TODESENGEL

Summary

❝El ángel de la muerte, a tus órdenes, mi querida, [Tn]. Es un verdadero placer, el finalmente conocerte.❞ Aclaración: © Muchos de los personajes usados en esta obra le pertenecen a Eiichiro Oda. © Esto es un AU Advertencia: ⏤Habrá escenas explícitas no aptas para menores de edad 🔞 ⏤Esta historia contiene un cierto porcentaje de temas sensibles, así como descripciones gráficas de violencia. ✒️ La presente obra se desarrolla en el mundo real. ✒️ Narración: Primera tercera persona, tiempo intercalado. Géneros: ⏤Romance ⏤Drama ⏤Ficción

Status
Complete
Chapters
42
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Seht ihr mich?

Introducción

En la negrura del vacío, dos preciosos ojos refulgentes y misteriosos destacaron en tanto eran elevados con lentitud, frente a las gigantescas puertas rojas del gran salón. Cuando éstas se abrieron, provocaron eco en las infinitas paredes del más allá.

Con paso lento y ceremonioso, se enfiló por la alfombra de tinieblas en la cual podría peregrinar perpetuamente, si no hacía uso de su poder para invocar el velo que lo conectaría con el mundo de los humanos.

Bastante había dormido ya, y ahora era su turno de segar aquellos nombres que con siniestro brillo grisáceo aparecían en su transparente lista.

Inexpresivo, observó como dicha lista se enrollaba hasta convertirse en un pergamino blanco y fluorescente que penetró en su sien derecha.

Los susurros de muchas historias detrás de cada identidad ahora le carcomían los tímpanos.

Algunas, eran trayectorias felices y llenas de metas cumplidas; otras, simples tragedias y existencias que conocerían un fin que solo dejaría atrás un mar de arrepentimientos.

Después de haber dormido por quinientos años, descubrió que todo seguía tal cual antes de haber cerrado los ojos tras su jornada anterior; no sentía nada. Solo esa sensación de que algo faltaba, como la pieza de un rompecabezas.

Era estúpido, y lo sabía. Un ser como él, no tenía que acarrear nada consigo; excepto la necesidad de cumplir con su trabajo como el mensajero de la muerte.

Sandeces. Él, era la muerte.

El rostro, huesudo y perenne, se inclinó con parsimonia siendo casi cubierto por la capucha de su larga túnica, mientras que los dedos, alargados y pálidos, de los cuales sobresalía una letra entre los nudillos de cada uno, se elevaron haciendo un agraciado gesto en el aire, cual caballero noble saludando con galantería a una dama.

Una capa de gran finura ondeó enfrente suyo. No demoró en dar el primer paso, y el siguiente, siendo consciente del cambio en su entorno.

Ya no había paz y tampoco silencio. De ese lado, solo existía agonía y desesperación. Él estaba ahí para aliviar las cargas de aquellos que no verían un día más en el reinado de la peste negra.

Caminó entre los callejones oscuros, ofreciendo su mano a una y tomando la de otro. Estaba acá, pero también allá, y mucho más adelante y asimismo atrás. Cerca de la plaza, en los barrios bajos y de igual modo en las residencias mas nobles.

Era uno. Era muchos. Era todos, y también era nadie.

Se desplazaba por todo el sitio antes, durante, después, al mismo tiempo, y sin tiempo.

Allá en las ruinas de una iglesia donde las campanas doblaban en las torres altas, un anciano se encontraba contemplando la negrura de ese cielo que parecía haberlo olvidado.

Debía saberlo. No había sido bueno. No como lo dictaban aquellos mandatos que se le enseñaron cuando era un niño. Pocas buenas acciones no lo salvarían, era consciente de ello.

Hacía varias horas, antes de que el manto nocturno se extendiera, tuvo que ver morir a su esposa, sus dos hijas, sus yernos, y sus seis nietos.

El hombre se preguntaba cuándo se llegaría su hora. Ya no soportaba. Apenas pudo arrastrarse hasta esa vieja iglesia donde hizo doblar las campanas una vez más.

