Capítulo Único
Llevarse a Axel a vivir a su casa quizás fue la decisión más precipitada que Roman había tomado en su vida. Axel era su sobrino sexto o algo así, hijo de una prima lejana de su madre que vivía en su pueblo natal, de la que Roman recordaba vagamente que era una adolescente dicharachera que cuidó de él un par de veces cuando tenía unos cinco o seis años y sus padres salían a tener "planes de adultos".
Realmente él tenía nula relación con esa rama tan lejana de su familia, sobre todo desde que abandonó definitivamente el pintoresco Bakewell, región donde nació y pasó su infancia y adolescencia, para mudarse a Londres a perseguir su sueño de convertirse en bombero.
De entrada, la llamada de su madre pidiendo, o más bien exigiendo, que le diera asilo político a su supuesto sobrino le produjo un rechazo instantáneo. No le agradaba la idea de convivir con un desconocido, por muy familia que fueran, y menos con un chico tan joven que probablemente solo pensase en fiestas, mujeres y hacer pesas en el gimnasio. Pero nadie que conociera a la única e inigualable señora Turner diría que era el tipo de mujer que aceptaba un no por respuesta.
Axel había tenido, en palabras de su madre "problemillas sin importancia" en Lancaster, la universidad donde había estado estudiando hasta entonces. Roman no sabía exactamente que es lo que había pasado y su madre tampoco había querido ser más específica, pero el caso era que la directiva de la universidad le había "invitado amablemente a marcharse". Solo le quedaba un año de carrera, por eso el plan era que terminase sus estudios en el London School of Economics, una de las tantas universidades prestigiosas de Londres, donde casualmente, Roman residía.
Al parecer, a la prima de su madre no le importaba pagar la cuantiosa matrícula y las desorbitadas mensualidades de la nueva universidad de su hijo, pero el precio de los alquileres y las residencias universitarias londinenses le parecían un escándalo. Así que, recordando que Maggie Turner tenía un hijo recién divorciado que vivía solo en una casa demasiado grande para una sola persona, había contactado con ella para pedirle el favor de que "instara amablemente" a su hijo a acoger al suyo. Vamos, una auténtica encerrona.
En otras circunstancias habría ayudado a Axel a alquilar algún piso cercano a la universidad donde pudiera vivir de forma independiente y ya está. Pero su madre había insistido en que eso no era una opción, que Axel necesitaba compañía y buen ejemplo. Lo que traducido al lenguaje normal de los humanos significaba que le estaban encasquetando a un díscolo veinteañero adicto a la juerga para que hiciera de niñero y vigilara que no se metiera en líos.
Roman solo hacía unos meses que se había divorciado, sus dos hijos vivían en el prestigioso internado suizo en el que su ex mujer se había empeñado en meterlos, él solo podía verlos durante las vacaciones, y por si eso no fuera suficiente, tras el divorcio, él y su ex tendrían que repartirse los días para que ambos pudieran pasar tiempo con los críos. La verdad era que, a pesar de que la idea de acoger a Axel no le hacía demasiada gracia, tras la partida de Alice se sentía un poco solo en aquella casa tan grande. Así que, siguiendo un impulso, aceptó la petición de su madre.
Nada más verlo llegar, en un Ford Sierra pintado de un escandaloso color rojo en cuyo interior brillaban unas luces de neón multicolores y con Smell like teen spirit sonando a todo volumen, Roman comenzó a arrepentirse de la decisión que había tomado. Pensamiento que se reafirmó cuando de ese coche se bajó un chico delgado, bajito, con vaqueros rotos, botas militares, cazadora de cuero, pulseras de pinchos, el cabello teñido de un llamativo color violeta y los ojos pintados de negro.
Definitivamente su madre se la había jugado pero bien.
—¡Hola! —Saludó el chaval con mucho más entusiasmo del que Roman había esperado cuando lo vio con esas pintas.— Tú eres Roman ¿Verdad? ¿Esta es tu casa? Supongo que sí, porque esta es la dirección que me dio mi madre. ¡Wow! Se ve enorme. Ganas mucha pasta ¿no? ¿Para tanto da el salario de un bombero? Quizás me haya equivocado con eso de estudiar económicas ¿Tú qué opinas? ¿Estoy a tiempo de cambiar de carrera? Nah, no es cierto, yo no valdría para bombero, soy demasiado canijo y por mucho que coma no engordo, es cosa del metabolismo. ¡Tú sin embargo eres un tío enorme! Supongo que no es cosa de familia, al menos yo no heredé ese gen, ya me gustaría, ya... En fin, ¿Me invitas a entrar? Me estoy congelando el culo aquí fuera. Y el maletero está hasta arriba de cosas, no me vendría mal una ayuda para cargarlo todo, con esos músculos que tienes terminaremos en un santiamén.
Roman aún no había abierto la boca. Seguía parado en el porche de su casa mudo de estupefacción. El chico hablaba mucho, y muy rápido. Se contestaba a sí mismo sus propias preguntas y parecía saltar de un pensamiento a otro a la velocidad de la luz. Roman, que más bien era una persona escueta y de pocas palabras, se sintió completamente desubicado.
—Sí-sí. Soy Ro-Roman, encantado. —Logró balbucear— Y sí, esta es mi casa, aquí vivo, y ahora tú también, supongo.
Se quedó callado un segundo tratando de recordar el resto de cosas que Axel le había preguntado. El chico lo miraba fijamente con unos inquietos y brillantes ojos ambarinos, y al parecer, no tenía paciencia para esperar a que Roman consiguiera hilar un par de frases coherentes.
—Guay, tío. Está fetén. ¿Me ayudas a sacar las cosas del maletero entonces?
—¡Oh si! —Respondió algo aturdido— Claro, vamos.
Aquella fue la primera interacción que Roman tuvo con Axel, y aunque ya en ese momento pensó que la convivencia iba ser un poco complicada siendo personas tan diferentes, nada lo había preparado para lo que verdaderamente suponía compartir hogar con un chaval de veintitrés años.
Ni siquiera cuando sus dos hijos volvían del colegio para las vacaciones había visto su casa tan desordenada. Había ropa por todas partes, zapatos tirados en mitad del salón, platos sucios sobre cualquier superficie plana y la habitación de Axel era un cementerio de tazas manchadas de café que nunca llegaban al lavaplatos.
Pero eso no era lo peor. Lo peor era la insana costumbre que tenía Axel de andar todo el día en calzoncillos.
La primera vez que lo vio así fue precisamente por culpa del desorden. Roman en general era una persona que evitaba los conflictos, pero la situación había sobrepasado tanto su límite de paciencia que decidió plantarse y tener con Axel una charla sobre las normas básicas de convivencia.
Estaba un poco cabreado, había llegado del trabajo y se había encontrado con una cocina en la que daba asco entrar; los platos sucios se amontonaban en el fregadero, las encimeras estaban cubiertas de migas de pan, había un corazón de manzana tirado sobre la vitrocerámica que estaba siendo devorado por una colonia de hormigas y la puerta de la nevera estaba abierta de par en par. Era ya la gota que colmaba el vaso, no entendía como Axel se sentía cómodo viviendo entre tanto caos, desorden y suciedad. Así que subió las escaleras a paso furioso e irrumpió en su habitación sin llamar.
En retrospectiva, eso fue un error.
La habitación era un estercolero, pero a Axel no parecía molestarle, a juzgar por como estaba tirado sobre la cama desecha leyendo una revista, vistiendo únicamente unos ajustados calzoncillos negros.
Roman se quedó sin habla. Parado en el umbral como un estúpido. Hasta ese momento, en su mente, se había hecho la idea de que Axel era un niño, no demasiado diferente a sus hijos, por mucho que les sacase más de diez años. Pero no, Definitivamente Axel no era un niño, de hecho, estaba bastante crecidito para su edad. Al contrario de lo que había creido a verlo por primera vez, tan delgado y con sus ropas holgadas, no era un chico escuálido al que se le marcasen las costillas, su cuerpo era puro músculo, una tez morena joven y tersa, exenta de cicatrices o máculas, con aspecto suave y delicado. Tenía seis abdominales obscenamente definidos que acababan en una perfecta V formada por unos oblicuos trabajados. Y las piernas... Ni si quiera cuando Roman se estaba preparando para entrar al cuerpo de bomberos, el punto álgido de su forma física, había tenido unas piernas así. Los cuádriceps, los abductores, los gemelos... cada conjunto de músculos podía ser visiblemente diferenciado, delineados como si se tratase de la estatua de un atleta de la antigua Grecia.
