Prologo 1, Prologo 2 y Episodio 1
Prologo:
En medio de una profunda e inmaculada oscuridad se encontraba una conciencia, flotando sola en el inmenso vacío que la rodeaba, como una hoja en medio de un océano.
Esta conciencia se encontraba en un estado parecido al de sueño, por lo tanto, no sabía si estaba en el más allá, o si alguna vez vivió; si realmente existía o si era el sueño de alguien que si existe, o era el sueño del sueño de alguien que si existe.
Solo estaba seguro de que estaba rodeado por la nada, por mucho que intentaba recordar algo, su mente (si tenía alguna) no podía traer ningún recuerdo lejano o cercano.
El paso del tiempo también le era indiferente, no sabía si había llevado toda su existencia allí o solo unos días.
Sin embargo, algo en si le pedía que saliera de allí. Una voz en su interior le gritaba, desesperadamente, que despertara de este sueño. Que su vida real, su verdadera existencia, se encontraba más allá de la oscuridad.
Pero, por mucho que lo intentaba, no podía salir de allí. Su abstracta existencia seguía atrapada en tinieblas, mientras la voz seguía molestándolo. Tanto, que le estaba empezando a resultar irritante. Ahora, quería hacerla desaparecer. Quería hacerla callar, ahora.
Así que la entidad recordó, por primera vez en mucho tiempo, algo: Como cerrar su mano en un puño y lanzarlo hacia lo que le molestaba, con todas sus fuerzas.
Y contra cualquiera expectación, su puño golpeó contra algo. Aquel ser sintió algo muy duro rompiéndose y donde antes solo había cegadora oscuridad, se encontraba un punto de luz blanco.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo: una fuerte caída y su cuerpo cayendo sin fuerzas sobre una dura superficie.
Después del impacto inicial, la figura se acostumbró a ver nuevamente, ahora cosas que ahora parecen obvias para él, como su género y como caminar, parpadear y respirar venían a su mente rápidamente. Por primera vez en mucho el ser había visto algo más que oscuridad.
Logró reconocer figuras cerca de donde estaba tirado. Al ver el suelo de piedra donde se encontraba, nuestro protagonista observó fragmentos de mármol blanco que lo rodeaban. Un pedestal de piedra se alzaba a un extremo de la habitación, parece que la presencia había estado encerrada en una especie de estructura de mármol.
El ser se encontraba en una sala espaciosa repleta de antigüedades. Algunas le resultaban vagamente familiares, pero su mente nublada le impedía confirmar si las había visto antes. A su alrededor, habían muebles ornamentados y contra solidas paredes de piedra, se exhibían vasijas con elaboradas escenas que abarcaban desde representaciones de filósofos debatiendo, hasta héroes luchando contra terribles bestias y deidades concediendo favores a los mortales. Todas las vasijas compartían una característica distintiva: un acabado ennegrecido producto de la arcilla líquida. La atención del individuo también se vio atraída por un conjunto de deslumbrantes joyas de diversos colores y formas.
Después de fascinarse con la increíble cantidad de detalles que tenía aquel lugar, solo podía llegar a una conclusión: se encontraba en la casa de alguien muy adinerado y él era una pieza de su colección, o, mejor dicho, la estructura donde se encontraba encerrado. El hombre trató de recordar cómo fue que terminó en tan peculiar lugar, pero su mente estaba en un blanco tan prístino e impecable como el negro donde se encontraba hace unos instantes.
En su mente se encontraban varios pensamientos arremolinándose como un huracán: miedo, por no saber dónde estaba; frustración, por no poder recordar absolutamente nada, ni su propio nombre; y, por último, pero no menos importante, vergüenza: pues estaba totalmente desnudo.
Así que su primer objetivo era cubrirse, nuestro protagonista se levantó para tomar una las cortinas de colores que colgaban del techo para usarla como ropa. De repente escuchó pasos, un grupo de personas se acercaban.
Aquella entidad se puso rápidamente su taparrabos, y se escondió de un salto detrás de uno de los muebles. Mientras más cercanos se tornaban los pasos, un pensamiento acechaba en la mente del hombre desde antes de que se despertara…
— ¿Quién soy…yo?
Como si su pregunta se tratara de una oración a una entidad superior, el hombre cerró los ojos con fuerza, esperando un milagro. Repentinamente, sintió una oleada de imágenes y emociones inundar su mente. Eran las memorias de un hombre que había caminado por la tierra muchos años atrás…
Prologo 2:
Buenos días, tardes o noches, querido espectador.
Debe estar confundido por lo que leyó en el prólogo anterior, pero no se preocupe todo será respondido en su momento.
Más importante aún, veo que ha decidido tomarse su tiempo para leer esta historia, y hay pocas cosas que me agraden más que saber que usted ha decidido presenciar esta obra.
Quizás se pregunte quien soy yo y porque uso este tono con usted.
O quizás se pregunte si yo soy el escritor de esta historia…
Es cierto que tuve que ver con su creación, pero al final son los mismos personajes los que tejieron esta maravillosa tragedia.
Digamos que yo soy un personaje en este cuento, aunque también soy lo más parecido que podría encontrar a un narrador…
Lamento por adelantado, si usted no logra entender mis palabras y espero que, al final, sus dudas sean respondidas.
Pero basta de hablar de mí, usted ha venido a presenciar esta historia, y como su narrador tengo la obligación de contarla.
Verá, querido espectador, esta historia es sobre un grupo de humanos, personas comunes como usted, pero de una época diferente.
Si, una época distinta a la suya, pero no se engañe si cree que los personajes que va a ver son tremendamente distintos a usted. A pesar de la diferencia de épocas, estas personas tenían problemas bastantes parecidos a los suyos.
