Vista fija en el objetivo

Summary

Aferrándose a su cordura, Leo apretó las manos sobre los mangos de sus katanas hasta que comenzó a sentir dolor. —¡Esp-era! —ella lo llamó. Maldito fuese él por no poder resistirse a la dulce voz de una dama… aunque esta fuese ahora algo indigno ante sus ojos. Tal vez su padre, Splinter, tuviese el pequeño defecto de encontrar muy atractivas a las chicas malas, y no le importase revolcarse con un par de ellas de vez en cuando, pero ese no era su caso; Leo le dejaba eso a Dee. —¿Qué quieres? —Me has… salvado… ¿y no quieres nada a cambio? —Cariño —bufó irónico—, en lo que a mí respecta, yo no te he salvado de ninguna mierda; no quiero siquiera pensar a cuántos pobres idiotas han asesinado. 【Omegacember. Día 7: Celos.】

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo único

Disclaimer:

Rise of the Teenage Mutant Ninja Turtles (2018) © Kevin Eastman/Peter Laird / Nickelodeon.

Las Crónicas de la Media Luna de Venus© Adilay Vaniteux/Reine Vaniteux


Día 7: CELOS.

Ship: Leonardo (delta) x Alopex (gamma).


Durante todo el año, el Señor Hueso tenía en su restaurante a todo tipo de criaturas, la mayoría eran agradables y/o divertidas; Leonardo personalmente gustaba de visitar el sitio y a su propietario (a quien veía como un tío al qué recurrir cuando Splinter no estaba cerca y necesitaba consejos de alguien mayor) aún si iba solo. Pero en épocas de apareamiento, la cosa cambiaba un poco. Había imbéciles por todas partes queriendo fanfarronear sólo para conseguir a la pareja (o parejas) que querían; el asunto era que a Leo le gustaba demostrarles que, por mucho que presumiesen, no eran más que basura.

Durante todo el año, Leonardo Hamato trataba de ser disciplinado y correcto, enfocarse en su deber, ser algún día el “gran y poderoso Leo” que Casey recordaba; la mayor parte del tiempo no lo lograba, para sorpresa de nadie. El asunto era que en estas fechas, ni siquiera lo intentaba.

—Menos mal que estás aquí —le dijo el yōkai huesudo apenas lo vio pasar a su negocio; había estado esperándolo—. Odio con toda mi alma estas fechas; ¿por qué esta bola de salvajes no puede sólo encerrarse en una celda y no salir de ahí?

Calma, calma, amigo —dijo Leo en español, el cual llevaba practicando desde la cuna—, esto será, como dices: pan comido.

—Mientras el pan no sean mis mesas o mis paredes, estaré bien —resopló, esperando no haber cometido un error.

Quizás debió pensarlo mejor.

—Tú sabes que puedes contar conmigo para este tipo de situaciones —afirmó Leonardo con una sonrisa pícara—, sólo observa.

Leo dejó al Señor Hueso y caminó un poco por el lugar. El restaurante estaba lleno. La mayoría, montones de yōkais sin nada mejor que hacer que estar molestando. De todos ellos de diferentes formas, tamaños, colores… y olores.

Al cabo de un corto tiempo, Leonardo se tapó la nariz con desagrado al oler a unos cuantos, pero admitía que otros tenían aromas deliciosos. Para su desgracia, la combinación de todos estos le lastimaba el olfato.

«Menos mal que Raph no está aquí» pensó agradecido de haber dejado que su hermano mayor se fuese solo a buscar a su padre. Ojalá no se apareciese por aquí o moriría por el hedor.

Pobre Raph, tan preocupado estaba por Dee, quién hace poco había dejado la guarida sin avisar y se había marchado a quién sabe dónde, a hacer quién sabe qué. A Leo no le importaba ni le preocupaba; sabía que su hermanito estaría bien; el presumido genio loco podría ser de caparazón blando, pero no era frágil.

Y hablando de frágiles…

Un montón de yōkais alfas no le quitaban la mirada de encima. Esos bastardos solían ser un fastidio para los yōkais delta, quienes estaban por encima de ellos en la jerarquía, pero ellos se negaban a aceptar su inferior realidad. La mayoría eran territoriales y mezquinos; si por algo no eran considerados parias, era porque en su mayoría, los yōkais nacían o alfas u omegas; lo que les tenía en una posición algo privilegiada e inmerecida.

—¿Qué miras, estúpido? ¿Buscas una verga que chupar o qué? —le preguntó uno de ellos a Leo, quién alzó una ceja.

—No te proyectes en mí, pequeño pedazo de porquería —le respondió sin inmutarse. Leo hoy no buscaba nada salvo hacer un favor a Señor Hueso—. Si te gusta, no tienes por qué imaginarla, ruégala, apuesto a que cualquiera de esos con los que estás, te la darían sin problemas.

—¡¿Buscas pelea?!

