El último fénix: miedo

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Summary

Luna es una joven que vive aparentemente normal. Una noche ve su existencia volcada. Un escalofriante suceso marca el inicio de una serie de recuerdos confusos que la transportan a un pasado que no comprende; a un mundo de fantasía lleno de criaturas míticas y leyendas olvidadas. Atormentada por la sensación de ser alguien más, Luna se debate entre la realidad que conoce y los fragmentos de una vida ancestral que emergen sin control. Pero en este viaje no estará sola. Un grupo de enigmáticos aliados y temibles adversarios se cruzarán en su camino. ¿Podrá Luna aceptar su verdadera identidad y transformar su mayor debilidad en su arma antes de que la oscuridad lo consuma? Los recuerdos la atormentan y eso no le gusta. - ¿Quién soy realmente? -Sus ojos se cristalizan y eso llama la atención de su amiga y mano derecha. - ¿Luna? Recuerdos llegan a ella sin que pueda detenerlo. La figura de un hombre es en la que parece en todos y cada uno de los recuerdos que están llegando. - Όλα είναι ψέματα (Todo es mentira) -Dice asustada. Advertencias: Esta historia cuenta con morbo, violaciones, temas delicados, lenguaje explicito y contenido 18+.

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10
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n/a
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18+

I. Luna

En la antigüedad, los dioses regían el mundo. Muchos creían que solo eran mitos; solo unos pocos sabían la verdad. Cada cultura tiene su propia representación. Los griegos eran caracterizados como seres poderosos en su tiempo; se mantenían alejados de los conflictos.

Zeus, aquel que derrotó a su padre Cronos junto a sus hermanos, en la guerra fue maldecido con las palabras de Urano: “Alguien te traicionará, acabarás como yo”. ¿Quién pensaría que sería su perdición?

Les diré: nadie.

Los mortales los amenazaron durante la reconstrucción, seres insignificantes ante sus ojos. Justo lo que se predijo. Desde la oscuridad, miraban la devastación.

El dios del rayo camina por el pasillo. Los cuadros de sus hermanos e hijos adornan las paredes. Desde el avance, se ha presentado una situación que los perjudica. Sus hermanos han reclamado su poco interés. El resto de los dioses permanece en la sala discutiendo. Es entendible su enfado; solo que a él no le interesa. No hasta que haya un verdadero motivo. Hera, su esposa, intenta calmar al resto de las deidades. Los mayas y aztecas se miran con burla ante la discusión.

Gruñe al escuchar quejas. Se detiene; un brillo peculiar se apodera del cielo. Se acerca al balcón. El choque lo hace sonreír.

—Magnífico.

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La guerra se ha considerado un lugar de muerte y anarquía. Es un lugar de desgracia. Las deidades son una demostración de su poder. Durante el tiempo, quienes han intentado acabar con ella han dañado el mundo. Se aprecia el fuego que consume el bosque. Se oyen gritos y humo. Hay un mar de sangre en la batalla. Los dioses se han refugiado en las alturas, dejando todo a su ejército e hijos.

El sol, cubierto por la luna, deja ver destellos. La indiferencia, el maltrato y el desprecio han causado esto. Quetzalcóatl, junto a sus hermanos, se alejan. No adoran la destrucción; solo quieren armonía. Pese a las circunstancias, optaron por la traición. Hécate se refugió con Hades, quien también se distanció.

La eclosión de poderes se expande. Desde el humo, se aprecia una figura caer. El choque del cuerpo entre los escombros capta la atención de los guerreros. Los dioses sonríen: morirá. El humo se va dispersando, mostrando un par de alas oscuras.

—No cantes victoria.

Zeus gruñe. Átropos, una de las hermanas del destino, puede ver tu futuro. No hay manera de escapar de sus visiones.

—¿Qué haces aquí?

—Veo el inicio.

¿Inicio? Los dioses la miran con pavor. Delicados pies tocan la tierra. Mira a su oponente, quien aparta la estructura. Ambas miradas se cruzan. El aleteo la hace gruñir. Dos contrincantes han llegado.

—¡Rendirse! ¡Se encuentra rodeada!

Un guerrero se acerca. Una doncella de cabello blanco y mirada profunda y atemorizante se tambalea, sintiendo dolor en el ala. La hermana sonríe. Todo está sucediendo como se predijo. Tras las evidentes heridas, se sorprenden al verla de pie. Los dioses gritan, ordenan su muerte, sin saber que eso nunca sucederá.

—No hagas esto difícil.

Cinco.

—No hay forma de que sobrevivas.

Cuatro.

—Termina con la guerra, hermana.

Tres.

—Esto no ha terminado —farfulla.

Dos.

Átropos se sorprende. Eso no estaba previsto. Nada de esa conversación debería suceder. Cansada, silba. Un sonido audible para los dioses.

—¡No tienes fuerzas! ¡Morirás!

Uno.

—He visto el futuro.

