Único capítulo
—Yo también puedo ver el futuro. —Bruno no sabe por qué, pero de repente está recordando el pasado luego de rodar fuera de casita, la cual cayó en pedazos luego de que la magia en la vela se apagara. —¿Quieres saber qué veo? —ese pequeño momento de su infancia. —Que seremos amigos por siempre. —¿Por qué ese en específico? Bueno, es que la persona que una vez había dicho esas palabras, estaba allí entre la multitud que se acercó a ver qué había ocurrido. Los años pasaron, pero podía reconocerlo aún así. Fue una de las pocas personas que no le tuvo miedo, que se acercó. Que fue amable.
...
Hace algunos años, cuando un pequeño Bruno de ocho años se encontraba solitario en la orilla del río viendo su reflejo en el agua mientras se preguntaba por qué todos le odiaban, una pelota rodó hasta él.
Observando el balón, alzó la mirada en busca del dueño, el cual tropezó fuera de la maleza hasta caer de rodillas. Bruno se sorprendió, sosteniendo la pelota en sus manos con fuerza.
—E... ¿Estás bien? —se atrevió a preguntar dando un paso hasta el niño, quien sentándose en el piso, miró sus manos y rodillas raspadas antes de comenzar a llorar, asustando al joven Madrigal. ¡No sabía qué hacer! Por lo que por un segundo se quedó allí de pie viendo al niño llorar, hasta que pensó en algo que podría funcionar.
Bruno se acercó a la orilla del río, humedeciendo la punta de su ruana con el agua fría. Acercándose tímidamente al niño llorón, se sentó frente a él y tomó sus manos con delicadeza. No dice nada, simplemente se concentra en limpiar los raspones. Luego sigue con las rodillas del niño, quien había dejado de llorar para verle atentamente.
—Listo. —Bruno Madrigal dice nerviosamente. —Mejor ¿Cierto? —intenta sonreír al niño, quien le ve tan fijamente que le da un poco de vergüenza.
—Mejor. —el pequeño de cabello castaño y ojos azules asiente suavemente. Volviendo a ver sus manos, hace una mueca como si quisiera llorar nuevamente. La herida estaba limpia, pero seguía allí y le dolía.
Notando eso, adelantándose a las lágrimas, Bruno dice rápidamente: —Mi hermana puede curarte... Si quieres.
[...]
—Listo. —Julieta sonrió luego de darle una galleta al niño que su hermano había llevado hasta casa, un poco emocionada cuando les vió, pensando que su hermanito había conseguido un amigo.
—Es asombroso. —el niño, de nombre Guillermo, no paraba de maravillarse desde que había entrado a la casa Madrigal. Las puertas incluso se habían abierto solas. No sabía que el niño con el que se había encontrado en el río era uno de los niños mágicos del pueblo, hasta que se fueron acercando a la casa. —¡Gracias! —había escuchado de ellos, todo el puedo hablaba de cuan maravillosos eran, pero nunca les vió o se acercó hasta ese momento.
Julieta se despidió luego de haber ayudado a su hermano y amigo, dándole tiempo a solas.
—Eres un Madrigal. —Guillermo suelta maravillado. —Bruno. —era el único niño de la familia. —¡Tu puedes ver el futuro! —salta de la silla para acercarse al niño mágico, emocionado por conocer finalmente a uno de los integrantes de la familia ¡Incluso le había llevado en su espalda todo el camino! Le parecía increíble lo que podían hacer los hermanos Madrigal, sin excepción. Llegó a escuchar a varias personas hablar mal de Bruno y su don, diciendo que sólo ocasionaba cosas malas, pero creía que era un pensamiento injusto.
Ante la mención de su don, Bruno inmediatamente se asusta. Desde que lo había conseguido, sólo le causaba problemas, sólo podía ver cosas malas, por lo que las personas comenzaron a evitarlo o murmurar sobre él. Más que un regalo, pensaba que era una maldición.
—¿Puedes hacer eso conmigo? —el niño, Guillermo, le preguntó.
—¿¡Qué!? —el pequeño Madrigal se alarma. —¡No! —inmediatamente dice sin pensar demasiado. Cada vez que tenía una visión algo malo pasaba.
—¿Por quééé? —Guillermo se queja mientras se aferra y jala de su ruana. —¡Yo quiero! Sería increíble.
