Prólogo
Llegué a Hogwarts un 2 de septiembre de 1996, no había vuelto a Inglaterra desde que terminé mis estudios en ese mismo colegio. Decidí marcharme para huir de la presión que suponía ser la única descendiente viva del gran mago Merlín.
Me fuí a Francia, comencé como profesora en Beauxbatons. El título de "la mejor bruja de todos los tiempos" hace que sea sencilla mi admisión en cualquier lugar. Pasé unos años maravillosos, pero ahora, con veinticinco años y la llamada de Dumbledore supe que debía volver a casa.
Me despedí de mis queridas alumnas y de Madame Olympe con la promesa de que nos volveríamos a ver pronto. Me desplacé en una de sus carrozas para llegar cuanto antes a Hogwarts. Pese a que toda la fortuna de mi familia había sido depositada en mí y que nunca me había faltado dinero, nunca quise comprar una casa, prefería estar de aquí para allá sin un punto fijo. En Inglaterra conservaba la mansión de mi antepasado, pero hacía años que no la visitaba.
Mi llegada había sido esperada, todos en Hogwarts habían escuchado hablar de mí y del gran poder que poseía, a mí no me gustaba alardear de la pureza de mi sangre, de mi alta riqueza o de mi poder. Pero los periódicos no lo pasaban por alto. La primera en recibirme fue mi quería Minerva, con la que a parte de compartir una bonita amistad, había sido mi profesora y siempre habíamos depositado mucha confianza la una en la otra.
—Ayla, querida, cuánto tiempo— la abracé con cariño.
—¿Cómo estás Minerva? Te he echado de menos—
—¿Recibiste mis cartas?—
—Por supuesto, ¿tú las mías?—
—En efecto, como le alegro de que hayas vuelto—
—Y yo, se siente bien estar en casa, aunque por lo que veo las cosas han cambiado—
—Sí, un poco sí— Albus, Severus y los demás no tardaron en aparecer, tras saludarlos cálidamente a todos y conocer a algunos alumnos, Albus y yo decidimos desplazarnos a su despacho para tener más privacidad.
—Ayla, hemos tenido un problema y no hemos tenido tu habitación lista, no esperábamos que fueras tan puntual y los elfos se han despistado...—
—No es inconveniente, conseguiré una casa o puedo trasladarme a la antigua mansión en la que me crié, aunque no sé en qué condiciones estará después de ocho años—
—Yo había tenido otra idea, adelante— pude ver entrar a una mujer atractiva, de mi altura, con la parte inferior de su pelo blanca y la parte superior oscura, de tez pálida y unos profundos ojos marrones. —Ayla, ella es Narcissa, ex-esposa de Lucius Malfoy—
—Encantada— dije extendiendo mi mano.
—Igualmente— dijo con una leve sonrisa.
—Te quedarás en la mansión Malfoy hasta que tu habitación aquí esté terminada— Le miré sorprendida, sabía perfectamente que los Malfoy habían pertenecido a los mortífagos de Voldemort. —Ella nunca llegó a lucir la marca tenebrosa y tampoco su hijo, era Lucius el que era mortífago, ellos solo compartían costumbres con estos, no te asignaría esta localidad si no—
—Está bien, ¿cuánto tiempo aproximadamente?—
—Unas semanas— dijo Albus —Su hijo Draco reside en el Castillo durante el curso a si que solo convivirás con ella y con los elfos de la mansión, Lucius fue llevado a Azkaban junto a Peter Petigrew tras el torneo de los tres magos, nunca se encontró a Voldemort, se cree que este fue asesinado, pero no estoy seguro, por eso te he llamado—
—Lo supuse, tranquilo defenderé Hogwarts ante cualquier amenaza—
—No tengo la menor duda, Ayla y... ¿tú patronus?—
—Es el único hechizo que soy incapaz de conjurar— dije —No lo necesito—
—Deberías de practicar, nunca se sabe cuando lo vas a necesitar—
—No tengo recuerdos tan felices Albus—
—Creo que es conveniente que os deje solos— dijo Narcissa.
—En absoluto, no es algo de lo que me avergüence, soy una figura famosa y glorificada y la realidad es que no sé conjurar un patronus... todos tenemos errores—
—No consideró que sea un error— dijo ella.
—No necesito compasión, ¿algo más Albus?—
—No te rindas Ayla, la vida no consta de momentos blancos o negros, existen los grises... y los colores...— respiré profundamente.
—¿Algo más que deba saber?—
—No— dijo Albus.
—Nos vemos mañana, ¿vamos?— dije a Narcissa.
—Podemos irnos, te enseñaré la mansión— dijo ella. Asentí y me despedí de Dumbledore.
—Ayla— escuché la inconfundible voz de Severus.
—Severus, ¿qué necesitas?—
—He oído que impartirás clases conmigo, pociones—
—Has oído bien, ¿algún inconveniente?—
—En absoluto, me alegra que por fin traigan a alguien competente—
—Gracias, nos vemos mañana—
—Hasta mañana— me despedí de él y acompañé a Narcissa a la salida.
—Llamaré a mi chofer—
—No es necesario— dije —Nos llevará Griffin, me muero por verla—
—¿Griffin?— dijo confundida.
—Acompáñame— nos adentramos a una gran llanura en el bosque.
—No entiendo que intentas hacer— dijo confundida.
