era terso; él, por su parte, parecía disfrutar y ronronear por tu tacto en su piel. Le gustaba sentirse mimado por tus caricias y sonreía levemente entre beso y beso.


En un momento, el beso se detuvo y él sólo te observó, sin quitar esa sonrisa de sus labios, rompiendo aquel acalorado silencio mientras se tapaba la boca con la mano.


—¿Qué? —sonreíste con la expectativa de entender por qué súbitamente estaba apoyando su cabeza sobre su mano y el codo en el apoyacabezas, mirándote.


—No sé —dijo encogiéndose de hombros alegremente—. Te miro.


Te acercaste a él, gateando por el sofá, haciendo que los ojos de ambos se encontrasen para fundirse nuevamente en otro beso.


Él correspondía y podías oír su respiración, disfrutando el que te acercaras a buscarlo nuevamente. Terminaste por entrelazar tus brazos detrás de su nuca, abrazándolo y colocando tu rostro en su cuello, del cual emanaba un calor exquisito. Gojo te tomó por la cintura a la vez que te abrazaba también, presionándote fuerte contra su pecho. Estaba relajado, ahí en tus brazos. Le devolviste el abrazo con aún más fuerza, haciendo que él te acomode más cerca de él.


Tal vez Gojo nunca te dijera con palabras lo que sentía; si estaba solo, triste o melancólico. Pero al menos podías comprender que apreciaba el afecto que le dabas en ese momento, que él parecía necesitarlo, y que tú disfrutabas a su vez también, jugando a la par.


Podían seguir siendo amigos, aún luego de esta situación.


«No me molestaría repetir esto, no necesito ser su pareja necesariamente» reflexionaste para tus adentros, pensando y re-pensando en que tal vez Gojo sólo te veía como una amiga y nada más, pero tú a él también. «Es una persona compleja para considerarlo mi pareja, pero disfruto este cariño silencioso», meditabas, algo culposa, al no saber sobre las verdaderas intenciones que Gojo tenía contigo.


«Tal vez debería dejar de sobrepensar esto», te detuviste a ti misma. «Simplemente me encanta tenerlo aquí en mis brazos».


Suspiraste y te acurrucaste en su pecho sin mediar palabra. Su corazón se escuchaba tumultuoso luego de todo lo ocurrido, ambos estaban agitados. Él simplemente te rodeó con su brazo y te sostuvo contra él, apoyando su cabeza con la tuya y tomando una de tus manos con la suya. Pequeñas caricias recorrían tus dedos y podías sentirlo ronronear suavemente por el sueño que comenzaba a hacérseles presente, refregando su pelo con el tuyo.


No supiste en qué momento pasó, pero lo próximo que recuerdas al entrar en consciencia nuevamente fue un rayo de sol golpeando tu cara y una cálida brisa intermitente sobre un costado de tu cara.


«¿Se quedó dormido conmigo?» reaccionaste, incrédula, antes de poder hacer foco y abrir los ojos.


Intentaste no moverte de forma súbita, ya que sentías el peso de la cabeza de Gojo sobre la tuya. Además del cuello completamente duro, como era de esperarse.


Efectivamente, él continuaba dormido contigo, aún sosteniéndote levemente algunos dedos entre los suyos y rodeándote con sus brazos.


La habitación olía a vino y la televisión nunca había llegado a apagarse, veías la pantalla principal de la aplicación aún abierta y la botella vacía sobre la pequeña mesita de café.


Sostuviste a Gojo como pudiste, acostándolo sobre el sillón y, justo cuando ibas a buscar una manta para taparlo, sentiste su agarre atraerte hacia él, buscando que te acostaras a su lado.


—¿A dónde vas, T/N? —murmuró entredormido, amagando a sostenerte con sus manos.


—¿A mi cama? —te sentías incapaz de moverte siquiera un poco.


—No… —dijo con tono de demanda—. Quiero que te quedes aquí conmigo.


Quedaste inmóvil en el lugar, sentías que la ternura te consumía al escucharlo decir aquellas palabras de una manera tan inconsciente.


—Bien, me quedaré —te acomodaste a su lado, acostados, con él detrás tuyo abrazándote con fuerza.


Alcanzaste una manta que estaba en el otro sillón y los tapaste a ambos como pudiste, ya que sentías algo de frío después de estar así toda la noche, aunque nunca te quitases la ropa.


Cada tanto, él daba algunos besos en tu nuca o en tu espalda sobre la ropa, sintiendo cómo te abrazaba con más fuerza.


Gojo realmente vivía a su ritmo y no pensaba en lo correcto o incorrecto que podría ser o parecer algo. Simplemente iba por aquello que le parecía mejor y lo hacía. Deducías que era esto lo que tanto los complementaba.


Luego de un rato, tu estómago empezó a rugir, haciendo que él se despabilara un poco por el ruido.


—¿Tienes hambre?


—... Un poco.


Allí se acomodó de golpe sobre el sillón, frotándose los ojos.


—Vamos a hacer el desayuno, ¿sí? —se destapó y te movió un poco para bajarse, dándote un fugaz beso en la mejilla.


Lo veías dirigirse a la cocina como si fuera su propia casa y no podías más que extrañarte por sus actitudes. El nivel de confianza que sentía contigo te parecía hasta raro, desmedido. Pero lo apreciabas más de lo que podrías decirle; tú nunca hubieses dado ese paso por ti misma.


Tal vez, algún día le preguntarías qué pasaba por su mente.


Tal vez, algún día sabrías qué lo agobiaba tanto al punto que perdía su mirada en el humo mientras fumaba.


Tal vez, algún día las palabras saldrían de su boca por sí solas, sin preguntar.


Mientras tanto, te contentarías con verlo hacer tostadas, preparando la mesa del desayuno en tu casa. Contándote anécdotas incomprobables sobre quién sabe qué, con esos viejos amigos. Sonriéndote y diciéndote cualquier estupidez para hacerte reír y que así, finalmente y luego de servírtelo, olvidaras lo amargo que sabía aquel café.


La verdad identifico muchísimo al Gojo de la historia con la letra de la canción.


Como acá solamente tenemos la visión de la rayis y contada por el narrador, siento que la letra de la canción nos explicaría eso que nos falta, o sea, la visión de Gojo sobre la relación entre ambos y sobre sí mismo, sobre todo con el final de la letra ಥ⁠_⁠ಥ. Todo encajaba demasiado bien.


Les propongo un mini puzzle(?):

Leer la letra de Borderline de Tame Impala (maldito Inkitt que no me deja adjuntar links 🥲) después de leer la historia; si hacen la prueba, me gustaría que me dejen su opinión teniendo ambas "versiones" de la historia ʕ⁠ ⁠º⁠ ⁠ᴥ⁠ ⁠º⁠ʔ. Ninguna interpretación va a estar mal, porque de todos modos no conocemos realmente lo que piensa este Gojo.

Sino, también pueden quedarse con sólo la versión de la rayis y guardarse el misterio✨.


En fin, a mí este One Shot me dejó encantadísima porque me reía de sólo imaginármelo bailar y reírse con nosotras❤️. Espero que les guste tanto como me gustó a mí escribirlo ✨.