Pedacitos de cristal

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Summary

✨Ya disponible en físico en Amazon✨ Mi nombre es Ginevra, y esta es mi historia, la historia de como me enamore del abismo, que acabo dejándome hecha pedazos.

Genre
Romance
Author
EterBamm
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Primer Capítulo

‧₊˚︶︶︶︶︶︶︶︶︶︶︶︶︶˚₊‧



Lunes

El primer día que pisé esta ciudad solo podía pensar en el momento de coger mis cosas e irme de nuevo a mi casa, de nuevo a mi pueblo, con mis amigas, con las personas con las que me había criado, las que conocía de toda la vida.


Recuerdo cuando vinieron los camiones con todas nuestras cosas, es cuando más real sentí la mudanza, cuando sentí que realmente me quedaría aquí encerrada el resto de mi vida. La primera semana no paraba de hablar con mis BFF pensábamos en donde nos veríamos, cuando y donde podría quedarme a dormir, pero el contacto fue disminuyendo, pasamos de hablar casi a todas horas, estar en videollamada a hablar por WhatsApp de vez en cuando, según mamá era normal, todas debemos habituarnos a los kilómetros, a la lejanía, sobre todo yo, a las cosas nuevas y a todo lo que me podía ofrecer esta ciudad, pero yo no quería nada de esto, solo quería estar con mis amigas, pasear por las calles en las que crecí y sentirme en casa, cosa que en esta ciudad no me pasaba, la calle estaban mejor de apariencia, pero el olor a gasolina quemada hacía que mis pulmones se estremeciera del asco, la gente con prendas de alto valor mirándome por encima del hombro hacía que cada vez quisiera salir menos a la calle, los findes pasaban lentos, siempre estaba en Instagram, cotilleando lo que hacían mis antiguas amigas, ellas salían de fiesta, quedaban para merendar y todas siempre estaban juntas, recuerdo el primer post que subieron sin mí, me etiquetaron con un “Te echamos de menos Ginny” pero extrañar no es para siempre, y poco a poco el sentimiento de nostalgia se convirtió en indiferencia, y aquí me quedé, en una enorme ciudad, con miles de habitantes, sin nadie con quien hablar, sin nadie a quien contar como me siento.




Después de tres meses, después de terminar el peor y más solitario verano, llegó el primer día de instituto en "la gran ciudad", así la presentó mamá, también habló de todas las oportunidades que tendremos aquí, la nueva vida que nos esperaba, pero estoy frente al espejo, recordando todos los demás primeros días, donde estaba entusiasmada por ver a mis compañeros de años anteriores, por saber que habían hecho en las vacaciones, pero ahora es distintivo, tengo miedo por ser la nueva, tengo miedo de que pueden pensar de mí, tengo miedo de quedarme sola todo el año, tengo miedo de ser la nueva marginada, y a su vez tengo curiosidad por saber quién será la primera persona que me hable, quien podrá ser mi nueva mejor amiga y hasta que chico podría gustarme, porque sí, debo olvidarme de óscar, vi en Instagram que ha empezado algo con Raquel, sí, Raquel, mi exmejor amiga, ella sabía sobre él tonteo, y que estaba pillada por él, pero al parecer ella también, me duele, pero ¿Qué voy a hacer si estoy a kilómetros? No tengo ni una oportunidad, supongo y espero que sean felices, aunque una parte de mí siempre se arrepentirá de no haberle dicho lo que sentía.


Aquí casi todo son casas elegantes, no se ven casas rurales, casas con fachadas descoloridas con las que solía convivir, solo hay altas mansiones con sus enormes cocheras llenas de coches lujosos; en realidad esa solo es una de tantas partes de la ciudad, también está la zona donde yo vivo, la casa es grande, más que la del pueblo, pero no tan grande como las de las mansiones, y mejor porque me tocaría limpiarla a mí, y eso sí que sería agotador, ahora mamá ha empezado con su nuevo proyecto de la cafetería, papa sigue trabajando de camionero y Hugo tiene tantas clases particulares que no tiene tiempo ni de pasarse por casa, por un lado es bueno, cuando mama cierra la cafetería lo recoge y ambos vienen a casa, a veces es Marc quien los recoge, aunque no suele estar mucho por casa, siempre está con alguna chica, o de viaje con su padre biológico, un rico empresario que lo utiliza delante de los medios para que crean que tiene corazón, pero todos sabemos que lo único que hay dentro de él es codicia y avaricia, pero con todo eso, es el padre de Marc y hay que aceptarlo.


