Prólogo
Una figura se aparecía en los terrenos silenciosos de aquella madrugada, caminando como ya de costumbre.
Nuevamente Severus llegaba a su solitaria residencia, en estos momentos era cuando se acordaba de las palabras sarcásticas de su amigo Lucius: “Oh querido para ti no hay tal cosa como hombres, son sólo opciones”.
¿Qué tenía de malo? -se cuestionó mientras subía perezosamente los escalones rumbo a su habitación esperando no encontrarse con su gendarme-.
Él un simple Doncel, por lo menos tenía el capricho egoísta de elegir al mejor postor, a quien le daría el honor de desflorarlo, criarlo para ser la incubadora y así pasar hacer un trofeo al cual jactarse de haberlo deposado.
Su tía bisabuela lo crío para ello, le brindo una vida privilegiada para eventualmente consiguiera un compromiso ventajoso. Una inversión a largo plazo.
A comparación de los maltratos y abusos por parte de sus progenitores, eso fue soportable. Logro beneficiarse al poder conseguir ingredientes para sus pociones, traer por fin ropa como zapatos decentes y a su medida. Dejo de ser el mestizo señalado en Slytherin para pasar a ser la comidilla de todas las demás casas restantes. La ley lo beneficiaba y lo protegía fue así como el cuarteto de imbéciles tuvo que dejarlo de molestar físicamente, sin embargo, el ex heredero Black insatisfecho dejaba salir de vez en cuando algún comentario vulgar como sólo el conocía.
De eso ya había pasado 13 años. Donde su primordial aspiración era casarse.
Y entre aquellos disque prospectos le impresiono y se hizo cuestionar ¿Por qué Black era tan denso con él? A tantos años y por lo visto él no le quitaba la mirada de encima.
No sólo le habían maldecido con nacer siendo Doncel, sino que también atraía a enfermos mentales.
Entro y se fue retirando su ropa con suma molestia, el lunático lo cubrió con su perfume y este olía horrendo uno más con su frivolidad de protegerlo, ajá si sólo quería fanfarronear, bueno le hubiera encantado ver su reacción al verse por la mañana como su perfume le habría ocasionado una fuerte alegría y como remedio tendría que bueno despojarse de todo vello corporal, sin excepciones.
Duchado y cambiado con una de sus tantos pijamas acogedoras, se dispuso a dormir un par de horas antes de notificarle a su querida Tuela que la cita a ciegas termino siendo un rotundo fracaso como lo habían sido ya 91 citas y contando.
Para su fortuna o desgracia no sabía de donde, pero llegaba un hipócrita sin falta a su puerta para querer cortejarlo.
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Continuará...