𝐂𝐚𝐩𝐢𝐭𝐮𝐥𝐨 𝟎𝟏
Freen recibió una llamada de su hermana pequeña, Orntara, de madrugada. Papá ha muerto. Tres palabras que en otra persona habrían evocado una tormenta de emociones, pero que para Freen solo significaban que a partir de aquel momento podía dejar de fingir que la suya había sido una familia feliz.
-¿Cuándo es el funeral? - El martes -responde Nam. -¿Vendrás?
Freen miró a la mujer que dormía a su lado en la cama del hotel y dejó escapar un suspiro de frustración. Qué típico de su padre elegir el momento más inoportuno para morirse. Aquel fin de semana había pensado pedir la mano de Heidi Jensen en Washington D.C., aprovechando un viaje de negocios. Incluso llevaba el anillo de compromiso en su maletín. Pero tendría que esperar otra oportunidad. No quería que su compromiso estuviera asociado para siempre con la muerte de su padre.
-¿Freen?. la voz de Orntara interrumpió sus pensamientos-. Sería bueno que vinieras... por mí, no por papá. Tú sabes cuánto odio los funerales, especialmente después del de mamá.
Freen sintió como si una garra se clavara en
su corazón al recordar a su madre y lo cruelmente que había sido traicionada. Estaba seguro de que eso era lo que la había matado, no el cáncer. Su desconsuelo al encontrar a su marido en la cama con una empleada de la casa mientras ella luchaba con la quimioterapia le había roto el corazón, robándole las ganas de vivir. Y luego esa bruja, pohn Armstrong, y la desvergonzada de su hija, Rebecca, habían convertido el funeral de su madre en un escándalo...
-Allí estaré le aseguró. Y esperaba que Rebecca Amstrong no se atreviese a aparecer por allí.
La primera persona que Rebecca vio al llegar al
funeral en Roma fue Freen Sarocha. Al menos,
sus ojos lo registraron, pero lo había sentido unos segundos antes. En cuanto entró en la catedral, sintió que un escalofrío recorría su espina dorsal. No la había visto en muchos años y, sin embargo, había sabido que estaba allí, sentada en uno de los primeros bancos, frente al altar. Tan increíblemente hermosa como siempre y con ese porte aristocrático, exudando dinero y poder. Llevaba el pelo, negro como el azabache, un poco más largo que el del resto de las mujeres. Él giró la cabeza y se inclinó para decirle algo al oído a la joven que estaba sentada a su lado. Rebecca hubiera querido llevarse una mano al pecho, donde su corazón aleteaba como una frenética mariposa.
Durante años había intentado olvidar sus facciones. No se atrevía a pensar en ella porque era una parte de su pasado de la que se sentía avergonzada, profundamente avergonzada. Entonces era tan joven, tan ingenua e insegura. No había pensado en las consecuencias... pero ¿quién lo hacía a los diecisiete años? Y entonces, de repente, Freen giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Y cuando esos ojos pardos se clavaron en los suyos fue como ser golpeada por un rayo.
Rebecca intentó simular indiferencia y, sacudiendo la castaña melena, recorrió el pasillo para sentarse en un banco. Sentía subfuria. Sentía su ira. Sentía su rabia. Y la hacía temblar. Hacía que su sangre hirviera, que se le doblasen las rodillas... Pero no demostró nada de eso, al contrario. Intentó fingir una frialdad que ocho años antes, cuando era una adolescente, habría deseado. La mujer que estaba sentada al lado de Freen era su última novia; o eso había leído en las revistas. Su relación con Amanda Jensen había durado más que las otras e incluso se rumoreaba que iban a casarse. Aunque Rebecca nunca había pensado que Freen Sarocha pudiese enamorarse de verdad.
Para ella, siempre había sido una dama, una niña
rica rodeado de privilegios.