Mi casa tiene la fachada blanca, con unas trepadoras que van del suelo casi a las ventanas de la segunda planta, en mi pueblo había una casa similar, solo que aquella estaba abandonada y las trepadoras acabaron consumiendo la casa, hasta tal punto que había zonas derruidas, tan derruidas que perdieron la forma; en cuanto cruzas la puerta, a unos metros hay unas escaleras de madera beige, a la izquierda un comedor con 1 sofá grande y dos sillas marrones, en medio de ellos una mesa cuadrada, de madera, como las estanterías y enfrente una televisión colgada de la pared, pared de color blanca con algunos detalles naranjas, una barra americana de mármol blanco y dorado que separa la cocina, a la derecha una puerta que da al pasillo, debajo de las escaleras un pequeño baño allí todo es blanco, menos una toalla color turquesa que cuelga de la puerta de la ducha, en realidad dependiendo de quien se duche la toalla cambia de color, esa turquesa es de Hugo, la de mama es roja, papa es blanca, muy básico, la de Marcos es amarilla y la mía es violeta, en realidad yo quería la amarilla, pero según mi testarudo hermanastro el violeta no es un color de chico, como si los colores tuvieran género, a la derecha de la puerta principal hay una enorme sala que no usamos mucho, es el comedor biblioteca, separados por una enorme mesa de cristal ovalada y al fondo una enorme librería, por ahora lo que más me gusta de la sala, hay pocos libros, los que hay son del antiguo propietario, poesía, seguro nos hubiéramos llevado bien, he pasado el verano sentada enfrente de esas librerías, en los sillones redondos que hay al lado, a veces en mi habitación, en los sofás, yo y mi impasible hermano Hugo.


—¿Qué estás leyendo?


—Un libro.


—Sé que es un libro, pero... ¡¿DE QUÉ!? —Hugo es un alma incansable, amante de todo lo misterioso, podría decir que hasta más curioso que yo, y eso ya es decir.


—Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne —no era la primera vez que me lo leía, ni de asomo, ya casi podía terminar algunas frases sin siquiera leerlo.


—Pero en la tierra hay lava ¿Cómo van a viajar allí?


—Ese es el caso, Julio Verne dice que no, allí hay otro mundo, como este... bueno no igual, allí no hay cielo, y allí hay aún dinosaurios.


—¡¿DINOSAURIOS!? CÓMO ES POSIBLE —siempre olvido lo amante que es Hugo de los dinosaurios, creo que todos de pequeños hemos tenido esa enorme curiosidad por esos huesos, que un día fueron seres vivos, curiosidad por su tamaño, por su forma y hasta por el sonido que desprendían.




Al subir las escaleras llegas a la segunda planta, un pasillo gris donde hay un montón de puertas, la habitación de Marcos, y al lado la de Hugo, al pequeño no le sentó muy bien tener que dormir solo, por eso le regalé una pequeña luz de noche en forma de luna que usaba yo cuando dormía, la encontré después de empaquetar una de las tantas cajas que había en la cochera, a Marcos le pareció lo mejor para poder traer a sus ligues, por fin podría hacerlo en su cama y no en la del sótano, como en la antigua casa, a la que extraño, esa era más simple, no había tantas habitaciones, estaba la cocina y el salón, tres habitaciones y dos baños, uno de todos y otro en la habitación de mis padres. Una de las puertas es la del baño, algo grande, sobre todo la bañera en la que pasaría muchas noches leyendo los viejos libros de poesía antiguos; Al otro lado la habitación de mis padres, y por último la mía, casi apartada de todos, aunque parezca que la de mis padres y la mía están una pegada a la otra los separa un pequeño y estrecho pasillo donde está decorado con estanterías llenas de tazas de los sitios que hemos visitado, y no me refiero a ciudades y países, sino a cafeterías donde mama amablemente pidió comprar esas tazas y las que no, bueno, ella solo las dejó caer en su enorme bolso, gracias a esa zona no escuchó todo lo que hacen mis padres, ni lo que hablan, recuerdo lo frustrante que era en la anterior casa por escucharlos discutir por el dinero, por eso vendieron la casa, donde estaba situada querían poner la nueva franquicia de supermercados, suerte o desgracia para nosotros, porque ese dinero nos cambió la vida, y ahora mamá tiene su negocio de café, una cafetería, porque el dinero hay que invertirlo, decía ella en una de las tantas discusiones con mi padre, que tampoco le puso muchas pegas, después de hacer cálculos, decidieron la zona de la ciudad donde íbamos a vivir, y la zona donde estaría la cafetería, ni muy cerca para no traer el trabajo a casa, ni muy lejos por no hacer un largo viaje, porque la cafetería está a unos 20 min en coche y andando, dependiendo de por dónde puede ser hasta más o menos una hora, pero siempre es menos.