La sexualidad de Roman había tenido un despertar tardío, por decirlo de alguna manera. Desde muy joven supo que le gustaban las chicas, y en su pequeño pueblo, otra cosa hubiese sido poco menos que un motivo de escarnio público, así que ni siquiera se planteó que pudiera atraerle nada más. Al menos, hasta que se mudó a Londres. Allí las cosas eran diferentes, la gente tenía una mentalidad más abierta, había garitos de fiesta por todas partes, barrios enteros dedicados al ocio nocturno en los que Roman, como joven pueblerino deslumbrado por lo inmenso y apabullante de la capital, se sumergió con curiosidad y algo de timidez. Pronto descubrió que si bien las chicas seguían siendo su primera opción, no le desagradaba para nada el cuerpo masculino, y que las discotecas donde se reunía la comunidad gay de la ciudad eran un espacio seguro que prometían libertad, desenfreno y nuevas experiencias que Roman no se negó a sí mismo vivir.
Fue un proceso lento y confuso, sentirse en tierra de nadie, sin terminar de encajar del todo en ninguno de los dos mundos. Probó con chicas y con chicos, diferentes cuerpos, diferentes aspectos, y nada le desagradó.
Al final no le quedó más remedio que admitirse a sí mismo la realidad, era bisexual.
Para Roman, todo aquello formaba parte de un lejano pasado. Tenía veintisiete años cuando conoció a Alice y se enamoró hasta los huesos. No llevaban ni un año de relación cuando le propuso matrimonio, y apenas unos meses después de la boda, Alice le anunció que estaba embarazada y la noticia hizo sentir a Roman una felicidad que no había experimentado nunca. Eso era lo que realmente deseaba, una vida tranquila, estable, una persona que le quisiera y a la que querer, una familia.
Todo había ido bien al principio. Alice era periodista deportiva, ambiciosa en su carrera, apasionada de prácticamente todos los deportes. Viajaba mucho por trabajo y pasaba largas temporadas fuera de casa. Roman, ya para entonces convertido oficialmente en un miembro más del cuerpo de bomberos londinense, solía tener jornadas laborales de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, así que su hijo Nate, de apenas un año, pasaba mucho tiempo a cargo de diversas niñeras. No era lo ideal, pero ni Alice ni él estaban dispuestos a renunciar a sus carreras.
A pesar de todo, funcionaba, eran felices, se querían. Pero con la llegada de Seth, su segundo hijo, la cosa se volvió aún más complicada.
Alice puso en pausa su carrera. Tenía dos hijos pequeños que la necesitaban y ambos acordaron que se quedaría en casa con ellos durante un tiempo. En principio parecía un buen acuerdo, pero con lo que Roman no había contado era con que el abandonar su ajetreada vida de periodista y convertirse en ama de casa, hizo a Alice profundamente infeliz.
Su hasta ese momento vivaz y extrovertida mujer cayó en una profunda depresión de la que Roman no supo como sacarla. Ahí fue cuando ella empezó a hablar acerca de internar a sus hijos en un colegio apenas tuviesen edad para empezar la vida escolar. Roman no quería, le parecía una crueldad separar a los niños de su familia durante tanto tiempo a una edad tan temprana, pero Alice insistía en qué sería bueno para su futuro, que estudiarían en un colegio de élite del que saldrían con una preparación académica excelente y muchísimos contactos que les servirían para su futuro en el mundo laboral.
Roman sabía que aunque eso era cierto, no era la verdadera razón por la que Alice quería mandar a sus hijos a suiza. La realidad era que, a pesar de que los quería, su mujer se arrepentía de ser madre.
Al final accedió, lo hizo por la felicidad de Alice, por la esperanza de volver a aquellos tiempos en los que su matrimonio era prácticamente perfecto. Pero no pudo evitar guardarle un terrible rencor a su mujer por separarlo así de sus hijos.
Nada volvió a ir bien. Ambos se culpaban mutuamente, discutían, cada vez pasaban más tiempo separados, no hacían cosas juntos, se volvieron dos extraños, y por mucha terapia que hicieron, por mucho que lo intentaron, finalmente no les quedó otra que admitir que, aunque aún se querían en cierta manera, la brecha abierta entre ellos era tan grande que ya no había forma de repararla.
Había sido un proceso largo, varios años de dudas, incertidumbre y sufrimiento, con alti bajos, intentos de reconciliación y discusiones a gritos. Finalmente, hacía poco menos de un año que firmaron oficialmente la sentencia de divorcio.
Roman no había vuelto a estar con nadie desde Alice, un celibato autoimpuesto, podría decirse. Tenía ya casi cuarenta años y la idea de rehacer su vida con otra persona o simplemente de salir por ahí a ligar, le daba entre miedo y pereza. El sexo nunca había sido algo prioritario para él y después de haber estado tanto tiempo con una persona y conocer la conexión que se establece cuando estás con alguien que conoce hasta lo más recóndito de ti, las relaciones casuales le parecían frívolas e innecesarias.
Pero Roman no era de piedra, era un humano de carne y hueso con todas sus partes funcionales, seguía teniendo deseos, instintos y necesidades. Y allí, parado frente a Axel en calzoncillos, con tanta carne fresca expuesta de esa manera, en su casa, tendido sobre la cama de su habitación de invitados, como si de un sacrificio humano se tratase, empezó a salivar inmediatamente.
—¿Roman? ¿Pasa algo? —Axel se lo había quedado mirando por encima de su revista, con el cabello violeta revuelto, contrastando con el amarillo oscuro de sus ojos. Y entonces Roman se dio cuenta de que llevaba más de tres minutos parado en la puerta sin decir una sola palabra.
Entró en pánico. Ya ni se acordaba del desorden de la cocina. Lo único le importaba eran las ganas que tenía de abalanzarse encima de aquel chiquillo y lo pervertido que se sentía por tener esos pensamientos acerca de un chico al que prácticamente le doblaba la edad.
—Nada. —Logró decir al final. Cerró la puerta tan rápido como pudo y se marchó por donde había venido.
Al final, terminó limpiando él mismo la cocina, solo por tener algo que hacer con las manos que no le hiciera sentirse como un jodido asalta-cunas.
Las semanas siguientes fueron una tortura. La casa seguía igual de desordenada y encima Axel pareció interpretar aquella escenita de Roman en su cuarto como un consentimiento tácito para que desestimara toda su ropa de andar por casa que no fueran sus malditos calzoncillos ajustados.
Bajaba así a desayunar, se tumbaba así en el salón cuando volvía de la universidad y se paseaba de aquí para allá haciendo cualquier tontería siempre de esa guisa. Roman ya no sabía a dónde mirar.
Lo más adulto y lo más sensato hubiera sido hablar con Axel y pedirle que se vistiera, al menos cuando él estuviera en casa, pero tener esa conversación le daba una vergüenza terrible, y si Axel le preguntaba el por qué de su demanda, Roman no tendría más explicación para darle que la de que era un pervertido que se ponía cachondo observándole medio desnudo. Era demasiado embarazoso, así que decidió optar por un método más sutil.
Bajó la tempera del termostato de la casa para que se mantuviera por debajo de los quince grados.
Creyó que era un buen plan, si en casa hacia frío, Axel se taparía y asunto resuelto, pero no contó con lo que a aquel chico se le ocurrió hacer al respecto.
Apenas eran las ocho de la mañana cuando lo vio. Bajaba por las escaleras, las piernas perfectas tan desnudas como siempre y cubriendo su torso, un jersey. Pero no cualquier jersey, un jersey rojo con un enorme árbol de navidad verde y dorado en el centro. Uno de los tantos jerseys que su madre tejía ella misma y que siempre le mandaba por navidad. Roman nunca los usaba fuera de casa, no era lo que se decía un forofo del espíritu navideño, pero bien sabía que eran calentitos y acogedores como el abrazo de una madre y solía usarlos para dormir o para andar por casa en las épocas de frío, eran tremendamente confortables, y al parecer, Axel también se había dado cuenta.
La estampa de Axel usando aquel jersey era aún peor que verlo en calzoncillos. Ahora su cuerpo no estaba completamente expuesto, ahora era insinuante. El jersey era demasiado grande para él, le llegaba hasta los muslos y cubría lo justo para que Roman se imaginase el resto. Y encima era suyo, su ropa, Axel estaba usando su ropa. Si decía en voz alta todos los pensamientos que se le estaban pasando por la cabeza alguien se lo llevaría derechito a prisión.