El sonido le recordaba el día de su boda. Aunque ahora, era mas una despedida para con aquellos que había amado y que lo habían dejado atrás.

No fue, sino con gran esfuerzo, que elevó la mano para coger la que el caballero frente a él, le ofrecía con prestancia y bondad.

—Tú... —dijo, conmovido, casi rozando los dedos pálidos.

—Charles —murmuró la voz del personaje cuyos labios no se habían movido—, he venido por ti.

El anciano observó al joven, bello, aunque pálido y ojeroso.

—Has venido por mí —manifestó, como quien hubiese esperado por dicho milagro que ahora era una realidad.

—Debemos irnos —añadió el joven.

—Sí. Por favor. Llévame con mi familia. Ellos me esperan. Porque... me esperan, ¿no?

—Sí, te esperan. —declaró.

—Eres el ángel de la muerte, ¿verdad?

—Lo soy.

Charles sintió frío cuando casi tocaba los dedos del joven. Retiró la mano, solo un poco. Quería hacerle unas preguntas antes de que su vida se acabara.

—Mi familia y yo... ¿iremos al cielo? Porque hay un cielo. Lo hay. ¿Cierto?

—No puedo contestar esa pregunta, Charles —respondió el joven, posando sus manos, una sobre otra, en la empuñadura de su bastón que parecía hecho de hueso—. No depende de mí.

Charles bajó la mirada comprendiendo que, el ángel solo lo llevaría a ese otro lugar desconocido; donde debía esperar... ¿qué? ¿Qué debía esperar?

El alivio de su fin se había convertido en temor. Empezó a advertir las sacudidas y se miró los dedos temblorosos. Se dijo que de todas maneras no había marcha atrás.

—Acaba con mi dolor, oh, ángel negro —dijo Charles, armándose de valor para el inminente final.

Siglos después, el joven de la túnica se paseaba entre las pilas de cadáveres y hombres a punto de exhalar su último aliento.

Era el invitado especial, el gran espectador en primera fila de aquello que se conocería como: La batalla de Trafalgar.

Algo había resonado dentro de su cabeza tras escuchar esa simple palabra: Trafalgar. Sí, Trafalgar. ¿Por qué parecía importante para él?

—Trafalgar... —murmuró para sí, mientras fragmentos de su ser, levantaban las almas de los caídos—. ¿Qué podría esto significar, sino el nombre de este cabo, que tan solo representa un trabajo más para mí?

Años después, la túnica fue cambiada por una elegante levita a juego con un sombrero de copa y un bastón. Los pantalones y los relucientes zapatos... todo era negro.

Aunque él seguía siendo el mismo, los tiempos cambiaban, y no quería quedarse estancado en la imagen que muchos pintaban guiándose de la pura imaginación.

Les concedía la parte de la túnica desgastada con capucha, pero pese a sus ojeras, ni su cara era cadavérica y sin piel, y tampoco era un esqueleto portador de una guadaña. ¡Mucho menos un anciano! ¡Por Dios!

Un día, sus ceremoniosos pasos resonaron en cierto aposento, siendo escuchados solamente por aquel que fue causa y origen del tratado de San Idelfonso.

Ah, pero qué recuerdos de la coalición en La batalla de Trafalgar.

Observó al desahuciado hombre que le devolvía la mirada.

El gran Napoleón con su cáncer de estómago... Vaya. «El gran», pensó.

No lo había visto desde La batalla de Waterloo.

«Waterloo»... esa palabra también le daba mucho que pensar, pero, nada concreto. Siempre catalogaba aquello como una tontería.

Sus manos enguantadas se apoyaron una sobre otra, en la empuñadura de su bastón. Después, sacó de su levita un reloj de leontina que mostró a aquel, a quien venía a llevarse.

El sonido de las agujas casi arrastrándose, era algo que dejaba eco en la cabeza del moribundo, que sabía que su hora había llegado.

—Venga, que casi es hora de mi siesta también —dijo.

