I
El reflejo del aro de color de sus ojos temblaba, turbio por el carmesi que empapaba el pulido metar negruzco entre sus manos temblorosas que con los segundos y el acercamiento fueron detenidos, el filo mortal, el fuerte hedor del hierro enterrada en sus fosas nasales y su atención puesta en el arma usada se alejaba del resto del panorama. Los colores iban cambiando según el ángulo de la cara del arma y con un escalofrío fue incapaz de ejercer movimiento alguno más que soltar un jadeo ahogado oyendo a la distancia el repiqueteo metálico al chocar contra la dureza del suelo.
Luceros adormilados y álgidos, perturbados y trémulos admiraban distraídos el pulcro color nácar del techo tratando de ubicarse y soltando un gruñido gutural, Seiki se meció en la cuenca que generaba su pequeño nicho tibio percibiendo el reconfortante calor contra su piel desnuda a sabiendas que el exterior contrastaba cruelmente contra su rudimentario refugio. Las madrugadas eran frías incluso durante la temporada de verano y al interior de un hogar, el tacto de la fría madera erizo la dermis expuesta haciéndola sentir más adormilada, la pequeña se estremeció, frotando sus manos contra la piel desnuda de sus hombros tratando de empaparse del calor que aún permanecía en su piel y con cuidado se levantó del suelo dejando atrás la única manta que le hacía compañía durante las largas noches donde su cabeza se encargaba de crear escenarios llenos de ilusiones y sin gracia alguna donde el mundo onírico al cual viajaba no parecía tan irreal como debería de serlo. Tal vez por eso, la incertidumbre danzando en sus frías lagunas adormiladas o la compresión dolorosa ubicada en la zona torácica donde el esternón se enterraba contra la carne tierna de sus órganos se volvió algo sumamente doloroso, perlas salinas amenazando con desbordarse por el bordillo y empapar con angustia sus mejillas pálidas restándole ese encanto infantil de su adorable edad.
Sacudiendo la cabeza, la maraña de medianoche envuelta en nudos mal hechos danzo al son del brusco menear. Seiki pasó el dorso de su mano por sus ojos, raspando sin cuidado por sus pestañas ya empapadas por el pegote de la noche y las lágrimas estiradas por el papel ya húmedo de su piel mientras exhalaba cansina, pies fríos bordeando el montículo de sábanas donde normalmente descansaba sus amargos sueños y la cama intacta hasta las ventanas cerca del escritorio y abrir una de las dos, corriendo las cortinas negras y dejando una vista panorámica del cielo grisáceo de la madrugada, ignorando el verde saturado que nacía de la tierra propia de su hogar. Sin ganas, pasó una mano por su cabello, dedos torpes y pequeños tratando de servir como una peineta defectuosa para al menos darle una apariencia de orden en el caos que era su cabeza y por mera curiosidad observo a detalle las hebras caídas y enredadas entre sus falanges; eran semejantes a la media noche más profunda pero acompañados de la luna de plata pues el brillo del metal se colaba en algunos hilos gruesos, eran diferentes, diferentes al color carmesí como la sangre brotando y corriendo eufóricas por las venas o ese color platinado semejante a la enorme luna reflejada en un calmo estanque, un color que le recordaba claramente a alguien, y con eso en mente dejó libres los hilos robustos por la ventana abierta dejándolos huir a su libertad, una que ella solo podía admirar desde el umbral de la ventana.
La brisa fría permanecía perfumada, un dulce olor que Seiki disfruto con los ojos cerrados y aún adormilados, el frío le daba sueño y hacía que su piel expuesta se volviera tirante y dolorosa. Unos toques llamaron su atención, girando la cabeza continuó con el cuerpo reposado contra la ventana, atenta al canto de las aves matutinas recién despertando y las cuales anidaban en los árboles de su propiedad. La puerta terminó por abrirse a los segundos, la perilla giró emitiendo un pequeño ruidillo al ser girada y por la brecha naciente apareció un muchacho con el cabello de la madrugada igual de desordenado y enmarañado que ella.
—Primer día, ¿cómo te sientes?— En una familia normal, uno de los progenitores vendría a ver a su pequeño vástago para calmar los nacientes nervios propios de una nueva experiencia. Para Seiki ver a Yue con su traje de trabajo aún y su cabello desordenado colándose por su habitación junto a esa pequeña sonrisa sostenida por sus facciones cansadas le entregó más de lo que ella necesitaba.
—¿Cómo debería de sentirme exactamente?— Murmuró con cierta mofa la jovencita, voz todavía ronca y baja al recién haber abandonado el abrazo de Hipnos, sintiendo aún su presencia cantándole al oído.