—¿Contigo? No, sería un poco desigual —su mano derecha se acercó a una de las fundas de sus katanas; desenvainándola, apuntando hacia ellos—. ¿Qué te parece esto? Todos ustedes tratando de hacerme un rasguño. Si alguno lo logra, su premio será mamármela por una hora. —Se rio al verles las caras enfurecidas—. ¿Qué dicen?

—¡Te quieres morir!

—¡Maricón de mierda!

A Leo eso último no le ofendió; él había descubierto bastante temprano su orientación bisexual; jamás había tenido prejuicios contra los diferentes gustos (a menos que estos incluyesen a menores de edad, lo que sí lo asqueaba y enojaba) por lo que, cuando descubrió los suyos, supo abrazar muy bien su grandiosa cualidad que era la de poder sentirse atraído por ambos géneros. Adoraba a las mujeres y hombres casi del mismo modo. Por otro lado, también era algo selectivo, por lo que jamás en esta vida no permitiría nunca que su verga fuese tocada por alguno de esos cerdos asquerosos. Aun haciéndole un millón de rasguños, cosa que, por supuesto, no lograron.

Leo trató de ser cuidadoso con el lugar, pero un par de mesas y trastos tuvieron que ser sacrificados por un bien mayor.

Uno a uno, los idiotas fueron siendo apaleados por Leo y enviados a diferentes sitios gracias a su poder místico para abrir portales. Uno de ellos fue a parar a un lugar llamado Tombuctú. Los otros a distintas partes de Hidden City. Una vez que terminó, se giró hacia los otros clientes; alfas, omegas, otros deltas como él y uno que otro gamma.

—Las reglas aquí son claras; ni un rasguño al restaurante o el siguiente visitará la Dimensión de los Kraang —los amenazó, ahora siendo más serio; todos aquellos de naturaleza no dominante se asustaron ante la mención de los alienígenas que por poco los destruyen a todos por igual—. ¿Alguna duda o queja? —espetó.

Un par de alfas negaron con la cabeza, sin dejar de verlo con ansias de golpearlo; menos mal, tuvieron mejor criterio que los otros y volvieron a lo suyo.

La calma volvió al restaurante.

—Señor Hueso, debo irme —dijo Leo acercándose al comerciante, que para variar se sentía triste por las pocas pérdidas que había tenido esta noche en su trabajo—, llámeme si tiene problemas otra vez. Debo buscar a Dee, Raph está un poco preocupado por él y el idiota tiene días sin reportarse.

—Entiendo, muchas gracias, Leo. Espero que los que se queden no se desvíen apenas te vayas.

—La próxima vez no les pediré nada, sólo los mandaré lejos. Usted sólo llame.

El Señor Hueso asintió con la cabeza y le dejó ir.

En la oscuridad apenas iluminada por las luces fosforescentes de los negocios nocturnos, Leonardo caminó por algunas calles de Hidden City en busca de Dee.

«Si el idiota al fin cedió a sus instintos, seguro debe estar por aquí cerca. No hay más concentración de yōkais en busca de sexo que las que hay por estos sitios».

Leonardo iba sin preocupaciones; a diferencia de muchos otros yōkais, él era de los pocos que no eran gobernados por los instintos reproductivos de estas fechas; los aromas de chicas y chicos, si bien lo atraían un poco, no le hacían perders…

Sus pies se detuvieron en seco. El aire olió un poco distinto.

«¿Mochis?» se preguntó confundido, irónicamente, olfateando al frente como si fuese un perro.

Siguió el aroma, apartando a varios tontos. Una vez que sintió aproximarse, notó que más y más gentes; en su mayoría varones; estaban rodeando una alta tarima callejera. Como si estuviesen a punto de presentar un espectáculo.

—¿Pero qué…? —Leonardo se quedó algo frío y caliente con lo que vio.

Blanco, azul, dorado… desnuda.

Grilletes unidos a cadenas, en sus muñecas, patas inferiores y cuello. Con su humedad tan húmeda que se veía sus fluidos escurrir por entre sus piernas anchas, cubiertas de delicado pelaje. Caderas grandes, cintura pequeña; alargada cola esponjosa que se menaba de un lado al otro… una mirada perdida, dorada como el oro, ensombrecida por la lujuria, con la que miraba a todos los que la observaban con demasiada hambre.

Para su mala suerte, Leonardo no fue inmune a eso. Pero algo de raciocinio lo hizo preguntarse, ¿por qué?

Ella era atractiva; demasiado atractiva; olía fantástico y su apariencia actual era la adecuada para atraer a estúpidos como los que ya estaban comenzando a salivar por estarse conteniendo.

—Esta pequeña zorra, literalmente hablando… —se rio una comadreja yōkai, macho, viejo y horrible, que sujetaba la cadena que se alojaba en el delicado cuello; con violencia, tiró de ella, haciéndola ponerse en cuatro patas, de rodillas. Todos los presentes hicieron sonidos y comentarios obscenos—, está lista para cualquiera que pueda pujar por ella; puedo asegurarles que es virgen y tiene mucho de omega en su interior para satisfacerlos por semanas enteras. Empezaremos la subasta con… diez mil.