—¿Dolerá? —inquirió el hombre, pero no hubo respuesta.

El joven solo pensaba en esos quinientos años de descanso, en los que no le daría vueltas a ese asuntito de «Trafalgar». Quinientos años de silencio. O eso habría sido así, de no ser por todo lo que tuvo que cubrir en aquella época.

En 1945, el líder del partido nacionalista que tanto lo había mantenido ocupado, lo esperaría junto a su esposa.

—Todesengel... —farfulló en su lengua materna: alemán. Estaba en su momento agónico, pero nunca podría pasar por alto al personaje frente a él.

—Führer... —murmuró el joven con una sonrisa de medio lado.

El gesto se desvaneció paulatinamente. Aquella palabra le había resonado con cierta familiaridad. Le pareció curioso, aunque inquietante.

Pensó, en que había estado tan ocupado en años previos gracias a los planes fallidos de ese hombre, aunque, fue la causa de que se paseara por el hermoso territorio de Japón. Era una pena que Okinawa no hubiese permanecido tal cual. También lamentaba no haberse quedado un poco más en el antiguo Hawaii. Pearl Harbor tenía toda su atención, después de todo.

Otros sucesos lo mantuvieron despierto, su relevo no había llegado y no se explicaba el porqué de ello.

En el 2001, vistiendo de corbata; como todo un hombre de negocios de la actualidad, presenció la desesperanza de aquellos que se arrojaban desde diferentes pisos en las dos torres que de a poco colapsaban.

Estaba acá, también allá; en otros continentes y de igual modo en los aviones que impactaron contra aquellos puntos de referencia conocidos mundialmente.

Para entonces, había adquirido el hábito de ingerir comida humana, y, aunque no padecía de los procesos de digestión, sus papilas gustativas no lo decepcionaban con cada manjar. De preferencia, siempre eran los onigiris o el pescado a la plancha.

No tenía queja por su falta de descanso, de todos modos, dormir no era lo suyo; y aunque no era un humano, las ojeras no lo perdonaban.

Seguiría ejecutando su rol hasta que tuviera que enfrentarse al fin de guardia, tal como escuchaba que los policías llamaban a ese tiempo de retiro permanente en que, o bien disfrutaban de una tranquila vejez, o lo invocaban tras el suicidio debido a la depresión. Era bastante común entre los que habían formado parte de la hermandad azul.

Había estado tanto tiempo despierto, que de vez en cuando se permitía materializar su cuerpo y mezclarse entre los humanos. Le parecía una buena manera de pasar momentos entretenidos intercalando entre el trabajo y la recreación.

El hecho de que fuese el mensajero de la muerte, no quería decir que tuviese que tolerar el aburrimiento, ¿verdad?

La eternidad, era un largo tiempo, o lo sería, hasta que su creador decidiera lo contrario.



Kapitel eins: Seht ihr mich?

14 de febrero de 2002

Era hora del alboroto, o..., casi.

Ya se podía apreciar las tontas decoraciones y propagandas para la esperada fecha en que los enamorados —mas que los amigos—, celebraban ese extraño sentimiento llamado: «amor», y la supuesta manifestación de algo que muchos pregonaban y que pocos sentían bajo la etiqueta de «amistad».

Law, como había decidido bautizarse a sí mismo, siendo que estaba muy por encima de las leyes terrenales y a cuya existencia se le atribuía lo inevitable, todavía no lograba comprender nada de esto.

Conocía el origen de la festividad, pero continuaba sin cogerle el gusto. Aunque no tenía porqué. No era un humano, después de todo.

Estando en la concurrida Plaza de la Concordia, Francia; observaba con atención los distintos comportamientos de las personas que muy contentas caminaban de la mano con otra.

Había parejas de gente madura, también de jóvenes y asimismo de ancianos; las apreciaba del mismo sexo, o tradicionales (tal como se le llamaba a quienes no sufrían de disforia de género —así como lo catalogaban en alguna revista que había leído— o tal vez de diferente sexo aunque luciendo su cambio de lo que se conocía como «transexualidad»). Por más que aquello llamase su atención, Law simplemente no comprendía la naturaleza de lo que se festejaba.