—¿Ese jersey es mío? —Le preguntó tratando de aparentar normalidad.
—Si. —Confirmó Axel lo que ya sabía con una sonrisilla de disculpa que hizo a Roman derretirse por dentro.— ¿Te importa? Es que me he olvidado de poner la lavadora y no tengo ropa limpia.
—No importa. —
Claro que importaba.
—De todos modos ¿Por qué hace tanto frío aquí últimamente?
Roman se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—El termostato debe haberse estropeado, luego lo arreglo.
Roman toqueteó el termostato aquel día, pero lejos de "arreglarlo" lo que hizo fue bajar aún más la temperatura. Tenía que conseguir que Axel se cubriera si o si, no podía pasarse la vida caminando por su casa mientras trataba de disimular una erección. Pero nuevamente, la jugada no le salió como él esperaba.
Aquella noche, Roman dormía plácidamente cuando sintió un peso extra que hundía el colchón a su lado. Se despertó sobresaltado como si la alarma de incendios acabase de sonar en el cuartel, estaba tan desorientado que hasta hizo ademán de colocarse un equipo ignífugo que obviamente no tenía.
—Tranquilo, Roman. Soy yo.
Era Axel, de nuevo usando su jersey, y únicamente unos virginales calzoncillos blancos debajo. ¿Es que ese chico se había propuesto volverlo loco?
—¿Qué haces aquí? —Preguntó viendo con estupefacción como el chico se metía en su cama sin pudor alguno.
—Me muero de frío. —Espetó sin contemplaciones. Acurrucándose contra él antes de Roman pudiera impedírselo.— Mi dormitorio parece el hábitat de los pingüinos del zoo. Me quedo aquí a dormir contigo para entrar en calor.
Ni siquiera estaba preguntando. Estaba afirmando. Y Roman podría haber muerto de un ictus en ese instante a juzgar por la rapidez con la que la sangre se le bajó del cerebro y fue a concentrarse en cierta región más al sur de su cuerpo. Hizo todo lo posible para desembarazarse de su contacto antes de que Axel lo notara, pero el muchacho no se lo permitió, pegándose más a él y encogiéndose contra su pecho.
—Abrázame un poco. De verdad que estoy helado.
Mierda. Mierda, mierda, mierda y mil veces mierda. ¿Cómo iba a hacer eso? ¿Cómo iba a dormir acurrucado con Axel sin morir de una embolia?
Como un autómata, pasó el brazo por encima de la cintura del chico y comenzó a frotar su espalda bajo las mantas para hacerlo entrar en calor. Axel ronroneó como un gatito, empeorando aún más la situación y haciendo que a Roman ya le doliesen los huevos de tanto contenerse. La iba a liar bien gorda si seguían así.
—Hay más mantas en el armario del salón ¿Sabes? —Dejó caer como indirecta sutil. Pero Axel negó con la cabeza.
—Prefiero esto. El calor humano es lo mejor contra el frío.
La cara de Roman era un poema, hasta el último músculo de su cuerpo estaba tenso, y todo el calor de la habitación parecía haberse concentrado entre sus piernas.
—Voy a bajar a arreglar el termostato. —Huir. Tenía que huir de allí como fuese.
—¿Ahora? Son las tres de la madrugada. Déjalo, ya lo haces mañana.
—No. Mejor ahora, es verdad que hace mucho frío.
—Aquí ya no tanto. —Axel se acurrucó aún más contra él, enredando las piernas con las suyas y Roman se sintió morir.— Vamos a dormir juntos, estaremos calentitos, no te preocupes.
Calentito estaba Roman, pero no del modo en el que Axel pensaba. Joder, si su madre supiera los pensamientos que estaba teniendo sobre el chico que prácticamente le había obligado a meter en su casa lo despellejaría vivo.
—¡Llévate el edredón ! —Exclamó a la desesperada— Lo quito de mi cama, lo pongo en la tuya y listo, con dos edredones entrarás rápido en calor.
—¿Y entonces que harás tú? ¿Dormir solo con una triste manta? Te morirás de frío. —Axel alzó la cabeza, su rostro juvenil demasiado cerca de sus labios, notaba su respiración contra su piel. Y el problemilla de su entrepierna crecía y crecía.— ¿Qué pasa? ¿Te molesta que duerma contigo?
—Es que... Me muevo mucho en sueños, no te dejaré descansar. —Improvisó.
—Bueno, si veo que me molestas te ato a la cama y listo. —Bromeó Axel.
Roman palideció. No hombre no, más fantasías no.
Sabiéndose sin salida, forzó una risa y trató de acomodarse de nuevo, con el cuerpo pecaminoso de Axel apretado contra él. No iba a poder pegar ojo en toda la noche.
—¿Por qué estás tan tenso? —Preguntó el chico, pasando una mano por su brazo y apretándole el biceps— Relájate, no muerdo. A no ser que me lo pidas.
Si no se cayó en ese momento de la cama fue porque Dios no lo quiso. ¿De qué cojones estaba hablando el niño?
—¿¡Qué!? —Se escandalizó, sin ser capaz de hilar una frase completa.
—¿Qué pasa? Esto es lo que querías ¿No? Por eso te has cargado el termostato, para que yo viniera aquí buscando calor.
Se le estaba yendo el asunto de las manos a una velocidad de vértigo.
—¿¡Qué!? ¡No! ¡Yo no he hecho eso! —Exclamó recreándose en su mentira.
—¡Vamos, Roman! No hace falta que disimules. Me he fijado en como me miras ¿Por qué crees que siempre voy medio desnudo por casa en pleno diciembre? Me gustan esas miradas.
—Mierda, Axel. No, no es así, lo has malinterpretado todo. —Trató de excusarse a la desesperada. Ese crío lo estaba acorralando.
Axel chasqueó la lengua y en un rápido movimiento que Roman no hubiera previsto en la vida, le agarró el paquete con su mano derecha, aferrando descaradamente la palpitante erección que se gastaba entre sus dedos.
—¿Y esto? ¿También lo estoy malinterpretando?
Roman se quedó congelado. Mudo, estático, con las mejillas encendidas como un farolillo de verbena, pillado completamente por sorpresa y sin saber cómo reaccionar. Axel continuó hablando.
—No pasa nada. Yo te gusto y tú me gustas ¿Donde está el problema?
—Eres un crío. Te saco casi veinte años. Esto no está bien. —Logró balbucear. Axel comenzó a mover la mano por encima de su pantalón de pijama, acariciándole la polla sin el menor atisbo de vergüenza.
—Que exagerado, me sacas quince como mucho, y soy mayor de edad. —Le contradijo.— Para mí tú eres el sexy y maduro bombero que se ha convertido en mi fantasía erótica personal desde la primera vez que te vi. Y ni en mis mejores fantasías hubiera podido soñar con gustarte, hasta el día que entraste en mi cuarto y te quedaste helado mirándome pensé que eras algo así como super heterosexual. Que te fijases así en mi cuerpo fue como si la navidad se hubiese adelantado y Santa Klaus por fin me hubiese traído al tío bueno que siempre quise. Tal y como yo lo veo, aquí quién sale ganando soy yo.
Roman negó con la cabeza. Aquello le seguía pareciendo demasiado pervertido. Axel era prácticamente un niño comparado con él ¿Como era posible que le estuviera viendo de esa forma?
—Axel... —Comenzó a replicar, pero el chico le cortó abruptamente atrapando sus labios en un beso que pilló a Roman con todas las defensas bajas.
Instintivamente, apretó la mano que aún tenía sobre su espalda, pegándolo más a su pecho, las formas duras de su cuerpo restregándose contra el suyo. Iba a hacer una tontería, se estaba viendo venir.
Con su última gota de raciocinio y haciendo uso de toda su fuerza de voluntad, consiguió apartarlo de él apenas unos centímetros.
—No hagas eso... —Quiso sonar autoritario, pero aquello se parecía demasiado a una súplica.
—¿Por qué? —Preguntó Axel. Un cariz juguetón tiñendo su voz.
—Porque me gusta. —Respondió rendido.
Axel sonrió ladino, el peligro haciéndose presente en cada una de sus facciones.
—Entonces esto te gustará aún más.
Y con un descaro tan grande que resultaba inaudito, Axel metió las manos dentro de su pantalón de pijama, tirando de este para bajárselo junto con la ropa interior, se deslizó como una serpiente bajo las sábanas hasta que su cabeza estuvo a la altura de su entrepierna y se introdujo su miembro en la boca.