Suspirando, se frotó los brazos nuevamente para dar unos pasos lejos de la ventana y abrir su armario, buscaba prendas que cubrieron su piel nacarada ahora teñida por el carmín de su sangre que corría de forma ansiosa para contrarrestar el frío, dándole una apariencia llamativa ante el contraste de colores.
Yue torció los labios y a su vez frunció sus delgadas cejas mientras sus ojos se encomendaban de divagar por el cuarto vecino el cual pertenecía a su hermana, se apoyó en el umbral de la puerta y con brazos cruzados comenzó a tararear, rumiando pensativo con respecto a que responder mientras esperaba a que se vistiera.
—No lo sé, ¿hambrienta?— Yue alzó las comisuras de sus labios—. Dudo qué Kakashi-san les obligue a no comer esta vez. Baja, te prepare el desayuno.
Seiki negó con la cabeza al emular una sonrisa tristona.
—¿Una misión?—.
—Si, en unos minutos me iré. Apresúrate, la comida está caliente aún— tras eso, Yue desapareció por la puerta con dirección al pasillo, perdiéndose entre la puerta ubicada entre la habitación de los hermanos donde se encontraba un baño el cual normalmente compartían.
Con pasos letárgicos, Seiki acabó por abrir las ventanas y se encargó de sacudir su crisálida nocturna para guardarla junto al velo estrellado de la alta bóveda desapareciendo con la salida del sol acompañada por el cantar agudo de los pájaros, emocionados de un nuevo día. Tal como Yue le mencionó, al bajar por la escalera acababa de acomodar la banda de la aldea, oyendo de fondo el ruidillo de una lluvia artificial, goterones rebotando contra la cerámica resbalosa del baño, pudo percibir el olor del pan tostado con la mantequilla derretida subiendo por la escalera, como si la llamara a comerlo pues sabía delicioso. Y era cierto, Seiki tomó la taza junto al plato donde un par de panecillos dorados y brillante le guiñaban con coquetería, la crema espumosa en el café dulzón formaban la forma de una carita feliz e inconscientemente la mujercita esbozo una minúscula sonrisa al pensar en su hermano mayor esforzándose para lograrlo pese a lo torpe que era con sus dedos delgados pero largos.
Prontamente, Yue apareció por la escalera con el cabello cubierto del rocío de la mañana y exhalando un sutil vaho, su piel de cera sonrojada y de entre sus labios entreabiertos expulsaba su alma elevándose al techo sin poder escapar. El mayor tomó de imprevisto una tostada y haciendo un sello de dedos se desvaneció en una nube de denso humo blanquecino como el polvo de la tiza contra el suelo de cemento donde los niños se distraían fuera de sus hogares disfrutando de la tarde con sus amigos antes de volver a casa cuando el gordo de oro cayera por el horizonte, escapando del ceño fruncido de su pequeña quien mordisqueaba la masa crujiente entre sus molares.
Ya sin la momentánea compañia de Yue, quien posiblemente se había escapado durante su turno de guardia solo para hacer ese pequeño acto y obtener una ducha caliente con una privacidad por lo menos decente, la azabache se encomendó de beber el café a temperatura ambiente, agradecida internamente a que su hermano recordaba lo sensible que era su lengua con respecto a la temperaturas altas, disfrutando del silente ambiente donde el burbujeo de la espuma o el pan crujiente entre sus dientes era el único sonido de vitalidad al interior del hogar en contraste del animado jardín donde las aves cantarinas bajan a comer algunas semillas o unos cuantos gusanos, las lombrices eran quien más perdian en ese juego y por supuesto las más importantes en el ecosistema del jardín, las flores se mecían con las frías brisas de la mañana y unas cuantas hojas intrépidas abandonaban su hogar para explorar qué tan grande era el lugar en el cual habitaban.
Cualquier persona que viera el jardín a través de la ventana se sentirían maravillados, en cierto sentido parecía sacado de un cuento de hadas el cual le narraban a los niños durante las noches para traer sueños espolvoreados de azúcar glas pero esos cuentos no solo tenían luz, sino que hace algún tiempo eran usados para influir miedo y obediencia en los mismos infantes, tal vez por ello la pequeña de ojos de cristal templado no encontraba la magia entre los robustos árboles de copas pobladas o arbustos cubiertos de pétalos y capullos, Seiki en lugar de ver las corolas de las rosas color carmín se centraba más bien en las filosas espinas ocultas tras la sombra de la seducción, donde el hermoso filo en el lado oscuro de la luna se encontraba un borde de hierro empapado en un tóxico.