La hermana se asusta y deja caer la visión. Detrás, un hombre sonríe mientras se aleja. La mirada vacía se vuelve roja. No, solo uno.

—No voy a caer, no sin antes hacer un daño irreparable.

—¡Suficiente!

—¡No, Eclipsa!

Detiene el ataque con el ala. Los presentes se asombran. Los dioses le tienen miedo, y eso es evidente, al igual que sus allegados. Eclipsa, Elisa, Luna e Inés son fénix con un don único. El destello que vio Zeus fue por las piedras de sus cuellos. En su momento no comprendieron su valor, solo querían el objeto. Obtuvieron dos, justo como estaba escrito. Cuando desaparecieron, entendieron su importancia. Ahora presencian la devastación.

Luna, el fénix negro, es una joven cuyo pasado la marcó. Elisa, su hermana menor, el fénix blanco, nunca conoció el dolor porque la protegieron. Eclipsa, el fénix rojo, es coraje ante las adversidades y domina el fuego. Inés, el azul, tiene un corazón bondadoso que, a pesar del sufrimiento, ofrece sanación.

Los dioses intentaron usarlas. No obstante, las hermanas del destino interfirieron. Regañaron a Zeus, quien se negó a abandonar su idea de gobernar a todo ser místico. Lo que la oscuridad anhela es el control total del juego.

—¿Qué pretendes con esto?

—Es mi hermana.

—Luna ha ocasionado la muerte de millones. Tu codicia provocó esta guerra.

Palabras crueles de alguien amable. Inés es justo lo que se necesita en la batalla. Zeus interfiere ante la petición de la hermana. Si no muere el blanco, todo se desmoronará. Quetzalcóatl y Hades se miran. Ellos informaron a las hermanas; ya sabían el resultado.

Un rugido sacude la tierra. Los fénix se elevan. Un lobo gris aparece y corre hasta llegar a su dueña. Luna sonríe al subirse a la criatura. Asustados, los presentes se mantienen quietos. Son territoriales y, por su tamaño, pueden causar un gran daño.

—Me fascina el olor a miedo.

Eclipsa explota. Su cabello se enciende.

—Lo malo es que a ustedes los debilita —sonríe—, y eso me fascina.

—¿Qué intentas lograr?

Zeus se acerca. No le teme al lobo, pero al fénix es diferente. Su capacidad de reencarnar les ayuda a sobrevivir; solo un arma específica puede matarlos. Gracias, traición.

—Cambiar el destino.

Átropos se desploma. Quetzalcóatl mira a sus hermanos. Escogieron mal. Son parte de un juego. Se aleja al bosque. Zeus intenta seguirlo, pero Hades interfiere. Es decisión de los fénix

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El sonido del diluvio, el olor a humedad y los distintos tipos de ruidos se filtran por la puerta. Una niña eleva la mirada, sola, sumergida en su miedo. Los gritos de niños, jóvenes y uno que otro adulto se perciben a lo lejos. Intenta no imaginar, no pensar en todo lo que va a sufrir. Agitada, la puerta se abre. Con esfuerzo, quiere levantarse, pero un tirón de cabello se lo impide. El dolor es insoportable; su pequeña cabeza no lo soporta.

—Veo que estás despierta —murmura, lamiéndose los labios.

—Déjala.

Una joven llega sosteniendo algunos documentos. Ante la mirada inocente de la niña, gruñe.

—¿Qué llevas?

Estruja el agarre hasta hacerla sollozar.

—Su información. Se llama Artemis.

¿Artemis?

La joven se aleja al ver a la niña. El hombre, aprovechando la situación, mete la mano debajo de la falda, haciendo temblar a la menor. Recorre cada centímetro, tocando, apretando. Con poca fuerza, ella intenta alejarlo, apartar aquella extremidad.

¿Qué puede hacer? ¿Qué debe hacer? ¿Cómo debe escapar?

Es solo una niña indefensa en manos de un adulto que, si quisiera, podría acabar con su vida. Cierra los ojos al sentir la lengua pasar por su cuello. La puerta se abre, dejando ver una silueta...

—¡No!

Agitada, aparta las sábanas. Luna mira alrededor. Aquellos sueños se han vuelto recurrentes, reales a su parecer. Las lágrimas brotan y recorren sus mejillas. Las limpia con desesperación. Otra maldita pesadilla. Gruñe apretando la tela, suspira mientras la aparta y sale de la cama. Mira el reloj en la mesita de noche: dos de la mañana. Luna se talla los ojos y decide salir.

Al llegar al pasillo, nota la soledad. Mientras observa el suelo, siente una mirada clavada en su espalda. Se detiene, mira detrás, pero no hay nadie. El miedo va regresando poco a poco. Tras varios minutos, llega a una puerta negra con una placa: “Prohibido el paso”. La abre, mostrando solo oscuridad. Se adentra buscando el interruptor.