Roman gimió. Como no hacerlo, sabía que había muchos motivos por los que no debería permitir aquello, pero la lengua de Axel rodeando su falo los estaba borrando todos uno a uno.
Hacía muchísimo tiempo que nadie se la chupaba. Alice no era muy aficionada a esa práctica, y de todas formas, en los últimos años de su matrimonio apenas si habían tenido sexo. Retiró las sábanas de golpe. Había fantaseado con eso demasiadas veces. Aunque luego se sintiera asqueado consigo mismo, no quería perderse el espectáculo que tanto había visualizado en la privacidad de su mente. Se maravilló al encontrarse con que el cabello violeta de Axel, subiendo y bajando entre sus piernas, acariciando el interior de sus muslos y haciéndole cosquillas. Acarició las finas hebras con una mano, con la otra tomó su barbilla y la elevó ligeramente, instándole a que lo mirase, los ojos ambarinos ahora eran prácticamente negros por lo dilatado de sus pupilas.
No pudo resistirse más. A la mierda sus principios, a la mierda su moral, a la mierda todo. Axel era una tentación demasiado grande para resistirla cuando se le ponía en bandeja de esa manera.
Lo agarró de los hombros y lo instó a separarse de él, lo atrajo hasta tumbarlo encima suyo y poder devorar su boca con un beso lleno de lujuria mientras tiraba de sus calzoncillos hacia abajo y Axel pateaba para terminar de deshacerse de ellos. El chico se incorporó, a horcajadas encima de sus caderas, hizo ademán de quitarse el jersey pero Roman se lo impidió aferrándole las muñecas.
—Déjatelo puesto. Me gusta verte usando mi ropa.
La sonrisa de Axel era perversa y Roman se derritió bajo aquellos dientes blancos y esa mirada hambrienta.
—¡Vaya! ¿Tienes un punto fetichista? Ni te imaginas el morbo que me da eso. ¿Qué más fetiches tienes, Roman? ¿Que cosas oscuras y pervertidas te van? Me muero por descubrir que se oculta tras esa apariencia de ciudadano modelo que muestras al mundo. Cuéntame tus fantasías, estaré encantado de cumplirlas.
Roman no contestó. En su lugar, agarró al muchacho por las nalgas desnudas y las apretó con fuerza al tiempo que se incorporaba para quedar todo lo pegado que podía a su pecho. Le besó con reverencia en cada porción de piel que encontró disponible, dejando un rastro de saliva sobre su cuello y sus clavículas.
Cuando sintió que estallaría, se contorsionó para llegar al cajón de la mesita de noche, sacó un tubo de lubricante que solo Dios sabía cuánto tiempo llevaba ahí, separó las nalgas de Axel y dejó caer un generoso chorro de la viscosa sustancia entre ellas. Tanteó con los dedos sobre su entrada, extendiendo bien el lubricante por la zona y lo penetró suavemente con la punta de su dedo índice. Pensaba prepararlo despacio, abrirlo poco a poco con sus dedos antes de pasar a la verdadera acción, pero Axel le detuvo aferrándose a sus bíceps con ambas manos.
—No lo hagas, déjalo así. Me gusta sentirme apretado y resbaloso cuando me follan, no necesito que me prepares, prefiero que lo primero que me metas sea tu polla. Llevo siglos soñando con ella dentro de mi, no me prives de eso por más tiempo.
A Roman iba a darle un infarto. Axel era algo así como la encarnación de todas sus fantasías sexuales. Era perfecto, simplemente perfecto, y Roman lo quería todo de él.
—Móntame. —Exigió— Quiero verte calbagando sobre mí.
Axel tembló entre sus brazos y Roman le soltó para dejarse caer sobre la cama. El chico se elevó un poco sobre él, lo justo para poder maniobrar con su miembro e introducirlo poco a poco en su interior. Roman se dedicó a repartir caricias por todo su cuerpo que aliviasen un poco la molestia que el chico sin duda debía estar sintiendo, introduciendo las manos bajo el jersey y haciendo tierno contacto con su vientre, sus pectorales y sus costillas. Se extasió con el sonido de sus jadeos entrecortados, con la visión de sus labios apretados y su ceño fruncido. Sentía como el apretado canal de Axel iba engullendo su miembro cada vez más deprisa, constriñendole como el abrazo de una boa constrictor. Roman sabía que su tamaño no era lo que se dice pequeño, y que hacer aquello sin preparación previa podía causar dolor. Y dolor era lo último que quería que Axel sintiese.
—Despacio. No te hagas daño. —Pidió. Pero Axel no le hizo caso ninguno, y antes de que Roman pudiera impedirlo, se sentó con fuerza sobre él, engullendo su miembro hasta la base.
Un quejido lastimero escapó de sus labios y Roman se apresuró a incorporarse de nuevo para besarlos, al tiempo que llevaba las manos a sus caderas para impedir que comenzara a moverse.
No sabía si Axel había hecho eso alguna vez, aunque juraría que sí, dada la facilidad con la que había accedido, su descaro y lo experimentado de sus movimientos. Pero igualmente, quería darle una buena experiencia, no quería que sintiera dolor o remordimientos. Roman deseaba hacerlo tocar el cielo.
Con las caderas de Axel aferradas entre sus dedos, Roman lo guió en un movimiento de vaivén, hacia adelante y hacia atrás, pegado a su cuerpo, despacio, moviéndose en su interior sin salir de él.
—Vamos con calma. No tenemos prisa —Le susrró, pero Axel negó con la cabeza.
—Llevo esperando esto meses, Roman, desde el primer día que puse un pie en tu casa. Ahora que por fin lo tengo no pienso tomármelo con calma.
Dicho esto, se inclinó hacia adelante, obligándolo a tumbarse de nuevo, apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, elevó el trasero hasta que el miembro de Roman casi se escurrió de su interior y luego se dejó caer de nuevo, con fuerza, arrancando de los labios de Roman un ruido estrangulado, a medio camino entre un gruñido y un gemido
—¡Joder, Axel! —Exclamó cuando el chico volvió a repetir la acción, una y otra vez, a un ritmo tan rápido y tan loco que Roman estaba seguro de que no tardaría en llevarlo de cabeza al abismo.
—Me moría por hacerte esto. Cabalgar sobre ti y verte gemir de placer, hacerte perder la cabeza, arruinar toda tu aparecía sería y formal cuando el placer y el deseo rompieran la infinita calma de tu rostro. —Le contestó el chico entre gemidos y jadedos—¿Sabes cuántas pajas me he hecho imaginando que estabas debajo de mi? ¿Sabes la de veces que he fantaseado contigo en una cama, en esta y en todas las posiciones? No me pidas que me lo tome con calma porque no puedo.
Axel le besó en los labios y el autocontrol de Roman se fue a la mierda. No pudo aguantarse ni un segundo más y se derramó dentro de aquel trasero apretado mucho antes de lo que hubiera querido.
Aún temblaba preso de las reacciones post orgásmicas cuando fue consciente de que Axel todavía no había terminado. Sin querer dejar las cosas así, ni darle al chico una mala experiencia después todo lo que acababa de confesarle. Sacó su miembro de su interior con toda la delicadeza de la que fue capaz, colocó una mano bajo cada uno de sus muslos y lo arrastró hasta que el miembro duro del joven estuvo a la altura de su rostro. Lo engulló deprisa, chupándosela de forma brusca y desordenada, chorreando saliva por su barbilla y por su cuello mientras Axel gemía sobre él y la lana del jersey le acariciaba el rostro.
Introdujo dos dedos en el dilatado agujero, húmedo por los restos de su propio semen y comenzó a follárselo con ellos. No era lo mismo, lo sabía, pero debió ser suficiente a juzgar por como Axel estalló dentro de su boca unos segundos después, quedándose lánguido, desmadejado entre sus brazos.
Roman lo colocó sobre el colchón con delicadeza, le miró durante unos segundos, toda su piel brillaba bajo una capa de sudor, el cabello húmedo se le pegaba a la frente y sus mejillas habían adquirido un adorable tono rosado. Axel mantenía los ojos cerrados y lucía una sonrisa satisfecha en el rostro. Estaba tumbado sobre las mantas, muy cómodo con su semidesnudez, solo cubierto por el jersey de Roman. Al parecer el frío ya no le molestaba tanto.
Roman en cambio, luchaba contra sí mismo para no esconder la cabeza bajo la almohada y ahogarse con ella. Maldita sea. ¿Que había hecho?