La visión de la oscuridad tras tan hermosa flor le recordo a la muchachita su deber, terminando con su comida procedió a limpiar todo y subir para terminar de ordenar y completar con sus deberes diarios, siendo consciente que por un tiempo no sería capaz de volver y hacerse cargo de sus pendientes.
El camino al punto de reunión fue pausado, el tiempo continuaba rodando lento para los cristales jade de la fémina, sus músculos algo acalambrados se quejaban en cuanto daba pasos seguros y rectos y el cielo sobre su coronilla ya no permanecía con el color ceniza lavado de un fuego extinto sino más bien un coloreado digno de la hora pico; los ninjas mayores saltaban por entre los tejados, algunos niños iban a la escuela y otros acompañaban a sus padres a hacer las compras. El olor de la comida y los ruidos informaban a la azabache que la aldea estaba despertando, el movimiento podría llegar a nublar sus sentidos pero la costumbre y familiaridad a ellos no le dificultaba la tarea de soportarlos y llegar incluso a sobrellevarlos con maestría.
La azabache llegó a la salida de la aldea, o la entrada, una enorme puerta tan ridículamente grande que incluso llegaba a hacerla sentir insignificante, y lo era, cada vez que pasaba por aquellas puertas y por el punto de seguridad, su estómago se revolvía incómodamente y una inmediata necesidad de cobijarse le embargaba los huesos, con el tiempo aquella sensación iba amainando y sus vísceras permanecían quietas mientras buscaba una banca a la sombra de uno de los tantos árboles y se limitaba a exhalar al encontrar un lugar perfecto donde esperar y ser capaz de retomar su lectura. Con un pergamino en mano retirado con antelación del bolso en su espalda, leyendo concentrada los diminutos conjuntos de caracteres que formaban letras y a su misma vez palabras, pinceladas de tinta oscura diluida ligeramente por el paso de los años en el papel añejado y amarillento con el dulce olor del tiempo sumiéndola en una profunda burbuja, tal cual hacían sus sueños.
Pese a la concentración en su lectura, la pequeña sintió un ligero escalofrío, el sonido de pisadas llenando sus oídos y con una suave exhalación logró reconocer a la perfección el dueño de los pasos en su dirección por lo que, segura, eligió no darle atención al nuevo integrante y continuar su lectura. Sasuke no fue capaz de controlar sus propios músculos faciales, con una ceja ligeramente curvada sintió la curiosidad danzar en sus hombros y algo burbujeando en lo profundo del estómago mientras sus gemas ónix se encargaban de reflejar al revés a la muchachita encantada en su burbuja personal.
La suave brisa del exterior de la aldea se arremolinaba en sus pies cubiertos por esos delicados zapatitos que exhibían su empeine cetrino y venoso, piel fina como una tela de seda sujeta por unas vendas color carbón que las unía al holgado pantalón arrugado al tener las piernas cruzadas y usadas como una mesa para sus codos cubiertos por una apretada tela que llegaba hasta las palmas donde sus frágiles dedos sostenían la tela a punto de desmoronarse y escapar junto al viento, y finalmente llegó a su rostro, ojos redondos de un color jade intenso con pupilas redondas, sin ningún ápice de brillo, una gema oculta tras el polvo de ser pulidas, densas y profundas como cavernas acuáticas en los pozos de otras aldeas donde por entre los túneles las personas perdían la vida, aire siendo arrebatado y almas siendo tomadas, Sasuke sintió como el corazón se le arrancaba de su segura caja de huesos cuando las lagunas jade dejaron el viejo pergamino para fijarse en su persona.
—¿Ya todos llegaron? ¿Llego tarde’ ttebayo?— El pelinegro apretó la mandíbula, por supuesto que no lo miraban a él; la luna nunca cometería el error de otorgarle nuevamente tanta importancia a la tierra cuando tenía al Sol para iluminarla.
—No, todavía es temprano— Seiki esbozo una minúscula sonrisa en sus pequeños labios, sus dedos hábiles comenzaron a enrollar el viejo papel para cerrarlo con un cordel trenzado y devolverlo a su lugar en el bolso de su espalda.
—Ah, eso es un alivio, ¡me había quedado dormido!— Y allí estaban, charlando amenamente uno junto al otro.