Al encender la luz, se aprecia el desastre. Cansada, sigue avanzando. Se detiene al sentir una atmósfera extraña. Vuelve la mirada atrás: nada. Su paranoia la está consumiendo. Una corriente de viento la alerta. Mira a todos lados, mareándose, agitada. Le duele la cabeza.

Y en ese momento, al sentir las manos rodear su cuello, esa mirada escarlata reflejada en el cristal la aleja de su cruel destino. “Thymísou me” ese murmullo cargado de deseo la hacen flaquear. De rodillas ante el verdugo. Aquel ser se impregna, una imagen. Al sentir ardor en su parte baja y presenciar esa maldita sonrisa. Las lágrimas brotan, el grito termina antes del cruel destino...

—¡Luna!

La realidad la golpea. Ante la indiferencia de los transeúntes siente morir. Recupera el equilibrio, brindando un abrazo. Su mente la trampa en esos recuerdos no vividos. Limpia el sudor de su frente, aquellas gotas de miedo jamás la an dejado dormir.

—¡¿Qué mierda te ocurre?!

Al tambalear consigue aferrar su equilibrio. Su pecho quema, su respiración irregular luchaba por recuperar el oxígeno. Con esfuerzo logra elevar la mirada. Un cielo despejado. Las estrellas iluminan su alma. Aquel trozo natural que ilumina las noches. Su luz pálida baña el mundo con esa calma que contrata con el caos en su mente. Siente su llamado.

Un suspiro escapó. Ese pequeño fragmento no la juzgaba, no le hacía dudar, no deseaba respuesta a un mundo corrompido. Es libre. Sigue sin comprender el por qué, pero la luna es su refugio, su consuelo en las noches ante su soledad.

El viento helado juega con su cabello. Esos pequeños puntos alejados, una duda de su creciente soledad. Pese a la distancia siente que su existir va lejos de la tierra. La insistente voz rompe su calma. Su momento.

—Nada —murmura.

— Tu negativa nos cabrea.

Al jugar por la orilla la corriente se intencifica. Al voltear, un estallido trasofrmado en un grito la hace caer. Con esfuerzo consigue sacar el gancho, clavar en el concreto. Agitada admira su ser. Sus ojeras, el cabello maltratado, ese constante deseo de morder sus labios. Un desastre. Al conseguir su seguridad escucha disturbios. En la distancia, el caos comienza a verse: varios vehículos han colisionado, y las luces intermitentes ocasionan un ambiente lujubre. El naranja y rojo resulta entre los gritos.

Su comunicador vibra insistentemente. Aquella voz le exige responder. Gruñe entre dientes. Se supone que debe estar al margen.

—¡¿Qué estás haciendo?!

Al levantar la mano nota una mancha oscura crecer. El aparato cae. Con desespero limpia, sacude e intenta arrancar su extremidad. La brisa la envuelve, el mundo se detiene. Los gritos no existen, solo es su despertar. Detrás, la luna, aquella parte de su ser, se pinta de rojo. La tierra se sacude, cae. La comunicación falla. La gente corre. Su cuerpo arde. Una sensación... normal.

El cosquilleo de su espalda combinado con el ardor la hacen gritar. El filo de una hoja se incrusta en su ojo. El dolor la hacen retorcerse. Gira. Súplica, sin ayuda. Se incorpora, al colocarse en cuatro golpea su cabeza en el concreto. Esos pensamientos que alguna vez soño se vuelven reales. Alrededor la constante presencia aumenta.

¿Qué está sucediendo?

¿Qué significan esos gritos?

¿Realmente la luna se ha pintado de rojo?

—¡Luna!

En la agencia intentan comunicarse. Los sistemas fallan; no hay forma de saber dónde está. Luna trata de mantener la cordura. Los gritos no cesan. No puede estar soñando despierta. Su alrededor se torna oscuro.

Con esfuerzo, Luna intenta levantarse. Su cuerpo tiembla bajo el peso de la realidad que parece desgarrarse a su alrededor. La molestia latente en su pecho y su mente le impide concentrarse. Debe recordar su misión: investigar y desmantelar una red de tráfico humano. Es una lider, la autoridad maxima de su sector.

A pesar, la duda persiste. Apenas tiene 18 años, y no entiende cómo alguien sin experiencia fue contratado para una posición alta. Su pasado es un enigma. No recuerda su infancia, solo fragmentos dispersos que emergen entre sueños. Es una habitación oscura, donde las cadenas la rodean, sometiendo en una realidad que al parecer siempre fue su vida.

El paisaje a su alrededor cambia. Lo que antes era el ruido de autos se esfuma, dejando a su paso una creciente mancha oscura. Tose, el humo llena sus pulmones. Al cubrir su naríz y boca consigue visualizar una sombra. Esa silueta se acerca.

El miedo la inmoviliza; su mente grita, pero su cuerpo reacciona con torpeza. Coloca las manos frente a ella, un intento inútil de protección. Cierra los ojos, esperando lo inevitable.