Cuando llegase el momento, Freen elegiría una esposa adecuada, una chica de buena familia, como su padre y su abuelo antes que él; el amor no tendría nada que ver. Y, en apariencia, Amanda Jensen era la perfecta candidata. Una belleza clásica, era la clase de mujer que no iba a ningún sitio sin estar perfectamente peinada y maquillada. El tipo de mujer que ni soñando iría a un funeral con unos vaqueros con el bajo deshilachado y zapatillas de deporte. Amanda, que solo llevaba exquisitos trajes de chaqueta de alta costura, tenía unos dientes perfectos y una piel de porcelana.
Al contrario que Rebecca, que había tenido que
sufrir la tortura de un aparato dental durante dos
años y que esa misma mañana había tenido que
usar corrector para ocultar un granito en la barbilla. La esposa de Freen sería perfecta y no tendría un pasado que había causado dolor y vergüenza a todos los que la conocían. Su esposa sería la perfecta Amanda, no la escandalosa Rebecca.
• Pues buena suerte •
En cuanto terminó el servicio religioso, Rebecca
salió de la catedral. Aún no sabía por qué había
sentido la necesidad de acudir al funeral de un
hombre que, en vida, nunca le había caído bien.
Pero había leído en la prensa la noticia de su
muerte e inmediatamente pensó en su madre.
Su madre, Pohn, había amado a Aon Sarocha.
Pohn había trabajado para la familia Sarocha durante años y Aon siempre la había tratado públicamente como a un ama de llaves. Pero Rebecca recordaba muy bien el escándalo que su madre había causado en el funeral de Sophie Sarocha.
La prensa lo había pasado en grande, como un grupo de hienas sobre un cadáver. Había sido la experiencia más humillante de su vida. Ver a su madre insultada y vilipendiada era algo que jamás podría olvidar. Había jurado ese día que nunca estaría a merced de un hombre o mujer poderosa. Sería ella quien llevase el control, la dueña de su destino. No dejaría que otros le dictasen lo que debía hacer solo porque habían nacido en una casa rica o tenían más dinero que ella. Y nunca se enamoraría.
-Perdone, ¿señorita Armstrong?. la llamó un hombre bien vestido de unos cincuenta años-. ¿Rebecca Patricia Armstrong? -¿Quién quiere saberlo?. preguntó ella. El extraño le ofreció su mano. -Permita que me presento, soy Asavarid Pinitkanjanapun, el abogado de Aon Sarocha.
Rebecca estrechó su mano, sorprendida.
-Encantada de conocerlo, pero tengo prisa... -Está invitada a la lectura del testamento del
señor Sarocha. Ella lo miró, perpleja. -¿Cómo dice? -Es usted una de las beneficiarias del testamento del señor Sarocha... -¿Beneficiaria yo? Pero ¿por qué? El abogado sonrió.
-El signor Sarocha le ha dejado una propiedad.
-¿Qué propiedad? -El château de Chalvy, en Provenza -respondió el hombre. El corazón de Rebecca dio un vuelco dentro de su pecho.
-Tiene que ser un error. Ese château era de la
familia de Sophie Sarocha y deberían heredarlo
Freen o Orntara. -El señor Ferrante quiso dejárselo a usted, pero puso ciertas condiciones.
Rebecca guiñó los ojos.
-¿Qué condiciones? Asavarid Pinitkanjanapun esbozó una sonrisa que le recordó a una serpiente. -La lectura del testamento tendrá lugar en la biblioteca de la villa Sarocha mañana, a las tres. Nos veremos allí.
Freen paseaba por la biblioteca sintiéndose
como un león enjaulado. Era la primera vez que
pisaba esa casa en muchos años, desde la noche
que encontraron a Rebecca desnuda en su habitación. La pequeña diablesa, que entonces tenía diecisiete años, había mentido, haciendo creer a todo el mundo que ella era la víctima, un papel que había interpretado a la perfección. ¿Por qué si no la habría incluido su padre en el testamento? Rebecca no era pariente de los Sarocha, era la hija del ama de llaves, una buscavidas que ya se había casado por dinero una vez.