Salgo por la puerta, después de bajar las enormes escaleras, estoy nerviosa, nunca he tenido que relacionarme con desconocidos, ni buscar amistad; entre mi grupo de amigos, todos del pueblo, nos conocíamos desde pequeños, por lo que siempre hemos sido los mismos. Soy bastante tímida, la vergüenza se apodera de mí al momento que me imagino relacionándose con otra persona que no sean mis padres o hermanos, el mundo se me echa encima, es una situación donde mi mente perversa hace todo lo posible para que mi alrededor me mire y se ría de mí, sé que es parte de mi imaginación, pero a veces parece tan real que se siente como si realmente lo estuviera viviendo. En mi primer día de instituto debo mentalizarme de que nada será lo mismo que otros años, me he puesto la ropa más cómoda que tengo, no quiero llamar mucho la atención; aunque mis pantalones de leopardo merecen ser admirados, no sé cómo dormí, pero me desperté con unos rizos bastante monos, y mi cara siempre es la misma, recién despierta parece que acabo de resucitar después de cien años muerta, blancucha y con una enorme expresión de no querer interaccionar, y no es que sea del todo mentira, no tengo ese don para despertar viéndome como una princesa. Antes de salir he decidido ponerme un gorro rojo, no sé si aquí se llevarán esta clase de vestimenta, a saber que estilos se llevan en la gran ciudad, aunque siendo sincera nunca he sido de seguir modas, no me gusta llevar lo que todos llevan, por lo que igual su opinión no me interesa del todo, pero sí que tengo que tener en cuenta que la imagen que muestro hoy es con la que se quedaran para el resto del año, por lo que no sé si quiero que me apoden por la chica de la boina roja, pero por otro lado este color siempre me ha favorecido.


Me pone muy nerviosa ser la nueva, recuerdo una vez que llegó una chica nueva al pueblo, todos se metían con ella por ser demasiado de ciudad, ella también se lo había ganado, nos llamaba paletos, aunque no me caía mal. Hay días en los que la contemplaba, veía su incomodes, siempre andaba pérdida y no le preguntaba a nadie, por miedo al rechazo, que ella había provocado. Eso me ponía muy nerviosa al pensar cómo sería mi primer día, y por ahora solo está siendo un día más en otro lugar. Mis nervios iban aumentando, no saber cómo es el centro, no saber dónde están las clases, no quería sentirme pérdida, ni quería vagar por los pasillos, y mucho menos necesitar ayuda, las personas a veces son horribles, una solo busca ayuda y solo encuentra rechazo social. Veo venir el bus, me subo, aquí va calle por calle, recogiendo a los estudiantes, en mi pueblo solo iba a la plaza y allí nos juntábamos todos. El otro bus era azul, este es amarillo, con alguna franja negra, no pensé que más películas eran literales, pero sí, hay algunas que muestran la realidad, más de lo que creemos. Al subir me recomiendan la primera fila, los asientos están acolchados de algún material extra blanco, no huele a sucio, hay un ambiente a flor silvestre que desconozco, el tacto de suave y no veo ningún chicle pegado en el techo o en el asiento de delante, tampoco creo que esté el típico chico/chica que trae un altavoz para poner su música, y que molesta a todos los demás qué quieren dormir. Mi casa son de las primeras en ser recogidas, mi casa es la más alejada, al elegir centro me dieron la opción de dos, según ellos mi casa estaba en el medio por lo que el bus podría pasar a por mí, opté por la que el azar eligió, lance una moneda y salió Lindsay West School, me tengo que despertar algo más pronto que los demás estudiantes, y eso me gusta, ser yo la que ve cómo se van subiendo y no ellos a mí, seguramente me podrían nerviosa y hasta tropezará con el mismo aire, de por sí soy torpe, pero cuando los nervios invaden mi cuerpo es aún peor, aún recuerdo cuando casi me caigo por las escaleras en mi antiguo instituto, el profesor de educación física me levantó del suelo y desde ese día todos decían que estaba enamorada de él, absurdo, fácil me sacaba 20 años, aunque no estaba mal, se mantenía joven y aseguró que tenía a todos babeando con sus abdominales marcados, yo siempre me fijaba en que libro llevaba bajo el brazo, de los pocos hombres que he visto leer en el pueblo, aunque él tampoco pegaba allí.