Un sonido estridente la devuelve. Jadeando, se pone en pie y se acerca a la orilla. A una cuadra, en un edificio parcialmente destruido por el choque consigue distinguir un problema alejado a su misión.

Sin perder, saca su celular y toma una foto. Este caso no le pertenece; el jefe del sexto sector se debe encargar. Al dar el último vistazo algo la capta. El destello cargado de súplica en esa pequeña mirada la paraliza. Al analizar el entorno nota una parte del pavimento elevada. Luna traga saliva, y un escalofrío recorre su espalda. Algo no cuadra.

— Mátalos.

Voltea con su arma. Observa el entorno, mientras su pecho sube y baja. ¿Qué está sucediendo? Confundida, decide bajar. Se lanza, sacando un gancho que se ancla, permitiéndole descender. Con la pulsera llama a la motocicleta. Una vez encima, acelera, esquivando a los peatones.

Frena ante la inminente multitud. Acorralada analista las estructuras, al encontrar una construcción sonrie. Se moviliza. Se lanza por la tabla permitiendo el impulso para caer al extremo. No sin antes aventar su moto a uno de los implicados. Rueda, saca su arma y se dirige al costado del edificio.

En cuanto la niña es tirada, dispara. El arma cae siendo Luna el blanco.

—¡Al suelo!

Esa determinación termina con los disparos. Cientos de curiosos parecen ante la ráfaga. Aquella sonrisa la obliga a vomitar. Aprovechando su descuido, recibe un puñetazo derribando. Su arma es arrebatada, siendo prisionera en el suelo. No previó cómplices. Es un desastre. Sabía que debía largarse. Ruega que sus compañeros hagan acto de presencia.

La boquilla desciende hasta su abdomen. Un disparo y será una víctima. “Ya lo eres”, gruñe ante tal ofensa. Un silbido, seguido de gritos. La sangre salpica su cuerpo, traga al sentir y ver el cuerpo caer en su ser. Las armas se dirigen a la silueta de una mujer.

La gruesa capa cubre sus movimientos. Cada bastardo termina enterrado, clavado o atravesado. Sus habilidades y esa agilidad le permiten acciones importantes e irreales. Luna aparta el cuerpo, retirando la sangre. Congelada. Su labio tiembla, las lágrimas cubren su visión.

Entre la comisión los civiles consiguen resguardar a los niños. Las detonaciones mezclado con gritos no le permiten reaccionar.

—¡Aléjense!

Se retuerce. Una bala atravesó su brazo, inmovilizando. En cuanto la situación la supera su mente la obliga a recordar un mundo que nunca visitó. Esos pensamientos se convidaron con burlas, quejas sobre sus errores. La mujer aprieta los labios. En un movimiento consigue retener y redirigir las balas. Cuello, brazos, piernas, ni uno de pie.

Su mano derecha arriba junto a su pierna del mismo lado hacen un baile. La tierra se sacude haciendo el polvo elevar. Una fina capa que neutraliza la visión. Los disparos se detienen. Luna se incorpora, sosteniendo su hombro. El sonido de hélices despliega el humo, la capucha se sostiene. La castaña es arrastrada, un grupo la cubre, mientras que el tercer lider apunta con su espada a la intrusa.

Luna los aparta. Se levanta, posicionando su mano libre. En cuanto su mirada choca los destellos rojos y oscuros impactan en su alma, el viento se intensifica. El desafío termina al escuchar el grito. El lider corre, no es hasta...

En dos pasos Luna es llevada a un inmenso bosque ardiente. Las llamas déboran árboles llenando el aire con un calor sofocante. En seguida el toque en su hombre la sobresalta. Al girar, su mirada se cruza con la de una mujer, su mirada heterocromáticos resalta ante tal caos. Uno de sus ojos refleja un intenso azul, mientras que el otro arde igual al rojo.

Sin hablar le extiende la mano. Un gesto bondadoso. Luna da un paso atrás, agitada, analiza su entorno. Un campo que pareciera ser su tumba. El contraste entre el caos y la enigmática calma la desconcierta.

—Vete.

Esa voz. La silueta se derrite. Un esqueleto que la hace chocar.

—¡Lárgate!

El retumbido la hace soltar una espada. No la tenía. Se pone en cuclillas, intenta soportar las emociones. Una carga que nunca experimentó.

¿Qué le está sucediendo?

¿De quienes son estos recuerdos?

—¡Suficiente!

El grito hace que sus oídos sangren. En la realidad el líder consigue llegar, en susurros escucha “Matalos” el crujir de la tierra corrompe a Luna. Entre parpadeos distingue su persona. Una copa, solo que su cabello marrón fue reemplazado por la oscuridad

—¡Luna!

Indra, es el nombre del lider. Sus pies son arrastrados. Luna lo llama bastardo. Se miran, cómplices. La mujer clava sus manos en tierra elevando muros que protegen a los civiles, entre el caos eleva la mano haciendo que una tensa neblina los oculte.