¿Una subasta de yōkais?

¡¿Esto era legal?!

«Da igual si es legal o no; esto está muy mal». Leonardo sacudió su cabeza, tratando de enfriarla; lo cual no era fácil considerando que, con toda seguridad, aquella yōkai había sido drogada para intensificar su aroma y nublarle la conciencia. Había sólo que verle los ojos. Además, Leo no había pasado por alto algunas cortadas que se veía estropeando su limpio y hermoso pelaje blanco.

—¡Diez mil! —gritó uno.

—¡Diez mil quinientos!

—¡Once mil!

—¡¿Once mil a la una?! —exclamó la comadreja, emocionado—. ¡Once mil a las dos! ¡¿Escucho doce mil?! ¡¿Doce mil?!

—¡Doce mil!

—¡Tenemos doce mil! —gritó tirando de la cadera de ella, quien soltó un suspiro melodioso; más de uno ovacionó—. ¡¿Alguien ofrece más?! ¡¿Acaso este húmedo y rosado culo no vale más?!

A pesar del intenso calor en su cuerpo, Leo se sintió curioso, pero más que nada, un poco triste por ella. ¿Cómo habría acabado así? Si sus sospechas eran ciertas, la venta de esclavos y esclavas sexuales aún no era un delito en Hidden City, ¿y cómo iba a serlo si una de sus atracciones más populares era la Batalla de Nexus de Gran Mamá?

En teoría, él podría actuar como el héroe que se decía ser, y luchar contra todos estos yōkais de pacotilla… pero algo le detuvo. ¿Sería sensato meterse ahora mismo en un enjambre estando solo y con un centenar de yōkais en una ciudad tan enorme como Hidden City?

Era claro que el comprar a alguien era repudiable por buenas razones. Pero se dijo que, podría salvar a una chica peleando ahora mismo, o quizás podría averiguar el modo de salvar a muchas más, siendo sigiloso y prudente por primera vez en su vida.

Sus acciones solían ser más rápidas que sus palabras, la mayoría del tiempo.

—¡Quince mil! —se oyó exclamando tan alto que la comadreja lo oyó, aún estando algo lejos. «¿Qué haces, Leo?» se cuestionó a sí mismo, y del mismo modo se respondió, «quizás ella sepa dónde se hallan más prisioneras; si logro tener esa información, quizás mis hermanos y yo tengamos algo que hacer este mes».

—¡Quince mil! ¡Quince mil a la una…!

—¡Dieciséis mil! —gritó otro.

Haciendo un gesto facial que denotaba peligro, Leo se sintió enfadado. Pronto se tomó esto personal.

—¡Veinte mil! —alzó aún más la voz.

—¡Veintiún mil!

—¡Treinta mil! —gritó a punto de perder su poca cordura; ya no sólo porque tuviese ansias de follar con la atractiva zorra blanca; sino porque alguien se estaba metiendo en su camino.

Por otro lado, no quería (o bueno, su lado salvaje sí quería) tener sexo con ella; pero sus ansias de desmantelar un grupo de claros esclavistas le podían más. Si quería llegar a un sitio donde pudiese hacer un bien, ella era su entrada perfecta.

—¡Treinta mil! —se emocionó la comadre.

Leo miró de reojo a cada yōkai que tuvo cerca; todos los vieron de regreso, pero no tenían cómo vencerlo.

Eso es.

—¡Treinta mil a la una…! ¡Treinta mil a las dos…! ¡VENDIDA! ¡Por treinta mil!

Un minuto…

¿Treinta mil, qué? Ah, sí. Dinero. ¿Tenía ese dinero?

«No… pero Dee seguro que sí», y así se despreocupó.

Cuando se le llamó para pagar, aprovechó la distracción del encargado que le habló para abrir un portar pequeño que daba al escritorio de Dee; bajo su escultura (una obra de parodia al narcisismo) de metal, encontró una tarjeta. Dee siempre cambiaba de lugares para, según él, ocultarla de sus hermanos; pero este era el escondite más usual, y Leo se consideró con suerte.

«Por favor, que tenga dinero» rogó, esperando que su hermano siguiese haciendo trampas con la lotería o en las transferencias bancarias de dudosa procedencia.

El yōkai que lo escoltaba hacia un callejón, le pidió esperar afuera de una puerta de madera.

«¿Será aquí donde tienen a las prisioneras?» se preguntó a punto de lanzarse hacia sí mismo ahí adentro y averiguarlo.

—¿Tienes el dinero? —le preguntó la comadreja, saliendo del pequeño sitio de dos pisos.

—¿Tienes a la zorra? —hizo un gesto, «no dije “zorra” como insulto» pensó, diciéndose que debería llamarla de otra forma.

—Claro que tengo algo para ti —dijo el tipo, perversamente, chasqueando los dedos.

Un grupo de 14 yōkais con apariencias de distintos babuinos lo rodearon y comenzaron a atacarlo.