El sobreviviente contrajo los puños contra las tiras de su mochila, nudillos totalmente drenados del fluido carmesí y uñas cortas intentando hacer brechas de medialuna en la tierna carne cubierta de líneas y dobleces donde algunos ojos eran capaces de leer la vida. Para la suerte del mismo, a una distancia por lo menos decente del animado duo charlando se acercaba una cabellera desordenada de hilos de plata y un gorro de hongo, maestro y cliente se acercaban con el equipaje en sus hombros.
Seiki liberó un suspiro denso por entre la brecha diminuta de sus delicados labios, ojos jade clavados en la anatomía de la espalda masculina, en las fibras musculares color bermellón ocultas tras las capas de piel y aun así era capaz de verlas bailar dramáticamente cada vez que rozaba suavemente con la punta de sus finas yemas. Dedos ágiles al tomar el fino metal y clavarlas con precisión a través de la piel del Jounin, escuchando un quejido por parte del adulto.
— ¿Le hice daño, Kakashi-sensei?— Cuestionó al detener su labor, su pequeña burbuja de concentración notablemente destruida.
—No... solo que tus manos están muy frías— susurro el adulto con su voz obstruida por sus brazos.
—Lo siento por eso— susurro la azabache, sonriendo con timidez para sobar su nuca y una vez más tomar las finas agujas brillantes, preparándose para una vez más comenzar a clavar en los puntos debidos.
—No te preocupes, solo continua— acomodo sus brazos y su cabeza, exhalando con calma al sentir el aroma de las pomadas en su espalda y el tacto de las múltiples agujas marcando puntos.
Seiki se encontraba centrada no solo en su tarea, sus lagunas revoloteaban a lo largo de los músculos para tomar otra aguja con sus dedos y enterrarlo en otro punto. Pese a que la acupuntura no era verdaderamente su fuerte, sus manos pétreas no mostraban vacilación alguna en punzar el punto frente a sus gemas, permanecía tranquila al detallar como la firme y tonificada espalda del hombre comenzaba a cubrirse con el brillo metálico y sus ojos danzaron por la musculatura marcada con cierta satisfacción, detallando incluso ese pequeño tatuaje carmesí que la pequeña reconoció en un parpadeo, el símbolo ANBU.
A un costado de ella se encontraba Naruto en una pose india, observando fascinado el trabajo de su amiga y la certeza con la cual continuaba su labor, ojeando de vez en cuando el pergamino de referencia con el rostro teñido de azul por los miles de puntos como términos a memorizar y que por cierto desconocía del todo. Sasuke también estaba de espaldas, sin su camiseta y dejando a la vista su delgada y pálida espalda en conjunto de un gigantesco cardenal purpúreo que sobresalía dramáticamente en la piel cetrina del Uchiha junto a hilos de plata atravesando su piel y el cartílago de sus orejas coloreados de polvo rosa brillante como las corolas de las rosas brotando en primavera.
El Jounin como el Genin pelinegro eran víctimas de las agujas de Seiki.
—No sabia que sabias hacer esto... ¿cómo se llama?— Susurró abochornado, rascando su mejilla al hacer a un lado el pergamino.
—Acupuntura— respondió Seiki, sacudiendo sus manos al finalizar su trabajo y alejarse del masculino para estirar su espalda.
—Eso, no sabia que podias hacer esto también’ ttebayo— esbozó una dulce sonrisa, que la azabache imito—. Eres increíble Seiki-chan.
—No es para tanto, Naruto— confesó soltando una dulce risa, percibiendo un satisfactorio cosquilleo tiñendo sus redondas mejillas de querubin.
—¿No es la primera vez que haces esto, Seiki-chan?— La azabache negó desde el suelo, estirando sus brazos—. Wow.
—¿Seguro que no quieres tú también? No me cuesta, Tazuna-san, si usted también desea no tengo problema alguno— Naruto negó con la cabeza.
—Me conformo con ver, no me siento tan mal—.
—No te preocupes por mí, chiquilla—.
Seiki a pesar de desear sonreír con dulzura para aplacar el tenso ambiente a su alrededor se vio incapaz de realizarlo pues su cabeza continuaba bailando alrededor de una idea que por supuesto no la abandonaba, como un infante tocando su espalda baja insistentemente para llamar su atención. Con una mueca sutil en los labios se distrajo al analizar las múltiples agujas incrustadas en la espalda de su maestro y el recuerdo del muchacho voló a su mente por detrás de sus ojos, la acción del supuesto ANBU no tenía sentido lógico y por supuesto que lo había notado desde el inicio, pero, sus ojos cayeron en la nuca cubierta de cabellos cortos de su maestro y mordió la tierna carne rosa de sus mejillas.