La madre de ese chico... Esa mujer había confiado en él para que lo protegiera y lo cuidase. ¿Y que había hecho él? Follárselo como si no hubiera un mañana. Dios, si alguien se enteraba, toda su familia pediría su cabeza.
—Le estás dando demasiadas vueltas al asunto, cariño —Le sobresaltó hablando Axel, tanto porque parecía haberle leído el pensamiento como por el apelativo cariñoso que no se había esperado.
Roman se colocó de lado en la cama y lo miró. Aún seguía con los ojos cerrados sin variar un ápice su postura y con una sonrisa satisfecha en el rostro.
—¿Y tú cómo sabes eso? —Preguntó.
—Porque te oigo pensar. Tus pensamientos son tremendamente ruidosos. —Bromeó— Para de comerte la cabeza y abrázame un rato, anda, que sigo teniendo frío.
—Tú tienes frío solo cuando te conviene —Replicó Roman. Pero aún así, lo abrazó y dejó que recargase la cabeza contra su hombro antes de continuar hablando.— Podría arreglar el termostato, tardaría un segundo. La verdad es que tenías razón, lo rompí yo.
—¡Ja! ¡Lo sabía! —exclamó Axel , todo su cuerpo estremeciéndose con una risilla— Pero no, mañana. Ahora prefiero que te quedes aquí conmigo.
—Axel... Esto ha sido...
—Ha sido la hostia, sí, estoy de acuerdo contigo.
En realidad, la palabra que estaba buscando Roman era "error", pero bueno, que fuese un error no significaba que no hubiese sido "la hostia" también.
—Ha estado bien, pero...
—Pero nada. A mí no me vengas con mierdas moralistas a estas alturas. Tengo 23 años, soy mayor de edad y puedo follar con quien me de la gana.
—Si, Axel, pero yo no soy cualquiera, somos familia ¿Qué crees que me diría tu madre si lo supiera? Ella confió en mí para cuidar de ti y yo... Yo he traicionado su confianza de la peor manera posible.
Axel abrió los ojos por fin y resopló con fastidio, acentuando con ese gesto el hecho de que hacía muy poco que ese chico había abandonado la adolescencia.
—¿Familia? ¡No me jodas, Roman! Tal como lo dices suena a que fuéramos hermanos o algo así, todo incestuoso. ¿Que somos realmente tú y yo? ¿Primos? ¿Tío y sobrino? ¿De quinta o sexta generación? Prácticamente tengo el mismo nivel de parentesco con todo el pueblo, es lo que tienen los pueblos pequeños, que si te pones a rebuscar en los árboles genealógicos ahí está emparentado todo el mundo. Además ¿Que más da? Ni que alguno de los dos pudiera quedarse embarazado o algo así. Que ganas de complicarte la existencia. ¡Familia dice! ¡Hay que ser exagerado!
En el fondo, Roman tenía que admitir que Axel tenía razón, era familia, familia muy lejana, tanto que ni siquiera se conocían antes de la fatídica llamada de su madre. Pero era precisamente por eso por lo que se sentía tan mal, porque todo aquello había sido orquestado por su propia madre y por la de aquel chico. Si se hubieran conocido en otras circunstancias y se hubiera enterado después de que tenían familia en común, quizás no estaría sintiéndose tan mal. O quizás sí, porque por mucho que lo intentase, no conseguía sacarse de la cabeza que ese chico tenía veintitrés años y él estaba a punto de cumplir cuarenta. La diferencia de edad era demasiado grande. Sentía que de algún modo, y aunque no había sido su intención, se había aprovechado de aquel chaval.
—Aún así...
—Relájate, cielo. —Volvió a interrumpirle Axel, de nuevo usando un apelativo cariñoso para el que Roman no estaba preparado.— No te estoy proponiendo matrimonio ni nada por el estilo. Ya te he dicho que me gustaste desde la primera vez que te vi, no creí tener posibilidades y mira, contra todo pronóstico, he conseguido llevarte al huerto, así que hoy solo estoy feliz por haber tenido un sexo estupendo con mi fantasía erótica de los últimos meses. No me lo estropees.
—Axel creo que no entiendes lo que implica todo esto. Tu madre... Tiene todo el derecho a matarme con sus propias manos. Lo que ha pasado... Lo que te he hecho... Es terrible, me siento fatal. Si la familia se entera... Si esto llega a saberse en el pueblo... Dios, no me lo quiero ni imaginar, no me atrevería a volver a asomar la cabeza por allí.
—Wow. Si que eres melodramático. No conocía yo tú faceta de reina del drama. Que mono, te pones encantador cuando te agobias. —Axel le pellizcó la mejilla de forma cariñosa y Roman no pudo evitar enrojecer de vergüenza.— Eres esencialmente tímido ¿Verdad? Así de lejos parece muy seguro de ti mismo, pero que va, es fachada, te preocupa mucho el que dirán. ¿Es por eso que no has salido del armario? ¿Temes lo que pensará la gente? Por cierto ¿Tú qué eres? ¿Gay? Porque sé de sobra que estuviste casado con una mujer y tienes dos hijos ¿Era una tapadera? Joder que duro ¿No? Yo no sería capaz de hacer algo así.
—No era una tapadera. —Se apresuró a aclarar— Y no soy gay, soy bisexual. Quise muchísimo a Alice, y ella sabía perfectamente mis preferencias. Mis amigos cercanos lo saben, no estoy en el armario. Lo que no hago es ir publicándolo a los cuatro vientos, y menos en el pueblo. No me gustan las habladurías y allí este tipo de cosas no están lo que se dice bien vistas.
—¡Que me vas a contar! —Exclamó Axel— Yo no tuve tu suerte, no soy bi, soy gay, muy gay, suuuuuper gay. Tanto que no se puede ocultar. Siempre fui el bicho raro del pueblo, estaba deseando largarme de allí. Pero aún así, ocultarle una parte tan importante de ti a tu familia... Que bajón. Yo a mis padres y hermanos si se lo dije en su momento. Aunque más bien fue un trámite, ya lo sabían todos, probablemente desde antes de que lo supiera yo mismo. Qué mierda eso de que tú no puedas contárselo a tu familia. ¿Por qué no lo haces? Voy contigo si quieres ¡Apoyo moral! ¡Será genial! Ya verás las caras que pone todo lo mundo. En mí era obvio, pero de ti no se lo va a esperar nadie
Ante el gesto de pánico de Roman, que iba en aumento con cada palabra que Axel pronunciaba, el chico soltó una sonora carcajada y le pasó una mano por el rostro de forma burlona, arrastrando los dedos desde su frente hasta su barbilla, como si quisiera borrar el terror de sus facciones.
—¡No me mires así, hombre! ¡Es broma! Cada uno hace estas cosa a sus manera. O no las hace en absoluto. Es asunto tuyo si no quieres contárselo a tu familia, solo lo he dicho porque quería ver cómo flipabas. —Aclaró en tono burlón. Regodeandose en su broma.
—No bromees con estas cosas, —Respondió Roman con gesto serio— Lo último que necesito ahora es que mi familia se entere. Tú no lo entiendes porque eres muy joven, pero a mí edad, habiendo estado tantos años con una mujer, y después del divorcio... Sería un caos, mis padres creerán que estoy confundido, que se me ha ido la cabeza por el divorcio, tratarían de hacerme volver con Alice, o llevarme a terapia de conversión, o cualquier cosa horrible que se les ocurra. En serio, Axel. Esto es una parte de mi vida que considero privada. No trates de sacarme del armario a la fuerza, no terminaría bien para nadie.
Axel pareció ponerse serio por primera vez en toda la conversación, el gesto era tan extraño en él que resultaba forzado, como si su cara no estuviera acostumbrada a formar esa expresión.
—Yo no haría eso. Ya te he dicho que bromeaba. Respeto tus decisiones, Roman. Solo siento lastima de que tengas que ocultarte, nada más. —Axel hizo una pausa, esbozando un gesto pensativo.— ¿Tus hijos lo saben?
—Sí. —Afirmó Roman— Ellos lo han sabido siempre, fue más bien cosa de Alice, si te soy sincero. Ella no quería que hubiera secretos entre nosotros y pensó que contarles algo así a los niños les daría la confianza a ellos para contarnos sus inquietudes cuando fuese necesario. En su día me preocupó, temía que a alguno de ellos se le escapara en un entorno inapropiado, pero ahora me alegro mucho de haberlo hecho, no me gustaría tener que mentirles, y menos cuando apenas puedo pasar tiempo con ellos.