Asesinatos, robos, guerras, adulterio, corrupción, odio, discriminación…
Todas estas cosas vienen ligadas con el ser humano, sea la época que sea.
Y esto me lleva a otro aspecto que ha estado con la humanidad desde hace mucho tiempo…
La religión.
Es bastante probable que estos personajes crean en una muy diferente a la suya y ahora que por fin he llegado a este punto quisiera preguntarle algo:
¿Conoce usted la historia de Ícaro?
Es el cuento de un hombre que quiso huir con su padre usando unas alas de cera. El escape no tenía ningún fallo visible. Si, hasta que Ícaro se distrajo con el sol y se acercó demasiado a él, haciendo que sus alas se derritieran y cayera a su muerte.
Un final bastante triste, típico de una tragedia ¿no lo cree?
Pero hay más en esta historia de lo que parece. Pues tiene un claro mensaje. Aparte de que tan eficaces sean las alas de cera.
Ambición.
La moraleja de la historia es que el ser humano no puede tener una ambición lo suficientemente grande como para querer algo que los dioses le han negado, en el caso de Ícaro, las alas. Hechas para las aves y otros seres, pero no para los humanos. Esa es una ley decretada por los dioses.
¿Pero es esta ley irrompible?
Aproximadamente tres mil años después de que se creara el mito de Ícaro, los humanos inventaron sus propios medios para volar, como los aviones y los helicópteros. Al final la ambición le ganó a los dioses, ¿Quién lo hubiera imaginado?
Pero eso no tengo porque explicárselo yo, así como tampoco que tiene que ver Ícaro con esta historia.
Quiero que por favor saque sus propias conclusiones al finalizar este cuento.
Episodio 1 (486 A.C):
Déjeme parafrasear a un conocido escritor: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. La época de la sabiduría y la locura… todo lo poseíamos, pero no teníamos nada…” Creo que esta es una introducción perfecta para esta época. Quiero que usted, mi querido lector se imagine en la antigua Atenas: por un lado, teníamos a los aristócratas, poderosas familias de supuestos linajes míticos que manejaban, desde sus grandiosos edificios, la ciudad y por el otro lado, teníamos a los oprimidos. En el medio podríamos contar el ateniense normal que solo le preocupaba trabajar para comer en su día a día.
Pero concentrémonos en la opresión y en la pobreza: en esta bulliciosa ciudad se encontraban un gran número de esclavos, quizás le sorprenda, pero en ese entonces era normal para una familia común tener más de uno, quien los ayudaba en todo tipo de tareas diarias. Estos seres sin derechos no podían ir al teatro ni escuchar las más famosas poesías e historias. Las artes y los avances solo eran para los “atenienses reales”, los que tenían el privilegio de ser escuchados.
Así es, por el simple hecho de nacer de padres esclavos o por azares del destino, tu vida era regida por tus amos a menos que puedas pagar tu libertad, pero ese no era siempre el caso, así que no nos pongamos con romanticismos, estos hombres, niños y mujeres no eran más que los juguetes y las herramientas de alguien más, y créame cuando le digo que usted no podría ni imaginarse que podía pasar bajo la puerta cerrada de una casa común en esta ciudad. Después de todo, yo más que nadie sé hasta dónde puede llegar la maldad de los seres humanos.
Pero basta de trasfondos y narraciones. Usted no ha venido solo a leer mis desvaríos.
Usted ha venido a ver esta vida desde los ojos de los protagonistas.
Pues déjeme llevarlo ante un esclavo de Atenas, estoy seguro de que su historia será más interesante que cualquier cosa que yo podría narrar.
…
..
.
Era una mañana como cualquier otra en Atenas. Los mercaderes abrían sus tiendas, los ebrios salían de los bares entonando canciones obscenas, los maestros revisaban los papiros de las lecciones de hoy y los esclavos ya llevaban un tiempo despiertos, haciendo las tareas matutinas antes de que sus amos despertaran.
Todos los esclavos menos uno, Zenódulo de la casa del maestro Cleón.
Zenódulo era un niño de aspecto bastante corriente: un rostro que no inspiraba ningún halago, ojos castaños con un toque de tristeza y cabello corto, ni muy oscuro ni muy claro, propio de su condición de sirviente.
Solo dos detalles destacaban de su apariencia: una delgadez inusual para un niño de su edad y una vestimenta raída, con manchas que ya no se podían eliminar.
Sin embargo, este aspecto era el que se esperaría de alguien de su clase: sus ropas fueron donadas por su amo y su físico no podía ser como el de los demás niños, ya que no puede asistir a las clases de educación física que los ciudadanos con derechos les exigían a sus hijos.
Y ya que era un siervo él no podía permitirse dormir en una cama normal, con suave textura y relleno; sino encima de un montón de paja.
Es posible que usted considere incómoda una cama de este tipo, y ciertamente no se equivocaría. Pero Zenódulo ya se había habituado a dormir en lechos de paja desde que tiene memoria, por lo que soportaba cualquier molestia que provocaba este tipo de descanso. Empezando por los dolores musculares a tan temprana edad y terminando por la picazón.
Lentamente el niño abrió los ojos y se levantó rápidamente de su “cama”, caminando a través de la pequeña y sucia morada donde dormía.
La habitación donde los esclavos de la casa de Cleón se alojaban era un angosto aposento anexo a la cocina. Este espacio, de apenas ocho metros cuadrados, estaba construido con toscos ladrillos de barro sin pintar y el techo estaba hecho de cañas entrelazadas, formando una superficie irregular y rugosa.