—¿No tienes miedo? —Bruno preguntó.
—¿De qué?
—De... —dudó en decirlo. —Lo que dicen de mi, de mis visiones. —Guillermo se dió una pequeña pausa antes de hablar, lo que puso aún más nervioso al Madrigal.
—Creo que es tonto. —el niño dice. —Sólo son malas porque ese es el único lado que ven. Yo creo que en realidad podrían ser de ayuda. Predicen las cosas que van a pasar para poder evitarlas y así no lastimarnos. ¿No?
Bruno no dice nada, sorprendido por las palabras de este niño dos más pequeño que él. Nunca lo había pensando así, demasiado enfocado en el lado negativo del que se quejaban las personas del pueblo.
—Entonces... —Guillermo le mira con esperanza. —¿Me mostraras como lo haces?
...
—¡Esto es inmenso! —el pequeño Guillermo se asombró por la magnitud del espacio en la habitación de Bruno, era simplemente mágico.
—Ven... Sígueme. —Bruno Madrigal le guía hasta el espacio donde tiene sus visiones, adelantándose unos pasos para luego ser alcanzado por su singular invitado. Era la primera vez que permitía a alguien (fuera de su familia) entrar a su habitación. Se detiene cuando, de sorpresa, siente que toman su mano.
—Mamá no me permite subir escaleras solo. —el pequeño castaño de ojos azules le dice con una sonrisa, sosteniendo con fuerza su mano. No parecía incómodo, como si fuera algo típico entre ellos. Bruno se siente nervioso, pero no se suelta del agarre.
—Aquí tengo mis visiones. —cuando llegan a su destino, Bruno se siente extremadamente tímido. Era tan extraño que hubiera alguien más allí.
—¿Y cómo funciona?
—¿Qué cosa?
—Tener visiones. —Guillermo deja de ver a los lados para fijar su vista en Bruno. —¿Cómo... Aparecen?
—Bueno... Es que...
—Muestrame. —insiste acercándose a Bruno. —Quiero ver.
—Pero...
—Prometo no decir ni tocar nada. —jura con una mirada brillante que hace titubear al Madrigal.
—Es... ¿Prometes no asustarte?
—¿Por qué lo haría?
—Bueno... Mis ojos cambian de color cuando-
—¿¡Cambian de color!? —Guillermo le interrumpe. —¡Genial! ¡Quiero ver eso! —salta emocionado. —Rápido rápido. Prometo no asustarme. —se vuelve a aferrar a la ruana del niño mayor.
Ambos se sientan en el piso, Guillermo intenta no moverse demasiado, concentrado en no decir nada que pueda molestar o hacer sentir mal al niño frente a él. Pero cuando la arena comienza a moverse a su alrededor, no puede detener sus exclamaciones de asombro. Cuando con una sonrisa ve a Bruno, su expresión se transforma por completo.
—Wow. —se le escapa suavemente, no puede apartar la vista del rostro del Madrigal, específicamente sus ojos, los cuales habían cambiando de color como se le mencionó. Pero... Sin poder evitarlo, rompe su promesa de no moverse.
Bruno, concentrado en formar una visión para Guillermo, rezando porque nada malo saliera en ella, se asusta cuando unas pequeñas manos toman su rostro. Desviando la vista, encuentra el azul claro de los ojos del niño que casualmente había conocido esa mañana. Está vindole fijamente, pero lo que le hace sobresaltarse no es eso, sino lo que dice.
—Son hermosos. —y es cuando Bruno se desconcentra por completo, la arena que bailaba a su alrededor cae sobre ellos, mientras que sus ojos vuelven a su color natural. —Ugh. —Guillermo se queja mientras sacude su cabeza para que la arena deje su cabello. —Mi mamá me va a regañar. —ya puede escucharla preguntarle a dónde fue a meterse para llenarse de arena de aquella manera.
—¡Lo-lo siento! —Bruno se inclina hacía adelante para sacudir más de la arena fuera de la camisa y cabello del niño, quien no para de reírse. Y es contagioso, así que él también termina haciéndolo. No sabe qué va a significar conocer a Guillermo, pero en ese momento desea que se vuelvan amigos.
[...]
—Ayudame a subir. —Guillermo De Costa le pide a Bruno Madrigal, quien camina a su lado en dirección a la plaza. Acaban de salir de casita luego de terminar las tareas del día, así que tienen tiempo para jugar. Han pasado dos años desde que se conocieron, volviéndose amigos al instante.