—Bueno, algo es algo, me alegro de que al menos puedas ser tú mismo en tu propia casa. Parece una tontería, pero yo creo que es importante.
—De todas formas, de esto que ha pasado entre tú y yo no puede enterarse nadie, y menos mis hijos, apenas eres unos años mayor que ellos... Joder, me siento como un maldito asalta cunas.
Axel frunció el ceño.
—Asalta cunas... Qué expresión tan fea. Yo más bien diría que eres cazador de talentos juveniles. Suena mucho mejor ¿No crees?
—¿¡Quieres hacer el favor de tomarte esto en serio por un segundo!? —Roman bufó. Las bromas de Axel no ayudaban en nada a frenar su incipiente ataque de pánico ni su sentimiento de culpa.
—O quizás podrías tú no tomártelo tan en serio. Esto ha estado bien ¿No? A ti te ha gustado y a mí también. ¿Qué importa el resto? Y si lo que quieres es que no se entere nadie, pues no lo decimos y punto. Ni que tuviéramos obligación de ir exponiendo a todas las personas con las que nos acostamos.
—¿Como que todas las personas? ¿Con cuántas te acuestas tú? —Ese pequeño nudo de celos que se le agarró en el estómago no se lo esperaba. ¿No le bastaba con tirarselo? ¿Ahora también lo quería amarrar? Tenía ganas de golpearse la cabeza contra la pared. Estaba jodido, jodido hasta el fondo.
—Con las que me da la gana, Roman. —Respondió Axel, de nuevo con aquella expresión de seriedad que tan extraña le quedaba.— Igual que tú.
—No. Yo no. Yo no me acuesto con nadie.
—¡Y una polla! —Exclamó el chico inmediatamente.— ¿Por qué me mientes?
—No te estoy mintiendo. Eres la primera persona con la que me acuesto desde que me divorcié.
—Sí, seguro... —Axel sacudió la cabeza con escepticismo.— ¿Y que me dices de McDouglas? El bombero ese a cargo de los cadetes que viene tantas veces a casa a beber cerveza.
—¿Qué pasa con él?
—Os lleváis muy bien, y salís de copas juntos. Os he visto.
—Sí, porque somos amigos. Fuimos compañeros antes de qué él dejase el trabajo de campo para dedicarse a entrenar a los novatos. Además, McDouglas es hetero, sale con una preciosa abogada llamada Liberty Sanderson, llevan juntos ya un par de años.
Axel seguía sin creerle, Roman lo veía en sus ojos y no entendía por qué. No es como si él le hubiese dado algún indicio de ser un libertino, su vida social era más bien escasa, siempre concentrada en el puñado de amigos cercanos que tenía prácticamente desde que se mudó a la ciudad. Y en lo que a relaciones se refería, las personas con las que había estado en su vida podían contarse con los dedos de una mano y siempre de forma más o menos estable. No era de los que echan un polvo y se olvidan, tampoco le iba mucho el rollo de la promiscuidad, ni siquiera antes de casarse. Aunque bien mirado, Axel solo hacía unos meses que lo conocía, no tenía manera de saber eso.
—Vale, puede que con McDouglas no, —Continuó el muchacho, inquisitivo— Pero ¿Que me dices de Carmen Ramírez? La chica esa que vive a dos casas de aquí. Se pasa la vida llamando a tu puerta, entra y os encerráis en tu despacho, a veces durante horas. ¿Quieres hacerme creer que lo único que hacéis allí es charlar amigablemente? Porque no me lo creo.
—Carmen es la subdirectora de la escuela primaria que hay al final de la calle. Estamos planeando un evento benéfico juntos con el departamento de bomberos. Iríamos allí, hablaríamos con los niños y los padres, daríamos charlas de concienciación para la prevención de incendios y ofreceríamos un almuerzo para recaudar fondos para el departamento. También hablamos sobre la posibilidad de organizar varias excursiones para que los niños conozcan el parque de bomberos, por si la profesión les atrae. Ese es el motivo de que venga a casa y pase tanto tiempo en mi despacho.
Ahora fue el turno de Axel de bufar con incredulidad, se separó de su abrazo y se quedó boca arriba en la cama. Así alejados, Roman empezó a notar el exagerado frío que hacía en la habitación, así que agarró el edredón y los cubrió a ambos con él.
—Tienes excusa para todo ¿No? —Preguntó Axel con cierto tono de ironía.
—No son excusas, es la verdad.
—¿Seguro? —Preguntó aún con cierto deje acusatorio en su voz.
—¿Por que iba a mentirte? —Contraatacó Roman a su vez, respondiendo con otra pregunta.
La expresión de Axel cambió. Ahora lo miraba muy serio, incluso más que antes. Era raro, como si hubiera algo más ahí, Roman no quería arriesgarse a suponer, pero por un segundo, habría dicho que el chico se sentía incluso consternado; estaba seguro de haber visto un relámpago de preocupación cruzar su rostro.
—¿De verdad no has estado con nadie desde Alice? —Preguntó una vez más, ahora en un tono mucho más suave.
Roman asintió, sin entender por qué eso era siquiera relevante. Ni que lo hubiera ocultado.
—¿Seguro? ¿De verdad? ¿Ni una noche loca en un bar de ambiente o algo así?
Axel definitivamente se había incorporado sobre la cama hasta quedar sentado y ahora lo miraba desde arriba con cara de estar flipando.
Roman volvió negó con la cabeza. Sin entender por qué a Axel eso le sorprendía tanto.
—No me van los rollos de una noche, es algo que no he hecho demasiado, simplemente no es lo mío. —Aclaró.
—¡Ay, Dios! ¡Y lo has hecho conmigo! Y yo he estado... Iba por tu casa medio desnudo... ¡Dios bendito tú te estabas negando! ¡Ahora lo entiendo! ¡Joder, Roman, lo siento! ¡lo siento mucho!
Vale. Ahora sí que no entendía nada.
—¿Qué es lo que sientes? —Preguntó confundido.
—¡Todo! ¡Ay Dios, soy un maldito egoísta! ¡Tú me gustas, me gustas mucho y solo pensaba en que quería conquistarte, solo pensé en mí! ¡Ni siquiera pensé...! ¡Creía que te veías con más personas! ¡Creí que...! Joder, Roman, lo siento, si hubiera sabido que aún no te habías olvidado de Alice no me habría metido en tu cama ni te habría asaltado de esta manera. ¡Maldita sea! ¡Me siento fatal!
—¿¡Qué!? —Ahora Roman también se había levantado y estaba sentado en la cama, frente por frente con Axel.— ¿¡De donde te sacas eso!?
—Está claro ¿No? Hace ya casi un año desde que te separaste, si aún no has estado con nadie es porque aún la quieres...
—Si tuviera veinte años, tal vez. Pero tengo casi cuarenta, Axel. A mi edad se ven las cosas de otra manera. No colecciono amantes, ni siquiera lo hice cuando tenía tu edad, si me acuesto con alguien es porque esa persona me gusta, más allá de su aspecto, porque la conozco, porque siento una conexión real entre ambos... Y te aseguro que jamás habría pasado nada contigo si yo aún siguiera enamorado de Alice.
Los ojos de Axel se abrieron de par en par, Roman comprendió demasiado tarde todo lo que acababa de revelarle sin querer. Sin pretenderlo, le había soltado a Axel todo lo que había llegado a sentir por él en el escaso tiempo que llevaban conviviendo.
—Entonces... ¿Te sientes así conmigo? Todo eso que has dicho. —Preguntó Axel en un susurro, como si temiera espantarlo si elevaba demasiado la voz.
Roman volvió a dejarse caer en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. Todo era tan complicado...
—Yo... Sé que no debería, sé que tengo edad para ser tu padre. Pero... La verdad es que me encanta verte usar mi jersey. —Confesó.— Me gusta tenerte en casa, desordenándo cada habitación, poniéndote mi ropa y volviéndome loco. Hacía años que no me sentía así con nadie. Eso no quiere decir nada pero... No lo sé, sinceramente no lo sé. Me gustas mucho más de lo que deberías gustarme. Y llevo meses fustigándome por ello y tratando de reprimirlo, sin éxito, como puedes ver.
Axel lo miró largamente. En silencio. Durante tanto tiempo que Roman empezó a sentirse incómodo. Axel hablaba hasta por los codos, verlo tan callado solo podía ser interpretado como una mala señal.
—Entonces... —Habló el chico después de lo que pareció una eternidad— ¿Soy algo más que un polvo para ti?