El trayecto no es muy largo, teniendo en cuenta que en mi pueblo teníamos que ir a otro que estaba a casi una hora y media, por primera vez no he calculado el tiempo que tardo en llegar, me he centrado más en ver qué clase de ropa llevan y me ha sorprendido mucho la variedad de vestimentas, negro, blanco, cientos de colores. Siempre he pensado que mi autobús era ruidoso, pero este es incluso más, en bastante más largo y aun así se escuchan los ruidos del fondo, las risas y hasta los chistes sobre otros estudiantes, supongo que eso pasa en todos los sitios, no importa si es ciudad o pueblo, siempre hay matones dispuestos a arruinarte la experiencia estudiantil, hasta echo de menos la música sobre culos.


En nada llegar tengo que ir a dirección, y sí, es como esos centros que salen en las películas, unas escaleras con sus barras de hierro, y cientos de papeleras que nadie usa, en mi antiguo instituto también había de esta barra o lo hubo en algún momento, porque se ven los huecos de las barras, a algún alumno le tuvo que hacer gracia la idea de llevárselo, y lo hizo, dejando unos barrotes rectos descorchados.


—Menudos guarros —parece no escucharme nadie, y menos mal, no quiero una pelea el primer día, el segundo tal vez, aunque por ahora parezco invisible, como si mi presencia no altera la vida de los demás, y me gusta esta sensación inexistente.


Voy hacia la zona de las aulas, un amplio pasillo, al fondo más escaleras y cientos de puertas que dan a sus respectivas aulas, hasta que subo hasta el último piso, el tercero y hay un enorme cartel que pone "Director" donde al entrar una señora me da los libros, TODOS.


—Oh, bueno... Muchas gracias —no parecía encantarle su trabajo, su cara no expresa ni un rasgo de amabilidad, mientras que yo solo intento sonreír lo más posible.


—¿La nueva? —una voz de hombre, ruda, señor mayor, pero al pasar no parece de tan avanzada edad, por un tiempo supongo que me llamarán así.


—Ginevra, con v. Ginevra Pérez.


—Claro, tengo aquí tu nombre —y por qué llamarme nueva. —Ginevra con v. Estás en 3°, y veo que con unas magníficas notas, pocas he visto así aquí, me parece realmente increíble. Alguien como tú…


—¿Cómo yo? A qué se refiere.


—Los de pueblo...no es un secreto, no suelen ser muy inteligentes.


Después de ofender mi procedencia de nacimiento y meterme en un saco al que no pertenezco, una breve explicación de donde está cada aula y como saber orientarme en un sitio tan grande, porque claro, mi instituto seguro que no era tan grande, ni tendría tanta gente, y eso no era mentira. Al entrar ya todos están colocados, con sus amigos, sus aliados, y después estaba yo, de pie, observando y siendo observada por cada uno de ellos, haciendo desaparecer el bonito velo que me hacía invisible. Yo buscaba donde sentarme, con un mal resultado.


—Hola ¿Ginevra? —asentí. Quién sino. No creo que haya muchos estudiantes nuevos, y menos con tal nombre.