Entre lágrimas permite que pase. La mujer consigue llegar, al tocar su hombro el estallido regresa. No debía suceder, es pronto para que recuerde. Murmura un lo siento antes de sumergirla. Nada es lo que parece, piensa Indra al ver el socavón.

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El poco viento mueve las ramas. El crujido de estas parece romper el silencio. Una calma que es reemplazada por el choque del metal. Luna parpadea ante el tono anaranjado del cielo. Se incorpora, llevando la mano a la cabeza; no duele, solo siente los estragos. Vomita. Agitada, lame los labios resecos. No entiende por qué está en un bosque. Recuerda estar sufriendo.

A su alrededor árboles en llamas. Armas clavadas, cuerpos, escombros y heridos. Su falta de tacto ante una imagen grotesca le sorprende. Ha visto escenas desgarradoras. Duele pensar en el sufrimiento, pero en esta ocasión no le interesa. Abismo.

Esa mirada. Tiembla al saber que intentaba acercarse. El pánico regresa. Alguien la toma del cabello, tirando con fuerza. La arrastra fuera del caos. Pasan varios minutos y el agarre se esfuma. Lleva la mano a la zona; es una mujer. Su cabello rubio y un par de ojos zafiro.

—¿No vas a entrar?

—¿Eh?

La mujer se asombra. Eleva los hombros señalando la carpa. Eso no estaba. Asiente. Al entrar, es recibida por diez personas. A juzgar por su apariencia, deben ser de alto estatus. ¿Qué hace ella entre adultos? La que destaca es una señora que cubre su cabello con un trozo de tela y una vendrá que oculta su visión.

—¿Ya tuviste suficiente sangre?

Alarmada, mira a su alrededor.

—Deja los juegos, Artemis.

Estática.

—¡Están a punto de llegar!

El movimiento de su pecho demuestra cansancio.

—¿Qué debemos hacer?

Está soñando. No, es una pesadilla. Luna retrocede. Los mayores se observan incrédulos. Ese actuar no es común, no jamás lo han visto.

—¿Majestad?

Luna mira a los desconocidos, deteniéndose ante la mirada rojiza del tercer líder. Grave error: esto ha llamado su atención. Si antes estaba aterrada, en estos momentos siente que va a morir.

—Mi señora.

<<¡Es tu deber!>>

Las lágrimas brotan. Algo no está bien; no entiende qué hace en una guerra, porque eso es. La joven rubia, claramente menor que los demás, se acerca. Luna se aleja, abrazándose. Medusa, harta de su actitud infantil la toma del cuello.

—Deja de jugar.

—Suéltala, Medusa.

Heterocromía. Es aquella mujer. Sonríe, lo que enfurece a Medusa. La suelta. Agitada, Luna trata de recuperar el aliento. Ve el mapa, pero está aterrorizada que no analiza el entorno.

—Maldita —gruñe.

—No es momento de discutir.

Indra. Luna mira a Medusa, sabiendo que podría traer otro conflicto. Un dato importante: cuando la griega la tomó del cuello, todos se asustaron. Eso da a entender que es importante. Recupera la compostura. Sonriendo, le planta cara. Esa acción hace retroceder a la serpiente.

—¿Podemos concentrarnos en la guerra?

Un hombre corpulento, probablemente un general, lanza una espada manchada de rojo. Luna se aleja, asintiendo. Se coloca en medio, analizando la estrategia. Ni se reconoce. No planeaba ese movimiento, solo lo hizo.

—Estamos perdiendo tropas.

—Las decisiones de la reina nos están costando gente.

Puntos a favor del dragón y la serpiente. Luna nota una inconsistencia: defienden el centro en lugar de los alrededores, a propósito. Eleva la vista. Al separar los labios, el dolor regresa. Retrocede, tumbando los faroles. Tambaleándose, se deja caer. Sus oídos sangran, tose sangre. Le duele el lado derecho del cuerpo; el izquierdo le arde.

La joven coloca las manos, usando algo para apaciguar el dolor. Aprieta los párpados; al abrirlos, nota tierra. Se incorpora llevando la mano a la frente. Está sudando. Luna se levanta al sentir otra presencia. La entrada de la cueva es sellada por una roca. Heterocromía. Son iguales.

—Veo que ya despertaste.

Se quita la capa, dejándola en el suelo. Algunas cadenas caen. Luna se mantiene quieta, observando los movimientos. La evidente sangre muestra preocupación, ¿por qué? Ni siquiera la conoce.

En ocasiones el silencio la come. Sus pensamientos la atacan, siendo sus verdugos. Por eso se mantiene con música o acompañada de gente.

—Deberías descansar.

Huye. Gruñe. Las voces son constantes; debería ir al psicólogo antes de que se agrave.

—Usaste demasiado tu don y terminaste inconsciente.