Evidentemente, se había ganado el afecto de su padre enfermo para conseguir lo que pudiese tras la muerte de su anciano marido, que la había dejado prácticamente en la calle. Pero el château de su madre en Provenza era la posesión a la que Freen no estaba dispuesta a renunciar. Y haría cualquier cosa para evitar que fuese a parar a manos de Rebecca.
La puerta se abrió y Rebecca Amstrong entró en la biblioteca como si estuviera en su casa.
Al menos aquel día se había vestido de manera
más apropiada, aunque no demasiado. La falda
vaquera dejaba al descubierto sus largas y blanqueadas piernas y la blusa blanca, atada a su estrecha cintura, dejaba al descubierto unos centímetros de abdomen. No llevaba una gota de maquillaje y la melena castaña caía sobre sus hombros con cierto descuido, pero aun así parecía resalida de una pasarela.
Todos parecieron contener el aliento durante
un segundo. Freen había visto eso muchas
veces. La belleza natural de Rebecca era como unpuñetazo en el plexo solar. Naturalmente, intentó disimular su reacción, pero el efecto que ejercía en ella era el mismo del día anterior, en el funeral. Porque había sabido el momento exacto en el que Rebecca Amstrong había entrado en la catedral. Lo había sentido. Freen miró su reloj antes de lanzar sobre ella una mirada despectiva.
-Llegas tarde. Rebecca sacudió su melena con gesto impertinente. -Son las tres y dos minutos, niña rica. No te pongas histérica. El abogado se aclaró la garganta. -¿Podemos empezar? Hay muchas cosas que tratar.
Freen permaneció de pie mientras Asavarid el testamento. Se alegraba de que su hermana
recibiera una gran parte de las posesiones de su
padre, aunque no las necesitaba porque su marido y ella tenían un próspero negocio de inversionesen Londres, porque era un alivio saber que todo eso no había ido a parar a Rebecca. Orntara había heredado la villa de Roma y millones de euros en acciones. Y era una satisfacción porque Orntara, como ella, no había tenido demasiada relación con su padre en el último año.
-Y ahora llegamos a Freen y Rebecca -dijo Asavarid Pinitkanjanapun-. Creo que deberíamos leer esta parte del testamento en privado, si no les importa a los demás. Freen apretó los labios. No quería que su nombre se mezclase con el de ella. Rebecca lo hacía sentir inquieta, siempre había sido así. Rebecca Armstrong era una mujer que la sacaba de quicio como nadie más podía hacerlo. Y eso no le gustaba en absoluto.
Por su culpa, se había alejado del hogar familiar y ni siquiera había vuelto para estar con su
madre antes de que muriese. El vergonzoso engaño de Rebecca había destrozado cualquier posibilidad de relación con su padre durante los últimos ocho años. Y la odiaba con toda su alma.
El abogado esperó que los demás salieran de la
biblioteca antes de leer un documento: -Dejo el château de Chalvy, en Provenza, a mi hija Freen y a Rebecca Armstrong, con la condición de que contraigan matrimonio y vivan juntos durante un mínimo de seis meses... Freen escuchó las palabras, pero su cerebro tardó un momento en registrarlas.
Y cuando lo hizo fue como si le hubiera caído encima un bloque de cemento. Pero no podía ser, tenía que haberlo imaginado. Sin embargo, cuando miró a Asavarid Pinitkanjanapun se dio cuenta de que no era cosa de su imaginación. Rebecca y ella... casadas. Viviendo juntos durante seis meses. Tenía que ser una broma.
-No puede hablar en serio -logró decir, después de aclararse la garganta. -Tu padre cambió su testamento un mes antes de morir. Si no os casáis en el tiempo acordado, la propiedad pasará a un pariente lejano. Él sabía muy bien de qué pariente lejano se trataba. Y también sabía lo rápido que ese pariente vendería el château para pagar sus deudas de juego. Su padre le había tendido una trampa. Había pensado en todo, haciendo imposible que pudiese escapar.
-¡No voy a casarme con ella! -exclamó Rebecca,
levantándose de golpe, sus ojos azul grisáceo brillantes de indignación. Freen la miró, desdeñosa. -Siéntate y cierra la boca, por favor.