La única abertura, aparte de la puerta, era una pequeña ventana que daba a un diminuto patio interior. Allí se dirigió Zenódulo, con la intención de adivinar la hora del día. Al asomarse se dio cuenta de que el cielo aún tenía un color rojizo y el sol apenas se podía observar de entre las lejanas montañas en el horizonte. Era un paisaje normal de principios de primavera.
Satisfecho, se giró para observar su dormitorio compartido. Percatándose de que todos los demás esclavos ya se habían despertado, pues no quedaba nadie más en el lugar. El joven se dirigió con creciente preocupación a los jardines de la casa. Allí debía esperar las órdenes de alguno de sus amos: el padre de la familia, Cleón; su esposa, Charis; o el hijo de ambos, Demóstenes.
Zenódulo rememoró la ocasión en que llegó tarde a una de sus tareas y Cleón lo obligó a ser el compañero de práctica de lucha de su hijo. El recuerdo le erizó los vellos de la nuca, impulsándolo a correr aún más rápido hacia el lugar donde se reunían todos los esclavos.
La casa no era muy grande, consistiendo solo de unas cuatro habitaciones y el cuarto que el profesor usaba para impartir clases. El siervo no tardó en llegar a su destino: el jardín frontal. Un pequeño, pero bien cuidado espacio que daba la bienvenida a los visitantes. Toda esta residencia se encontraba flanqueada por altos muros de piedra, cuya única apertura era un portillo de madera. Lo más llamativo del austero jardín era una pequeña fuente y justo al lado se encontraba el asiento favorito de Cleón: una banca que recibía la sombra de un pino de escasa altura, era donde el erudito se sentía más a gusto leyendo.
En el lugar ya se encontraban el resto de los esclavos, esperando en fila la llegada de su amo. Los desfavorecidos hombres y mujeres que servían al profesor se encontraban de pie para la ceremonia diaria que se daba frente a la puerta principal de la vivienda. Desde allí, su dueño o su esposa salían a dar las órdenes matutinas. Zenódulo decidió pasar lo más inadvertido posible para no chocar con nadie y se situó junto a un hombre alto y musculoso. Entre todos los sirvientes, él y el persa, un hombre fornido de cabeza afeitada (por su condición de esclavo) y piel morena, destacaban por encima del resto. Su barba corta y espesa enmarcaba un rostro curtido y sus ojos oscuros brillaban con una hechizante intensidad.
Seguro le sonará el nombre de Persia, un poderoso imperio oriental que estuvo en guerra con Atenas hace unos cuantos años. A algunos lectores les encantaría que dijera con gran lujo de detalles el contexto socio político de las guerras greco persas y la rebelión jónica…
Pero probablemente a usted no le interese mucho, lo comprendo. Lo único que realmente necesita saber es que Persia era grande y próspero y como todo imperio grande y próspero, anhelaba expandirse, por lo que decidió conquistar algunas ciudades griegas. Sin embargo, estos resultaron ser bastante diferentes y problemáticos para los persas. Finalmente se rebelaron, apoyados por los atenienses.
Tras sofocar la rebelión, los persas posaron sus ojos sobre Atenas, pero los invasores fueron repelidos. Actualmente, ambas naciones se encuentran en una relativa paz.
Ahí lo tiene, no más trasfondo. El punto que quería llegar, era que este hombre se llama Arsames y por su apariencia cualquiera podía deducir que era un soldado que fue capturado y vendido como esclavo. Esto sucedió hace unos cuatro años así que nuestro amigo ya estaba algo acostumbrado a las costumbres griegas.
Mientras el prisionero de guerra esperaba junto a los demás sirvientes, la llegada de su amo se anunció con el suave sonido de las puertas abriéndose. Cleón caminó, igual de cuidadosamente, por el camino de piedra que conducía a la salida de su hogar para observar a sus sirvientes con una mirada llena de calma, la misma que les mostraba a sus alumnos.
Cleón, un hombre de unos 60 años de complexión delgada y envejecido rostro, contrastaba con la robusta figura del esclavo que se encontraba ante él. Sin embargo, su brillante túnica de lino y su blanca barba le conferían un aire de gran intelecto. Sus pequeños ojos verde oliva y sus pobladas cejas arqueadas hacia abajo transmitían la impresión de un ser reflexivo, habituado a discutir cuestiones filosóficas y artísticas. Lo cual no estaba muy lejos de la realidad. Su ropa era simple pero cuidada, lo que indicaba que era un miembro inferior de una acomodada familia.
Este hombre era una de las principales razones por las cuales Zenódulo nunca había intentado escapar y trabajaba sin protestar todos los días. Admiraba la vasta sabiduría de su amo, quien parecía tener un conocimiento general de todos los temas imaginables. Además, su amo lo trataba con paternal afecto, algo que el muchacho apreciaba enormemente, pues no tenía recuerdos de su padre.
Fascinado por la profunda mirada de Cleón, que ahora parecía perdida en la contemplación, su más joven sirviente esperó ansiosamente a que el maestro hablara. Y este, sin más preámbulos, Inició su discurso:
—Buenos días a todos, espero que hayan dormido bien – dijo el amo, intentando aliviar la situación tan tensa que se veía ante él, pues parecía algo sacado de un campamento militar. Pero sin resultado y rindiéndose, el profesor siguió hablando. —… Espero que sí, porque hoy será un día ocupado. Basil se encargará de preparar el desayuno en la cocina. Apolo y Alypo, quiero que vayan a ayudar a Charis, Arsames va a vigilar la entrada y Zenódulo…
— ¿Si, señor? –Preguntó el niño, sin saber porque lo habían dejado de último.
—Quisiera que vigilaras la entrada de la habitación donde Demóstenes y yo vamos a comer.