Ahora eran casi inseparable, cosa que le gustaba a ambos. Bruno no tenía muchos amigos por culpa de los adultos del pueblo, quienes no paraban de soltar rumores malisiosos sobre él y su don. Sin embargo, teniendo el apoyo y compañía de alguien como Guillermo, poco le importaba. El sentimiento de soledad lentamente se fue desvaneciendo y, además, era difícil pensar en eso o sentirse así cuando estabas demasiado ocupado salvando a tu amigo de meterse en problemas. De Costa era un pequeño niño de temer, no le importaba decir lo que pensaba, fuera correcto o no; tampoco le asustaba meterse en peleas para defender a sus amigos, pero era demasiado llorón. Bruno aprendió a encontrar lo divertido al verlo discutir furioso mientras las lágrimas resbalaban sin permiso por su rostro. Era algo que a Guillermo le molestaba, pero no podía evitarlo, cuando un sentimiento era demasiado intenso lloraba; sobretodo cuando hacía berrinches. Era terco, y la palabra quedaba corta.
—Te puedes caer. —Bruno Madrigal le advierte, pero el pequeño niño de ahora ocho años de igual manera sube al muro.
—Por eso sostendras mi mano. —Guillermo toma con fuerza la mano que Bruno le dió para ayudarlo a subir al muro, no pensaba soltarla en todo el camino. —Con tu ayuda no me caeré. —le sonríe, y es lindo, así que Bruno no dice más nada. Le gusta tener un amigo como Guillermo.
[...]
—¡Son unos tontos! —Guillermo, de ahora doce años, se queja y llora mientras Bruno Madrigal le lleva cargado en su espalda. El niño ahora de catorce años, sólo puede sonreír mientras escucha a su amigo quejarse todo el camino. Aunque esté completamente en contra de la violencia, está feliz de que le haya defendido.
Bruno había bajado a la plaza del pueblo para encontrarse con Guillermo, como usualmente hacían, sólo que en esta ocasión el niño de ojos azules estaba jugando fútbol con un grupo de niños. No le importaba esperarlo, pero cuando Guillermo le vió y le propuso unirse al juego, algunos de los otros niños se opusieron soltando algunos comentarios para nada amables; De Costa fue contra ellos dando inicio a una pequeña pelea donde los involucrados resultaron bastante golpeados.
—¡Los odio, ya no jugaré con ellos! —Guillermo llora en la espalda de Bruno mientras sorbe el moco que comienza a escurrir por su nariz. —¡No es justo que te traten así! —es escandaloso y Bruno está a un grito de quedarse sordo, pero le permite decir todo lo que quiera. Sería peor intentar detenerlo. —¡Eres asombroso! —exclama furioso mientras toma con fuerza los hombros de Bruno. —Sólo... —desinflandose como un globo, se abraza al cuello del Madrigal. —No importa. —decide mientras las lágrimas se van secando; tiene un moretón enorme en su mejilla derecha. —Es suficiente así. —Bruno no entiende. —Mientras nos tengamos al otro, no necesitamos más amigos.
Y Guillermo acababa de decir lo que Bruno siempre sintió desde que lo conoció. No puede evitar sonreír, caminando más lento a su casa. Podían tomarse unos minutos extras antes de ganarse el regaño de su hermana y abuela.
[...]
—¿Sabes? —Guillermo, de ahora diecisiete años, recuesta su cabeza del hombro de un Bruno de diecinueve años. Ambos están sentados a la orilla del río donde se conocieron por primera vez. —Te voy a extrañar. —susurra bajito en ese tono de voz que Bruno reconoce está a punto de llorar. —Tienes que esperarme. —y las lágrimas comienzan a caer sobre la camisa del chico mayor. Guillermo tiene su ruana, así que puede sentir las pequeñas gotas que humedecen la tela.
—Lo haré. —Bruno dice sin pensar. Sabía que eso sucedería, ese preciso momento. Había evitado tener visiones sobre Guillermo, le aterraba un día ver algo que le asustara. Pero... Entonces se enamoró. La ansiedad de saber sobre el futuro le ganó, así que lo hizo...