Frunció los labios ladeando la cabeza. Ya había concluido, en muchas ocasiones, que tal vez, su curiosidad se debía a todo el tiempo que llevaba viviendo entre humanos.

Quizá no era bueno para él, pero ¿qué más le quedaba por hacer?

Su relevo no llegaba, y, aunque no tenía inconveniente, tampoco le apetecía retornar al gran salón de la nada, donde solo habría oscuridad y silencio.

No sentía animadversión por la paz y la tranquilidad que aquel lugar le ofrecía, pero por alguna razón que todavía no conseguía develarse a sí mismo, prefería encontrarse en la tierra de los humanos.

A veces, tenía la impresión de que era allí, donde él pertenecía.

De todos modos, ¿cuál era el punto de estar yendo y viniendo a través del velo, cuando su presencia era invocada en todo ese mundo decadente que parecía venerarlo y buscarlo con desespero?

Hablando de ser invocado, fue llamado a la sala de maternidad en cierto hospital, en España.

Los susurros en su tímpano le hablaron del nombre y de la historia que éste encerraba, de la mujer que daba a luz a una niña llorona que parecía muy sana y fuerte. Ah, la pobre madre moriría de hemorragia interna. Estaba escrito.

Law, se acercó a la mujer que todavía no podía verlo. Pensó en que esa humana formaba parte de ese grupo a quienes se les catalogaba como «hermosos». Para él, todos habían sido iguales hasta el siglo pasado. Después, comenzó a apreciar las diferencias entre cada masa mortal que escondía los huesos y la putrefacción denominada: persona.

Era en verdad muy guapa. Sí. Se lo concedía. De saberlo, ella debería agradecerle; pero estaba ocupada expulsando a una segunda personita que no tardó en darle el primer uso a sus fuertes pulmones. Era un varón.

Law observó al niño. Tenía esos grandes ojos azules que con curiosidad exploraron la iluminación del techo, antes de cerrarlos por la fuerza con que ahora lloraba.

—A ti te veré en un oktoberfest, dentro de unos años —dijo Law—. Ah... Tu hermana mayor y sus alocadas decisiones... —Chasqueó la lengua en tanto negaba con la cabeza—. Al menos será una muerte rápida. Al contrario que ella, tú no sufrirás.

Nadie lo escuchaba, nadie lo veía, excepto la madre, que, con dificultad empezaba a distinguirlo de entre el equipo médico que la atendía.

—Una vez más, señora, ¡una vez más! —le instó el obstetra a cargo.

El tercer bebé ya estaba en posición, listo para atravesar ese canal donde, al final, quizá no vería esa luz que le daba la bienvenida al mundo. Sus pulmones no estaban bien desarrollados, después de todo.

—Ya no puedo —dijo la mujer, con amargura de corazón—. Ya no puedo más.

—Sí que puedes —le susurró Law al oído—. Una vez más, y pronto se habrá acabado. Descansarás y ya no habrá más dolor. Te lo prometo, [Tn].

—No quiero morir —farfulló la mujer, como si ya fuese consciente de su fin.

—No digas tonterías —dijo el marido, que sostenía su mano—. No morirás, tontita.

—Rosinante... —murmuró, dirigiendo sus ojos hacia él—, amor mío..., cuida de nuestros hijos, por favor.

—No me digas eso... —le rogó con ojos enrojecidos. Pero no hubo más interacción, puesto que la mencionada, [Tn], comenzó a pujar tras haber hecho acopio de la poca fuerza que le quedaba, y de la voluntad de traer al mundo a su bebé.

[Tn] no escuchaba nada más que su corazón latiendo despacio en sus oídos. Lo demás, era como un eco distante en un lugar lleno de formas y sombras borrosas. Tenía la vista empañada. Pujó una vez más, y otra, y con la última, escuchó que a lo lejos alguien le decía:

—Bien hecho, mi amor. ¡Lo has hecho muy bien! Gracias por esto. ¡Gracias por esto!