Zenódulo, rompiendo la formación de esclavos, se acercó a su amo:
— ¿y eso porque, señor? –Preguntó— ¿tiene algún enemigo que quiera hacerle algo mientras come? ¿En ese caso no sería mejor Arsames para esa tarea?
— No es eso —respondió con gran calma, propia de un profesor— Simplemente… no se me ocurre que ordenarte.
Zenódulo asintió, aún con cierta incertidumbre. Normalmente él se encargaba de la limpieza de los pasillos o del jardín. Algo inusual debía estar ocurriendo para que su amo lo requiriera presente durante la comida.
Cleón, alzando la voz para dirigirse a todos los esclavos y concluyó:
—Bien, ahora que todos escucharon sus órdenes, espero que las cumplan. Queda concluida la reunión de hoy.
Cumpliendo con su obligación de obedecer cualquier orden de su amo, los esclavos se dispersaron en silencio hacia sus tareas matutinas. Sin decir una sola palabra
¿Por qué eran tan diligentes? Posiblemente usted se preguntará, sin duda ellos odiaban su posición. No esperaban el día que pudieran comprar su libertad, por ello realizaban su trabajo mecánicamente: la mayoría de los esclavos de la casa de Cleón solo anhelaban realizar sus tareas con el mínimo esfuerzo y la menor cantidad de problemas posible, para así acortar su camino hacia la salida de esa casa para siempre. Otros detestaban a su amo y preferían evitar cualquier contacto con él. Mientas que el persa…Nadie sabía realmente qué pensaba Arsames, ni siquiera en su propia tierra.
Pero por alguna razón que solo el profesor sabía, Zenódulo era el único que podía hablar con su amo de la manera que lo hizo. Ahora lo seguía, intentando ocultar cualquier signo de inseguridad o miedo en su rostro. No solo temía por su propia seguridad o la de su amo, sino que también le incomodaba la idea de compartir el mismo aire que el hijo de su amo.
Rápidamente, llegaron a la habitación donde el maestro y su hijo solían comer. Era una sala sencilla, como el resto de la casa. Las paredes estaban desnudas, salvo por un par de estanterías que albergaban una colección de vasijas para el agua. El suelo era de piedra sin pintar, de un tono grisáceo más oscuro. En el centro de la habitación había una mesa rectangular lo suficientemente grande como para que seis personas comieran allí. En ese momento, una persona ya estaba sentada a la mesa: Demóstenes, el hijo del profesor.
Demóstenes era un niño bastante atlético. Como cualquier persona con ojos funcionales podía observar, a sus cortos trece años poseía un físico comparable al de un soldado o al de una escultura que representa a un deportista. Incluso su corto y negro cabello acentuaba su aspecto fornido. Sus pectorales marcaban pliegues en su túnica y sus brazos eran más anchos que una lanza.
Tampoco hace falta añadir que este joven era bastante temido y respetado por los demás niños. Estos lo buscaban con frecuencia para que se uniera a sus equipos deportivos o en las peleas contra otros grupos. Su fuerza era una de las razones por las que Zenódulo le temía, además de su escasa paciencia y su tendencia a resolver los problemas con violencia.
Al entrar Cleón a la habitación, el fornido niño se alegró al ver a su padre. Sin embargo, su mirada se posó rápidamente en Zenódulo y su expresión cambió en un instante.
— ¿Qué hace él aquí? —preguntó, señalando a Zenódulo con un gesto de disgusto.
—No le hagas caso, hijo—respondió su padre, intentando sonar lo más natural posible—. Simplemente no tengo ningún trabajo que darle en este momento.
—Entonces llévalo a recoger hojas o a buscar agua, lo que sea —replicó Demóstenes, cada vez más impaciente—. Solo sácalo de mi vista.
—Ehmm… pero eso ya lo hicieron otros sirvientes… si… —dijo Cleón con voz pausada, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
Cleón era una persona que odiaba mentir. Sin embargo, no tenía otra manera de convencer a Demóstenes de que dejara a Zenódulo quedarse en la habitación con ellos. Aunque ninguno de ellos comprendía qué buscaba conseguir con ello, ambos suponían que el profesor quería que se llevaran bien, como ya había intentado en muchas ocasiones en el pasado, siempre con resultados fallidos. Era bastante evidente que esta vez también terminaría en desastre.
Mientras tanto, la tensión en la sala era tan evidente que casi podía tocarse. Cleón imploraba en silencio a todos los dioses que le proporcionaran una excusa para que Zenódulo se quedara o algo que distrajera a Demóstenes.
Y como si el Olimpo hubiera escuchado sus súplicas, entró repentinamente una esclava con dos cuencos repletos de comida. Era Basil, quien había sido enviada a preparar el desayuno. El profesor les dirigió un mudo agradecimiento a los dioses y les prometió hacerles un sacrificio cuando tuviera tiempo.
Y en menos de un parpadeo, cuanto Basil se retiró de la habitación, Demóstenes empezó a engullir la comida de forma rápida y sin modales.
Su padre se sentó sin hacer ruido y comenzó a comer con la misma tranquilidad de siempre. Estos dos eran el mejor ejemplo de que hay hijos que no pueden parecerse menos a sus padres.
En tanto, Zenódulo se quedó cerca de la puerta. En la antigua Grecia, era costumbre que hombres, mujeres y esclavos comieran en habitaciones separadas y en ese orden. El simple hecho de que él estuviera allí era un posible quebrantamiento de las normas. Sin embargo, como había sido su propio amo quien lo había hecho entrar, no tenía idea de qué hacer.
Ignorantes de lo que acontecía en la mente de su esclavo, padre e hijo sostenían una agradable conversación.