—Más te vale que estés aquí cuando regrese, Bruno Madrigal, o voy a golpearte cuando te vea. —Guillermo amenaza seriamente. —¿Entiendes? —se endereza para mirar a los ojos de Bruno, quien gira a verlo. No puede evitar sonreír, De Costa es un desastre de lágrimas.
—Lo entiendo. —Madrigal alza una mano para limpiar el rostro de Guillermo. —Así que no llores.
—No puedo evitarlo. —todo el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse "calmado" se desvanece con el gentil toque. —No quiero dejarte. —se abraza fuerte a Bruno, quien se sorprende por medio segundo antes de sostener a su amigo. —No puedes conseguir más amigos, me pondré celoso. —llora sin sentido.
Bruno se ríe. —No lo haré. —era algo seguro, de todas maneras. Aún cuando los años habían pasado, las personas seguían evitandolo.
—¿Seguiremos siendo amigos cuando regrese? —De costa susurra contra el cuello de Bruno, quien lo abraza todo el tiempo que necesite.
—¿Olvidaste lo que me dijiste hace tiempo? —menciona. —Dijiste... Que podías ver el futuro también. —recuerda con nostalgia. —Y dijiste... que nos veías siendo amigos por siempre. —era infantil, pero tenían ocho y seis años en aquel entonces. —Confio en tus palabras, así que tranquilo.
Guillermo no dice nada, sólo se mantiene abrazado a Bruno por un tiempo más.
—Bruno... —separandose lentamente, ambos chicos se ven a los ojos. Guillermo tiene una confesión en la punta de la lengua, pero no está seguro de poder decirla. Estaba a punto de irse de Encanto por un tiempo, su padre había aparecido para llevarlo con él por un tiempo, lo que su madre apoyo. "Es una buena oportunidad". Estaba emocionado por salir del pueblo, pero sólo una cosa le detenía. —Yo... —y es que se había enamorado de Bruno, su mejor amigo. Era tonto y a veces se sentía patético por sentirse así. Pero no podía evitarlo. Sin embargo... Temía al rechazo. O que Bruno inesperadamente aceptara, entonces sería más difícil irse.
Atento, Bruno Madrigal siente la extraña tensión del momento. El azul de los ojos de Guillermo es filoso y brillante a la luz de las velas. Por alguna razón su corazón late sin control, no puede dejar de pensar en lo hermoso que se ve su amigo, siempre a sido lindo, pero ahora tiene algo diferente. Si fueran algo más, si él fuera valiente, sería el momento indicado para un beso.
—Bruno tu-
Pero los fuegos artificiales estallan en el cielo e interrumpen la confesión, haciendo que ambos volteen a verlos. Guillermo, por un segundo, gira y ve el perfil de Bruno, quien le atrapa. —¿Qué estabas diciendo? —pregunta.
—Nada importante. —decide que por el momento no le dirá sobre sus sentimientos, él pronto se iría, muchas cosas cambiarían, quizás sus sentimientos también. No quería arruinar las cosas entre ellos por un pequeño deseo. Entonces vuelve a recostar la cabeza sobre el hombro de Bruno, enfocando su vista en el cielo iluminado por colores. —Creo... que deberías dejarte crecer el cabello, te quedaría bien.
Mirando al chico recostado de él, Bruno no dice nada. Sabe que no es eso lo que Guillermo quería decir, pero se niega a insistir en el tema. Simplemente lo empuja todo a lo más profundo de su pecho, dónde una pequeña desilución se planta. No sabe por qué ¿Qué esperaba?. Mira por unos segundos a su mejor amigo, al chico que le gusta, antes de ver los fuegos artificiales.
[...]
Regresando al presente...
—Guillermo... —Bruno susurra cuando ve al hombre entre las demás personas. Y como si lo hubiera gritado, voltea a verlo. Sus miradas se encuentran, la de Guillermo está llena de varios sentimientos, pero predomina la sorpresa. Es razonable, hace muchos años que no se ven. El corazón de Bruno pasa por un pequeño shock, sintiendo que se detiene por un segundo; antes de ver al hombre que fue su primer y único mejor amigo, ir directo a él. Entonces se acelera de golpe. —Guillermo yo-
Pero Bruno Madrigal ni siquiera puede pensar en qué decir, cuando un puño choca contra su mejilla. —¡Auh! —grita, lo que llama la atención de todos. —¿¡Por qué hiciste eso!? —sabía que Guillermo estaría molesto con él, durante años pensó en enviarle una carta para explicarle todo, disculparse por no poder verlo nuevamente. Pero en todos los escenarios que imaginó, no esperó aquella reacción.