Escuchó bien. Luna separa los labios, ¿qué debería preguntar? Todo está confuso. Los recuerdos son irreales: no estuvo en una guerra, no es una reina, y sobre todo, la magia no existe. No quiere pensar, no quiere existir... si realmente es real.

<<Perfecto, ya la rompí>>

—¿Sucede algo?

Luma niega. Hablar ya no es su fuerte. La mujer sonríe.

—Nunca pensé ver a alguien igual a mí —murmura.

Culpa. Se está derrumbando. Sola, pero su acompañante debió tener una vida complicada. Luna intenta acercarse. Quiere vomitar, su cabeza palpita. Cierra los ojos; pequeños destellos de la ciudad. Aprieta los dientes. Lleva las manos al costado de su cabeza, presiona con desesperación.

—Debes calmarte, busca tu lugar especial.

Las vibraciones son constantes. Si no logra calmarla, terminara muriendo. En el momento en que Luna sacude su cabeza, nota una cicatriz que cubre gran parte del rostro. Va desde la frente pasando por el iris hasta termina en la mejilla.

<<¡Sí!>>

La mirada de Luna refleja miedo. Suspira; no es el momento de suposiciones. Logra llegar, la toma de las muñecas y las coloca enfrente. Sus miradas se conectan. Puede sentir el pavor. Comprensible cuando tu vida se desmorona.

Tiene presente la guerra, como un participante. Le sonríe, tratando de transmitir calma. Entiende su frustración al no comprender su vida, el qué está haciendo, el por qué está existiendo.

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—Eres real. Solo que no es el momento adecuado para cuestionar.

Luna baja la mirada. Las múltiples marcas, señal aprobatoria.

—Tienes miedo, es normal, al igual que las dudas.

Luna intenta encontrar sentido al recuerdo. ¿Qué sucedió en su niñez?, ¿en la adolescencia?, ¿tiene que ver con la magia?, ¿esos recuerdos?

—El desear recordar es fuerte. No encontrarás la respuesta sufriendo.

—Yo no tengo magia—murmura.

—No es magia. Se le llama don...

Lave levantarse. Sus prendas gastadas y ese olor a putrefacción. No sé había percatado de sus heridas.

—bueno, de donde yo vengo así le llamamos.

—Imposible.

Luna sonríe incrédula. Bufa. La castaña ríe. Le recuerda su vida. Es una guerrera, hija de un ser importante. Hace tiempo que no ve a su familia. Las circunstancias la obligaron a adaptarse. Todo tiene un propósito, un porqué. Solo los dioses sabrán qué sucedió aquella noche. Espera que su búsqueda haya terminado.

—Los dones pueden ser maldiciones.

Luna la observa sentarse.

—Mi vida ha estado cambiando durante bastante tiempo.

—¿Por qué no regresaste a tu... mundo?

Ríe. Su ingenuidad le remarca que no es su amiga. Esa sonrisa desaparece. Es una reina y a una si no pudo proteger el futuro.

—Desde tiempos inimaginables, la guerra ha sido un tabú.

—Aquí también hay conflictos.

—Los dioses son nuestro gobierno.

Luna borra la sonrisa. Eso no lo esperaba. La mujer suspira; si tiene un don, quiere decir que la trajeron a la fuerza.

—Estás hablando de Zeus, Hades y de todos los demás, ¿cierto?

—Sí.

Los dioses son los sobrevivientes. Sus descendientes son todo lo que queda en este tiempo.

—Sigo pensando que estás loca.

—Lo mismo digo —farfulla.

—¿Eh?

Luna parpadea. Le acaba de decir loca.

—Invocaste a un estúpido dragón antes de que te rescatara.

Luna se desploma. La mujer se levanta aterrada. Quebrada, intenta mantenerse serena. Todo lo que ha conocido no sirve: sus investigaciones, su trabajo... nada de eso le sirve. Débil, intenta levantarse.

—Me encontraba corriendo —su voz es jadeante.

Luna eleva la vista. Todo rastro de frustración se ha ido al ver la mirada vidriosa. Esa pequeña oración está cargada de cansancio y frustración.

—Intenté llegar a mi amiga —se muerde el labio.

—No es...—susurra.

—Creí poder salvarla —aprieta las manos en la tela. Intenta contener el llanto.

—No quiero saber.

Luna tapa los oídos. No desea involucrarse.

—¡Escucha!

Con furia, la toma de los brazos, sucediendo. Luna atemorizada. Se desmorona su fortaleza. La confianza que estaba creando.

—Te vi, me recuerdas a ella. Maldita —la empuja.

Luna cae de asentaderas.

—¡Creí que moriría, por un carajo!

La estructura se agrieta.

—¡Todo lo que conozco desapareció!

¡Mis amigos me odian!

¡Tuve que asesinar para vivir!

Esa mirada atemorizada. Sí, ya la reconoce. Estaba en esa reunión. No fue un sueño; realmente sucedió.

—Eras tú.