«Lo sabía, todo ese acto era un “caza-bobos”» Leonardo se guardó bien la tarjeta de Dee y desenvainó sus katanas—. ¡Así me gusta! ¡Denme un buen motivo para mandarlos a tomar el sol al Triángulo de las Bermudas!

No fue sólo un chiste; se aseguró de mandarlos a todos ellos a ese sitio con ayuda de sus portales y flexibilidad en combate; y gozó haciéndolo, para cuando sólo quedó la comadreja, que trató de huir; Leonardo le lanzó el filo de su katana en dirección a una de sus piernas. La fuerza con la que lo hizo fue tal que lo estampó contra la pared, atrapándolo y haciéndolo gritar de dolor.

—¡Espera! ¡Por favor!

—¡¿Dónde están las chicas?! —lo apuntó con la punta de su otra katana—. ¡¿Ahí adentro?! —señaló la puerta—. ¡¿A cuántas has vendido?! ¡Dímelo ahora o te iré dividiendo parte por parte hasta que seas sólo un rompecabezas!

Normalmente no hacía amenazas tan agresivas, y cuanto menos las cumplía, pero estaba tan enojado por la situación y cediendo de sexo (gracias a la droga que Leo podría decir que esa pobre chica había sido obligada a ingerir) que estaba a punto de mostrar su peor cara.

—¡No vendo mujeres! —gritó, pálido y a punto de morir por el miedo de verlo acercándose.

—¡¿Ah, no?! —sonrió enfadado, alzando su katana en su dirección, a punto de comenzar a cortar—. ¡Eres un mentiroso además!

—¡No, por favor!

—Es mi tío.

Leo detuvo su ataque cuando… la oyó.

Miró hacia atrás y se encontró con la misma chica zorro de pelaje blanco, ahora sólo vistiendo un vestido raído color marrón. Parecía adormecida, y seguía oliendo jodidamente bien.

—¿En serio? —Leo no se dejó tentar—. ¿Y, tu tío te tiene vistiendo a diario la última moda de los esclavos de los años veinte antes de Cristo y la colección de Adán y Eva para estas noches de primavera?

—¡Imbécil! —gritó la comadreja—. ¡Jamás dejaría que nadie tocase a mi sobrina!

El insulto estaba de más. Eso le costó a la comadreja que Leo apuñalase su hombro con mucha fuerza, sin dejar de ver a la chica, por supuesto. Quien, además, seguía teniendo los grilletes en su muñecas, tobillo y cuello.

—Déjame adivinar, entonces —movió su muñeca, en círculos, cortando y moliendo más de la carne de la comadreja, que gritaba—. ¿La usas como carnada para atraer a los degenerados, matarlos, robarles su dinero y pasar al siguiente sitio de cacería?

Ella no respondió; tal vez no estaba pensando bien, o quizás se le había ido el valor.

—¡Maldito! —exclamó la comadreja.

—¿En serio eres su sobrina? —Leo siguió preguntándole a ella—. ¿Te prestas para esto? ¿Eres su cómplice?

De nuevo, ella no respondió. ¿A cuántos imbéciles habrán matado en su camino? Quizás no todos merecían ese destino. El comprar a alguien era repudiable… pero…

—Yo…

—¡Lex! ¡Mátalo! ¡Mátalo antes de que…!

La voz de la comadreja volvió a ser sólo un coro de gritos dado a que Leonardo volvió a mover en círculos el filo de su katana.

—Cállate. Ya no estoy hablando contigo —dijo mirando fijamente a… Lex, ¿sería el diminutivo de algo? ¡Vamos, Leo, céntrate!—. ¿Y bien?

Ella apretó sus labios. Se negaba a hablar. ¿Por qué? Además, Leo prácticamente estaba torturando a su tío, ¿no debería mostrarse preocupada al menos? En su cara sólo había un vacío enorme apenas iluminado con un poco de deseo sexual. La droga aún estaba en ella, y Leo podía olerla… a ella le gustaba verlo siendo agresivo con su tío.

—Dime, Lex —gruñó su nombre, deseoso de al menos poder masturbarse un poco después de esto—, ¿quieres que lo mate?

Al fin algo cambio en la mirada de ella.

—¡No, Lex! —gritó él.

—Sí —susurró, con un tono de voz bastante sugerente—. Mátalo… por favor —jadeó lo último.

Quizás se arrepentiría de eso más tarde, pero Leo ya no estaba pensando con tanta claridad. Alzó su katana, y de un rápido movimiento hizo una línea azulada muy delgada que fue de lado a lado del cuello de la comadreja, que se quedó quieta, en silencio. Luego su cabeza cayó al piso haciendo un ruido seco. La extremidad rodó un poco, quedando el rostro pegado al suelo.

Leo entonces tomó su otra katana y la sacó del cuerpo muerto; miró a Lex con deseo, pero también con enfado.

Y pensar que la creyó una víctima.

—Lárgate de mí vista o muere también —amenazó, alejándose de ella.

—Creí que querías…

—Creíste mal.

Aferrándose a su cordura, Leo apretó las manos sobre los mangos de sus katanas hasta que comenzó a sentir dolor.