¿Debería de? Desde el inicio había optado por un perfil bajo siendo su misión más de respaldo que una activa como la de sus compañeros con respecto al combate, demostrando habilidades médicas, afortunadamente sin ser necesariamente Ninjutsu, pero, sus ojos se distrajeron ante los zafiro cielo observándola e inconscientemente la dirección de sus pupilas caía en el blondo para descender a su propio regazo, donde sus maños ocultas por la gruesa tela de los guantes y el protector la recibieron, su propio reflejo en el metal pulido y su semblante calmado mirándola, aguardando por su accionar con una parsimonia envidiable.
—Las agujas senbon no son mortíferas del todo a menos que posean veneno o aciertes profundamente en un punto mortal. — Rumio en voz alta, ojos fijos en el brillo frío, girando el pequeño metal de una aguja, intentando recordar los puntos exactos del cuello.
—¿Qué tanto murmuras, Seiki?— Cuestión Sasuke al entreabrir los ojos, intentando observar a su compañera al igual que los demás masculinos del cuarto.
—Que eso significa que es posible que Zabuza no esté muerto— murmuró entre dientes, devolviendo la larga aguja a su lugar—. También, no tiene sentido que se llevara el cuerpo de estar muerto ya que está ensuciando evidencia y al ser ese tipo de ANBU, su deber es únicamente eliminar el cuerpo, ¿por qué moverlo entonces?
—¿D-Dices que Zabuza no está muerto?— Balbuceó Naruto, sujetando la cola violáceo con diseños de la ropa superior de la azabache.
—¿Cómo estás segura de eso, Seiki?— Kakashi, quien logró llegar a la misma conclusión que la menor, giró la cabeza como pudo para poder verla fijamente.
—Bueno, el cuello es un sector libre y vital a ciertos rasgos, pero con las agujas y los puntos puedes fingir una muerte momentánea. De ser así, Zabuza estará en un mal estado por unos días a menos de recibir tratamiento médico, fingir una muerte es arriesgado y estresante para el cuerpo por lo que fácilmente puede llegar a colapsar, y morir de verdad…— Seiki unió sus dedos, entrelazándolos como un tejido—. Pero es solo una teoría, la cual la respaldo con el extraño actuar del ANBU y de su armamento.
—¿Eso quiere decir...?
—¿Puedes hacer eso, Seiki?— Cuestionó Kakashi, intentando mover su cabeza de su lugar.
—Sí, es complicado pues si me llego a equivocar no sería fingido, además de que es muy doloroso— explicó al sentarse en su lugar nuevamente, tomando otra aguja y acercándola a su cuello recordando donde estaban las del demonio.
Incluso si no se trataba exclusivamente del cuello aquella facultad, distintos puntos del cuerpo podrían tener dicha habilidad pero la fuerza necesaria y el riesgo aumentaban considerablemente al punto de ya no ser factible y se volvía en un camino sin retorno la mayoría de las veces. Seiki prefirió guardar silencio, aquella información no era un apoyo necesario en su teoría y era información que era valiosa en cierto aspecto, no planeaba arriesgarse y soltarla, sobretodo, sus ojos jade cayeron en Hatake, quien la miraba con una atención extraña que hizo que sus vellos se erizaran.
—Hablas como si tuvieras experiencia en ello— acusó el pelinegro, frunciendo el ceño al notar como la azabache acercaba sin mayor miramiento las armas a su cuello.
—Oh, si, tengo algo de conocimiento al respecto. Todos quienes trabajan con las agujas son conscientes de ello aunque no es ético y por ello nadie lo hace— respondió, juntando las manos en su regazo y haciendo un puchero semejante a una sonrisa calmante—. Además de que nadie tampoco aceptaría ser parte de ello— narro paulatinamente, formulando una sonrisa tímida al rascar sus mejillas.
—Entonces... si funciona—.
—Sí, pero como dije, en teoria, despiertas con un dolor terrible además de requerir asistencia médica o reposo inmediato—.
—¿Zabuza está vivo?— Balbuceo asustado el anciano, mirando atónito a la menor quien asintió a su duda.
—Si la información es correcta, Zabuza esta vivo, pero por el momento estara incapacitado— Kakashi recibio un acentimiento por parte de su alumna, se limito a suspirar y nuevamente a acomodarse teniendo cuidado con las agujas de su espalda para acercarse y palmear la abundante cabellera oscura—. Muy bien hecho, Seiki, tus deducciones fueron perfectas. Y ahora, teniendo en cuenta eso, tendremos el tiempo suficiente como para entrenar.
—¿Eh?