La señala. Se detiene. Agitada, siente que las vibraciones aumentan.

—Irá.

—¿De qué hablas? —risa cortada.

Las palabras se le traban. Luna se levanta.

—Te conozco.

Retrocede. Un adulto que teme a un niño. No es cualquier niñito; estamos hablando de personas con dones. Cualquier daño a la cueva terminará por sepultarlos.

—¡Responde!

Ese brillo. Retrocede.

<<¿En serio la vamos a lastimar?>>

Luna da dos pasos, suficientes para retumbar el suelo.

—No eres una guerrera, solo un infante con una memoria de mierda.

Estruendo. Fuera, una tormenta se hace presente. Otro sonido. Luna cae de rodillas, cubriendo los oídos. Cierra los ojos. Verla es algo triste. Alguien con un don único pudiera tener un pavor. La trataban como a un animal.

El estruendo la hace levantar la cabeza. No puede ver, solo escuchar. Encadenada, enjaulada en su propio miedo. Pasos, gruñe. Le cuesta regresar, volver a sentir el metal atravesar sus entrañas, su alma.

—No vendrán.

Luna se niega a escuchar. Está aterrada, algo de ese sonido le perfora el cerebro.

—Nadie te hará daño.

Se acerca colocando las manos en los hombros.

—No estás sola. Ellos no te están esperando.

Luna, con dificultad, aparta las manos. Otro estruendo la aturde. El brillo se desvanece, mostrando un intenso negro que se extiende en el iris. Se levanta, camina y llega a la pared.

—Oye.

Intenta acercarse. El repentino golpe la hace retroceder. Luna golpea su cabeza, una, dos, tres. Con horror cubre su rostro. No quiere recordar. Los golpes se vuelven frenéticos, el olor a sangre. Le gusta, relame los labios, los dientes.

<<Déjame salir>>

Contiene un gruñido. Luna tiene la mirada perdida, apagada, de un tono azulado. Dos mujeres, una reacción diferente. Al mismo sentimiento. La tormenta se intensifica, el frío se va adentrando.

—¡Suficiente!

Invoca un martillo que golpea el suelo. Agitada observa la grieta. Luna parpadea. No entiende por qué mira una mancha. Siente calor, toca. Es su sangre.

—¡Mierda!

La mujer lanza el artefacto a la pared, trozándola. No hay nadie que pueda calmarlas. Luna traga saliva, a paso torpe logra llegar.

—Tranquila —musita.

Debe darle seguridad, que está en un lugar a salvo. La ayudó, la ha estado cuidando. Es una extraña, así que siente que debe ayudar. La mira, azul, aún no ha desaparecido.

—La que debería estar preocupada soy yo.

—Solo— Luna acalla.

—¿Qué pasó por tu mente?

Luna ladea la cabeza. Está bien, eso ya no es normal.

—¿De qué hablas?

—¿Lo has olvidado?

Luna toca su frente. Se aleja espantada. Si al principio estaban confundidos, pues déjame decirte que esto solo es una pizca. Vendrán cosas peores, pero olvidemos eso y regresemos al clímax de este día.

—¿Qué? —su labio tiembla.

Cristalino. El tono café, sí que es un trastorno. Solo ve a una niña que busca a su madre. La abraza, colocando su cabeza en el pecho. Los latidos le permiten relajarse.

—No te diré, por más que me insistas. No pretendo darte una imagen.

—Okey —murmura.

Luna agradece ese gesto. En su trabajo la tienen catalogada como lunática. Ha tratado de mejorar, aun así los sonidos la aturden, estresan y angustian. Resultado de un trauma desconocido. En la agencia tienen una leyenda. Esta dice que si te atreves a buscar en la oscuridad, podrás encontrar la verdad. Verdad o mentira, eso depende de la persona.

—¿Segura que eres normal?

La mira con furia.

—Solo decía.

La mayor se aleja riendo. Bien, ¿por dónde iniciar? Existen diferentes clanes. Entre ellos están los trastornos. Seres desquiciados con un propósito: ser libres. Solo ellos pueden materializar sus miedos a través de su cuerpo. Nadie le puede ganar. Si sobrevives, ten en cuenta que morirás.

—¿Necesitas algo?

—Te oyes como mi madre.

La castaña ve el suelo. Eres igual a mi madre, Artemis solía decirle. La va a proteger. Luna es desconfiada, eso ha quedado claro, pero lo que no sabían es que tiene amigos. Litzy y Adofo, los cercanos.

Litzy era una hacker. Se infiltró. Estaba en Inglaterra, todo estaba de acuerdo con el plan. Era una de sus misiones iniciales. Salió a la perfección, la convenció de participar. Por su parte, el líder de a poco se ganó su confianza, siendo algo imposible los primeros días.

—Intenta calmarte.

—¿Para qué?

—Sé que no me escucharás, pero tengo el presentimiento de que tu don está ligado a las emociones.