[Tn], también sintió un beso en la frente. Ese debía ser su esposo, el único hombre en su vida, y el primero a quien amó mas que a su propia existencia.

Sonrió con dificultad antes de susurrar un...

—Te amo, Rosi. No me olvides, por favor, no me olvides.

Y mientras el equipo médico se encargaba de la niña que no respiraba, Rosinante estaba dividido entre el desespero y la conmoción, y el notar las lágrimas que brotaron de los ojos vacíos de su esposa.

—[Tn]... —murmuró con temor. Su vista se había empañado. Las manos le temblaban. El tiempo parecía ralentizarse. Todo en su entorno se había oscurecido—. ¿Mi amor? ¿[Tn]?

Law observó a Rosinante, a quien recogería dentro de algunas décadas.

Con manos en los bolsillos de su pantalón gris, se paró junto a él.

—Lo siento —se le escapó decir. Y aunque no debería haber cabida para sentimientos ni pesares en su pecho vacío, era verdad; lo sentía—, pero debo llevármela.

—Entonces, ¿sí morí? —murmuró [Tn], mirando su cuerpo tendido en la camilla. Notó la sonrisa en su rostro sin vida, y después vio toda la sangre que había perdido—. Oh, mi Rosinante... —añadió, mirando que él le rogaba que despertara—. Rosi... Lo siento —intentó tocarlo, pero no pudo—. Lo siento —musitó. Le dolía verlo abrazándola, mientras que dos enfermeros intentaban apartarlo de su lado—. Fui débil, Rosi. Fui débil. Perdóname. Por favor, perdóname.

—Es hora de irnos, Donquixote [Tn] —dijo Law, extendiendo su mano.

—Pero mi bebé... —contrapuso, renunciando a la escena en que era atendida y su esposo siendo arrancado de su cuerpo inerte—, mi...

—Tu hija... —murmuró Law.

No tenía corazón para decirle lo que a la niña le aguardaba.

Un momento, ¿corazón? ¿«Corazón»? Se volvió hacia el rubio.

No sin curiosidad tomada de la mano con inquietud, Law, advertía una extraña sensación removiéndose en su interior.

Frunció el ceño diciéndose que tanto tiempo con los humanos, en realidad sí que comenzaba a afectarle.

Sacudió la cabeza, desembarazándose de cualquiera que fuera su estado. No podía determinarlo con certeza. Miró a la madre, que con angustia observaba que su hija menor no estaba respirando.

El desespero se apoderó de ella.

—Respira, mi amor. ¡Respira por favor! —suplicó, pero no había respuesta.

—[Tn], debemos irnos —repitió Law.

—¡Pero mi hija! —exclamó la mujer, volviéndose hacia él—. ¡Por favor! —se acercó, lo cogió de las solapas de la americana gris. Lo veía hacia arriba. Él era mucho más alto que ella—. ¡Haz algo!

Law sintió pena, aunque tampoco debería, pero así era.

—Lo siento, [Tn], no puedo interferir en...

—¡Te lo ruego! —suplicó poniéndose de rodillas—. ¡Haz algo!

Law aspiró a través de sus labios entreabiertos. Sobre su hombro, observó al rubio que se rehusaba a ser apartado de su esposa, aunque los dos enfermeros que al igual que el doctor le explicaban, que no se podía hacer nada, que ella se había ido.

—Mierda... —murmuró Law. De su sien, sacó la lista y no vio el nombre de la niña. Se dijo que quizá se debía a que su padre todavía no le había otorgado ninguno. Cogió su reloj de leontina, y ajustó la hora—. Estoy yendo contra las reglas —dijo, y, aunque a lo mejor no habría graves consecuencias por tratarse de un recién nacido que de hecho tenía probabilidades (aunque muy bajas) de lograr sobrevivir, tampoco debería intervenir en el orden natural de las cosas—. Hecho. Ahora, no me hagas perder mi tiempo. Tengo una cuota que cumplir, ¿sabes?