—¡Esp-era! —ella lo llamó.

Maldito fuese él por no poder resistirse a la dulce voz de una dama… aunque esta fuese ahora algo indigno ante sus ojos. Tal vez su padre, Splinter, tuviese el pequeño defecto de encontrar muy atractivas a las chicas malas, y no le importase revolcarse con un par de ellas de vez en cuando, pero ese no era su caso; Leo le dejaba eso a Dee.

—¿Qué quieres?

—Me has… salvado… ¿y no quieres nada a cambio?

—Cariño —bufó irónico—, en lo que a mí respecta, yo no te he salvado de ninguna mierda; no quiero siquiera pensar a cuántos pobres idiotas han asesinado.

—Sabías que no era mi tío.

Leo contuvo una risa.

—Digamos que no les vi ningún parecido —Leo se giró, mirándola por encima del hombro, con los ojos entrecerrados.

—¿Vas a sermonearme? —sonrió sin ninguna emoción en especial—. ¿Acaso no fuiste tú el que estuvo a punto de ofrecer treinta mil por joderme?

Borrando su sonrisa burlona, demasiado rápido, Leo sacó la tarjera de tu hermano, sólo para comprobar que Dee había sido más astuto que él, pero en esta ocasión, eso jugaría a su favor.

Le lanzó a sus patas, la tarjeta de la pizzería favorita de su hermano, la cual en una cara estaba la imagen de una tarjeta de crédito, la que Leo había visto, pero él se la lanzó para que ella viese el otro lado de esta.

Lex miró la tarjeta y luego a él.

—No soy un estúpido. Y si tuviese treinta mil, en mi puta vida, pagaría por joder con alguien —respondió aferrándose a su dignidad y honor. Sí, incluso ahora, estaba muy excitado oliéndola, pero no era un animal… al menos no en un mal sentido. Su padre lo había criado mejor que eso—. Ahora fuera de mi vista.

—¡Espe…!

Lex estiró su mano hacia él, pero Leo lanzó una bomba de humo, impidiéndole acercarse; cuando ella dejó de toser y mirar de nuevo, él se había ido.

Alopex reconocía que haberse confiado había causado su desgracia.

Como caza-recompensas, su anonimato debía mantenerse, costase lo que costase. Ella era una adicta a su trabajo; motivo por el cual el dinero no era un problema; el problema era la temporada de apareamiento. Olvidando haberse preparado para eso desde antes, ella trató de buscar un supresor en medio de Hidden City, cuando su naturaleza ya estaba haciendo lo suyo; y lo peor es que había estado tan concentrada en buscar su medicamento y/o un compañero nocturno, que no se percató de que había estado siendo asechada; algo que en sus cinco sentidos habría visto a kilómetros.

Cuál presa fácil, Alopex de pronto sintió un piquete, de algo tan pequeño como un alfiler, en su nalga izquierda. Al poco tiempo, su conciencia se fue evaporando y lo siguiente que supo, era que su celo estaba descontrolado, que estaba desnuda y provista de toda prenda, encadenada en la esquina de una pocilga, con muchos ojos viéndola con deseo… pero no sólo sexual.

»La zorra es atractiva —dijo uno de ellos.

»Wow, ¿te imaginas cuánto estarán dispuestos a pagar por joderla? —preguntó otro de los babuinos, cuyos nombres ella nunca se quiso aprender. La comadreja, quien era el líder de ese pequeño grupo, se rio con malicia.

»Claro que lo sé, imbécil, por eso la traje.

Alopex se sintió muy estúpida por ese descuido tan garrafal. Su castigo fue ser el entretenimiento de esos babuinos por días y noches enteras; mirándola revolcarse por el suelo, ansiado una verga adentro de ella. Incapaz de tocarse o darse siquiera un alivio cerrando sus piernas; y sólo por no mencionar las veces que tuvo que hacer sus necesidades enfrente de ellos, adentro de una cubeta.

Los días más desagradables de su vida. Y eso que había tenido muchos de esos en su niñez y adolescencia, mayormente marcadas por el abandono familiar y un talento innato para las artes marciales que no tardó en aprender de una yōkai madura que la encontró, literalmente, buscando comida en la basura y le dio la opción de seguirla, aprendiendo el oficio de cazar a otros yōkais por dinero. Ella le enseñaría todo lo que necesitaría saber, y Alopex le recompensaría con un porcentaje de sus ganancias.

Seguro su maestra se enfurecería cuando se diese cuenta de todo por lo que Alopex había pasado, por el simple hecho de haber bajado la guardia por no comprar sus supresores a tiempo.

—Joder… —resopló ella, echando una mirada a su alrededor.

Al menos sus captores ya no eran un problema para ella; lo malo era que estaba muy atrasada en su misión. ¡Qué tonta y descuidada! Capturada por unos maleantes, drogada, desprendida de toda su dignidad, y usada para atraer a los incautos urgidos de sexo.