Entonces, Bruno no recibe una respuesta, sino manos calidas tomando su rostro, manteniéndolo para acercarlo y poder besarlo. Un estallido de sentimientos llena su pecho, se congela en el gesto, simplemente estático sin poder pensar o respirar. Todo se detiene a su alrededor, sólo puede ver el rostro adulto de Guillermo; es un choque de emociones, está pasando demasiadas cosas para procesarlas correctamente. ¡Casita acaba de derrumbarse, tuvo que cruzar una pared para salvarse, su familia es un desastre y él ya no está oculto! Ahora, Guillermo, el único chico del que se enamoró hace años, de repente está frente a él golpeandolo y besándolo.
Es tímido, es casi tan ligero que no se siente, pero Guillermo lo está besando para luego temblar y comenzar a llorar. Bruno se asusta, por supuesto, ¿Cómo terminó allí, así, con su familia completamente fracturada y su mejor amigo de la infancia llorando mientras le besa?.
De costa se separa, toma sus hombros y parece querer decir algo, pero el llanto contenido le dificulta un poco el habla. Bruno toma sus muñecas y las aprieta ligeramente para transmitirle un poco de calma o seguridad, decir que todo está bien. Cuando obviamente no es verdad, están siendo observados por la mitad del pueblo, no se han visto en años y su familia está pasando por un momento crucial. Pero Guillermo está tomando un gran respiro antes de grita con todas sus fuerzas:
—¡Te odio! —y Bruno, sin palabras, sólo puede preguntarse qué demonios está pasando. Es demasiado para él, quien quiere regresar a su lugar seguro con sus ratas, quienes son mucho más fáciles de entender que esta persona aferrada a él.
[...]
—¿Estás bien? —Bruno Madrigal, luego del desastre de su familia y haber encontrado a Mirabel, le pregunta al hombre sentado en uno de los tantos escombros de casita.
—¡Por supuesto que no! —Guillermo, levantándose para encarar al ahora hombre desaliñado frente a él, sigue siendo escandaloso para expresarse. —Pero no es lo importante en este momento, tu- —sus palabras se cortan por un segundo, el rostro de Bruno le hace recordar lo que hizo. —Yo... Lo siento... Es que... Yo regresé y tu... Tu no estabas. —divaga desviando la vista a cualquier otro lado. —Esperé por años, estuve tan... —y se llena de valor para ver al Madrigal junto a él. —Asustado, molesto, herido... —podía seguir, pero no era necesario. —¿Y estuviste aquí todo el tiempo? —también se encontraba furioso.
Sólo le tomó tres años regresar, para encontrar que Bruno simplemente había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba, ni su familia, pero corrían tantos rumores sobre su paradero; incluso había quienes decían que estaba muerto. No lo entendía, sentía que se volvía loco al pensar en dónde estaba Bruno, buscandolo, preguntándose por qué había desaparecido sin decirle a nadie sobre su ida; la razón de esta. ¿Por qué no le dijo nada?
—Lo siento. —es lo mejor que Bruno puede ofrecer en ese momento.
—No quiero escuchar eso. —Guillermo le mira con fuerza. —Prometiste estar aquí cuando regresara.
—Nunca me fui.
—No seas... —aprieta sus labios. —¿Por qué? —quiere saberlo. —¿Por qué, Bruno? No me... No me dijiste nada. Yo quizás, no sé... Ni siquiera me dejaste una carta ¡Te busqué en todos lados! Creí que... Creí que... No es justo.
Bruno se acerca tímidamente, tan dudativo, pero Guillermo no lo aparta cuando le abraza. —Perdón. —pide. —Yo... Todos estos años... Siempre pensé en ti.
—Te odio. —Guillermo suelta contra el cuello de Bruno. —Te odio. —se aferra a la vieja ruana que varias veces usó. —Te odio demasiado. —remarca. —Eres una horrible persona.
—Lo sé. —Bruno lo sabía bien, la culpa de haber abandonado a las personas que ama se lo recordaba cada tanto.