—¿Vivirá? —inquirió [Tn]. Notó que los ojos grises del joven que quizá no podía ser mayor que ella, se posaron en la niña que respiraba con dificultad gracias a lo que le habían conectado a la naricita.

—Vivirá —respondió Law—, pero tu esposo deberá renunciar definitivamente al cigarrillo, por el bien de ella.

Invadida por la nostalgia, [Tn] sonrió llorando. Acababa de recordar que a lo largo de su embarazo, a veces Rosinante le dedicaba una afectuosa sonrisa cuando ella lo observaba desde el porche, mientras él fumaba leyendo el periódico en el jardín.

—¿Puedo despedirme?

—Puedes, pero él no te verá ni te escuchará —respondió Law.

[Tn] lo obsequió con un gesto de agradecimiento genuino, después se enfiló hacia el pasillo, donde el doctor informaba a Rosinante, que sus hijos mayores serían llevados a la sala de maternidad, y que la menor sería trasladada a cuidados especiales.

Esperó mientras el hombre le dedicaba a su esposo algunas palabras de aliento que no parecían surtir efecto. Él lucía casi..., perdido. No parecía haber escuchado nada acerca de los bebés, tan solo estaba ahí, sin realmente estarlo. Las lágrimas caían de sus enrojecidos ojos vacíos que rara vez parpadeaban a medias.

Miró a su cuñado asomándose por el interminable pasillo blanco.

—El vuelo tuvo un maldito atraso —declaró aproximándose a paso acelerado—. ¿Cómo están [Tn] y los bebés?

—Se ha ido, Doffy... —musitó Rocinante, cuando sintió la mano del susodicho sobre el hombro.

La sonrisa del antedicho se desvaneció, casi al tiempo que sus ojos se llenaron de un líquido caliente que no se permitió derramar pues debía ser fuerte por su hermano.

[Tn] se quedó observando que su cuñado abrazaba a quien fuera el amor de su vida.

—Lo siento, hermano —dijo, cogiéndolo de las mejillas con fuerza—, de verdad lo siento —masculló, intentando que la voz no se le quebrara—, sabes que yo la quería como a una hermana... Sabes que... —tragó grueso. En realidad, él siempre la amó en secreto, como mujer.

—Oh, Doffy, yo también te quiero —murmuró [Tn].

«Si tan solo supieras...» Pensó Law, estirando los labios mientras observaba todo a la distancia.

Law casi podía adivinar lo que pasaba por la cabeza del pobre hombre que tenía que tragarse la magnitud de su pesar puesto que sabía que no tenía derecho, porque era su hermano menor el único que podía manifestar la amargura del alma, la impotencia, y el dolor de su pérdida.

[Tn] le dio un beso en la mejilla a su cuñado, cuyo gesto se arrugó como si pudiera sentirla mientras abrazaba a su inconsolable hermano menor.

Después, ella besó en los labios a Rosinante que, por un instante, le pareció verla sonriéndole, diciendo un último: «te amo».

El susodicho parpadeó, pero su visión se había esfumado.

[Tn] ahora estaba frente a sus dos bebés: la niña y el varón que habían nacido rebosantes de salud.

—Por favor cuiden a su pequeña hermanita, ¿de acuerdo? —dijo sonriendo—, ella no es tan fuerte como ustedes y va a necesitarlos muchísimo.

Sin saber con exactitud la razón, Law esperó un momento más, puesto que [Tn] iría a despedirse de su hijita menor, a quien por poco perdió debido a lo que ella llamaba: debilidad.

Escuchó, casi conmovido, las últimas palabras dedicadas a esa personita que no recordaría nada de nada.

Poco después, [Tn] se paró frente a él, y, en vez de tomar su mano, se lanzó a abrazarlo.

—Gracias —dijo la joven—, gracias por salvar a mi hija.

Law suspiró rodando los ojos.

«Humanos... son tan persuasivos». Reconoció, después sonrió de medio lado, antes de abrazar a la mujer con quien desapareció del hospital.