Y para colmo, su salvador, de un auténtico y delicioso aroma a “planta de romero”, la sermoneaba. Una tortuga sobrecrecida de dudosa reputación. Según él, no planeaba comprarla, ¿quería hacerse el héroe, rescatándola, o algo así? ¿Sería creíble su acto? Alopex no estaba segura de que él fuese tan moral como para no haberse aprovechado de ella de haberlo podido hacer, pudo oler su excitación, pero vio y oyó su negatoria a recibir alguna recompensa por haberla liberado. No estaba segura de nada, y eso no era normal en ella.

—Esto es un desastre… —sintiendo otra vez mucho calor en su cuerpo, gracias a la droga que se le ha estado inyectando por varias noches, no sentía que pudiese encontrar alivio en atenderse a sí misma—. Siento… tanto… calor…

Siendo atacada por constantes espasmos que hacían vibrar su cuerpo entero, Alopex ya no pudo sostenerse a sí misma y cayó. Sus rodillas pegaron al suelo y estuvo a punto de ponerse a gatas otra vez, haciendo esos ruidos vergonzosos; todo gracias a los efectos insanos de ese químico. Que le nublaron el juicio, pero le daban el suficiente raciocinio para torturarse más al darse cuenta de que otra vez estaba comportándose como una gata en celo y no había nada que pudiese hacer para detenerse.

Gruñía, pegando su mejilla derecha al piso. Alzaba su culo desnudo, moviendo su cola a un lado, dejando al aire libre su humedad, meciéndola de un lado a otro.

—Ayuda… por favor… cualquiera… —suplicó; pero aún no estaba del todo lúcida para saber si rogaba por atención médica, o sólo por algo de alivio sexual. Tal vez ambas.

Durante su cautiverio, no la habían dejado siquiera tocarse, motivo por el cual Alopex ansiaba que todos ellos estuviesen ardiendo en el infierno; todo el tiempo estuvo encadenada. Apenas y había sido alimentada con semillas y un poco de agua. Tenía tanta hambre…

—Por favor… por favor, alguien… quien sea —gimoteó, desconociéndose por milésima vez en esta semana. Ella jamás rogaba, nunca. Malditas hormonas. Maldita temporada de apareamiento. ¡Maldita droga! ¡Malditos imbéciles que lograron someterla!

Pero de pronto, en medio de su agonía, su cuerpo fue alzado y llevado cargando sobre un hombro, al interior de la casa casi vacía que había sido su prisión por noches y días enteros.

—¿Tú? —musitó Alopex sintiéndose sobre un caparazón. El olor a romero la adormeció un poco, ¿o esa era la droga?

Duro y frío. Miró las fundas de sus katanas dobles, y de pronto sentirse cerca de aquellas armas, la hizo percibirse en casa. Él activo el seguro de la puerta antes de seguir caminando en medio de la oscuridad.

—No te emociones tanto —gruñó, aún sonaba enojado. Con poca delicadeza, pero sin las intenciones de ser precisamente rudo con ella, el tipo la dejó sobre una raída cama apestosa, y la miró desde arriba—, sólo te haré un último favor.

—¿Eh?

Alopex no tenía fuerzas para oponerse. Él la dejó acostada, con sus piernas sobre saliendo de la cama. La tomó por detrás de sus rodillas y la alzó, poniendo estas sobre sus hombros. Sin las intenciones de moverse de ahí, Alopex respiró agitada con su cuerpo colgando y apenas apoyándose sobre el colchón; sus manos quedaron de lado a lado de su cabeza, viéndolo desde abajo cómo el desconocido la sujetaba de sus caderas con firmeza y la alzaba un poco más, acercándola a su boca.

—Dijiste, “quién sea”, ¿verdad? —preguntó serio, como si quisiera asegurarse de algo.

—Sí.

Sin darle la oportunidad de decir algo más, él unió con ansia, su boca a su intimidad; Alopex jamás había sentido algo así. Él se ayudó con sus labios para besarla, chuparla, haciendo ruidos obscenos; causándole sensaciones imposibles de imaginar. Ella se estremeció, se removió, gimió y trató de mover sus caderas, buscando sentirlo mejor. Su lengua entonces se adentró en ella, logrando que comenzase a gritar.

—¡Mi dios! ¡Qué… bien! ¡Se siente! —gimoteaba, con mucho gusto; arqueó su espalda ante un primer orgasmo, luego de horas y horas de tortura. Él gruñó sin sacar su cara de ahí, lamiéndola con más lentitud.

—¿Quieres más? —murmuró él, serio.

—Sí —suspiró, logrando acariciar una de sus piernas con su mano; estremeciéndolo—. Más, por favor, más.

Él la bajó con cuidado, manteniéndola al borde de la cama. Para cuando ella pudo enfocar su visión, lo miró masturbarse, sin dejar de verla.

—¿Vas a penetrarme? —preguntó Alopex, sin deseos de oponerse a ello.

—¿No quieres?

Sus ojos dorados recorrieron su musculoso brazo izquierdo hasta su verga, esta se veía tan dura y casi brillante por sus propios fluidos, la mano de él era grande, y no alcanzaba a abarcar su longitud por completo. Alopex no era experta en penes, pero podría decir que quizás ese la haría sentir bien si lo dejaba entraba en ella.