—Griffin, ven— dije en voz alta, en el cielo no tardó en aparecer una sombra gigantesca. Narcissa no tardó en sacar su varita —No será necesario— frente a nosotras saltó en el suelo un gran dragón Colacuerno Húngaro que hizo temblar la tierra bajo nuestros pies y soltó un gran rugido.
—¡¿qué demonios?!— iba a lanzar un hechizo cuando le arrebaté su varita.
—No te hará daño— le dije seria pero serena. —Griffin, te extrañé— dije acariciando su hocico. —Es mi mascota, la cuido desde que nació, no debes temerle, es la única familia que tengo— le devolví su varita ente su mirada de desconfianza. —Vamos— dije haciendo que Griffin extendiera una de sus alas para permitirnos subirnos a su lomo.
—No pienso subir—
—No empecemos con mal pie y dame la mano, no te harás daño— dije extendiendo la mía desde el lomo del dragón. Ella dudó unos segundos y accedió a tomar mi mano para subir tras de mí. —¿Has volado en dragón?—
—No—
—Pues agárrate— ella se sujetó a las grandes y duras escamas de sus costados, Griffin comenzó a ascender rápidamente, Narcissa se tambaleó un poco. —Agárrate a mí, será más fácil— al principio dudó, pero no tardó en abrazarme fuertemente cuando comenzamos a aumentar la velocidad. —Indícame cuando estemos llegando, y no cierres los ojos, te perderás el paisaje—
—Ajá— sobrevolamos todo el Castillo de Hogwarts y alrededores hasta que llegamos a la mansión Malfoy —es ahí— dijo.
—Griffin, baja— esta comenzó a descender dejándonos en las puertas de la entrada de la mansión. —Que casa tan bonita— me bajé de un salto y ayudé a Narcissa. —Griffin puedes irte, te llamaré cuando te necesite— uní mi frente con la de mi poderoso dragón en señal de despedida y alzó el vuelo. —Es una criatura majestuosa—
—No es ese el adjetivo que yo usaría— dijo ella aún algo nerviosa.
—Es cuestión de acostumbrarse, volar en dragón no es algo de lo que cualquiera pueda presumir—
—Sin duda, entremos— nos adentramos en el gran recibidor de la mansión. Me enseñó mi habitación la cual contaba con una enorme cama matrimonial, un baño propio y un gran armario. —Espero que sea de tu agrado—
—Lo es, gracias—
—No hay de qué, si necesitas algo... los elfos te ayudarán, este es Dobby— Dijo mientras uno de ellos entraba para traerme toallas y las útiles de higiene.
—¿no es un poco medieval esclavizar elfos?— me atreví a decir.
—¿algún problema con ello?—
—De hecho, sí— dije sincera —¿por qué no liberarlos y hacer que trabajen aquí a cambio de sueldo y protección?— ella hizo una mueca de disgusto.
—Se les llama elfos domésticos por algo—
—Es una tradición anticuada y cruel— Dobby nos miraba perplejo.
—Un... un sueldo para Dobby estaría bien— dijo el pequeño elfo con tono atemorizado.
—Silencio— dijo ella severa.
—¿Tampoco tienen derecho de expresión?—
—Deben obedecer a sus amos—
—No es un perro que deba tener amos—
—Esas actitudes llevarán a la desobediencia—
—No necesito impartir miedo para que me obedezcan—
—Tú no tienes ningún tipo de autoridad en esta mansión— me dijo fría, era una mujer fuerte y de armas tomar. No le faltaba razón en sus palabras, era su casa y si no me gustaba podía irme, pero jamás había dejado que me doblegaran. La miré desafiante para después echar la vista a Dobby.
—Deberías de renovar tus ideales— Sin duda esta mujer y yo éramos polos opuestos. Yo me basaba en el respeto a todas las criaturas, en cambio ella había sido criada con ideas de superioridad.
—Que seas "la bruja más poderosa" no te acredita para dar órdenes donde quiera que vayas, aquí se siguen mis normas. Ahora espero que te pongas cómoda— sin decir más abandonó la habitación dejándome sola con Dobby.
—Ayla ha sido muy valiente enfrentando a la ama— dijo la criatura. —¿desea Ayla algo más?—
—No Dobby, descansa y gracias—
—Ayla no tiene que dar las gracias, Dobby está para servirle— Dobby salió de la habitación dejándome sola, decidí llamar a Emrys, mi lechuza. Le había puesto ese nombre en honor a mi apellido.
"Querido Albus, acabo de instalarme en la mansión Malfoy, tengo la sensación de que no llevaré una amistad demasiado agradable con la dueña de esta, las ideas anticuadas y la superioridad que rebosan estas paredes son abrumantes. Aún así te agradezco que te hayas hecho cargo de mi estancia. Sé que tendrás muchas cosas que contarme, espero que mañana podamos aclarar todo y charlar tranquilamente. Un saludo. Lina"
Envíe el mensaje con Emrys, Albus siempre acostumbraba a llamarme Lina en privado, un derivativo de "Merlina" que usaba cariñosamente, él era la única persona que me llama así, era también una manera de cerciorarnos de que éramos nosotros realmente.
Durante mis estudios en Hogwarts fue como un padre para mí cuando el resto de mis familiares fallecieron, fue otra de las razones por las que me fuí a Francia, la mayoría de mis familiares fallecieron de maneras muy extrañas y sospechábamos que habían sido asesinados, Albus y yo temíamos que yo fuera la siguiente, marcharme fue necesario para aprender a controlar y aumentar mi poder.