Meses después, Law se presentó ante la pequeña cuna donde observó a la niña cuyo reloj había alterado.

—Hola... —murmuró sonriendo de medio lado—. Me alegra ver que juegas con tanta energía —añadió, mirando que la niña agitaba sus manitas y sus piecitos como si pudiera correr. Notó la diminuta lengua asomándose en una sonrisa alegre e inocente—. Verte tan saludable, casi hace que valga la pena el hecho de que por poco me metí en problemas por haber interferido con tu destino, ¿sabes?

Después, Law frunció el ceño. Por alguna razón, la historia de la niña todavía no era susurrada en su oído, y tampoco estaba escrita y su nombre no aparecía en su lista.

Aquello lo inquietó, aunque se dijo, que tal vez todo vendría con atrasos debido a la alteración hecha por su cuenta.

Se percató de que el tío de la chiquilla entraba a la habitación.

«Donquixote Doflamingo...» Escuchó Law en su oído. Conocía cada detalle de la vida de ese hombre, y también, cuándo y cómo terminaría.

—Hola pequeña —dijo, cogiendo a la niña en brazos—. Al fin has despertado. Tus hermanitos te esperan en el jardín. Tu papá ha comenzado a divagar sobre construir una casita en el árbol —explicó—. ¿Te imaginas? —le dio un beso en la cabecita—. Al igual que tus hermanitos, ni siquiera has aprendido a sentarte sola, y él ya piensa en verlos trepando a su futura guarida.

Tragó grueso, mirando que la niña estiraba la manita hacia sus extravagantes gafas de sol. Él se las quitó y las dejó caer en la cuna.

Después, se acomodó a la niña en los brazos para que ella pudiera ver la luz del día a través de la ventana de cristal. Desde ahí, se podía observar a su hermano haciendo caras graciosas frente a los dos bebés que reían acostados sobre un mantel blanco.

»Desearía que tu madre estuviera aquí, ¿sabes?

—La amabas —dijo Law—. La amabas como nunca amaste ni amarás a nadie. Bueno, las cosas son como son, amigo. Ella amaba a tu hermano. Casi siento pena por ti.

—Nada de ponernos tristes, pequeña [Tn], es hora de unirnos a la fiesta.

Law frunció el ceño tras escuchar el nombre de la niña. Observó a Doflamingo, encaminándose hacia la puerta con la chiquilla en brazos.

Con que... ¿[Tn]? Pero... ¿Por qué no aparecía en su lista?

No tardó en observar que Doflamingo se acomodaba la niña con la cabecita sobre el hombro.

Lo próximo, lo dejó tan frío como el que sin desearlo provocaba con su mera presencia, a aquellos que pronto tomarían su mano.

En la carita de la niña apareció una linda, tierna e inocente sonrisa que se le era obsequiada.

Notó que los ojitos de la criatura estaban fijos en él.

—¿Qué? —murmuró Law—. No... Pero... Acaso... ¿Me ves?








Por mero capricho, he decidido dejar los títulos de cada capítulo en alemán.

No he continuado con mis lecciones, así que estoy oxidada en los conocimientos de dicha lengua, por lo que, aquí va a la nada... 😂

Dejaré, siempre al final del capítulo, un breve glosario donde incluiré los significados de las frases o palabras desconocidas.

Comencemos con lo visto en la introducción:

1. Todesengel: Ángel de la muerte. (El cual es el título del libro).

2. Führer: Líder. (Era como se le llamaba al señor del mostacho gracioso).

3. Kapitel: Capítulo.

4. Eins: Uno.

5. Seht ihr mich?: ¿Me ves?

Quiero agregar, antes de irme (y para quienes no lo sabían aunque dudo que todavía haya quien lo ignore) que lo relacionado con el alemán en esta obra —al igual que en mi historia «ROOMIES»—, se debe a que esa sería la nacionalidad de Law fuera del mundo One Piece. Según un SBS de papi Oda, de hace mucho tiempo

Next Chapter