—Sí quiero —respondió, aceptando a este desconocido como su primera experiencia.

—Relájate, no quiero que te duela.

Asintiendo con su cabeza, Alopex hizo caso; le intimidaba pensar que por ser virgen esto dolería, pero estaba tan húmeda que creyó imposible que no estuviese lo suficientemente preparada para recibirlo.

Él se inclinó hacia adelante; sin desprenderse de sus katanas, lo que le hizo verse intimidante; tan excitante.

—Abrázame con tus piernas —ordenó, poniendo una mano sobre el colchón, y otra sobre su miembro, rozándolo contra su estrada.

Temblando, ansiosa y nerviosa, Alopex hizo lo que él le pidió. Entonces lo sintió entrando poco a poco. Ella exhaló. Inhaló profundo y exhaló otra vez. Sin dejar de temblar.

—Relájate… estás… muy estrecha.

—Eso trato —dijo ella entre dientes, gustando de la sensación de por fin estarse sintiendo llena. Gritó al verse completamente invadida, ante un duro movimiento de sus caderas.

Cerrando sus ojos, ella se agarró de sus costados, poniendo sus manos sobre su caparazón, apretando el abrazo de sus piernas; inclinó la cabeza hacia atrás y pudo jurar que había tenido otro orgasmo, pero no estaba segura de eso. Tal vez… aún no estaba lo suficientemente lúcida para estar consciente de todo lo que estaba pasando, sólo sabía que estaba sintiéndose de maravilla… y él olía tan bien que ansiaba lamerlo.

Él comenzó a ondear sus caderas, como queriendo darle algo de suavidad; pero sin decirse nada mutuamente, ella también se movió un poco, dándole el aviso de que estaba lista para algo más fuerte.

Entonces el oscuro, siniestro y apestoso sitio se llenó de gemidos; gruñidos; golpeteos húmedos y el rítmico sonido del choque de pieles; eso agregando su mezcla de aromas. Ambos se perdieron en su propio placer, Alopex se olvidó por breves instantes sobre quién era ella, y él tal vez estaba desahogándose un poco luego de olerla por un tiempo prolongado, deseándola desde lo lejos.

—¡Así! ¡Así! —gemía ella—. ¡Me gusta! ¡Me gusta!

La mano derecha del desconocido dejó el colchón y se colocó sobre su pecho izquierdo. Este era más pequeño que su mano, pero eso no pareció impedirle acariciarlo, pellizcar su pezón y apretarlo.

Él gruñía mucho, no decía nada; se movía rápido y certero; quizás podría usar más fuerza, pero era obvio que se estaba conteniendo para no lastimarla.

Ella cada vez lo recibía con más gusto; sus mojadas paredes vaginales lo apretaban más y más, no queriéndolo dejar ir. La mano de él dejó su pecho y se deslizó hasta su unión. Alopex gritó más al sentir uno de sus dedos acariciando su clítoris, en círculos, sin dejar de penetrarla. No tardó mucho en correrse otra vez; en esta ocasión, él se enterró en ella con más fuerza, quedándose quieto, permitiendo que su verga se hinchase en lo profundo de su cuerpo, tanto que Alopex sintió como si su clímax se hubiese extendido gracias a eso. Lo abrazó no sólo con sus piernas, sino con sus brazos, rasguñando su caparazón.

Agitada, sudorosa y aún empapada en lujuria, Alopex se permitió disfrutar de la sensación de su cálido semen llenar su interior hasta que seguramente ya se estaba derramando afuera. Acababa tanto… era tan caliente y espeso. Y su miembro palpitaba, ayudándole a prolongar la excitante sensación de haber sido saciada… por el momento.

Alopex cayó rendida una vez que él salió de su interior. Gimió entrecortadamente mientras los fluidos salían también, derramándose sobre la cama, ensuciando su pelaje.

—Mierda. No puedo calmarme… —musitó él, pegando una mano sobre su rostro. La mano izquierda estaba, de nuevo, atendiendo su miembro, el cual parecía gotear—. Quiero seguir jodiéndote.

—Jódeme… jódeme más…

Una vez que estuvo erecto otra vez, no tardó en quitarle el horrible camisón, descubriéndola por completo; hacerla ponerse en cuatro patas, con la cara al colchón, sus rodillas flexionadas hacia abajo y sus patas al borde de la cama. Él entró completo y de golpe, haciéndola gritar extasiada, sujetándola con una mano del inicio de su cola; la otra mano la sujetó de la cadera; entrando y saliendo, ahora más rápido. Más intenso. Más brusco.

Tan excitada como podía estarse, Alopex apretó las sábanas sin dejar de gemir y chillar, se dejó mover a su voluntad, y no se quejó del par de nalgadas que recibió segundos antes de volver a sentirse llena de esperma. Su interior se acoplaba tan bien a él que ella se preguntó cómo pudo haber vivido tanto tiempo evitando esto.