—… Así que buscamos algo que pudiera servirnos como jabalina y nos pusimos a buscar en el bosque —relataba Demóstenes un suceso que le había acontecido a él y a sus amigos el día anterior—. El imbécil de Alexis solo encontró unas ramas y a los demás no se les ocurrió que otra cosa podían usar.
— ¿Entonces no pudieron practicar? —inquirió Cleón aún con su comida por la mitad.
—Claro que sí, pero fue gracias a mí. Yo saqué un cuchillo y afilé la punta de las ramas para que fuesen más fáciles de lanzar —respondió Demóstenes, a punto de finalizar su desayuno.—Si no fuera por mí, no habrían podido practicar —profirió Demóstenes sin una pizca de humildad. — Esos idiotas, no sé qué harían sin mí.
—No está mal, hijo mío, eres muy inteligente —lo elogió su padre con una sonrisa. Él era uno de los principales responsables del comportamiento de su hijo.
—Lo sé, si no fuera por mi fuerza, sería un filósofo como ese, el que dibujaba triángulos. —Posiblemente el joven se refería a Pitágoras.
—Y no lo dudo… —Respondió su padre, haciendo caso omiso a la ignorancia de su hijo.
Ambos continuaron comiendo en silencio, el cual no duró demasiado. Pues Demóstenes, tras finalizar su comida con la rapidez habitual, dirigió de nuevo su atención al único niño que, aparte de él, habitaba esa casa.
— ¿Ya vas a decirme por qué ese esclavo tiene que estar aquí? —Preguntó a su padre—, y espero que no pretendas que coma con nosotros.
—No, no –Negó Cleón con la cabeza mientras movía las manos de un lado a otro, como para apartar las palabras –. Solo deseaba que él escuchara la charla que quiero tener contigo.
— ¿Charla? Si es de como nacen los bebes eso lo sé.
—Sí, me imaginaba que ya lo sabías. Estos niños de hoy en día crecen tan rápido. Sé que aún eres un joven y hubiese querido que siguieras jugando con tus amigos un poco más, pero…
—Quieres que me case –adivinó rápidamente Demóstenes– ¿No es demasiado pronto para mí?
—Sí, por lo general, los hombres nos casamos alrededor de los treinta años, mi matrimonio fue a los 34. Pero las chicas se casan cerca de tu edad, apenas y comienzan a tener la capacidad de tener hijos. Yo pienso que eso es un poco injusto, ¿no crees?
— ¿Y eso por qué?
— Yo solo creo que el matrimonio es muy importante para todas las personas involucradas, no solo para los padres de la pareja —continuó explicando el profesor, levantándose para que su voz se oyera mejor—. Más aun para el esposo y la esposa, después de todo, ellos son quienes deben hacer el bebé, criarlo y administrar el hogar. Ante tal responsabilidad, creo que es necesario que ambos sean amigos, y no creo que sea algo fácil cuando tienen tal diferencia de edad.
— Tú dices eso, pero casi nunca hablas con mamá.
—Sí, lo sé, pero eso es otro tema. Yo solo no quiero que eso te pase a ti, quiero que los dos sean amigos.
—Pero eso va en contra de todas las leyes —Respondió un Demóstenes algo alterado— además yo nunca he hablado con una chica de mi edad.
— No te preocupes, Atenea no es tan diferente a Zeus y Afrodita no es tan distinta a Eros.
—No sé si esté listo —susurró el hijo del profesor, perdiendo de un golpe la fuerza que tenía hace un tiempo, resignado.
—Te dije que no te preocuparas por nada –Expresó Cleón poniendo una mano en el hombro de su hijo para calmarlo— No tenemos que acelerar las cosas. Por ahora solo quiero que conozcas a la hija de uno de mis amigos: un brillante académico e investigador de la cultura persa. Si no te gusta te buscaré otra. Eso es lo que debes hacer, por ahora.
— ¿En serio? —Dijo el chico, sorprendido, subiendo la mirada expectante—. ¿Puedo elegir si casarme con ella o no?
— Por supuesto –Respondió su padre con una sonrisa–. Ya te dije que quiero que sean amigos antes que esposos.
El niño no pudo evitar sonreír ante las palabras de su padre, mientras este le devolvía una sonrisa aún más radiante. De esta forma, el joven soltero podía estar más tranquilo. Todo había salido como Cleón esperaba. Su experiencia con los berrinches y los golpes del niño le había enseñado cómo calmarlo.
–Ahora quiero que vayas a la escuela –dijo finalmente su padre—. Cuando vuelvas conocerás a tu futura esposa. Sí es la indicada para ti, por supuesto.
– ¿Y Arsames va a llevarme a la escuela?
De todos los esclavos, con el que mejor se llevaba Demóstenes era con el persa, y por ello su padre lo nombró como su paidagogos. El guardián que lo llevaba a la escuela, se sentaba junto a él en las lecciones y lo reprendía si se comportaba mal. Un trabajo bastante grande para un sirviente de tierras enemigas, pero Cleón confiaba plenamente en el oriental.
– Por supuesto, es su trabajo. –Le confirmó su padre.
– ¡Qué bien!
Y Demóstenes se apresuró a la salida, pero sus ojos se encontraron de nuevo con Zenódulo, quien estaba escuchando con la mayor atención del mundo, pero también con el mayor silencio.
—Es cierto, estabas tú aquí —Gruñó el joven amo de la casa con todo el desprecio que pudo sacar de su voz. Inmediatamente se volteó para hablar con su padre. — ¿Ya me vas a decir porque el necesitaba escuchar todo eso?
