La Subasta

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Summary

Cuando Moth vio esos ojos oscuros a través de los barrotes de la jaula, supo que algo había cambiado sin vuelta atrás. --- Mothviek es un perfumista que se encuentra realizando ventas en las tierras del sur en el país de Tarack. Durante su estadía en Naapor, un sirviente, que es parte de la subasta de ese fin de semana, llamó su atención. Pero debe dejarlo pasar.... Así debe ser. Es mi primera novela. Son personajes originales, que habitan en mi mente y quiero compartirlos con ustedes. Acompáñenme en esta aventura. - Actualizo periódicamente. - Agradezco sus likes y comentarios.

Status
Ongoing
Chapters
66
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

La Subasta - Capítulo I

I



La subasta de sirvientes era uno de los eventos más esperados cada mes en Naapor.


"Sirvientes" era un eufemismo para esclavos, pero en Naapor la esclavitud fue abolida hacía ya un par de décadas.


La economía, aún ajustándose a esta nueva situación, necesitaba este tipo de "sirvientes" que se adquirían en un pago único y cubrían cargos tan variados que iban desde, en efecto, servidumbre, a tareas más pesadas como minería y agricultura.


En esta ocasión los "mercaderes de sirvientes" tenían dentro de sus elegidos fuertes hombres para trabajos pesados, delicadas jóvenes para niñas de mano y damas de compañía, y una diversidad que incluía habilidades como cuidado de enfermos y niños, conocimiento en idiomas de países cercanos, cocina, costura y un sinfín de oficios que sumaban valor a cada sirviente.


La subasta era la actividad más importante de ese fin de semana, se realizaba a mediodía y podía extenderse hasta el anochecer, era dónde se comerciaban las "piezas" más preciadas, sin embargo, se realizaban transacciones durante toda la mañana. Compras, ventas, intercambios, encargos, préstamos, plazos, etc.


Mothviek, debido a diversos compromisos que lo traían a la gran ciudad, había pasado frente a la exhibición por tercera vez esta mañana. No tenía intención de participar en la subasta ni comprar directamente. No le gustaba particularmente el sistema de sirvientes: pagabas por una persona que "técnicamente" era libre, pero eso era letra escrita en el agua. Los sirvientes eran prisioneros de guerra de otros países, víctimas de secuestros o saqueos de pequeñas localidades, o personas que fueron vendidos de niños por sus propias familias, que cuando eran compradosestaban en obligación de servir por una década antes de reclamar su libertad, muchos no sobrevivían tanto tiempo, de hecho, casi nadie lo hacía.

Al doblar la esquina de la plaza para salir del tumulto, se metió por una callejuela donde se agrupaban numerosas jaulas y grupos de sirvientes engrillados de pies y manos. Todos bajaron la vista a su paso. Instintivamente él también dirigió la vista al suelo concentrándose en las piedras irregulares que pavimentaban la calle.


Al llegar casi al final, levantó la cabeza un instante encontrándose con un par de ojos oscuros que lo observaban con intensidad desde una jaula pequeña. Ambos sostuvieron la vista por un momento antes de desviar la mirada.


Moth apuró el paso para salir de allí rápidamente y se dirigió a su próximo destino, olvidando, un par de minutos después, ese pequeño encuentro.


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Estuvo ocupado hasta la noche. Comprando lo necesario para su granja y pactando la venta de sus productos a los comerciantes locales.

No era precisamente un granjero, pero la venta de hortalizas y fruta de temporada le permitía sobrevivir y tener tiempo para su afición, era perfumista, desarrollaba finas fragancias desde los procesos de selección de los ingredientes, hasta destilación y embotellado. No era económicamente rentable, no lo suficiente como para el sustento de su hogar, pero le daba cierto estatus en las regiones del sur. Siendo considerado más un artista o un comerciante que un simple campesino.


Cuando por fin hubo terminado las obligaciones del día, se dio un momento para pasar a cenar en un pequeño restaurante antes de regresar al hotel. Durante la cena se permitió un par de copas de licor dulce y luego de la cena bebió un par más.


Al salir del establecimiento, la mezcla del aire fresco de la noche y el alcohol hicieron que el piso se volviera inestable por unos instantes. Respiró un par de veces para centrarse, y ubicarse lo suficiente para tomar el rumbo correcto hacia su hotel. Su destino hizo que tuviera que atravesar la plaza otra vez. La actividad había descendido considerablemente, sin embargo, algunas transacciones seguían realizándose, a esta hora primaban juegos de azar y apuestas, que involucraban sirvientes de menor valor, con grandes cantidades de alcohol de mala calidad de por medio.


Destacaba en medio de la plaza un carretón tirado por una mula, dispuesto para los cuerpos de los sirvientes que fallecían durante los días de subasta. El proceso de subasta implicaba un desgaste adicional para los sirvientes más vulnerables. Por esto, al final del primer día se apilaban, al menos, una decena de cuerpos, todos probablemente demasiado jóvenes o demasiado viejos, demasiado enfermos o frágiles para soportar el duro y, muchas veces, largo viaje, las horas de exhibición en plaza con comida y agua escasas, y que dependían sólo de la benevolencia del comerciante o del comprador.


Al pasar, observó cómo un par de trabajadores lanzaban un cuerpo delgado sobre el montón. Por un instante, el recuerdo de esos ojos oscuros golpeó su mente. El cuerpo era de un hombre joven pequeño o un adolescente, tan delgado y maltrecho como el chico que había visto en ese callejón. Se preguntó si sería él, si alguno de ellos sería él.


Apuró el paso pero no pudo contener la necesidad de echar una última mirada. Gracias a la escasa luz proveniente de las farolas, pudo distinguir la silueta del último cuerpo, en la cima del montículo, con sus extremidades dispuestas en ángulos imposibles.

Con gesto molesto se hundió en su chaqueta y siguió su camino.


Al llegar al hotel, y gracias al alcohol, parecía haber dejado la escena atrás. Pero sus sueños fueron extraños, en situaciones sin sentido pudo ver esos ojos oscuros una y otra vez durante la noche.


A la mañana siguiente, y luego de un sueño para nada reparador, había tomado una decisión: tenía que saber qué había pasado con ese sirviente.