-No pienso casarme contigo. -Me alegra mucho saberlo -Freen se volvió hacia el abogado -. Tiene que haber alguna forma de evitar esto. Estoy a punto de comprometerme. El abogado levantó las manos en un gesto de derrota. -No la hay. Si uno de los dos se negara a cumplir las condiciones en el plazo establecido, el otro heredaría el château automáticamente. -¿Qué? -exclamaron Rebecca y Freen a la vez. -¿Quiere decir que si no me caso con ella, Rebecca heredaría el château de Chalvy y todo lo demás?
Asavarid asintió con la cabeza. -Y si os casáis y uno de los dos se marchase antes de los seis meses, heredará el que se quede.
El señor Sarocha lo dejó todo por escrito, de
modo que no tenéis más remedio que casarse y
vivir juntos durante seis meses. -¿Por qué seis meses? -preguntó Rebecca. -Mi padre debió de pensar que, si estábamos más tiempo juntas, yo acabaría cometiendo un asesinato -replicó Freen.
Ella lo fulminó con la mirada. -O al revés. -¿Qué pasará después de esos seis meses, si decidimos casarnos? -Tú te quedarás con el château y Rebecca con una cantidad de dinero. -¿Cuánto dinero? Asavarid mencionó una suma que lo deja atónita. -¿Consigue ese dinero por hacer qué exactamente? ¿Por ir por ahí fingiendo que es la dueña del château de mi madre durante seis meses? ¡Es increíble! -Yo diría que es una compensación justa por tener que soportarte. Freen se volvió para mirarla, airado.
-Todo esto es cosa tuya, ¿verdad? Tú convenciste a mi padre para que cambiase el testamento. Rebecca la miró con gesto desafiante. -Hacía cinco años que no sabía nada de tu padre. Ni siquiera tuvo la decencia de enviar una postal o unas flores cuando mi madre murió. -¿Y por qué fuiste a su funeral si tanto lo odiabas? -No creas que he hecho un viaje especial a Roma para eso. Estaba aquí para probarme el vestido que llevaré en la boda de mi hermana -Ah, he oído hablar de tu perdida hermana gemela -dijo Freen-. Lo leí en los periódicos. Que Dios nos ayude si es como tú. -Fui al funeral de tu padre por respeto a mi madre. Si viviera, ella habría ido. Nadie hubiera podido impedírselo. Freen la miró, desdeñosa.
-Ni siquiera un mínimo sentido de la decencia.
Rebecca levantó una mano para abofetearla,
pero Freen consiguió evitar el golpe sujetando
su muñeca. Sin embargo, el roce de su piel fue
como una descarga eléctrica y, de inmediato, vio
un brillo en sus ojos, como si también ella la hubiera sentido. Algo ocurrió entonces, algo primario y peligroso que no tenía nombre, ni forma, pero que estaba allí. Freen soltó su muñeca y, sin que nadie se diera cuenta, abrió y cerró la mano un par de veces para ver si sus dedos seguían funcionando con normalidad.
-Tendrá que disculpar a la señorita Armstrong
-le dijo al abogado-. Es famosa por montar numeritos. -Serás canalla... El abogado se levantó. -Tenéis una semana para tomar una decisión. Y sugiero que lo pensara bien. Si no llega a un acuerdo, tendra mucho que perder.
-Yo ya he tomado una decisión. dijo Rebecca,
cruzándose de brazos -. No pienso casarme con ella Freen hizo una mueca. -Tú no renunciarías al dinero. Ella la miró, desafiante, con las manos en las caderas, sus preciosos pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Freen nunca había sentido tal energía sexual en toda su vida. Y la sintia en la entrepierna.
Estaba tan cerca que podía notar su aliento en la cara... -¿Crees que no renunciaría al dinero? Pues vas a llevarte una sorpresa, niña rica -le espetó Rebecca, antes de darse la vuelta para salir de la biblioteca con la cabeza bien alta.