—Porque en algún momento el será libre y quería que el supiera cómo funciona el matrimonio. Aunque los libertos y los extranjeros que viven en Atenas tienen otra costumbre…
— ¿Y era necesario tenerlo en la misma habitación donde comemos? —le interrumpió su hijo, casi gritando—. ¿Qué tal si su sola presencia pudre la comida?
—Te aseguro que les ordeno a todos los sirvientes que tengan cierto nivel de higiene. Además así ambos saben sobre el matrimonio. Soy un hombre ocupado y no tengo tiempo para explicarles esas cosas por separado.
—De acuerdo —Dijo el fornido joven, sin muchas ganas de discutir con su padre— entonces me iré.
Finalmente, Demóstenes abandonó la habitación sin volver a dirigirle la mirada a su esclavo.
Quizás se pregunten porque Demóstenes va a una escuela cuando su padre es profesor, y es porque Cleón confiaba más en la capacidad de enseñar de unos de sus colegas que la suya propia.
Pero no nos distraigamos con detalles nuevamente. En la habitación solo que solo quedaron Cleón y Zenódulo, fue que el amo de la casa quien rompió el silencio.
—No te tomes muy en serio lo que él dijo, ya habrá tiempo para que el madure, así que solo tenle paciencia.
—Sí, señor…
— ¿Qué sucede, Zenódulo? —Preguntó el padre del rebelde muchacho. Juzgando por el cariño que emanaba de su voz, uno pensaría que estuviera hablando con su otro hijo.
— ¿De verdad cree que algún día podré casarme?
En la antigua Atenas, el matrimonio se concebía más como la unión de dos familias que como la de dos personas. El objetivo primordial de esta unión era la procreación de nuevos miembros para ambos linajes. Por lo tanto, los esclavos no podían contraer matrimonio, ya que tal unión no aportaba ningún beneficio ni honor a sus amos. De hecho, la unión de un esclavo y un ciudadano libre se consideraba un crimen y era castigada por la ley.
Por supuesto, como suele ocurrir, la naturaleza humana prevalecía sobre las normas sociales. Existían casos de esclavos que tenían hijos, impulsados por un instinto más poderoso que el sentido común. Estos niños nacían para vivir en la esclavitud, con pocas posibilidades de sobrevivir en el mundo libre si algún día lograban escapar de su condición.
Una gran pena atravesó el corazón del envejecido amo. Un pensamiento similar había cruzado su mente: el pobre Zenódulo jamás disfrutaría de las mismas oportunidades que él, o que Demóstenes. Sin embargo, no podía expresar tal cosa a Zenódulo. En cambio, le dijo:
— Sí, por supuesto. Eres un joven muy inteligente. —Mintió—. Pero, mientras tanto, sigues siendo mi sirviente. Ve a comprar pescado para el banquete de esta noche. Pídele el dinero a Charis.
Obviamente, las órdenes del profesor tenían como objetivo que el joven esclavo ocupara su mente en otra cosa. El muchacho lo comprendió, pero decidió seguirle el juego a su amo, pues le agradaba saber que a su amo le daba pesar verlo entristecido.
— ¡Sí, señor! —respondió Zenódulo como si fuera un soldado dirigiéndose a su superior.
Y así, el único niño esclavo de la casa se dirigió corriendo hacia el cuarto de las mujeres, donde solo dormía una: Charis, la esposa de Cleón y madre de Demóstenes.
Probablemente usted lo haya dado notado, o probablemente no. Pero en esta época, las mujeres y los hombres llevaban vidas bastante distintas y separadas.
Sin duda, una sociedad peculiar, por usar un término. A lo largo de la historia, el poderoso siempre ha oprimido al débil. En este caso, las mujeres se encontraban en la posición vulnerable, incapaces de desafiar el dominio masculino que impregnaba las esferas política y militar. No les quedaba más opción que resignarse en las jaulas que sus amos habían creado para ellas.
Ahora, concluyamos con esta crítica social y dejemos que las acciones de estos personajes revelen los diversos tipos de opresión que sufrían muchos, incluso en esta sociedad “democrática y libre”
Zenódulo conocía bien el camino a la habitación de las mujeres. Pues Charis era la que más tiempo pasaba encargándose de los esclavos. Atravesó un pequeño pasillo que conectaba la habitación donde se encontraba con las habitaciones segregadas de hombres y mujeres y solo le tomó unos cinco minutos llegar a la puerta que daba acceso a la habitación donde su ama pasaba la mayor parte de su tiempo. El pequeño esclavo llamó a la puerta y esperó.
Un par de minutos después la puerta se abrió y salió una mujer delgada de cabello castaño que le caía hasta los hombros. En su rostro de facciones redondeadas se apreciaba el paso del tiempo, sin que ello restara la belleza que poseyó en su juventud: grandes ojos castaños y una diminuta nariz. La parte superior de su túnica cubría su pecho y la inferior se ceñía a su cintura con un cinturón llamado Zone, el cual se encontrada amarrado con un nudo por su estatus de casada. Sus pies estaban al descubierto, calzados con unas sandalias simples. A diferencia de los esclavos, que siempre iban descalzos.
— ¿Sí…? —Dijo la señora que acababa de salir de la puerta, bajando la mirada al darse cuenta del que tocaba la puerta era más bajo que ella— oh, Zenódulo ¿sucede algo?
—El amo Cleón me ha pedido que compre pescado y… necesito dinero —dijo el joven, algo apenado, esforzándose por mirarla a los ojos.
—Oh, claro —respondió su dueña con desgana. Dar órdenes a los menos favorecidos era una tarea tan cotidiana para ella que se había vuelto monótona. —Déjame buscarlo.