—¿Cómo es eso?

—Sí que eres una niña.

—Estoy intentando comprender.

Le sonríe. Los estruendos la alertan, la ve temblar. Pisa, haciendo escaleras.

—¿Y eso?

—Bajemos, no quiero tener que matarte.

Luna asiente. Al estar debajo, la tierra se expande. Un pequeño refugio.

—Mi nombre es Elipsis.

La mira confundida.

—Es mejor saber nuestro nombre, ¿no crees?

—Soy Luna.

Elipsis suspira. Intenta encontrar palabras. Debe hallar la manera de explicar el dominio de los dones. Se conforma por tres: mente, cuerpo y emociones, siendo este último un peligro. Al nacer no lo obtienes. Este aparece conforme los traumas se generan. Pueden no tenerlo, o solo ser un recuerdo que te seguirá.

—Escucha con atención, Luna. Existen tres formas de activar el don. Pensamientos, movimiento y emoción.

—¿Peligro?

—Déjame explicarte. Obviamente, las dos primeras son fáciles de entender, lo que complica todo es la última. Nadie entiende cómo funciona. Depende del portador saber controlarse. Al estar ligado a los sentimientos, es fácil caer en la desesperación.

Luna asiente. La explicación es básica, fácil de comprender. Un crujido y sacudida la derrumba. Parpadea, tirada.

—No debí involucrarme.

Masajea el cuello. Se acerca analizando. Debe regresarla, antes de que alguien encuentre el escondite.

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Máquinas, voces, pasos. Luna despierta, se incorpora. Mareada, intenta moverse. Baja la mirada, está esposada. Mueve las manos. El metal choca. Agitada, el sonido de la alarma, las luces. El pesado metal en la piel.

Luna ha odiado ese contacto. Usa suéteres que cubren la piel. Posee cicatrices que no recuerda. Tiembla, está acorralada, la oscuridad la consume. Los objetos levitan. La corriente la rodea, atrae los instrumentos. Un espejo, una mirada, una sonrisa.

Está presenciando el don. Artemis nunca la ha dominado, ahora Luna es la jugadora. Un cambio abrupto, pero conveniente. El crujido de la puerta lo hace desaparecer. Los golpeteos de la puerta, los constantes gritos. Sofocada, logra romper, liberarse. Con desesperación cubre los oídos. Cae. Adofo corre, los objetos lo impiden. La temperatura desciende.

—¿Qué demonios?

—¡Se los dije!

Indra llega junto a dos mujeres: Deidara y Anastasia. Sorprendidas se miran, asienten. Usando el hielo, crea un muro, impidiendo que los objetos los lastimen. Su acompañante trata de acceder a la mente. Fracasa. No le permiten.

—¿Qué hacemos?

—¿Tienes un plan, Anastasia?

Mira a Deidara. Su atuendo verdoso la ayuda.

—Sí. Mantengan el caos en la habitación.

Usando magia oscura, rompe la realidad. Pequeñas fisuras se extienden, atrayendo a todos. El creciente tornado ha desaparecido. No, lo trasladó al bosque.

—Malditos.

Busca alrededor. Aquella voz la reconocen, siendo imposible. Lleva siglos cautiva. Indra gruñe. Deidara, junto a Adolfo, consuelan a Luna. El resto solo existe. Años después, cuestionando la decisión de sus padres ante la guerra. Vivieron la devastación, no fueron partícipes.

—¿Creen que esté lista?

El llanto los destroza. El crujido y el grito los alerta. Litzy llega, junto a dos hombres. Fueron informados, solo que al llegar no esperaban ver a los altos mandos. Reverencia, manteniéndose fuera.

Luna, por su parte, es ajena a la situación. Desorientada. Los gritos son cercanos, casi en el oído. Un segundo, solo eso bastó para que el filo de una espada se incrustara en el mármol. Los líderes retroceden, tiemblan, el corazón acelera.

Un arma maldita, que ha traído tragedia a los portadores. Se forjó con las alas del fénix. Huitzilopochtli, junto a Hefesto, crearon dos armas: la espada y la daga. Juntas son indestructibles; separadas son una maldición. Cada una fue forjada en condiciones extremas, el frío y el fuego.

El sonido de las pisadas hace que pongan cada extremo de la puerta. Una mujer de cabellera castaña y mirada azulada. La primera líder ha llegado. Camina hasta poder apreciar la espada. Al tocarla, una descarga se extiende por el brazo. Aprieta los dientes, el ardor la hace retroceder. Piel quemada. La sexta socorre, colocando las manos.

Litzy puede ver una sombra dentro de la espada. Desconfiada, intenta acercarse. La primera la sostiene de la muñeca. Luna solo está quieta, los gritos se detuvieron en cuanto llegó el arma. Ante la llegada de Luna, el ambiente se distorsionó. Querido lector, déjame decirte que apenas empieza. Los líderes se observan, asienten. Es momento de actuar, de acabar con...


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