La pregunta fue pronunciada en un tono tan meloso que casi parecía un ronroneo, y conforme hablaba se había ido tendiendo encima del cuerpo de Roman, tan cerca de sus labios que no pudo evitar robarle un beso rápido antes de responder.
—Nunca es solo un polvo para mí. De una forma o de otra... Siempre hay algo más, no sé cómo definirlo pero... Necesito que haya algo más para que una persona me atraiga de verdad, algo más que el aspecto físico, quiero decir. Puedo sentirme atraído por un cuerpo bonito, claro, pero para sentir deseo real necesito... Más.—Confesó no sin cierta dosis de vergüenza. Roman no era alguien que compartiera sus intimidades así como así, pero con Axel parecía todo tan fácil...
—Pues... Me parece bien. No vine buscando eso, si te soy sincero. La verdad es que no creía que pudiera aspirar a tanto, me conformaba con una noche. Pero... Tu idea me gusta mucho más.
—Sigo siendo demasiado mayor para ti, Axel. Lo que yo piense no importa, tú deberías estar con alguien de tu edad, alguien que esté en el mismo punto vital que tú. Conmigo acabarás aburriéndote. Créeme, no es buena idea que desperdicies tu juventud al lado de este viejo.
—¿Y no te parece que eso debería ser decisión mía?
—Lo sería, pero estás tomando una mala decisión, y precisamente por lo que siento por ti es por lo que no puedo callarme.
Axel bufó con irritación.
—Ponerte paternalista se te da de cine, pero queda un poco mal cuando aún estoy sintiendo tu semen resbalar por mi culo, Roman. No lo puedes tener todo.
Roman enrojeció. Axel tenía razón estaba siendo un hipócrita.
—Lo único que digo, es que no merezco la pena. No deberías desperdiciar tu tiempo conmigo.
—Claro, vivir la fantasía erótico-romántica con la que he estado soñando durante meses es desperdiciar mi tiempo. Mucho mejor si me dedico a follarme a un tipo diferente cada noche, donde va a parar. —Ironizó
—No hay por qué ser extremista, hay muchos chicos de tu edad que estarían encantados de...
—Pero yo no quiero a ningún chico de mi edad, Roman —Le interrumpió— Yo te quiero a ti, a mí me gustas tú, creía habértelo dejado claro. Y con todo esto que ha pasado y lo que me has dicho después... Pensé que yo también te gustaba. No puedes culparme por hacerme ilusiones. ¿O acaso me has mentido? ¿Todo lo que has dicho antes solo era una patraña sentimentaloide para no quedar como un capullo que solo quiere echarme de su cama una vez que ya me la ha metido?
—No seas injusto, sabes que eso no es así.
—¿Entonces por qué no quieres darme una oportunidad? Tú me gustas y dices que yo también te gusto a ti. Entonces... Una de dos, o me estás mintiendo o eres un cobarde.
—¿Cobarde? Si me estás diciendo eso es que no me conoces ni un poco, Axel.
—Entonces me estás mintiendo.
—Yo no miento.
—Pues más explicaciones no encuentro, Roman, ¿Qué quieres que te diga? Dices que no te conozco, pues déjame conocerte. Danos a ambos esta oportunidad.
—Axel... Lo hago por ti. Quieres meterte en algo que quizás no puedas manejar. ¿Qué harás cuando tus padres se enteren de que sales con alguien que te dobla la edad, con quien además tienes cierto parentesco familiar? ¡Pondrán el grito en el cielo! Y no solo eso ¿Has pensado en el tipo de vida que llevarás conmigo? Nadie en mi trabajo sabe que me gustan los hombres, no podría llevarte nunca con mis compañeros, no podría decirles que hay algo entre tú y yo, ellos tratarán de buscarme una nueva novia, de hecho ya lo hacen, y yo tendré que fingir estar interesado mientras te tengo a ti aqui, oculto en mi casa. ¿Crees que podrás soportarlo? Tú eres tan abierto y tan sincero... ¿Crees que podrás cambiar tu estilo de vida de esa manera? Y aún hay más, eres universitario, vas a fiestas, juergas de hermandades, clases, conferencias... Ambientes en los que yo no encajo, igual que tú no ibas a encajar en los míos. ¿Crees que hay algo para nosotros más allá de estas cuatro paredes? Tal vez ahora no lo veas, pero yo si, veo como se aproxima la fecha de caducidad. Tarde o temprano te aburrirás de mi, y tú eres joven, será fácil para ti, pero yo en cambio... Yo me quedaré destrozado.
—Wow. Realmente estás acojonado.
Román frunció el ceño, algo molesto con la respuesta de Axel.
—¿Esa es la conclusión que has sacado de todo lo que he dicho?
Axel afirmó con la cabeza
—Eso y que te estás pasando de condescendiente. También te estás poniendo un poco tremendista. Solo ves lo malo. Todas esas cosas que dices de cambiar el estilo de vida... ¿No es lo que pasa en todas las relaciones? Todo el mundo tiene que acoplarse a la otra persona de una u otra manera, nosotros no seríamos la excepción. A veces sale bien y a veces no, pero el no ya lo tenemos ¿Por qué no tratar de buscar el sí? Igual sale bien, yo quiero que salga bien. Y si ambos ponemos de nuestra parte... ¿Por qué no? ¿Que no puedo andar por ahí rodeado de bomberos? Bueno, tentaciones que me quitas —Bromeó sonriendo con la última frase— ¿Que no quieres venir a fiestas universitarias? Bueno, tiempo para mí, que eso siempre es necesario. ¿Que no encajaríamos el uno en el ambiente del otro? Pues crearemos nuestro propio ambiente, uno donde ambos no sintamos cómodos. Yo no veo tanto problema, más bien pienso que te estás ahogando en un vaso de agua, o que me estás poniendo excusas porque de verdad te gusto, porque soy la primera persona que te gusta realmente desde tu divorcio y eso te acojona.
—No me acojona. —Se apresuró a contradecirlo Roman— Lo que pasa es que...
Axel no le dejó terminar. Literalmente se le lanzó a los brazos, arrasando con las mantas y con todo lo que pilló en su camino. Se le tumbó encima, rozando una renovada erección contra sus muslos, bendita juventud. Lo besó en los labios con una pasión desbordante, todo era fuego, quemaba, por fuera y por dentro. Ese chico sería su perdición.
—No pienso aceptar un no por respuesta —Susurró contra sus labios, apenas separándose unos milímetros— Te voy a quitar todas esas dudas a polvos. Vas a correrte tantas veces esta noche que no te quedará semen para nadie más.
Sin darle tiempo a Roman para replicar, bajó de nuevo por su cuerpo, reptando como una serpiente mientras su lengua dejaba un rastro de saliva por su abdomen. Llegó hasta su entrepierna y Roman creyó que Axel planeaba chupársela de nuevo, ya iba a advertirle de que él no era un crío, que necesitaba un tiempo más largo de recuperación para una segunda ronda, pero el chico le sorprendió levantándole los muslos y apoyándole las piernas sobre sus hombros. Hundió la cara entre sus nalgas, y antes de que Roman pudiera preguntar qué demonios estaba haciendo, ya había una lengua internándose en su recto.
—Ahhh... Ahh... —Gimió retorciéndose. Nunca nadie le había hecho algo así, la sensación era... Extraña.— Axel... Ax... Para... ¿Qué...? ¿Qué estás haciendo?
Axel no contestó, pero lo que sin duda eran un par de dedos se unieron a la larga lengua que ya se movía en su interior.
Roman contrajo el vientre, indefenso ante tantas sensaciones. Axel pretendía follárselo, estaba claro, y eso era algo que Roman no había hecho jamás con nadie. Había estado con algunos chicos antes de formalizar lo suyo con Alice pero siempre había sido el activo en todas sus relaciones. Lo que Axel pretendía hacerle era algo completamente nuevo para él.
Cuando un tercer dedo se unió a los demás dentro de su culo, se incorporó apoyándose sobre los codos. Su intención era frenar todo eso antes de que llegasen al punto de no retorno, pero se quedó mudo al mirar hacia abajo y descubrir que, de nuevo, estaba duro como una roca. Su miembro se erguía palpitante, goteando preseminal sobre el cabello y la frente de Axel. Hacía años que no se recuperaba así de rápido. ¿Qué demonios estaba haciendo ese chico con él?
—Ax... —Logró decir tras un minuto de muda contemplación de la erótica escena— Despacio... Ve despacio.