La señora se adentró en la habitación sin cerrar la puerta. Zenódulo no pudo evitar espiar el interior, como ya había hecho antes. La habitación de las mujeres era un misterio para un hombre como él.
Sin embargo, no era nada del otro mundo, bastante parecida a la de los hombres. Una sala de unos cuatro metros de longitud, con una cama para dos pegada a la pared y un par de muebles para guardar las cosas. La cama estaba algo desordenada, quizás porque Charis acababa de despertar o porque la esclava encargada de ordenarla no había llegado aún. La ama de la casa se encontraba arrodillada en una de las repisas del rincón, buscando las monedas.
Aprovechando el tiempo libre, el sirviente dirigió su mirada al otro extremo de la habitación. Allí, sentada en una de las repisas, se encontraba una dama peinándose mientras se miraba en un espejo. Al ver a una mujer sin velo, con cabello suelto, y, a su opinión, totalmente hermosa, el corazón de Zenódulo dio un brinco y su cuerpo se llenó de un calor interior que jamás había experimentado.
No soy Zenódulo, pero intentaré lo mejor posible describirla para usted, mi querido espectador. Su complexión era similar a la de Charis: delgada.
…
¿Qué más? Ah, sí. Su ondulado cabello era castaño, en contraposición al rubio tan apreciado por los griegos. A Zenódulo, sin embargo, este detalle parecía no importarle. Vestía una túnica femenina común, con la particularidad de dejar entrever una parte de su busto. Era evidente que la joven era consciente de su belleza y no dudaba en exhibirla.
Completaban su atuendo diversas joyas y adornos: un collar de tono dorado y brazaletes en ambos brazos. Pero basta ya de descripciones físicas, vayamos a lo que realmente importa: la atracción que Zenódulo sentía por ella.
Su sola presencia lo paralizaba, como si se tratase de una hechicera y tuviera al pequeño preadolescente bajo su maldición. Era una sensación completamente nueva para él, aunque supongo que no ayudaba que las mujeres esclavas generalmente iban con el pelo rapado y en cuanto a Charis… él no podía verla como algo más que su ama.
Sin embargo, la realidad no tardó en irrumpir en la fantasía de Zenódulo. Su ama apareció frente a él con unas cuantas monedas de plata en la mano: el perfil de la diosa Atenea en un lado y un búho sagrado en el otro adornaban cada una de las piezas ovaladas, de bordes irregulares, que ahora se encontraban en la mano del apenado Zenódulo.
—Creo que esto es suficiente — Murmuró Charis algo precipitada.
—Oh... gracias, mi señora— Respondió Zenódulo, tratando de ocultar su desconcierto.
El esclavo cerró con firmeza la mano que sostenía las monedas, para protegerlas y antes de que pudiera siquiera dedicar una última mirada a la hechicera, la señora de la casa ya había cerrado la puerta con un golpe seco.
Zenódulo permanecía inmóvil frente a la puerta, aferrándose a la tenue esperanza de que se abriera y le concediera una última mirada a aquella mujer. Sin embargo, el tiempo transcurría y el muchacho continuaba allí, como un mendigo implorando limosna. Ya había pasado tiempo suficiente para que se hubieran celebrado tres carreras en las Olimpiadas, y el joven esclavo aún aguardaba... en vano.
Afortunadamente para él y para todos aquellos que esperaban comer pescado antes del día siguiente, Zenódulo recordó su tarea. Intentando sacudirse la vergüenza como si fuera agua y él un perro después del baño, se apresuró hacia la plaza. Pasando los jóvenes que llegaban a su lección de hoy con el profesor Cleón.
Debido a la época, la ausencia de vehículos como automóviles o trenes obligaba a la población a desplazarse a pie, independientemente de su clase social. Por ello, era habitual ver a filósofos de renombre y adinerados de alta alcurnia transitando las calles de la ciudad a pie, así como una que otra mujer libre con sus rostros cubiertos por velos paseando con sus escoltas de uno o más esclavos.
Para Zenódulo, un esclavo, caminar era una parte integral de su vida diaria. Recorría con total normalidad las calles de la ciudad, estrechas y laberínticas, como un río seco, con piedras de todos los tamaños. Las casas se apiñaban a ambos lados de las calles, y el aire estaba impregnado de un olor a excrementos de animales y basura. El siervo caminaba con paso lento, observando un mundo dividido en dos clases contrastantes: los hombres libres y los esclavos.
Mientras los primeros se dedicaban a la búsqueda del conocimiento, o a desempeñarse en otros “honrados” trabajos; los menos favorecidos caminaban por las mismas calles para cumplir las órdenes de sus amos o para mendigar por una migaja de pan. Sin duda, las calles de Atenas rebosaban de actividad en aquellos tiempos.
A medida que el muchacho se acercaba a su destino, el bullicio de la ciudad se fue intensificando. Risas y conversaciones agradables flotaban en el aire, y la cantidad de gente que transitaba las calles aumentaba. El joven se dirigía al ágora, el corazón de Atenas, un lugar donde se concentraba la vida comercial, política y social de la ciudad.
El ágora, un espacio amplio y abierto, en su corazón palpitaba un mercado rebosante de actividad, donde vendedores pregonaban sus productos y compradores regateaban con fervor. El joven se adentró en la plaza, observando a oradores que se dirigían a la multitud desde un podio y a los académicos que debatían ideas en animados grupos.
En el centro de tan amplio lugar, una imponente estatua de mármol representaba a dos hombres, listos para atacar al enemigo de la democracia con sus espadas. Mientras que, a lo lejos, se erguían majestuosos una serie de templos dedicados a diferentes deidades, algunos adornados con imponentes estatuas. Sin embargo, ninguno rivalizaba con el grandioso Partenón de Atenas, visible desde varios puntos de la ciudad. Encaramado sobre una colina, dominaba el paisaje con su imponente presencia. Aunque aún en construcción, se erguía como un símbolo de la victoria y la devoción a la patrona diosa guerrera de la ciudad.