—Puedes presentarte, habla de ti en mi sitio, mientras iré a qué te traigan una mesa —una señora bastante simpática, teniendo en cuenta que he entrado en mitad de la clase, y la he interrumpido, supongo que así son todos el primer día, hasta que pierden la paciencia y se convierten en monstruos sin corazón que te ponen examen el día después de San Valentín.


—Mi nombre es Ginevra, que claro ya lo sabréis. —Si, como el alcohol —Me gusta que me llamen Ginny —otra cosa es que suceda. Y no creo que aquí suceda.


Todos reían y hacían muecas mientras yo hablaba, algo molesto por alguien que está intentando hablar delante de un montón de desconocidos.


Unos chicos de atrás empezaron a hablar entre ellos, a señalarme, a mí y mi mochila de color naranja con distintos llaveros de pasteles, a mamá le encantan los llaveros y los pasteles, y siempre que ve uno me lo compra, y yo lo añado a la colección, y aquí parece hacerles gracia.


—No sé qué más decir —a lo que entra la profesora con el señor de mantenimiento, lo supongo por su mono azul lleno de manchas negras, grasa tal vez, y ambos sujetan una mesa con su silla incorporada, cada vez más 'inglesco', peculiar, aseguro que ninguno de aquí sabe decir más de 10 palabras en inglés, pero en zona pija, presencia pija, pero es lo que dicen, aunque la mona se viste de seda mona se queda, por mucho que intenten tapar las apariencias, solo es un pueblo grande que nombraron ciudad por su poder adquisitivo, siempre serán pueblerinos por mucho que se crean superiores.


—Sigue ¿Qué te gusta? ¿Por qué te mudaste aquí? —por obligación, pienso tan fuerte que hasta creo que podrían escucharme.


—Me gustan las montañas con sus árboles y flores, por eso me gusta este sitio —mentira, me gustan las montañas, pero no este sitio no tanto. —Tiene montañas cerca y el bosque se adentra poco a poco en la ciudad, o quizás es a la inversa, es algo que me parece mágico, como cada árbol se ha acomodado por las calles, sus hojas en el suelo; me parece interesante y hasta mágico, todo lo que en él habita.


El silencio. Demasiado silencio hasta para mí.


—Bueno, gracias Ginevra, puedes sentarte. Gracias Leo.


El conserje se va, demasiado joven para estar trabajando, a mi parecer debería de estar estudiando alguna carrera, quizás las cosas no fueron fáciles hasta para él era extraño que no tuviera mesa, quizás escaseaban o un simple despiste.


Cojo y me siento en el sitio que me habían preparado, presidiendo la sala, mientras que las demás mesas me rodeaban, se escuchaban los murmullos de todos, de cada uno de ellos, escuché cada palabra de los que me desconocían, pero creían conocerme, sus rumores y las etiquetas que decidieron que más me pegaban, de mi pasado y de lo que iba a ocurrir en mi futuro. Ahora aquí todos son pitonisas. La profesora continuó con su clase con normalidad, y yo con mesa, aunque estando delante de absolutamente TODOS, dañando el equilibrio que antes había, y siendo sincera, hasta a mí me daba toc estar tan centrada y sin ninguna mesa a los lados, eso me hacía estar más nerviosa aún, estar más en el centro del huracán, como si todos en algún momento fueran a girar a mí alrededor.Sentía una gran necesidad de llorar, nunca me ha gustado ser el centro de atención, y hoy todas las miradas estaban en mí, en ese momento parecía que todo giraba a mí alrededor, demasiado incómodo para cualquiera.

Cuando por fin tocó la sirena fue como despertar de un sutil capítulo de salseo, como esos programas que ve mi abuela, cada pregunta que hacía Doña Sofía todos contestaban uno encima de otro, con cada vez más estupideces, donde todo se tiran mierda y se hablan gritando, sin respeto alguno, sin olvidar que cada vez que le llamaba Doña se reían de mí, se llama educación, catetos de ciudad.


Escuché cada historia como si no estuviera ahí, si me había mudado porque me rompieron el corazón, que no es que no hubiera pasado, pero esa no fue la razón, que me había mudado porque me pelee con alguien, que si me había mudado porque me quitaron la casa, y otras cosas que prefiero omitir, jamás