Se dieron otro momento de descanso.

Sin decirse nada. Sin cuestionarse ni querer saber siquiera el nombre del otro.

Alopex se dejó invadir por el desconocido un aproximado de 3 veces más antes de pedir que la dejase descansar.

Su vagina chorreaba demasiado semen y su propia humedad, su garganta ardía y su cuerpo estaba bastante cansado. Él por otro lado no parecía estar siquiera cerca de sentirse tranquilo.

—¿Cómo puedes correrte tanto? —preguntó ella, adormecida; acostada sobre la cama, viéndolo sentado a su lado, apoyado sobre la cabecera de la cama, masturbándose sin el menor decoro.

Para estar así a su lado, él tuvo que dejar sus katanas en el suelo y el resto de su ropa también. Ambos estaban desnudos, pero él estaba claramente acostumbrado a eso; ella por otro lado, a ratos se sentía tímida ante su mirada. Cuando la ofertaban ante desconocidos, su cabeza estaba lo suficientemente adormecida para soportar la vergüenza; con cada vez menos droga en su sistema, esta emoción comenzaba a ganar terreno.

—El olor a celo de los omegas de por sí tiene un efecto afrodisiaco en otros yōkais —su mirada seria estaba fija al frente, su mano se movía tan rápido y fuerte sobre su verga que ella sintió su centro palpitar de sólo pensar en que lo necesitaba haciendo eso adentro suyo otra vez—; con esa droga todavía haciendo efecto, eso no sólo te afecta a ti, sino también a mí.

—Entonces… estaremos aquí un largo tiempo…

—Sí —gruñó, mirándola de reojo—. ¿Eso te molesta?

—No —respondió más rápido de lo que hubiese querido; curiosa, acercó su propia mano hacia su miembro, rozando la punta con sus dedos—. ¿Puedo saber tu nombre?

Él la miró con algo desconfianza. Dejó su miembro; ella lo sujetó y con su inexperiencia haciendo lo suyo, trató de imitar sus movimientos; arriba, abajo, arriba abajo.

—Más rápido —le pidió roncamente; Alopex trató de hacerlo; él cerró sus ojos, degustando de sus atenciones—, casi lo tienes… —echando su cabeza hacia atrás, dejándola consentirlo, él resopló—. Me llamo Leonardo.

—Y yo Alopex.

Tensándose, Leonardo sujetó su mano con la suya y la mantuvo ahí mientras él se corría; exhalando pesadamente; la hizo acariciarlo más fuerte mientras terminaba. Alopex miró como el semen se derramaba sobre ambas manos y un insano deseo por probarlo con su boca, la asaltó. Incapaz de detenerse, ella se llevó sus dedos hacia su cara, sacando su lengua, sabiendo que él estaba observándolo todo.

Dejó que el espeso líquido cayese sobre su húmeda lengua, procediendo a chupar sus dedos hasta limpiarlos.

Salado

Ambos se miraron al mismo tiempo.

Alopex haciendo lo que jamás en su vida creyó que haría alguna vez, y con un desconocido; y él presintiendo que ella ocultaba demasiados secretos y que, tal vez, también por primera vez en su vida, esperaba que esta pareja de alcoba tuviese algo que ver con algo ilegal más allá de haber sido usada como carnada.

Esas preguntas vendrían después. Por lo pronto, Leo se aseguró de que la siguiente postura fuese una que pusiese a prueba la resistencia de Alopex.

Una vez que volvieron a estar listos para unirse, Leo la ayudó a arrodillarse sobre él, sentándose sobre miembro, quedando sus caras muy juntas sin llegar a besarse; ayudándose con sus rodillas para saltar y sus manos para sujetarse de sus hombros, Alopex se dejó llevar por su deseo una vez más.

Acariciando su espalda con una mano y agarrando con brusquedad su nalga derecha con la otra, Leo descubrió que Alopex tenía una buena condición física, además de que su cuerpo estaba bien torneado; no tan musculoso, pero sí trabajado. ¿Sería una guerrera o algo así?

—Vamos, nena. Ve más rápido —le gruñía, mirándola atento, ayudándola a aumentar la intensidad de sus movimientos.

—¡Leo! ¡Leo! —gimiendo con suavidad su nombre, ella se dejó caer hacia atrás, agarrándose bien de sus hombros, tratando de hacer lo que se le pidió.

Sus sentones eran torpes, más no lo suficientemente bruscos para lastimarlos. Leo la ayudó ahora poniendo ambas manos sobre su cintura, ayudándola a no perder el ritmo. El colchón crujía debajo de ellos. Al estar cerca de terminar, se abrazaron como si fuesen amantes de toda una vida, y volvieron a alcanzar el nirvana, juntos. De nuevo, Leo sintió cómo su miembro se acoplaba maravillosamente adentro de ella, llenándola con su esencia, pero aún no se sentía satisfecho, y ella mucho menos.

Iban a quedar hechos un desastre, pero eso no les importó.

—…—

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—Gracias por su atención.