—Pero... aún así... —es el momento, era ahora o nunca, aunque una parte de él mantuvo la fe de volver a ver a Bruno, otra parte se había rendido a la idea de perder a la persona que nunca dejó de amar. Lo había intentado, pero no lo logró. Ahora tenía a esta persona frente a él, nuevamente abrazándolo, haciéndolo sentir como cuando eran adolescentes. —Bruno... —no puede creer que sea real, que esté allí con él. —Bruno, aún así, sigo enamorado de ti. —confiesa al fin. —Te amo tanto que es estúpido. —llora como si le doliera admitirlo. Quizás es tonto para un adulto de su edad, pero no le importa. —No es justo... Te odio por eso, por romper tu promesa, por haberme abandonado y por-
Está vez es Bruno quien sorprende al otro con un beso. No puede creer que, con todo el tiempo que pasó, Guillermo le acaba de confesar que se mantuvo amándolo cada año que pasó.
—¿Es real lo que dices?
Guillermo asiente tímidamente, aquel beso...
—Pero no es-
—También te he amado durante tanto tiempo. —Bruno le interrumpe y de repente ya no siente la necesidad de seguir hablando. Demonios, estaban pasando demasiadas cosas a su alrededor, pero nada parecía importante más que ellos en ese momento. ¡No se habían visto en años! ¿Qué clase de reencuentro y confesión era aquella?
—¡Entonces ¿Por qué no lo dijiste antes?! —Guillermo estalla desconcertado, empujando suavemente a Bruno, quien ríe nerviosamente. —¿Y qué demonios con tu desaparición? ¡Me debes tantos años!
Negando con una sonrisa, Bruno se atreve a tomar la mano de Guillermo, quien se detiene de inmediato. —Te lo explicaré todo. —promete. —Compensaré cada año.
Y Guillermo no puede hablar, sólo aceptar las palabras de Bruno. Tienen qué hablar de muchas cosas, poner en orden un montón más, pero aquel parecía ser un buen punto de partida.
—Eso espero. —De Costa entrelaza los dedos de sus manos, dedicándole a Bruno una mirada severa. Dios, que giro había dado ese día.
[...]
—¿Listo? —Guillermo entra en la habitación de Bruno Madrigal, quien había recuperado su torre luego de que el pueblo ayudara a reconstruir a Casita, quien recuperó su mágica gracias a Mirabel. En realidad, que todo se arreglara y su familia se volviera más unida era todo por su valor. Sin ella, posiblemente seguiría detrás de las paredes, solo.
—Listo. —sonríe al hombre en la entrada mientras toma su maleta.
—Vamos. —Guillermo le extiende una mano que no duda en tomar, bajando las escaleras hasta la salida de Casita, donde se despide de todos antes de emprender un viaje junto a la persona que durante muchos años amó en secreto y ahora podía hacerlo sin necesidad de ocultarlo más.
—Te mostraré todo. —Guillermo comienza. —Conozco tantos lugares buenos, seré tu guía personal. —y sonríe, sigue siendo tan encantador como lo recuerda.
Luego de explicar todo lo que llevó a Bruno a tomar sus decisiones, agregando la vergonzosa confesión sobre sus sentimientos desde la adolescente, Guillermo le aceptó. Ambos se sentían de la misma manera, los años no habían borrado los sentimientos que tenían por el otro.
—Estoy ansioso por eso. —Bruno Madrigal sonríe suavemente, lo que conmueve a Guillermo, quien se detiene por un segundo para poder besarlo de manera ligera.
Luego de resolver, también, los problemas con su familia, Bruno y Guillermo comenzaron a salir. Habían desperdiciado demasiados años, no planeaban seguir así ni un segundo más. Mucho menos sabían que se amaban mutuamente.
—Gracias. —a Bruno se le escapa, haciendo reír a su ahora novio.
—¿Por qué? —De Costa sonríe. —Sólo fue un beso.
—Por esperarme tantos años. —el mayor se explica. —Gracias, por no dejar de amarme.
Sin nada que decir, Guillermo le regala otro beso, este más dulce que el anterior. Ninguno dice nada luego de eso, pero se mantienen sujetos de la mano mientras caminan fuera de Encanto, listos para disfrutar juntos los años que le quedan.
De Costa quería mostrarle el mundo a Bruno, quien aunque había recién recuperado a su familia, no quería perder más tiempo del que desaprovechó por miedo.
....
Fin.