En un lugar tan ajetreado y lleno de gente a un niño como Zenódulo le costaría trabajo caminar y saber a dónde ir, pero como él era un esclavo que estaba acostumbrado a comprar cosas para sus amos, ha logrado memorizar donde quedan las más importantes tiendas y como abrirse paso entre el bullicio.
Mientras el muchacho se abría paso con cautela entre la multitud de atenienses enfrascados en sus quehaceres cotidianos, Zenódulo reparó en una tienda que jamás había visto antes. Se distinguía por su esmerada confección y por las telas de buena calidad que la cubrían a modo de techo y adornaban la fachada para hacerla más atractiva. A medida que se acercaba, intrigado, pudo distinguir al vendedor. Un hombre alto y gordo, de cabello corto y pajizo y un rostro promedio, que transmitía una permanente sensación de aburrimiento.
Zenódulo se hallaba a escasos centímetros del vendedor, mas este no le prestó atención, absorto en el recuento de las monedas que acababa de recibir de un cliente que se llevaba un jarrón. El diseño de este llamó su atención, pues no se ajustaba a los cánones griegos: ni figuras humanas ni escenas de héroes y dioses. En su lugar, grandes arcos entrecruzados enmarcaban imágenes de animales campestres, predominando las cabras. El niño recorrió la tienda con la mirada, y efectivamente, encontró varios más con diseños similares, entremezclados con otros de aspecto más helénico.
El comerciante se percató de la presencia del niño que observaba embelesado los jarrones y con la misma calma y amabilidad que dispensaba a todos sus clientes, le preguntó:
— ¿Algo llamó tu atención?
— Sí, me gustaría saber de dónde vienen esos jarrones. No se parecen a los que hay en la casa de mi amo.
—Es porque no son de ninguna polis griega, —respondió el comerciante con cierto orgullo—, son de los territorios del rey persa y son difíciles de conseguir, por eso la gente paga mucho por ellos.
— ¿Y cómo los consigue usted? — preguntó Zenódulo con gran curiosidad.
El rechoncho hombre se quedó pensativo un momento, con la mirada perdida en el vacío. Finalmente, respondió:
—No creo que sea buena idea revelarle a un niño esclavo cómo consigo estas cosas. No quiero tener más competencia de la que ya tengo.
—Sí, tiene sentido – respondió el joven, algo decepcionado-
—Pero no te preocupes, lo que hago es totalmente legal —dijo rápidamente el hombre de negocios—. No se lo robo a ningún adinerado ni nada por el estilo, es solo que tengo mis... contactos.
Zenódulo no supo cómo responder ante tal afirmación y se quedó en silencio.
El comerciante pareció agitarse aún más y cambió de tema rápidamente:
—En fin, ¿vas a comprar algo o solo viniste a hablar?
—Oh, lo siento. Es que me parecieron fascinantes las vasijas.
—Fascinantes… —repitió el vendedor, impresionado—. Eso no es algo que esperara escuchar de un niño, y mucho menos de uno con tan pocos recursos como tú. Ningún esclavo ha llamado nunca a mis vasijas fascinantes. ¿Qué es lo que te parece fascinante de ellas?
Zenódulo se quedó un momento en silencio, buscando las palabras adecuadas. Finalmente, dijo:
—Son los dibujos, o más bien la falta de ellos. Las vasijas griegas siempre tienen dibujos que representan alguna escena mítica o cotidiana, pero estas solo tienen arcos o espirales. Pero hay algo de belleza en tal simplicidad…
Nuevamente, las palabras de Zenódulo dejaron al comerciante sin palabras.
—Interesante —dijo finalmente—. Para ser un esclavo, tienes esa chispa.
— ¿Chispa? —preguntó el niño, con curiosidad.
—Sí, esa chispa que tienen los más grandes filósofos, artistas y reyes; así como muchos asesinos y tiranos. Esa chispa que se balancea entre la inspiración de una musa y la locura de una manía.
Las palabras del comerciante resonaron en la mente de Zenódulo. Por primera vez en su vida, alguien le decía que era importante para algo. Este hombre lo comparaba con artistas, reyes e incluso con asesinos. Por mucho que Cleón hablara bien de él, nunca le había dicho algo como eso, que era capaz de ser algo más que el esclavo promedio.
El joven solo pudo decir lo primero que se le ocurrió:
— ¿De verdad cree que yo soy capaz de ser alguna de esas cosas? —preguntó Zenódulo, con un hilo de esperanza en la voz.
—Quizás sí, quizás no —respondió el comerciante—. Solo las tres moiras pueden hilar el destino, pero no debe ser casualidad que tú poseas esa chispa en tus ojos.
—Ya veo —dijo finalmente Zenódulo, vislumbrando algo de esperanza para su futuro—. Entonces quizás mi destino sea más que ser un esclavo.
—Mi nombre es Auxentios, por cierto —añadió el comerciante—, La verdad no estoy muy seguro, pero de algo sí estoy seguro.
Zenódulo se quedó en silencio, expectante.
—Si no vas a comprar algo, lárgate. —Dijo Auxentios con una sonrisa, contrastando con la forma tan brusca en la que acababa de echar al joven. Parecía que su conversación había sido bastante amena para el comerciante.
Zenódulo se sonrojó de vergüenza.
—Oh, sí. Lo lamento… —Añadió, y se apresuró a salir de la tienda.