Axel levantó la cabeza, una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios. Roman contuvo el aliento cuando tres dedos le penetraron de forma brusca y la boca de Axel engulló su polla hasta la base.
Se dejó caer de nuevo de espaldas sobre el colchón, las piernas levantadas sobre los hombros del chico en un ángulo imposible. Gimió sin contenerse, disfrutando del duro contacto de los dedos taladrando su interior, acoplándose a las suaves caricias de la lengua sobre su falo. Se le tensaron todos los músculos del cuerpo, su bajo vientre cosquilleó, contrajo las piernas y se derramó sin previo aviso en el interior de la boca que lo succionaba. El primer chorro entró hasta la garganta, después se apartó, y el resto de su corrida regó el lampiño rostro de Axel, dejando su carita malévola húmeda y chorreando gotas de semen por las mejillas.
Respondiendo a un impulso, Roman se incorporó hasta quedar a su altura, sacó la lengua y lamió cada gota derramada en el rostro de Axel, enredando una mano en su cabello y besándole por todas partes. No recordaba la última vez que había estado tan cachondo.
Axel devoró su boca como si fuera lo más delicioso que había probado jamás. El sabor del semen de Roman ahora asentado en los paladares de ambos. Acababa de correrse dos veces casi seguidas, y no, aún no tenía suficiente. Quería más, mucho más. Quería todo lo que ese chico tuviera para ofrecer.
No opuso resistencia cuando Axel le instó a darse la vuelta, ni tampoco cuando agarró sus caderas y las levantó hacia arriba, dejándolo a cuatro patas sobre la cama.
Sintió la cabeza roma de la polla de Axel frotándose contra su entrada y se giró justo a tiempo para ver al chico escupir entre sus nalgas, lubricando aún más su ya de por sí resbaladizo agujero. Apartó la vista y escondió el rostro en la almohada. La imagen por si misma ya era suficiente para hacerle estallar de nuevo.
Axel deslizó su polla un par de veces por el pliegue entre sus nalgas, resbalando, tentando sin llegar a introducirse. Roman mordió la almohada para evitar suplicar por ser follado de la manera más brutal posible. Estaba descubriendo un nuevo mundo de sensaciones, uno que nunca creyó que pudiese llegar a gustarle, pero en el que ahora quería quedarse a vivir.
Sintió que se rompía cuando por fin aquel miembro lo penetró. Su interior estirándose y adaptándose a la intrusión de manera dolorosa. Gruñó como un animal herido y las piernas le temblaron, pero en ningún momento le pidió que se detuviera.
Axel se introducía en él despacio, de forma deliberadamente suave, clavándole los dedos en las caderas para controlar el ritmo y evitar que se moviera por sí mismo. Roman no pudo más que dejarse hacer, someterse por completo al vaivén de caderas del chico que lo estaba llevando a la locura. Solo tardó unos segundos en internarse por completo, hasta que sintió como los testículos chocaban contra sus nalgas levantadas.
No le dio apenas un minuto de tregua antes de empezar a moverse. Roman sentía como el miembro de Axel entraba y salía de su interior a una velocidad cada vez más intensa, rozando puntos de placer que hasta ese momento le habían sido desconocidos.
La sensación de ardor se desvanecía poco a poco, siendo sustituida por oleajes de placer que aumentaban con cada embestida descontrolada. Aquello era bueno, jodidamente bueno, y de haber sabido que era así como se sentía, lo habría probado mucho antes.
—¡Más! —Pidió casi a gritos, ya olvidados los pudores y vergüenzas, sobrepasado por el placer y la lujurua.
Axel se inclinó sobre su espalda, dejó un beso sobre su nuca y luego susurró contra su oído.
—¿Sabes que es lo mejor de ser versátil?
Roman negó con la cabeza, sin saber a donde quería llegar el chico con esa pregunta.
—Qué puedo follarte hasta que grites mientras aún siento tu semen dentro de mí, resbalando desde mi interior. Me encanta como se siente tu culo, caliente y apretado, y al mismo tiempo aún siento como si siguieses dentro de mi, empalándome hasta la garganta con esa polla enorme que te gastas. Disfrutar de ambas cosas... Ese es el verdadero placer.
Roman se giró para mirarle y lo vio sonreír con cierta malicia. Ese chico era como una película porno, lo tenía todo, todo lo que siempre deseó en alguien, y a sus cuarenta años, le estaba descubriendo un mundo nuevo en el plano sexual que jamás había experimentado. Y su forma de hablarle, susurrando sobre su oído, diciendo todas esas cosas sucias... Roman iba a morirse ahí mismo.
—¡Oh, mierda! —Gruñó tras una embestida particularmente violenta. El coche de la carne desnuda resonando por toda la habitación
—¿No te gusta así? ¿Prefieres que lo haga más suave?
El tono en el que Axel había preguntado era burlón, evidenciaba que ya sabía de sobra la respuesta que Roman iba a darle, su forma de gruñir no había sido precisamente de dolor. Aún así, Roman le complació verbalizando lo que el chico ya sabía.
—¡No! ¡Maldita sea, no! ¡Hazlo así! ¡Fóllame fuerte!
Axel no dudó en acceder a su demanda, apretando sus caderas y embistiendo contra su culo con ímpetu renovado. Los labios de Roman ya sangraban de tanto mordérselos tratando de contener los gemidos, así que dejó de luchar contra sí mismo y se abandonó al mar de sensaciones placenteras, retorciéndose, empujándose hacia atrás para ser follado aún más fuerte, gimiendo como una puta bien pagada y pidiendo más y más a gritos.
El aguante de Axel era una cosa extraordinaria, bendito fuera el vigor y la fuerza de la juventud. Pero Roman estaba bastante desentrenado, y al cabo de unos minutos de locas embestidas en medio de ese sexo salvaje y bestial, sus fuerzas empezaron a fallarle. Los brazos le temblaron, incapaces de sostenerlo por más tiempo, y acabó derrumbándose sobre la cama, con las rodillas aún dobladas bajo sus muslos, el culo levantando y el torso hundido en el colchón. Axel se acopló encima de él, empujándose ahora a puro caderazo a un ritmo enloquecido. Llevó una mano hasta su dolorosamente erecto miembro y empezó a masturbarlo con rudeza, llevándolo al cielo a base de movimientos de muñeca y embestidas de caderas.
El orgasmo fue repentino, duro, brutal y seco, ya no le quedaba más semen en los huevos como para eyacular de nuevo, pero eso no le impidió temblar con un cervatillo recién nacido y disfrutar de él gimiendo el nombre de Axel contra la almohada.
El chico se estremeció cuando su culo se contrajo, apretándole la polla como si quisiera exprimirsela. Roman pensó que iba a correrse, pero en lugar de eso, Axel se la sacó de forma brusca, arrancándole un quejido a medio camino entre el dolor y el placer. Le dio la vuelta hasta dejarlo boca arriba, le levantó una pierna y lo penetró de nuevo. Duro y sin miramientos, perforándo su interior con fuerza desbocada. Roman se agarró de sus hombros y se dejó hacer, completamente entregado a los deseos del muchacho.
—Córrete dentro de mí —Suplicó desesperado— Quiero sentir tu semen caliente llenándome entero.
Axel cerró los ojos, estremeciéndose visiblemente.
—Joder, cariño. Vas a matarme.
Si el ritmo que había llevado hasta ese momento ya era contundente, ahora se volvió devastador. Axel parecía un huracán, un chico poseído por el demonio de la lujuria, follándoselo con tanta fuerza que Roman creyó que no podría caminar en semanas después de aquello. Le mordió un tobillo de forma casi dolorosa, pero Roman no llegó a quejarse, porque en ese momento sintió el chorro caliente de su orgasmo llenando sus entrañas.
Lo acompañó en sus últimos movimientos, culebreando como podía sobre el colchón, hasta que Axel colapsó encima de su cuerpo, completamente exhausto.
Se sumieron en una calma silenciosa, solo rota por el sonido de sus respiraciones jadeantes. Roman acarició la columna de Axel con la punta de los dedos, delineando las vértebras una a una, hasta que el chico habló por fin.
—¿Me vas a decir que esto no merece la pena? —Susurró sobre su oído, aún resollando por el esfuerzo— ¿De verdad no quieres esto cada día de tu vida? ¿Lo vas a dejar escapar solo por el "qué dirán"?
Roman cerró los ojos y lo pensó un instante.
—No. Definitivamente no voy a dejarte escapar.
FIN.